Asociación Cultural Wenceslao Roces

 

Primeras Jornadas sobre Globalización

Alberto Hidalgo Tuñón

«Globalización como fetiche» 6-4-2001

Profesor titular de Sociología del Conocimiento y de la Ciencia en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Oviedo. Es Catedrático numerario del I.N.E.M desde 1975. Elegido presidente de la Sociedad Asturiana de Filosofía en 1981 organizó varios congresos en la década de los 80 sobre Teoría y Metodología de las Ciencias de los cuales se publicaron las actas en tres volúmenes (Pentalfa Ed.). Como escritor ha colaborado en diversas revistas y periódicos. Cabe destacar su aportación en la Revista de Filosofía El Basilisco dirigida por el profesor D. Gustavo Bueno. En su actividad editorial figuran libros de texto e investigación como Historia de la Filosofía (Madrid, 1978), Symploké (en colaboracón con Gustavo Bueno y Carlos Iglesias) o el Diccionario de Filosofía Contemporánea de Miguel Ángel Quintanilla. Es coordinador de Ciencia, Tecnología y Sociedad (Algaida, Sevilla, 1999). Ha compatibilizado su trabajo académico con actividades sociales en ONGs. Miembro fundador en 1991 del Movimiento por la Paz, el Desarme y la Libertad en Asturias. Movimiento del cual, en 1995, fue elegído presidente, orientando su actividad hacia la Cooperación Internacional al Desarrollo.

 


 

Uriel Bonilla, Alberto Hidalgo y Carlos Glz. PenalvaEl tema de la globalización es muy amplio y en el tiempo del que aquí disponemos no podremos decir muchas cosas. No obstante, vamos a intentar desarrollar algunas cuestiones importantes en torno al tema que nos ocupa, sobre el cual hay una producción tan masiva que es imposible encontrar un experto en globalización que pueda manejarla completamente. Nosotros no pretendemos realizar una presentación erudita de todas las posibilidades de desarrollo que tiene el tema de la globalización, lo cual es prácticamente imposible, sino desarrollar un argumento que es el siguiente: En primer lugar, vamos a tratar de mostrar que el término globalización está lleno de connotaciones de tipo fetichista; es decir, que la globalización, en este momento, funciona como un fetiche. Un fetiche es un objeto al que se le atribuyen poderes extraordinarios de carácter mágico y misterioso por parte tanto de los que son partidarios (porque beneficia) como de los que son contrarios (porque perjudica). De éste modo, ocurre con la globalización algo muy similar a lo que Marx denunciaba que ocurría con la mercancía, pues se ha producido una fetichización de la globalización como en su día se produjo una fetichización de la mercancía.

En segundo lugar, suponiendo que la globalización sea efectivamente un fetiche, ¿qué podemos hacer para desmontarlo?. En este punto hay que comenzar a funcionar con recursos filosóficos: La idea básica es que la globalización es un fetiche porque en torno a su consideración se produce un cierto reduccionismo y una sinécdoque (es decir, tomar la parte por el todo), al tomar la globalización económica por el total del proceso de globalización, que es una realidad mucho más compleja que compone elementos de tipo comunicacional, geográfico, turístico, político, etc. Incluso se podría decir que los primeros que realizan la globalización son Magallanes y Elcano cuando dan la vuelta al mundo, o incluso Eratóstenes cuando mide la Tierra y establece su esfericidad. En cualquier caso, está claro que la globalización tiene demasiados componentes como para poder reducirla a una solo plano. Así, puesto que la globalización es un proceso mucho más general que la globalización estrictamente económica (sin perjuicio de la importancia de ésta), trataremos de determinar cuál es su estructura filosófica. Nosotros señalamos tres rasgos definitorios del concepto de globalización: Uno ontológico, que es el rasgo de la interdependencia; otro de tipo gnoseológico, que es la generalización; y un tercer rasgo de carácter metodológico, a saber, la homogeneización o normalización (sobre todo de los productos), que es el procedimiento operativo mediante el cual se extiende la globalización. Estos tres rasgos no están separados, sino que operan conjuntamente.

