El
tema de la globalización es muy amplio y en el tiempo del
que aquí disponemos no podremos decir muchas cosas. No
obstante, vamos a intentar desarrollar algunas cuestiones importantes
en torno al tema que nos ocupa, sobre el cual hay una producción
tan masiva que es imposible encontrar un experto en globalización
que pueda manejarla completamente. Nosotros no pretendemos realizar
una presentación erudita de todas las posibilidades de
desarrollo que tiene el tema de la globalización, lo cual
es prácticamente imposible, sino desarrollar un argumento
que es el siguiente: En primer lugar, vamos a tratar de mostrar
que el término globalización está lleno de
connotaciones de tipo fetichista; es decir, que la globalización,
en este momento, funciona como un fetiche. Un fetiche es un objeto
al que se le atribuyen poderes extraordinarios de carácter
mágico y misterioso por parte tanto de los que son partidarios
(porque beneficia) como de los que son contrarios (porque perjudica).
De éste modo, ocurre con la globalización algo muy
similar a lo que Marx denunciaba que ocurría con la mercancía,
pues se ha producido una fetichización de la globalización
como en su día se produjo una fetichización de la
mercancía.
En segundo lugar, suponiendo que la globalización sea
efectivamente un fetiche, ¿qué podemos hacer para
desmontarlo?. En este punto hay que comenzar a funcionar con recursos
filosóficos: La idea básica es que la globalización
es un fetiche porque en torno a su consideración se produce
un cierto reduccionismo y una sinécdoque (es decir, tomar
la parte por el todo), al tomar la globalización económica
por el total del proceso de globalización, que es una realidad
mucho más compleja que compone elementos de tipo comunicacional,
geográfico, turístico, político, etc. Incluso
se podría decir que los primeros que realizan la globalización
son Magallanes y Elcano cuando dan la vuelta al mundo, o incluso
Eratóstenes cuando mide la Tierra y establece su esfericidad.
En cualquier caso, está claro que la globalización
tiene demasiados componentes como para poder reducirla a una solo
plano. Así, puesto que la globalización es un proceso
mucho más general que la globalización estrictamente
económica (sin perjuicio de la importancia de ésta),
trataremos de determinar cuál es su estructura filosófica.
Nosotros señalamos tres rasgos definitorios del concepto
de globalización: Uno ontológico, que es el rasgo
de la interdependencia; otro de tipo gnoseológico, que
es la generalización; y un tercer rasgo de carácter
metodológico, a saber, la homogeneización o normalización
(sobre todo de los productos), que es el procedimiento operativo
mediante el cual se extiende la globalización. Estos tres
rasgos no están separados, sino que operan conjuntamente.
Pero los análisis que se realizan de la globalización,
y éste es el tercer asunto que vamos a desarrollar, no
ponen de manifiesto estos tres rasgos, sino que tienden a entrar
en un nivel axiológico o valorativo sin pasar antes por
un análisis estructural del proceso mismo. Cuando se hace
axiología, que es el procedimiento habitual con el que
se aborda esta cuestión, se empieza diciendo que la globalización
es buena o es mala (lo cual dependerá de que el individuo
que se pronuncie a este respecto esté a favor o en contra),
cayendo en una perspectiva completamente maniquea. Frente a estas
posturas, aquí proponemos desgranar los distintos momentos
y ámbitos en los que se va produciendo la globalización,
con lo cual el proceso se nos aparecerá como bueno en unos
momentos y como malo en otros. Así, la globalización
se nos aparecerá como ambigua.
Si esto es así, y pasamos ya al cuarto argumento que pretendemos
desarrollar, deberíamos preguntarnos cuáles son
las causas, cual es la etiología de la globalización.
