Asociación Cultural Wenceslao Roces

 

Semana Republicana 2007 - Mitin

Comunicado con motivo de los actos conmemorativos de la IIª República.

Carlos Glez. Penalva intervino en nombre de la Asociación Wenceslao Roces en el mitin con el que culminaba la manifiestación por la IIIª República del 14 de abril en el marco de la Semana Republicana 2007. En el acto político participan en nombre de las organizaciones convocantes: Carlos Glez. Penalva (Asoc. Wenceslao Roces), Jennifer de Jesús (Juventud Comunista de Asturias) y Francisco de Asís Frdz. Junquera (Secretario General del Partido Comunista de Asturias). A continuación presentamos el comunicado de la Asociación Wenceslao Roces.


Estimados compañeros, camaradas,

Nos encontramos reunidos, aquí y en muchos otros lugares de España,  para conmemorar el 76 aniversario de la IIª República Española. Juntos, rendimos homenaje no sólo a sus insignes protagonistas, sino a todos los hombres y mujeres que durante aquéllos años lucharon por una sociedad más avanzada, más justa, mejor. De su labor, de su sacrificio, todos debemos sentirnos deudores.

Pero no podemos contentarnos con lo que el capital y la reacción desearían que supusiese el día de hoy: la conmemoración de una fecha simbólica para nostálgicos, para historiadores y jóvenes revoltosos. Aunque se trate de un referente ineludible, el fenómeno político y social que supuso la IIª República no es el núcleo de los actos y concentraciones que se vienen efectuando a lo largo de la semana en toda la nación.

La instauración de la IIª República inundó de esperanza los corazones de millones de obreros y campesinos. En el horizonte, se vislumbraba un futuro muy distinto de la España feudal y caciquil que había sometido a tantas generaciones de españoles: Frente a monarquías y dictaduras, República y democracia. Frente al yugo clerical, Estado laico. Frente al analfabetismo y la ignorancia, educación para todos. Frente a la explotación, derechos laborales. Frente a los grandes terratenientes, reforma agraria…

La socialdemocracia y la derecha del presente – ambas fundidas en el crisol del modo de producción capitalista – han intentado difundir la idea de que la transición supuso la vuelta de la democracia al pueblo español, después de 40 años de usurpación de su legítima soberanía por el fascismo franquista en santa alianza con la burguesía capitalista y la iglesia. Así, pretenden hacernos olvidar que la supuesta democracia de raíz burguesa y liberal en la que hoy vivimos no es nieta de aquélla República, sino hija de las fuerzas reaccionarias articuladas en torno a los fascismos en auge de la época que truncaron por la acción violenta el huracán republicano de transformaciones políticas y sociales.

La socialdemocracia y la derecha del presente, en fin, promocionan la ficción histórica según la cual la transición española y, por ende, la “democracia”, fueron criaturas alumbradas sin sangre. En semejante relato, queda convenientemente omitida toda la trágica historia de luchas, martirios, torturas y sacrificios protagonizados por héroes anónimos del pueblo español. Las manos de Suárez, González y sus secuaces, manos expertas en manejar la pomada, el perfume, habían presentado el retoño ya limpio de sangre y bañado en agua de rosas. Aquellos hombres, que sabían tanto de historia, no podían olvidar tan de repente la de España que ellos venían a continuar. Y no la olvidaban: lo que hacían, lo que hacen nuestros gobernantes, no es sino traicionarla. Cuando la socialdemocracia y la derecha política y económica dicen que la “democracia” vino sin sangre, quieren decir que no se hacen solidarios ni se sienten deudores del enorme caudal vertido por el pueblo español en sus luchas contra la reacción. Ellos no gobiernan para ese pueblo luchador; como tantas veces escuchamos, gobiernan “para toda España”, que en perversa sinécdoque identifican con sus amos y señores: terratenientes, banqueros, obispos y generales. Las enormes posibilidades que la transición abría para la transformación de la sociedad y el estado español, las sacrificaron aquéllos gobernantes a la que era su máxima ambición: hacer que la reacción, que durante la República había sido expulsada del viejo caserón de la monarquía, se sintiese tanto o más a gusto en el nuevo y flamante edificio al que denominaron “democracia”. Los obreros, que eran la vanguardia del movimiento por la democracia, han tenido que aplazar una vez más la realización de sus legítimas aspiraciones.