Pero los análisis que se realizan de la globalización, y éste es el tercer asunto que vamos a desarrollar, no ponen de manifiesto estos tres rasgos, sino que tienden a entrar en un nivel axiológico o valorativo sin pasar antes por un análisis estructural del proceso mismo. Cuando se hace axiología, que es el procedimiento habitual con el que se aborda esta cuestión, se empieza diciendo que la globalización es buena o es mala (lo cual dependerá de que el individuo que se pronuncie a este respecto esté a favor o en contra), cayendo en una perspectiva completamente maniquea. Frente a estas posturas, aquí proponemos desgranar los distintos momentos y ámbitos en los que se va produciendo la globalización, con lo cual el proceso se nos aparecerá como bueno en unos momentos y como malo en otros. Así, la globalización se nos aparecerá como ambigua.

Si esto es así, y pasamos ya al cuarto argumento que pretendemos desarrollar, deberíamos preguntarnos cuáles son las causas, cual es la etiología de la globalización. A éste respecto hay dos grandes perspectivas enfrentadas: Una, entender la globalización, desde un determinismo tecnológico, como un proceso puramente mecánico que se ejecuta en función del desarrollo de determinadas tecnologías; en este caso, podemos encontrar un determinismo tecnológico lineal, que pretende deducirlo todo de una tecnología, y un determinismo tecnológico complejo, donde se pone de manifiesto la existencia de múltiples cuerpos que interaccionan entre sí de acuerdo con leyes muy heterogéneas cuyo funcionamiento debe ser determinado. Por ejemplo, el gran logro de McLuhan es que defiende un cierto determinismo tecnológico, pero planteado desde la perspectiva compleja, como se puede observar en su obra La Galaxia Gutemberg, donde se muestran distintas conexiones entre diversos fenómenos culturales que ocurren simultáneamente y se codeterminan; esa concurrencia y codeterminación conjuntas es la que otorga una cierta verosimilitud a la perspectiva del determinismo tecnológico. Frente al papel preponderante que esta postura otorga a la tecnología, la otra perspectiva destaca la relevancia de otro elemento fundamental en este proceso, a saber, los planes y programas de las organizaciones humanas. Si la globalización supone un cambio cualitativo y no una mera continuación de ciertos procesos, ese cambio sería producido por efecto de lo que podríamos llamar la mundialización. Este es un proceso que se ejecuta en el siglo XX, no antes, y que se ejecuta en primer lugar a nivel bélico. El primero fenómeno que se produce a nivel mundial es precisamente la Primera Guerra Mundial, pues aunque se produjese a nivel europeo fundamentalmente, en ella se disputaba el dominio del mundo a través del control colonial. Aunque la Guerra no tuvo un claro vencedor, Estados Unidos salió de ella como nación hegemónica, lo cual fue celebrado en los felices años veinte.

Pero la victoria del sistema capitalista en un formato estrictamente liberal conduce al crack de 1929, que crea un ambiente de crisis. Hay que señalar a este respecto que en Europa no triunfó el liberalismo, pues al mismo tiempo que se genera la Primera Guerra Mundial, se genera también un régimen alternativo y nuevo, que no es otro que el régimen comunista de la Unión Soviética. En sus primeros años, el comunismo obtuvo grandes logros con un sistema absolutamente contrario al liberalismo económico que imperaba en Estados Unidos: Extiende sus beneficios a la totalidad de la población, genera un gran desarrollo científico y tecnológico, industrializa el país, etc. Ese triunfo de la Unión Soviética es una advertencia para el resto de los países europeos, que no pueden practicar el liberalismo radical sino que se van a ver forzosamente obligados a ensayar un tipo de régimen de planificación a favor del capital que conduce al establecimiento de duros regímenes militares en prácticamente toda Europa excepto en Italia y Alemania, que han perdido la Guerra. En estos países serán las propias poblaciones las que van a imponer en el seno de la democracia los regímenes dictatoriales, los fascismos. Con esta situación geopolítica y estratégica, se vuelve a producir otra Guerra Mundial como efecto de los mismos intereses que dieron lugar a la Primera. Pero en la segunda Guerra Mundial no participan sólo países europeos, sino que intervienen decisivamente Estados Unidos, Japón, etc. En este momento se produce la primera mundialización, la primera globalización estricta, que termina con el reconocimiento de que hay que instaurar un sistema global mundial. La paz que se obtiene en 1945 exige inmediatamente un convenio internacional que genera la ONU, organismo que posee un consejo de seguridad y una estructura que depende de los resultados bélicos. La ONU se concibe como un parlamento mundial, un gobierno del mundo. Pero en el seno de la ONU se va a producir una ruptura entre ciertos organismos que se ocupan del bienestar de las poblaciones (el PNUD, la OMS, la UNESCO, la FAO, etc.), y los encargados de llevar a cabo las políticas económicas correspondientes (el FMI, el Banco Mundial, la OMC, etc.). Lo que queremos mostrar con todo esto es que existen planes y programas a escala mundial al menos desde los años 60, y que la globalización está directamente relacionada con esos procesos políticos, económicos, etc. Hoy en día, existen muchos proyectos y planes globales desarrollándose simultáneamente, y no sólo de carácter económico, como se quiere hacer ver desde el reduccionismo al que antes aludíamos, sino también, por ejemplo, de índole religiosa: El catolicismo sigue un esquema de globalización, pues lo que pretende es que sus apóstoles recorran el mundo y prediquen la buena nueva a toda criatura. Esta expansión religiosa constituye un proyecto de globalización ideológico que ha tenido gran importancia a lo largo de la historia, por lo cual no debe ser olvidado ni excluido.