A éste respecto hay dos grandes perspectivas enfrentadas:
Una, entender la globalización, desde un determinismo tecnológico,
como un proceso puramente mecánico que se ejecuta en función
del desarrollo de determinadas tecnologías; en este caso,
podemos encontrar un determinismo tecnológico lineal, que
pretende deducirlo todo de una tecnología, y un determinismo
tecnológico complejo, donde se pone de manifiesto la existencia
de múltiples cuerpos que interaccionan entre sí
de acuerdo con leyes muy heterogéneas cuyo funcionamiento
debe ser determinado. Por ejemplo, el gran logro de McLuhan es
que defiende un cierto determinismo tecnológico, pero planteado
desde la perspectiva compleja, como se puede observar en su obra
La Galaxia Gutemberg, donde se muestran distintas conexiones entre
diversos fenómenos culturales que ocurren simultáneamente
y se codeterminan; esa concurrencia y codeterminación conjuntas
es la que otorga una cierta verosimilitud a la perspectiva del
determinismo tecnológico. Frente al papel preponderante
que esta postura otorga a la tecnología, la otra perspectiva
destaca la relevancia de otro elemento fundamental en este proceso,
a saber, los planes y programas de las organizaciones humanas.
Si la globalización supone un cambio cualitativo y no una
mera continuación de ciertos procesos, ese cambio sería
producido por efecto de lo que podríamos llamar la mundialización.
Este es un proceso que se ejecuta en el siglo XX, no antes, y
que se ejecuta en primer lugar a nivel bélico. El primero
fenómeno que se produce a nivel mundial es precisamente
la Primera Guerra Mundial, pues aunque se produjese a nivel europeo
fundamentalmente, en ella se disputaba el dominio del mundo a
través del control colonial. Aunque la Guerra no tuvo un
claro vencedor, Estados Unidos salió de ella como nación
hegemónica, lo cual fue celebrado en los felices años
veinte.
Pero la victoria del sistema capitalista en un formato estrictamente
liberal conduce al crack de 1929, que crea un ambiente de crisis.
Hay que señalar a este respecto que en Europa no triunfó
el liberalismo, pues al mismo tiempo que se genera la Primera
Guerra Mundial, se genera también un régimen alternativo
y nuevo, que no es otro que el régimen comunista de la
Unión Soviética. En sus primeros años, el
comunismo obtuvo grandes logros con un sistema absolutamente contrario
al liberalismo económico que imperaba en Estados Unidos:
Extiende sus beneficios a la totalidad de la población,
genera un gran desarrollo científico y tecnológico,
industrializa el país, etc. Ese triunfo de la Unión
Soviética es una advertencia para el resto de los países
europeos, que no pueden practicar el liberalismo radical sino
que se van a ver forzosamente obligados a ensayar un tipo de régimen
de planificación a favor del capital que conduce al establecimiento
de duros regímenes militares en prácticamente toda
Europa excepto en Italia y Alemania, que han perdido la Guerra.
En estos países serán las propias poblaciones las
que van a imponer en el seno de la democracia los regímenes
dictatoriales, los fascismos. Con esta situación geopolítica
y estratégica, se vuelve a producir otra Guerra Mundial
como efecto de los mismos intereses que dieron lugar a la Primera.
Pero en la segunda Guerra Mundial no participan sólo países
europeos, sino que intervienen decisivamente Estados Unidos, Japón,
etc. En este momento se produce la primera mundialización,
la primera globalización estricta, que termina con el reconocimiento
de que hay que instaurar un sistema global mundial. La paz que
se obtiene en 1945 exige inmediatamente un convenio internacional
que genera la ONU, organismo que posee un consejo de seguridad
y una estructura que depende de los resultados bélicos.
La ONU se concibe como un parlamento mundial, un gobierno del
mundo. Pero en el seno de la ONU se va a producir una ruptura
entre ciertos organismos que se ocupan del bienestar de las poblaciones
(el PNUD, la OMS, la UNESCO, la FAO, etc.), y los encargados de
llevar a cabo las políticas económicas correspondientes
(el FMI, el Banco Mundial, la OMC, etc.). Lo que queremos mostrar
con todo esto es que existen planes y programas a escala mundial
al menos desde los años 60, y que la globalización
está directamente relacionada con esos procesos políticos,
económicos, etc. Hoy en día, existen muchos proyectos
y planes globales desarrollándose simultáneamente,
y no sólo de carácter económico, como se
quiere hacer ver desde el reduccionismo al que antes aludíamos,
sino también, por ejemplo, de índole religiosa:
El catolicismo sigue un esquema de globalización, pues
lo que pretende es que sus apóstoles recorran el mundo
y prediquen la buena nueva a toda criatura. Esta expansión
religiosa constituye un proyecto de globalización ideológico
que ha tenido gran importancia a lo largo de la historia, por
lo cual no debe ser olvidado ni excluido.