La esencia de estos actos, como decíamos, no es por tanto celebración, homenaje o sentido recuerdo. Tales son los tributos que se le rinden a un muerto ilustre. Hoy, aquí y en muchos otros lugares, todos nosotros prestamos voz a las aspiraciones de transformación social que las clases dominantes han acallado durante tanto tiempo, temerosas de que el murmullo se convierta en grito capaz de quebrar sus privilegios. La represión ideológica y cultural contra republicanos y comunistas no podrá aplacar nuestras ansias de transformación económica, productiva, política y social. Tal es nuestra fuerza, tal es nuestra convicción.

Compañeros, camaradas: la República está viva, pues sus aspiraciones están presentes. Debemos avanzar juntos hacia la constitución de una III República Española que garantice, formal y materialmente, la igualdad económica, política y social de todos los ciudadanos. La igualdad de derechos y deberes de todos y cada uno de los españoles, según sus necesidades, según sus capacidades.

Para conseguir este objetivo debemos luchar juntos por construir  un estado democrático. Pero atención, porque democrática también llaman a esta España presente. Decía el camarada Roces que las palabras, como las ideas adquieren y pierden o pervierten su significación según el uso que de ellas se haga con arreglo a su proyección social. Y bien sabemos que la palabra ‘democracia’ ha sido manejada no pocas veces en la historia como manto ideológico para encubrir mucho contrabando. Hoy, como antes, se prostituye la palabra para verter hediondas desnudeces, para engañar y desorientar, para llevar a los hombres y a los pueblos a la matanza, a la esclavitud y la alienación, al servicio del imperio del capital.

Para aquilatar el valor de las palabras y de las ideas políticas, para desentrañar su sentido efectivo y real, debemos seguir aquél sano consejo que nos invita a juzgar a los hombres, a los pueblos y a los gobernantes, no por lo que dicen sino por lo que hacen. Cuando hablamos de una democracia vinculada al proyecto republicano que aquí estamos revindicando, no estamos apelando ningún concepto vago, engañoso, como si de un reclamo o señuelo se tratase. Apelamos a la construcción de un estado democrático en tanto que la democracia no es una idea pura que viene a posarse sobre el mundo. No tenemos, como quieren vendernos nuestros gobernantes, un déficit democrático – porque lo que no tenemos es democracia–. La democracia se construye en la práctica, superando en el ejercicio la contradicción capital-trabajo; y es que nuestro horizonte político no está delimitado por el conflicto entre izquierda y derecha en el marco del capitalismo, sino que seguimos inmersos en una confrontación de más largo alcance, a saber, la que se produce entre capitalismo y socialismo como modelos alternativos.

No asumir la constitución  de una IIIª República en estos términos, ante todo, de igualdad económica, es, sin duda, defender los intereses de las clases dominantes. La defensa, por ejemplo, de la posesión de la tierra por parte de grandes terratenientes, que en nuestro país no sólo no son expropiados, sino que son objeto de homenajes y distinciones –como la que recibió la duquesa de Alba, quizá por su firme contribución a la explotación de cientos de miles de jornaleros. La defensa, también, del poder absoluto que la burguesía monopolista y sus aliados ejercen sobre la economía y la política de nuestro país, sin que los ciudadanos podamos hacer otra cosa que sufrir en nuestras carnes sus balances de cuentas, sus déficits y sus quiebras, que nunca son las suyas sino las nuestras.

El deseo, la voluntad de transformación social, deben recibir una forma orgánica y ser encauzados en una organización sólida y fuerte. Una organización capaz de integrar el ímpetu de cada uno en la praxis revolucionaria de todos. Sabemos que la reacción es fuerte, quizá más fuerte que nunca. No podemos repetir los errores del pasado. No podemos volver a caer. Nuestro entusiasmo y voluntad, reflejados hoy aquí, serán estériles si no los encuadramos en la acción organizada. Recordemos las palabras de Gramsci: «Las ideas, sin organización, no están vivas.»

Compañeros, camaradas, sellemos en éste día tan significado nuestro compromiso con la consecución de una sociedad justa e igualitaria en lo económico, en lo político y en lo social. Nuestro compromiso con la construcción de la III República española, del socialismo.

     Salud y República.      

 

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