En conclusión, las causas de la globalización pueden ser tecnológicas, pero también remitir a planes y programas políticos planteados a escala mundial. El problema es dilucidar qué tipo de causas son las determinantes. Algunos grupos radicales antiglobalización intentan crear una organización mundial de ciudadanos que asuma el control del auténtico gobierno mundial, ahora dominado por el FMI, la OMC y el Banco Mundial. Estos organismos no están controlados por ninguna instancia democrática parlamentaria, sino que gobiernan en contra de los intereses generales de los ciudadanos. Frente a esta situación, la utopía de los grupos antiglobalización es construir una organización de los ciudadanos valiéndose de ONG's, movimientos populares, sindicatos, etc., que constituyen una pluralidad de componentes completamente heterogéneos unidos únicamente por su oposición al actual estado de las cosas. No obstante, estos grupos no presentan alternativas globales claras como la que constituyó el comunismo hasta los años 90. Como hemos dicho, tras la Primera Guerra Mundial se generaron sistemas alternativos, proyectos de globalización alternativos. Pero, tras la caída de la Unión Soviética, parece que sólo hay un proyecto de globalización. El capitalismo liberal llega a plantear sus exigencias más crudas en la década de los 80 con Margaret Tatcher y Ronald Reagan como figuras más destacadas, y, aunque en España esto no se percibió por las especiales circunstancias que se dieron, ésta fue una década desastrosa a nivel mundial, por lo que en los años 90 se mantiene el temor al desastre al que puede conducir el desarrollo del sistema capitalista.

Éste es el esquema de la exposición que vamos a realizar, aunque debido a la falta de tiempo no podrá ser desarrollado en toda su amplitud. Como señalamos en un principio, la globalización es un fetiche, pues tanto sus detractores como sus partidarios le atribuyen un poder fabuloso, extraordinario, casi sobrenatural. Desde el punto de vista de los partidarios, la globalización es la nueva fuerza que ha derrumbado el muro de Berlín en 1989, ha barrido el comunismo en la Unión Soviética en 1991. Gracias a su potencia arrolladora, los grandes conglomerados financieros y las corporaciones multinacionales han impuesto su hegemonía sobre los estados nacionales y los ciudadanos; liberándose de las trabas proteccionistas y localistas del pasado la globalización está consiguiendo imponer el capitalismo a escala universal y engendrar una nueva era en la que los derechos humanos individuales florecerán en todos los rincones del planeta servidos por instituciones transnacionales cuya única preocupación será garantizar la máxima libertad individual para todas las personas. La globalización que nos ha transportado a la aldea global mediática (o a telépolis) permite hacer transparentes y, por tanto, frágiles, los mecanismos de poder enquistados; elimina dictaduras encubiertas; permite la persecución y el enjuiciamiento de los más crueles dictadores; avanza hacia la construcción del Tribunal Penal Internacional; y mediante la extensión de tecnologías limpias y rápidas (como Internet) anticipa la posibilidad de un gobierno mundial en cuyas decisiones podrán intervenir todos los miembros de la futura sociedad perfectamente desarrollada.