En conclusión, las causas de la globalización
pueden ser tecnológicas, pero también remitir a
planes y programas políticos planteados a escala mundial.
El problema es dilucidar qué tipo de causas son las determinantes.
Algunos grupos radicales antiglobalización intentan crear
una organización mundial de ciudadanos que asuma el control
del auténtico gobierno mundial, ahora dominado por el FMI,
la OMC y el Banco Mundial. Estos organismos no están controlados
por ninguna instancia democrática parlamentaria, sino que
gobiernan en contra de los intereses generales de los ciudadanos.
Frente a esta situación, la utopía de los grupos
antiglobalización es construir una organización
de los ciudadanos valiéndose de ONG's, movimientos populares,
sindicatos, etc., que constituyen una pluralidad de componentes
completamente heterogéneos unidos únicamente por
su oposición al actual estado de las cosas. No obstante,
estos grupos no presentan alternativas globales claras como la
que constituyó el comunismo hasta los años 90. Como
hemos dicho, tras la Primera Guerra Mundial se generaron sistemas
alternativos, proyectos de globalización alternativos.
Pero, tras la caída de la Unión Soviética,
parece que sólo hay un proyecto de globalización.
El capitalismo liberal llega a plantear sus exigencias más
crudas en la década de los 80 con Margaret Tatcher y Ronald
Reagan como figuras más destacadas, y, aunque en España
esto no se percibió por las especiales circunstancias que
se dieron, ésta fue una década desastrosa a nivel
mundial, por lo que en los años 90 se mantiene el temor
al desastre al que puede conducir el desarrollo del sistema capitalista.
Éste es el esquema de la exposición que vamos a
realizar, aunque debido a la falta de tiempo no podrá ser
desarrollado en toda su amplitud. Como señalamos en un
principio, la globalización es un fetiche, pues tanto sus
detractores como sus partidarios le atribuyen un poder fabuloso,
extraordinario, casi sobrenatural. Desde el punto de vista de
los partidarios, la globalización es la nueva fuerza que
ha derrumbado el muro de Berlín en 1989, ha barrido el
comunismo en la Unión Soviética en 1991. Gracias
a su potencia arrolladora, los grandes conglomerados financieros
y las corporaciones multinacionales han impuesto su hegemonía
sobre los estados nacionales y los ciudadanos; liberándose
de las trabas proteccionistas y localistas del pasado la globalización
está consiguiendo imponer el capitalismo a escala universal
y engendrar una nueva era en la que los derechos humanos individuales
florecerán en todos los rincones del planeta servidos por
instituciones transnacionales cuya única preocupación
será garantizar la máxima libertad individual para
todas las personas. La globalización que nos ha transportado
a la aldea global mediática (o a telépolis) permite
hacer transparentes y, por tanto, frágiles, los mecanismos
de poder enquistados; elimina dictaduras encubiertas; permite
la persecución y el enjuiciamiento de los más crueles
dictadores; avanza hacia la construcción del Tribunal Penal
Internacional; y mediante la extensión de tecnologías
limpias y rápidas (como Internet) anticipa la posibilidad
de un gobierno mundial en cuyas decisiones podrán intervenir
todos los miembros de la futura sociedad perfectamente desarrollada.
