José María Laso Prieto

«Irán: cinco años de "Jomeinismo"»

Revista Argumentos nº 63/64 Revista Argumentos (pág. 30-96), año VIII, 1984; Madrid

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


Introducción

Portada del nº 62 de la Revista ArgumentosEl 12 de febrero se cumplirán cinco años del derrocamiento del Sha y del comienzo de la revolución islámica en el Irán. Cualquiera que sea la opinión que se sustente sobre el desarrollo de los acontecimientos en dicho país, nadie puede Ignorar la transcendencia histórica del proceso que en él se inició en 1979, uno de los hechos políticos e históricos menos conocido y comprendido en España. A ello no sólo ha contribuido la lejanía geográfico-cultural, sino también algunos de los rasgos específicos que caracterizan a una revolución social realizada bajo formas islámicas. De hecho, el desconocimiento es anterior al actual proceso. Si se exceptúa la etapa del Dr. Mossadeq –en que Irán pasó a un primer plano de la actualidad por el conflicto que originó la nacionalización de sus yacimientos petrolíferos– los medios de comunicación social españoles dedicaron más atención a la vida fastuosa del Sha que a la realidad económica, social y política del país.

En consecuencia pudo sorprender, a muchos españoles, la combatividad que las masas iraníes demostraron en el proceso de derrocamiento del Sha que culminó en febrero de 1979. También la violencia y el odio que se desencadenó contra los que habían pertenecido al aparato represor de Reza Pahlevi. No obstante, ese odio es perfectamente explicable si se tiene en cuenta la magnitud de la represión que se desencadenó en Irán, a partir del golpe militar que, organizado por la CIA, puso fin en 1953 al gobierno nacionalista del Dr. Mossadeq. La .sintetiza muy bien el poeta Reza Baraheni, al precisar que «durante los últimos veintitrés años, millares de hombres y mujeres han sido ejecutados después de un juicio sumarísimo. Se calcula que 300.000 personas han entrado y salido de la cárcel durante los últimos diecinueve años de la SAVAK (temible policía secreta); se arrestaba mensualmente un promedio de 1.500 personas. El 5 de junio de Según el «Annual Report» (1974-75) de Amnistía Internacional, el número de presos políticos oscila entre 25.000 y 100.000. En el prólogo a tal informe, Martín Ennals decía: “El Sha mantiene su imagen benévola a pesar del índice de pena capital más alto del mundo, de un sistema nulo de tribunales civiles y de una historia de torturas que supera lo imaginable”» (Reza Baraheni. «Persia sin máscaras». Argos-Vergara. Barcelona, 1978). Por ello, la matanza de centenares de pacíficos manifestantes en Quom, Tabriz, Shiraz, Isfahán, Teherán, etc., llevada a cabo en la fase final del régimen, no sólo explica el deterioro definitivo de tal imagen sino también la tempestad de odios que después se desencadenó.

El Sha, uno de los hombres más ricos de la tierra

El Sha Reza Pahlevi –que debía su restauración en el trono al golpe militar de 1953– se consideraba sucesor del imperio persa fundado por Ciro el Grande hace más de 2.500 años. A costa del hambre de su pueblo, este sátrapa oriental no sólo gozó de una vida fabulosa sino que acumuló una inmensa fortuna. Así, el «Washington Post» reveló en 1977 que la fortuna del Sha en el exterior se calculaba ya en 26.000.000 de dólares, más la estimación de que por lo menos la mitad de los 4.000.000.000 de dólares transferidos de Irán a Estados Unidos también le pertenecía. Por ello no puede sorprender que, en 1978, el escritor iraní Reza Baraheni precisase desde el exilio: «En la actualidad la riqueza del Sha equivale a la de los Emperadores antiguos gracias a las restituciones parciales secretas, los sobornos y los porcentajes obtenidos en la venta de armas, a la malversación de millones de dólares norteamericanos de ayuda y al constante saqueo de los obreros, los campesinos y la clase media del Irán. Ahora se cuenta entre los dos o tres hombres más ricos de la Tierra» («Persia sin máscara»). 