Por el contrario, quienes vituperan esta utopía irrealizable como una mera tapadera ideológica del capitalismo mercantilista que persigue la más absoluta desregulación de los precios, de los bienes, del trabajo, de la tierra, o del dinero, no dejan por ello de atribuirle a la globalización un inmenso poder: Es el proceso de globalización quien ha generado las tormentas financieras, ha provocado la crisis mexicana del 20 de Diciembre de 1994 (que trajo más de un millón de desempleados y una inflación anual superior al 50% en 1995 y, en última instancia, el colapso del poder del PRI a manos de Fox) constituyendo una seria advertencia para un mundo en el que los precios de los productos comienzan a ser marcados con total independencia de las autoridades locales, y en el que los medios de comunicación de masas están poniendo en peligro las tradiciones culturales (ritos matrimoniales, sistemas sociales, normas morales, tabúes, etc.). Los cambios culturales que tienen lugar cuando determinadas sociedades se vinculan a los mercados mundiales han traído consigo, por ejemplo, el anarcocapitalismo de las mafias rusas, la diáspora de las redes familiares chinas por todo el orbe, la proliferación de movimientos populistas xenófobos, fundamentalistas y neocomunistas en todo el mundo, etc. Incluso existen predicciones catastrofistas al respecto de la globalización realizadas por críticos pertenecientes a la derecha. Por ejemplo, John Gray es un liberal a ultranza que vitupera la globalización tanto más que cualquier crítico de izquierdas incurriendo también en una fetichización de la globalización. Al igual que la mercancía en el siglo XIX, la globalización se nos presenta hoy como la forma fantasmagórica de una nueva relación entre las cosas, en particular las asociadas a las nuevas tecnologías, que tienen la virtualidad de ocultar a los hombres las relaciones sociales realmente existentes entre ellos. Si esto es así, cabe pensar que el sistema de categorías desde el que estamos pensando el proceso de globalización sigue preso de la tradición ilustrada que compartimos con Adam Smith, Thomas Jefferson, o con el propio Karl Marx, que en definitiva es también un hijo de la Ilustración; y, asimismo, que la propia idea de globalización constituye un horizonte irrebasable para quienes educados en instituciones y valores occidentales somos incapaces de imaginar un futuro de la especie humana que no pase por la creación de una única civilización mundial. Desde estas coordenadas, ¿existe alguna posibilidad de realizar una crítica interna del proceso mismo de globalización?. Estas son las cuestiones que subyacen a la concepción el proceso de globalización como un proceso de fetichización, lo cual, como hemos visto, nos remite a los fundamentos de nuestra cultura occidental.

Nuestra propuesta es, entonces, deshacer un error conceptual: No es lo mismo el proceso de globalización vinculado a la Idea filosófica de Universalización que el proyecto de un mercado libre, global y único. La globalización es un proceso mucho más amplio, general y difuso que el proyecto de generar un mercado global único.

La sinécdoque que se realiza cuando se identifica a la globalización con el mercado global único constituye una falacia conceptual. Este artificio beneficia a aquél que a través suyo pueda reclamar todo lo que sea la globalización como algo de su pertenencia al ser el que propugna el mercado global único. Ésta es la gran estrategia propagandística del liberalismo económico con respecto al proceso de globalización. La sinécdoque a la que venimos refiriéndonos se ejecuta en diversos planos y niveles: En primer lugar, al nivel del lenguaje, como acabamos de mostrar. Pero también en el ámbito de realidad, tomando el american way of life, la democracia americana, como la única forma de vida que ha quedado como destino para la humanidad, tal y como proclama Fukuyama declarando el fin de la historia. Así, la cultura americana es el lugar al que toda sociedad bien constituida y desarrollada debe llegar. Evidentemente, Estados Unidos tiene argumentos para proclamarse como representante del espíritu liberal que ha fraguado Occidente, siendo así sus adalides y abanderados. Cuando Estados Unidos comienza su proceso de independencia en 1776 lo hace con ventajas de toda índole: En primer lugar, Estados Unidos no es una potencia colonial, sino una colonia independizada, por lo cual no tiene la rémora de los viejos imperios coloniales. En segundo término, cuando se proclama la Constitución de Estados Unidos se hace casi simultáneamente con ideas francesas revolucionarias y con la propia Revolución Francesa; pero mientras que la Revolución Francesa se realiza a costa del Antiguo Régimen, tratando de generar un Estado Nacional tan fuerte que someta toda otra estructura y todo otro poder (sobre todo el poder de la Iglesia, intentando convertir a los curas en funcionarios del Estado francés), la Constitución de Estados Unidos está bajo Dios, pero bajo un Dios deísta que es el Dios de todas las religiones y no excluye ningún credo, proporcionándole por tanto a Estados Unidos una libertad religiosa que constituye una ventaja. En tercer lugar, Estados Unidos va a preocuparse exclusivamente de las cuestiones materiales sin ningún tipo de escrúpulos, lo cual también supone una ventaja. Y, por último, Estados unidos es el modelo de democracia porque desde sus orígenes sus órganos de gobierno han sido elegidos por procedimientos democráticos y nunca ha tenido dictaduras, por lo cual se presenta como un modelo de democracia pura y perfecta. Independientemente de la valoración que se pueda realizar de éstos y otros argumentos que existan a su favor, lo que es cierto es que, actualmente, Estados Unidos se presenta como el modelo político a imitar por todos los Estados del mundo.