Por el contrario, quienes vituperan esta utopía irrealizable
como una mera tapadera ideológica del capitalismo mercantilista
que persigue la más absoluta desregulación de los
precios, de los bienes, del trabajo, de la tierra, o del dinero,
no dejan por ello de atribuirle a la globalización un inmenso
poder: Es el proceso de globalización quien ha generado
las tormentas financieras, ha provocado la crisis mexicana del
20 de Diciembre de 1994 (que trajo más de un millón
de desempleados y una inflación anual superior al 50% en
1995 y, en última instancia, el colapso del poder del PRI
a manos de Fox) constituyendo una seria advertencia para un mundo
en el que los precios de los productos comienzan a ser marcados
con total independencia de las autoridades locales, y en el que
los medios de comunicación de masas están poniendo
en peligro las tradiciones culturales (ritos matrimoniales, sistemas
sociales, normas morales, tabúes, etc.). Los cambios culturales
que tienen lugar cuando determinadas sociedades se vinculan a
los mercados mundiales han traído consigo, por ejemplo,
el anarcocapitalismo de las mafias rusas, la diáspora de
las redes familiares chinas por todo el orbe, la proliferación
de movimientos populistas xenófobos, fundamentalistas y
neocomunistas en todo el mundo, etc. Incluso existen predicciones
catastrofistas al respecto de la globalización realizadas
por críticos pertenecientes a la derecha. Por ejemplo,
John Gray es un liberal a ultranza que vitupera la globalización
tanto más que cualquier crítico de izquierdas incurriendo
también en una fetichización de la globalización.
Al igual que la mercancía en el siglo XIX, la globalización
se nos presenta hoy como la forma fantasmagórica de una
nueva relación entre las cosas, en particular las asociadas
a las nuevas tecnologías, que tienen la virtualidad de
ocultar a los hombres las relaciones sociales realmente existentes
entre ellos. Si esto es así, cabe pensar que el sistema
de categorías desde el que estamos pensando el proceso
de globalización sigue preso de la tradición ilustrada
que compartimos con Adam Smith, Thomas Jefferson, o con el propio
Karl Marx, que en definitiva es también un hijo de la Ilustración;
y, asimismo, que la propia idea de globalización constituye
un horizonte irrebasable para quienes educados en instituciones
y valores occidentales somos incapaces de imaginar un futuro de
la especie humana que no pase por la creación de una única
civilización mundial. Desde estas coordenadas, ¿existe
alguna posibilidad de realizar una crítica interna del
proceso mismo de globalización?. Estas son las cuestiones
que subyacen a la concepción el proceso de globalización
como un proceso de fetichización, lo cual, como hemos visto,
nos remite a los fundamentos de nuestra cultura occidental.
Nuestra propuesta es, entonces, deshacer un error conceptual:
No es lo mismo el proceso de globalización vinculado a
la Idea filosófica de Universalización que el proyecto
de un mercado libre, global y único. La globalización
es un proceso mucho más amplio, general y difuso que el
proyecto de generar un mercado global único.
La sinécdoque que se realiza cuando se identifica a la
globalización con el mercado global único constituye
una falacia conceptual. Este artificio beneficia a aquél
que a través suyo pueda reclamar todo lo que sea la globalización
como algo de su pertenencia al ser el que propugna el mercado
global único. Ésta es la gran estrategia propagandística
del liberalismo económico con respecto al proceso de globalización.
La sinécdoque a la que venimos refiriéndonos se
ejecuta en diversos planos y niveles: En primer lugar, al nivel
del lenguaje, como acabamos de mostrar. Pero también en
el ámbito de realidad, tomando el american way of life,
la democracia americana, como la única forma de vida que
ha quedado como destino para la humanidad, tal y como proclama
Fukuyama declarando el fin de la historia. Así, la cultura
americana es el lugar al que toda sociedad bien constituida y
desarrollada debe llegar. Evidentemente, Estados Unidos tiene
argumentos para proclamarse como representante del espíritu
liberal que ha fraguado Occidente, siendo así sus adalides
y abanderados. Cuando Estados Unidos comienza su proceso de independencia
en 1776 lo hace con ventajas de toda índole: En primer
lugar, Estados Unidos no es una potencia colonial, sino una colonia
independizada, por lo cual no tiene la rémora de los viejos
imperios coloniales. En segundo término, cuando se proclama
la Constitución de Estados Unidos se hace casi simultáneamente
con ideas francesas revolucionarias y con la propia Revolución
Francesa; pero mientras que la Revolución Francesa se realiza
a costa del Antiguo Régimen, tratando de generar un Estado
Nacional tan fuerte que someta toda otra estructura y todo otro
poder (sobre todo el poder de la Iglesia, intentando convertir
a los curas en funcionarios del Estado francés), la Constitución
de Estados Unidos está bajo Dios, pero bajo un Dios deísta
que es el Dios de todas las religiones y no excluye ningún
credo, proporcionándole por tanto a Estados Unidos una
libertad religiosa que constituye una ventaja. En tercer lugar,
Estados Unidos va a preocuparse exclusivamente de las cuestiones
materiales sin ningún tipo de escrúpulos, lo cual
también supone una ventaja. Y, por último, Estados
unidos es el modelo de democracia porque desde sus orígenes
sus órganos de gobierno han sido elegidos por procedimientos
democráticos y nunca ha tenido dictaduras, por lo cual
se presenta como un modelo de democracia pura y perfecta. Independientemente
de la valoración que se pueda realizar de éstos
y otros argumentos que existan a su favor, lo que es cierto es
que, actualmente, Estados Unidos se presenta como el modelo político
a imitar por todos los Estados del mundo.