Sin embargo, tales causas no agotan la explicación del fantástico ritmo de enriquecimiento propio logrado por el Sha en las últimas décadas. Hay que tener también en cuenta el autoritario desarrollo capitalista que Reza Pahlevi impulsó desde 1953. Con él tuvieron lugar importantes cambios sociales y económicos en el país, que iniciaron el tránsito de la feudalidad a un capitalismo monopolista de Estado. El objetivo que, como consecuencia de tal proceso, el Sha se asignó en 1974 fue «hacer de Irán una de las cinco potencias industriales más potentes del mundo de aquí a fines del siglo». Empero, como en la leyenda clásica, el Sha hizo de aprendiz de brujo y desencadenó fuerzas infernales que después ya no pudo controlar. Jorge Timossi describe así el fenómeno: «La economía tradicional iraní fue cortada en seco por el súbito arribo de los petrodólares, la profunda penetración de las multinacionales y la aparición de una burguesía ligada al capital extranjero. El petróleo, siempre el petróleo. Cuatriplicando el precio de venta en 1973, Irán que es el segundo exportador mundial, detrás de Arabia Saudita, con una producción de 250 millones de toneladas anuales, ve pasar sus ganancias de 5.000 millones a 20.000 millones de dólares por año. Reza Pahlevi decide así en 1974 duplicar sus inversiones; llevarlas a alrededor de 70.000 millones de dólares hasta 1978 para una entrada previsible de 122.000 millones de dólares. El Sha incrementó sus sueños y promesas miríficas. Fue el tiempo de las multinacionales, el de los contratos fabulosos, el de los escándalos financieros. El ritmo de crecimiento se comenzó a comparar con el del Brasil, y también se hablaba de “milagro iraní” y de “subimperialismo”. El “milagro” en Irán sufrió idéntico choque con la realidad que el brasileño: las clásicas medidas de austeridad comenzaron a hacerse sentir para intentar “sanear” una situación precursora del desastre. Tales medidas golpearon a los asalariados, los pequeños campesinos y las clases medias, ya duramente afectados por una tasa de inflación de un 35 por 100, por un alza de alquileres que, en un año (1978), se elevó en 200 por 100, y por una vertiginosa subida de los productos de consumo. La causa de todo ello fue que el crecimiento de la renta nacional se basó en los beneficios petrolíferos, sin planificación económica, y en beneficio inmediato de las multinacionales. El “desarrollo” iraní se realizó en la anarquía y la represión, sin construcción de infraestructura y hundiendo al país en la dependencia de las importaciones extranjeras, ya sea para la instalación de complejos petroquímicos, la compra de armas o de centrales nucleares o para las fábricas de montaje de automóviles». («Irán no alineado». Edit. de Ciencias Sociales. La Habana, 1979.) 

El sueño del Sha, que pretendía convertir al Irán en la quinta potencia industrial del mundo, se complementaba con su función de «gendarme del golfo Pérsico». El necesario punto de apoyo se lo proporcionaba la nueva política exterior de Nixon en la década del 70: evitar comprometerse en guerras locales pero reforzar militarmente a ciertos países regionalmente seleccionados –Israel, Brasil, Irán, Arabia Saudita, etcétera– para que desempeñasen las funciones de gendarmes regionales al servicio de la metrópoli. A partir de mayo de 1972, apoyándose en los pactos bilaterales secretos entre Irán y Estados Unidos, Nixon y Kissinger se volcaron militarmente en apoyo de su subordinado iraní. Así, el presupuesto militar iraní 1975-1976 consagró 10.000 millones de dólares, sobre 36.000 millones, a la compra de armamentos. Con ello, la potencia militar iraní no tiene rival en el Oriente Medio: 545.000 hombres bajo las armas, más de 1.900 tanques, 41 buques de guerra, incluidos hidrodeslizadores lanzacohetes, modernos submarinos «Tang» etcétera. La fuerza aérea, elevada a 100.000 hombres, además de 500 sofisticados aviones de asalto, dispuso de bombarderos F-4 de larga distancia, 2.616 cohetes aéreos y de una flota de helicópteros AH-IJ capaces de operar nocturnamente. Y esta descomunal máquina militar no permaneció pasiva. Además de la represión interior, en diciembre de 1973 intervino en Dhofar –golfo de Omán– contra el movimiento árabe de liberación. Después el Sha envió armas y consejeros militares a Yemen del Norte, ocupó tres islas en el estrecho de Ormuz y participó en la represión del movimiento democrático en el Beluchistán paquistaní. 

Un coloso con los pies de barro 

Ni el «milagro iraní» ni tan potente Ejército salvaron al imperio del Sha. En realidad, era éste un coloso con los pies de barro que se vino a tierra estrepitosamente ante la presión popular. Por desgracia, no sin sacrificios. Fueron necesarias manifestaciones masivas –reprimidas sangrientamente–, huelgas generales, prisiones y torturas, con un balance final que se calcula en más de 60.000 muertos y alrededor de 100.000 heridos.  