No obstante existen reacciones contra esta situación igualmente justificadas: Estados Unidos no puede ser un modelo de democracia cuando sólo participa el 50% de la población (sin tener en cuenta el escándalo de las últimas elecciones, donde por un error está gobernando el candidato que ha obtenido menos votos); no puede ser una sociedad sana cuando tiene el mayor índice de cárceles y el mayor número de presos del mundo; no puede ser el modelo de paz cuando tiene el mayor número de asesinatos; no puede ser modelo de igualdad cuando hay verdaderos ghettos sumidos en la miseria y la pobreza, etc. No obstante, Estados Unidos es de facto el país que lidera el mundo en estos momentos y, desde posiciones neohegelianas, algunos ideólogos como Fukuyama sostienen que el régimen que se impone en un determinado momento es el justo, el legítimo y el que ha de ser asumido por todos; esto es, el régimen que existe actualmente, sea el que sea, tiene todas las bendiciones de Dios, la Gracia Divina, el apoyo absoluto. Éste es el esquema de fundamentación que utiliza Estados Unidos para imponer sus modelos de vida en todo el mundo y llevar la sinécdoque a la que nos venimos refiriendo al plano ontológico, fáctico y político. No obstante, los más optimistas afirman que el modelo de civilización europeo es distinto del americano y ambos están separándose cada vez más, como insinúa por ejemplo John Gray.

Cuando termina la Segunda Guerra Mundial y se crea la ONU, la sede se instala en territorio americano, lo cual no es inocente. Estados Unidos, una vez que logra el protagonismo, obtiene el control de los organismos e infraestructuras que se desarrollan a escala mundial. La territorialidad implica que el gasto de infraestructura, y, por tanto, el control de la infraestructura de funcionamiento de un organismo, es del país donde éste el organismo está instalado. Asimismo, dicho país tiene derecho a tener sus comisarios introducidos por cuota en todos los organismos, funcionen como funcionen; todos los funcionarios de la ONU, sea en Derechos Humanos, sea en el PNUD etc.; aunque hay que decir que tales organismos han tenido una política de reclutamiento de personal aceptable (pues muchos izquierdistas expulsados de sus países por las dictaduras correspondientes han encontrado trabajo en Naciones Unidas), estos son inmensas burocracias cuyo sistema de promoción interna se controla a través de comisarios que dependen fundamentalmente de Estados Unidos. Entonces, Estados Unidos ha utilizado a las Naciones Unidas y a todos sus esquemas de funcionamiento en un doble sentido: Por una parte, burocráticamente, es decir, controlando los sistemas de selección de personal y ascensos, y, por tanto, gratificando a aquéllos que se adecuan a sus exigencias e intereses; y, por otra para controlando, además de las personas, los presupuestos, porque como es la nación que más aporta, si no paga deja a las Naciones Unidas en un estado precario. Aquí precisamente se produce la tercera sinécdoque: Los organismos internacionales de gobierno del mundo están geográficamente ubicados en un territorio determinado, por lo cual estamos de nuevo tomando la parte por el todo.