No obstante existen reacciones contra esta situación igualmente
justificadas: Estados Unidos no puede ser un modelo de democracia
cuando sólo participa el 50% de la población (sin
tener en cuenta el escándalo de las últimas elecciones,
donde por un error está gobernando el candidato que ha
obtenido menos votos); no puede ser una sociedad sana cuando tiene
el mayor índice de cárceles y el mayor número
de presos del mundo; no puede ser el modelo de paz cuando tiene
el mayor número de asesinatos; no puede ser modelo de igualdad
cuando hay verdaderos ghettos sumidos en la miseria y la pobreza,
etc. No obstante, Estados Unidos es de facto el país que
lidera el mundo en estos momentos y, desde posiciones neohegelianas,
algunos ideólogos como Fukuyama sostienen que el régimen
que se impone en un determinado momento es el justo, el legítimo
y el que ha de ser asumido por todos; esto es, el régimen
que existe actualmente, sea el que sea, tiene todas las bendiciones
de Dios, la Gracia Divina, el apoyo absoluto. Éste es el
esquema de fundamentación que utiliza Estados Unidos para
imponer sus modelos de vida en todo el mundo y llevar la sinécdoque
a la que nos venimos refiriendo al plano ontológico, fáctico
y político. No obstante, los más optimistas afirman
que el modelo de civilización europeo es distinto del americano
y ambos están separándose cada vez más, como
insinúa por ejemplo John Gray.
Cuando termina la Segunda Guerra Mundial y se crea la ONU, la
sede se instala en territorio americano, lo cual no es inocente.
Estados Unidos, una vez que logra el protagonismo, obtiene el
control de los organismos e infraestructuras que se desarrollan
a escala mundial. La territorialidad implica que el gasto de infraestructura,
y, por tanto, el control de la infraestructura de funcionamiento
de un organismo, es del país donde éste el organismo
está instalado. Asimismo, dicho país tiene derecho
a tener sus comisarios introducidos por cuota en todos los organismos,
funcionen como funcionen; todos los funcionarios de la ONU, sea
en Derechos Humanos, sea en el PNUD etc.; aunque hay que decir
que tales organismos han tenido una política de reclutamiento
de personal aceptable (pues muchos izquierdistas expulsados de
sus países por las dictaduras correspondientes han encontrado
trabajo en Naciones Unidas), estos son inmensas burocracias cuyo
sistema de promoción interna se controla a través
de comisarios que dependen fundamentalmente de Estados Unidos.
Entonces, Estados Unidos ha utilizado a las Naciones Unidas y
a todos sus esquemas de funcionamiento en un doble sentido: Por
una parte, burocráticamente, es decir, controlando los
sistemas de selección de personal y ascensos, y, por tanto,
gratificando a aquéllos que se adecuan a sus exigencias
e intereses; y, por otra para controlando, además de las
personas, los presupuestos, porque como es la nación que
más aporta, si no paga deja a las Naciones Unidas en un
estado precario. Aquí precisamente se produce la tercera
sinécdoque: Los organismos internacionales de gobierno
del mundo están geográficamente ubicados en un territorio
determinado, por lo cual estamos de nuevo tomando la parte por
el todo.
Para eliminar esa sinécdoque, una vez que ésta
situación se considera como tal, tenemos que señalar
lo siguiente: La globalización no es lo mismo que el mercado
global universal. Como ya hemos dicho, la globalización
es un proceso mucho más general que tiene que ver efectivamente
con la internacionalización de la economía, que
es la culminación de un proceso histórico de expansión
del capitalismo, y que tiene sus propias leyes económicas,
pero que no se agota en estos aspectos. En realidad, la globalización
remite, tanto más que a la economía, a la geografía,
a los proyectos de universalización religiosa, al desarrollo
de la ciencia en cuanto primer proceso cognoscitivo humano universalizable,
etc. Así, hay que determinar qué hay de común
en todos estos procesos heterogéneos y diversos. Cuando
se discute si la globalización es una fase de la humanidad
nueva o no, el punto fundamental está en la Idea que vincula
todos estos aspectos. La Idea filosófica general que subyace
al proceso de globalización es la Idea que como principio
ontológico establece que ningún acontecimiento puede
darse aislado sin tener, de alguna manera, mutua influencia con
y sobre otros, esto es, la Idea de Interdependencia y Codeterminación.
La interdependencia o interconexión entre todos los procesos
es un rasgo ontológico general que supone la negación
de la independencia o autarquía como principio contrapuesto.
En este sentido, existen dos interpretaciones ontológicas
diferentes acerca de la globalización: Una, la interpretación
tradicional, de carácter espiritualista y leibniziano,
defendida, entre otros, por Javier Echeverría en su obra
Telépolis. Según esta perspectiva, basada como decimos
en la ontología individualista de las mónadas, el
horizonte de la globalización es el individuo humano considerado,
en cuanto miembro de la especie, como una mónada que es
completamente autosuficiente y replica en sí todo el mundo.
Los medios de comunicación de masas pueden generar la casa
cibernéticamente vinculada al mundo que permite percibir
la realidad y tener a todo el universo presente sin salir del
propio habitáculo. El problema de la interpretación
leibniziana es que la mónada de la globalización,
al contrario que la de Lebniz, que generaba todo el universo por
su propio dinamismo interno, sí tiene ventanas, pues tiene
que estar interconectada. Esta cuestión no es ni mucho
menos irrelevante, ya que rompe por completo con un postulado
fundamental de la ontología leibniziana. La interconexión
implica comunicación material de energía, de bienes,
de procesos, de productos, de elementos, etc. La interconexión,
interdependencia e intercomunicación dan lugar a otra ontología
distinta cuya idea central no es la de mónada aislada sino
la de red con elementos o nudos entretejidos entre sí.
Ésta idea, más orgánica, es la que hay que
explorar con más detalle para ver cuáles son los
significados profundos de la globalización. Esto tiene
mucha importancia porque el capitalismo, como tal, desde el punto
de vista del liberalismo económico, ha sido prefigurado
de acuerdo con una ontología leibniziana. El capitalismo
supone la idea de que cada mónada, funcionando por su propio
dinamismo interno, va a producir la armonía preestablecida,
el mejor de los mundos posibles, un mundo perfecto; simplemente,
haciendo que cada individuo esté funcionando internamente
de acuerdo con su propia dinámica, intereses e instintos,
sin preocuparse de los demás para nada. Éste es
el fondo ontológico del capitalismo que, evidentemente,
exige una providencia divina, una mónada universal que
articule todas las mónadas. Susan George, en El Informe
Lugano, que es el último panfleto contra la globalización,
reconoce ese elemento ontológico. No obstante la tesis
de la ontología leibniziana como fondo ontológico
del capitalismo no es nueva y está ya relativamente consagrada.