Para eliminar esa sinécdoque, una vez que ésta situación se considera como tal, tenemos que señalar lo siguiente: La globalización no es lo mismo que el mercado global universal. Como ya hemos dicho, la globalización es un proceso mucho más general que tiene que ver efectivamente con la internacionalización de la economía, que es la culminación de un proceso histórico de expansión del capitalismo, y que tiene sus propias leyes económicas, pero que no se agota en estos aspectos. En realidad, la globalización remite, tanto más que a la economía, a la geografía, a los proyectos de universalización religiosa, al desarrollo de la ciencia en cuanto primer proceso cognoscitivo humano universalizable, etc. Así, hay que determinar qué hay de común en todos estos procesos heterogéneos y diversos. Cuando se discute si la globalización es una fase de la humanidad nueva o no, el punto fundamental está en la Idea que vincula todos estos aspectos. La Idea filosófica general que subyace al proceso de globalización es la Idea que como principio ontológico establece que ningún acontecimiento puede darse aislado sin tener, de alguna manera, mutua influencia con y sobre otros, esto es, la Idea de Interdependencia y Codeterminación. La interdependencia o interconexión entre todos los procesos es un rasgo ontológico general que supone la negación de la independencia o autarquía como principio contrapuesto. En este sentido, existen dos interpretaciones ontológicas diferentes acerca de la globalización: Una, la interpretación tradicional, de carácter espiritualista y leibniziano, defendida, entre otros, por Javier Echeverría en su obra Telépolis. Según esta perspectiva, basada como decimos en la ontología individualista de las mónadas, el horizonte de la globalización es el individuo humano considerado, en cuanto miembro de la especie, como una mónada que es completamente autosuficiente y replica en sí todo el mundo. Los medios de comunicación de masas pueden generar la casa cibernéticamente vinculada al mundo que permite percibir la realidad y tener a todo el universo presente sin salir del propio habitáculo. El problema de la interpretación leibniziana es que la mónada de la globalización, al contrario que la de Lebniz, que generaba todo el universo por su propio dinamismo interno, sí tiene ventanas, pues tiene que estar interconectada. Esta cuestión no es ni mucho menos irrelevante, ya que rompe por completo con un postulado fundamental de la ontología leibniziana. La interconexión implica comunicación material de energía, de bienes, de procesos, de productos, de elementos, etc. La interconexión, interdependencia e intercomunicación dan lugar a otra ontología distinta cuya idea central no es la de mónada aislada sino la de red con elementos o nudos entretejidos entre sí. Ésta idea, más orgánica, es la que hay que explorar con más detalle para ver cuáles son los significados profundos de la globalización. Esto tiene mucha importancia porque el capitalismo, como tal, desde el punto de vista del liberalismo económico, ha sido prefigurado de acuerdo con una ontología leibniziana. El capitalismo supone la idea de que cada mónada, funcionando por su propio dinamismo interno, va a producir la armonía preestablecida, el mejor de los mundos posibles, un mundo perfecto; simplemente, haciendo que cada individuo esté funcionando internamente de acuerdo con su propia dinámica, intereses e instintos, sin preocuparse de los demás para nada. Éste es el fondo ontológico del capitalismo que, evidentemente, exige una providencia divina, una mónada universal que articule todas las mónadas. Susan George, en El Informe Lugano, que es el último panfleto contra