Si se puede decir que el capitalismo posee una ontología,
una esencia, sin duda es que el mercado es, con todo su alcance
y extensión, armonioso y sabio; como Dios, también
puede sacar bien de un aparente mal, pues de la destrucción
saca lo mejor de la humanidad, esto es, el máximo equilibrio
posible en su conjunto. Como dicen los autores del informe Lugano:
"Ha llegado el momento de poner a prueba esta ontología;
es hora de preguntar si los beneficiarios del libre mercado y
del sistema liberal, incluidos los solicitantes del informe, están
dispuestos a aceptar las consecuencias, aparentemente duras, de
sus creencias. ¿Pueden el medio ambiente y la sociedad
civilizada sostener las cifras actuales y las futuras?. ¿Debe
ser representada la cultura occidental por el 15%, después
por el 10% y finalmente por el 5% de la humanidad?. ¿Deben
sacrificar su bienestar los individuos y las naciones más
productivos en aras de unos dudosos beneficios para los menos
productivos?. ¿Deben renunciar a su autoridad los países
que ahora son poderosos?. Éstas son las preguntas que nuestro
análisis nos obliga a plantearnos a nosotros mismos y a
los solicitantes. Por nuestra parte la respuesta es no a todas
ellas. Hemos dedicado mucho tiempo a abordar la posibilidad de
que se produzca una quiebra ecológica y la anarquía
social. Hemos hablado del espejismo del estado de bienestar universal.
y de la ilusión de la inclusión universal de todos
los seres humanos. Como señaló Maquiavelo a los
Medici, la opción es seguir siendo príncipe y hacer
todo lo necesario para tal fin o dejar de ser príncipe.
No tenemos ninguna duda de que los solicitantes del informe seguir
siendo príncipes. La gran pregunta, por tanto, es ¿qué
hace falta para ello?". El Informe Lugano propone que hay
que deshacerse de un porcentaje de la población para estabilizarla
en unos 5.000 millones, aproximadamente, que es la cifra demográfica
que puede asegurar bienestar par todos. El Informe Lugano no se
refiere a la globalización, sino que busca lograr que el
capitalismo sobreviva en el siglo XXI. Ahora bien, si la globalización
supone un cambio de ontología, entonces ¿cuál
es el trasfondo ontológico que determina que la globalización
sea una ruptura respecto del capitalismo (lo cual implica la entrada
en una nueva fase de la humanidad de la cual no sabemos nada)?.
La dualidad básica de índole ontológica que
está en las polémicas de la globalización,
subyacente pero casi nunca mencionada, es la ruptura entre ontologías
continuistas y discontinuistas. Los desarrollos novedosos de la
ontología continuista en nuestra época son aquéllos
que se plantean la posibilidad de que el sistema como un todo
lleve a una catástrofe. Pero después de la catástrofe
no se acaba todo, sino que la historia continúa. Lo que
ha investigado la teoría de las catástrofes es que
hay diversos tipos de catástrofes, que existen catástrofes
constantes en el mundo, y que después de las catástrofes
(que significan un punto de ruptura) topológicamente hay
opciones y alternativas de diversa índole. Lo primero que
habría que diagnosticar es qué tipo de catástrofe
es esa que supuestamente se avecina con el advenimiento de la
globalización, así como cuáles son las alternativas
que se plantean después de la catástrofe; porque
la historia continúa, y la ontología continuista
explora las posibilidades que surgen después de que ocurra
la catástrofe. Éste es el telón de fondo
de índole ontológica que está detrás
de la globalización.
Hay otros trasfondos de tipo gnoseológico y de tipo metodológico,
Habitualmente, el especialista que se acerca al tema de la globalización
realiza un esquema diferente, pues éste es un esquema filosófico
de carácter deductivo. El que analice la globalización
desde una especialidad concreta tiene que proceder inductivamente
a partir de los procesos de homogeneización y normalización,
donde se observa cómo el método operativo que conduce
a la globalización consiste precisamente en lograr la homogeneización
de los productos. Operativamente, si tiene éxito, logra
generalizar el proceso, pero desde esta perspectiva la cuestión
de la interconexión se entiende más bien desde un
punto de vista económico. La generalización es un
rasgo gnoseológico específico que afecta sólo
a los acontecimientos, artefactos o artilugios que tienen éxito
en un momento dado y adquieren entonces dimensión planetaria
porque su uso se extiende a todos los pueblos y culturas. Son
sobre todo los productos tecnológicos los que actualmente
están obteniendo ese grado de generalización: Esto
no sólo es cierto con respecto a las tecnologías
de la comunicación, sino también a las tecnologías
mecánicas, electrónicas, químicas, médicas,
etc.
Este proceso va a generar muchos conflictos de toda índole.
Ahora bien, cuando un producto tecnológico llega a generalizarse,
también puede llegar a repartirse, y si alguien posee los
conocimientos que permiten su fabricación, puede estar
en igualdad de condiciones para plantar cara. Por ejemplo, ¿qué
es lo que teme Occidente de Sadam Hussein?. En los años
en el que se produce el primer estudio sistemático de la
situación actual del mundo, realizado por todos los organismos
internacionales a los que antes aludíamos, que miden los
recursos demográficos, energéticos, agrícolas,
el estado de salud y educación, los grados de contaminación,
etc. Más adelante, en los 70, se realiza el Informe Meadows
que, desde perspectivas neomalthusianas, prevé un colapso
para el 2040. Una de las consecuencias más inadvertidas
del Informe Meadows es que, mientras que la década de los
60 había sido la década del desarrollo para todos
(también para los países de tradición islámica,
donde se genera una burguesía que capitanea el proceso
de desarrollo para sus propias poblaciones con éxitos de
industrialización bastante aceptables), en los años
70 el Informe Meadows corta de cuajo todos los procesos de desarrollo
que hasta ahora se habían llevado a cabo. Y en el año
73 se produce la primera crisis del petróleo. Algunos países
árabes, como Irak, tuvieron éxito. Irak, con un
régimen laico impuesto por Sadam Hussein, logra una industrialización
aceptable del país, haciéndose vendedor y competidor
efectivo en los mercados internacionales. Irak es utilizado contra
Irán como fuerza de choque, y en un momento dado se convierte
en una potencia peligrosa. El régimen irakí, por
seguir las directrices de los planes de desarrollo, e invirtir
el petróleo que tenía en el bienestar social (a
diferencia de los jeques árabes, que lo despilfarran),
se convierte en un mal ejemplo que hay que erradicar. Así,
la guerra del golfo es un castigo perfectamente planificado, impulsado
por motivaciones de carácter económico y que no
tiene nada que ver con el Islam (ya que Sadam Hussein es un líder
laico, como Nasser y otros, aunque se viera obligado por las circunstancias
a arroparse en el Islam y declarar la guerra santa).
Como vemos, el proceso de globalización viene ya de los
años 60, no es una novedad absoluta. Lo que ocurre en los
años 90, que hace tan drástica la globalización,
es que el sistema capitalista busca la identificación con
el proceso de globalización, que antes había rechazado.
La razón de este cambio es que antes de los años
90 hay otros proyectos globales de organización del planeta;
mientras el comunismo siga vivo y haya una alternativa de planificación
de la economía con perspectivas de convertirse en un proyecto
universal, hablar de globalización puede ser peligroso,
porque cualquiera puede reclamar su protagonismo en el proceso.
Por ejemplo, Samir Amín sigue manteniendo que la auténtica
globalización es la globalización socialista, por
lo cual esta mala globalización que estamos padeciendo
camina hacia la catástrofe; cuando esto suceda se producirá
el advenimiento de la buena globalización, que es la globalización
comunista. Esta es una visión neomarxista en la que se
introducen dos elementos no considerados por Marx: El elemento
medioambiental (planteando el agotamiento de los recursos como
elementos finitos) y el elemento cultural (criticando la interpretación
mecanicista de las relaciones entre estructura y superestructura,
en la cual ésta es una mera consecuencia casi superflua
de aquélla, cosa que, por otra parte, Marx jamás
dijo).
Como ejemplo del proceso de homogeneización, vamos a aludir
a la industria armamentística, que es lo primero que se
normaliza: El calibre de las balas es el elemento fundamental
de normalización de los procesos de producción,
y bajo ese esquema se realizan el resto de los procesos de homogeneización.