la globalización, reconoce ese elemento ontológico. No obstante la tesis de la ontología leibniziana como fondo ontológico del capitalismo no es nueva y está ya relativamente consagrada. Si se puede decir que el capitalismo posee una ontología, una esencia, sin duda es que el mercado es, con todo su alcance y extensión, armonioso y sabio; como Dios, también puede sacar bien de un aparente mal, pues de la destrucción saca lo mejor de la humanidad, esto es, el máximo equilibrio posible en su conjunto. Como dicen los autores del informe Lugano: "Ha llegado el momento de poner a prueba esta ontología; es hora de preguntar si los beneficiarios del libre mercado y del sistema liberal, incluidos los solicitantes del informe, están dispuestos a aceptar las consecuencias, aparentemente duras, de sus creencias. ¿Pueden el medio ambiente y la sociedad civilizada sostener las cifras actuales y las futuras?. ¿Debe ser representada la cultura occidental por el 15%, después por el 10% y finalmente por el 5% de la humanidad?. ¿Deben sacrificar su bienestar los individuos y las naciones más productivos en aras de unos dudosos beneficios para los menos productivos?. ¿Deben renunciar a su autoridad los países que ahora son poderosos?. Éstas son las preguntas que nuestro análisis nos obliga a plantearnos a nosotros mismos y a los solicitantes. Por nuestra parte la respuesta es no a todas ellas. Hemos dedicado mucho tiempo a abordar la posibilidad de que se produzca una quiebra ecológica y la anarquía social. Hemos hablado del espejismo del estado de bienestar universal. y de la ilusión de la inclusión universal de todos los seres humanos. Como señaló Maquiavelo a los Medici, la opción es seguir siendo príncipe y hacer todo lo necesario para tal fin o dejar de ser príncipe. No tenemos ninguna duda de que los solicitantes del informe seguir siendo príncipes. La gran pregunta, por tanto, es ¿qué hace falta para ello?". El Informe Lugano propone que hay que deshacerse de un porcentaje de la población para estabilizarla en unos 5.000 millones, aproximadamente, que es la cifra demográfica que puede asegurar bienestar par todos. El Informe Lugano no se refiere a la globalización, sino que busca lograr que el capitalismo sobreviva en el siglo XXI. Ahora bien, si la globalización supone un cambio de ontología, entonces ¿cuál es el trasfondo ontológico que determina que la globalización sea una ruptura respecto del capitalismo (lo cual implica la entrada en una nueva fase de la humanidad de la cual no sabemos nada)?. La dualidad básica de índole ontológica que está en las polémicas de la globalización, subyacente pero casi nunca mencionada, es la ruptura entre ontologías continuistas y discontinuistas. Los desarrollos novedosos de la ontología continuista en nuestra época son aquéllos que se plantean la posibilidad de que el sistema como un todo lleve a una catástrofe. Pero después de la catástrofe no se acaba todo, sino que la historia continúa. Lo que ha investigado la teoría de las catástrofes es que hay diversos tipos de catástrofes, que existen catástrofes constantes en el mundo, y que después de las catástrofes (que significan un punto de ruptura) topológicamente hay opciones y alternativas de diversa índole. Lo primero que habría que diagnosticar es qué tipo de catástrofe es esa que supuestamente se avecina con el advenimiento de la globalización, así como cuáles son las alternativas que se plantean después de la catástrofe; porque la historia continúa, y la ontología continuista explora las posibilidades que surgen después de que ocurra la catástrofe. Éste es el telón de fondo de índole ontológica que está detrás de la globalización.

Hay otros trasfondos de tipo gnoseológico y de tipo metodológico, Habitualmente, el especialista que se acerca al tema de la globalización realiza un esquema diferente, pues éste es un esquema filosófico de carácter deductivo. El que analice la globalización desde una especialidad concreta tiene que proceder inductivamente a partir de los procesos de homogeneización y normalización, donde se observa cómo el método operativo que conduce a la globalización consiste precisamente en lograr la homogeneización de los productos. Operativamente, si tiene éxito, logra generalizar el proceso, pero desde esta perspectiva la cuestión de la interconexión se entiende más bien desde un punto de vista económico. La generalización es un rasgo gnoseológico específico que afecta sólo a los acontecimientos, artefactos o artilugios que tienen éxito en un momento dado y adquieren entonces dimensión planetaria porque su uso se extiende a todos los pueblos y culturas. Son sobre todo los productos tecnológicos los que actualmente están obteniendo ese grado de generalización: Esto no sólo es cierto con respecto a las tecnologías de la comunicación, sino también a las tecnologías mecánicas, electrónicas, químicas, médicas, etc.

Este proceso va a generar muchos conflictos de toda índole. Ahora bien, cuando un producto tecnológico llega a generalizarse, también puede llegar a repartirse, y si alguien posee los conocimientos que permiten su fabricación, puede estar en igualdad de condiciones para plantar cara. Por ejemplo, ¿qué es lo que teme Occidente de Sadam Hussein?. En los años en el que se produce el primer estudio sistemático de la situación actual del mundo, realizado por todos los organismos internacionales a los que antes aludíamos, que miden los recursos demográficos, energéticos, agrícolas, el estado de salud y educación, los grados de contaminación, etc. Más adelante, en los 70, se realiza el Informe Meadows que, desde perspectivas neomalthusianas, prevé un colapso para el 2040. Una de las consecuencias más inadvertidas del Informe Meadows es que, mientras que la década de los 60 había sido la década del desarrollo para todos (también para los países de tradición islámica, donde se genera una burguesía que capitanea el proceso de desarrollo para sus propias poblaciones con éxitos de industrialización bastante aceptables), en los años 70 el Informe Meadows corta de cuajo todos los procesos de desarrollo que hasta ahora se habían llevado a cabo. Y en el año 73 se produce la primera crisis del petróleo. Algunos países árabes, como Irak, tuvieron éxito. Irak, con un régimen laico impuesto por Sadam Hussein, logra una industrialización aceptable del país, haciéndose vendedor y competidor efectivo en los mercados internacionales. Irak es utilizado contra Irán como fuerza de choque, y en un momento dado se convierte en una potencia peligrosa. El régimen irakí, por seguir las directrices de los planes de desarrollo, e invirtir el petróleo que tenía en el bienestar social (a diferencia de los jeques árabes, que lo despilfarran), se convierte en un mal ejemplo que hay que erradicar. Así, la guerra del golfo es un castigo perfectamente planificado, impulsado por motivaciones de carácter económico y que no tiene nada que ver con el Islam (ya que Sadam Hussein es un líder laico, como Nasser y otros, aunque se viera obligado por las circunstancias a arroparse en el Islam y declarar la guerra santa).

Como vemos, el proceso de globalización viene ya de los años 60, no es una novedad absoluta. Lo que ocurre en los años 90, que hace tan drástica la globalización, es que el sistema capitalista busca la identificación con el proceso de globalización, que antes había rechazado. La razón de este cambio es que antes de los años 90 hay otros proyectos globales de organización del planeta; mientras el comunismo siga vivo y haya una alternativa de planificación de la economía con perspectivas de convertirse en un proyecto universal, hablar de globalización puede ser peligroso, porque cualquiera puede reclamar su protagonismo en el proceso. Por ejemplo, Samir Amín sigue manteniendo que la auténtica globalización es la globalización socialista, por lo cual esta mala globalización que estamos padeciendo camina hacia la catástrofe; cuando esto suceda se producirá el advenimiento de la buena globalización, que es la globalización comunista. Esta es una visión neomarxista en la que se introducen dos elementos no considerados por Marx: El elemento medioambiental (planteando el agotamiento de los recursos como elementos finitos) y el elemento cultural (criticando la interpretación mecanicista de las relaciones entre estructura y superestructura, en la cual ésta es una mera consecuencia casi superflua de aquélla, cosa que, por otra parte, Marx jamás dijo).

Como ejemplo del proceso de homogeneización, vamos a aludir a la industria armamentística, que es lo primero que se normaliza: El calibre de las balas es el elemento fundamental de normalización de los procesos de producción, y bajo ese esquema se realizan el resto de los procesos de homogeneización.

La estructura de la globalización, que venimos dibujando en esta conferencia, no es en absoluto deudora del sistema capitalista. El libre mercado global tiene mucho interés en apropiarse ideológicamente de este esquema. A este respecto, los socialdemócratas señalan que es falso que el proceso de comercialización internacional haya anulado a los estados, ya que estos tienen todavía mucha capacidad en la medida en que tengan opciones sobre la tecnología; porque lo que está realmente en discusión es quién se apropia, y cómo se apropia, de las tecnologías correspondientes (como demuestra, por ejemplo, el empeño de crear una policía cibernética que permita controlar Internet, centro de operaciones del actual movimiento antiglobalización).

La globalización es el terreno en el que la lucha ideológica se plantea con más crudeza en este momento. Por tanto, quien se apropie de la idea de globalización para sus intereses, se apropia del discurso. Apropiarse del discurso es apropiarse de los términos de la relación. Apropiarse de los términos de la relación es apropiarse de la definición de los problemas. Y apropiarse de la definición de los problemas es plantear previamente las soluciones, en la dirección que a uno le interesa.

Asociación Cultural  Wenceslao Roces