Un factor decisivo para afrontar tanto sacrificio lo constituyó el elemento religioso. El islamismo (cuya traducción literal sería «actitud religiosa de sumisión a Dios») tiene en el Corán un código religioso y social (y, por lo tanto, político), con un fuerte carácter ético jurídico. Sin embargo, el Corán, como la Biblia, se presta a diferentes lecturas, desde igualitarias y progresistas hasta conservadoras o aristocráticas. Ahora bien, a diferencia de otras religiones, la ley islámica (shari'a) tiene por objeto garantizar al hombre, en la vida presente, las mejores condiciones de vida y, en una vida futura, la recompensa eterna. Pero el primer elemento terrenal, y existencial, es decisivo. El Corán lo sintetiza cuando dice: «El árbol verde, que tiene las raíces en la tierra, y cuyas ramas alcanzan el cielo». 

De ahí que resistir a las tiranías, al despotismo, aparezca como un deber musulmán, basado en el igualitarismo: el Corán plantea que en una sociedad «hay todo lo suficiente para todos» y por ello, según algunos autores, el islamismo no acepta la explotación del hombre por el hombre y entraña una ideología de lucha contra las desigualdades. Estas características generales del islamismo aparecen en Irán con las particularidades del chiísmo, ligadas a su vez a su formación histórica y étnica. Es decir, al origen no semita sino indoeuropeo de su población. Después de tres siglos de ocupación árabe, un movimiento religioso, el chiísmo, se desencadenó en Irán contra esa dominación. Por ello el chiísmo es herético para los invasores sunnitas, pero reclama para sí la auténtica ortodoxia. Se supone que el chiísmo es un «Islam iranizado» y se lo presenta desarrollándose, como religión de minorías, frente a una religión oficial cuyo poder está «en el extranjero». 

Según Timossi, la diferencia mayor con los sunnitas radica en que éstos consideran a Mahoma como el profeta que clausura la historia religiosa, mientras que los chiítas profesan que Mahoma, si bien «sella» la profecía, se une con el «ciclo de la profecía». Así el chiísmo clausura la historia religiosa, no es cautivo de un pasado sino de la profecía «en marcha», lo que refuerza su carácter no institucionalizado y su renovación, y compenetración, con la praxis, en el mundo. A los tres principios del Islam sunnita –unicidad de Dios, revelación y juicio final– el chiísmo añade el principio de la justicia. Chiíta (sh'ia) significa partidario, militante, adepto de Alí. Es decir, del califa Alí Ibn Taleb, asesinado por los omayyades que usurparon el Califato y gobernaron desde Siria. El «partido» de Alí opera una religión profética, clandestina, enfrentada a la concepción sunnita del Califato, del poder material y del orden administrativo. Su función de oposición al poder tuvo excepciones y, a veces, el chiísmo representó el poder y el orden. 

En todo caso, la religión chiíta no tiene estructura jerárquica. Los ayatollah –término que significa «designado de Allah»– obtienen su autoridad por su sagacidad frente a las dificultades. Estrechamente ligados con sus fieles, son éstos los que escogen, por sus preferencias, al ayatollah y le aportan la ayuda económica. Es esta relación la que hace y deshace un ayatollah. Además, el ayatollah se gana la confianza de su pueblo mediante el coraje. El que los manifestantes contra el Sha ofreciesen su pecho a las balas con tanto entusiasmo tenía netas raíces de clase pero también religiosas. Las mismas que, recientemente, llevaron al voluntario sacrificio de sus vidas a los conductores de los camiones, cargados de explosivos que volaron los cuarteles de los «marines» yanquis y de los «paras» franceses en el Líbano. Tales conductores eran también chiítas y no debe olvidarse que, además de su núcleo fundamental del Irán, existen creyentes chiítas en el Líbano, Iraq, Afganistán y Yemen. Tampoco el chiísmo es homogéneo ideológicamente. Además de los elementos antidespóticos y progresistas descritos, lo integran el elemento rural feudalista, el conservador, el mistificador y el que debilita sus tradiciones radicales y democráticas con expresiones de un anticomunismo visceral. No obstante, sin su impulso movilizador de masas, y la función de aglutinador revolucionario desempeñada por el ayatollah Jomeini, no se habría vencido al Sha y su potente Ejército en tan breve tiempo. Empero el componente reaccionario, que también se da en el chiísmo, no tardaría en aparecer y serviría de base y pretexto para la regresión que alcanzó su viaje thermidoriano en febrero de 1983. 

Durante los dos primeros años de la revolución (1979-81), los se­guidores de la línea de Jomeini, con el apoyo popular, consiguieron:

• Nacionalización de la banca privada, sociedades de seguros y grandes empresas.
• Retirada de Irán del tratado militar SENTO (dependiente de la OTAN) y adhesión al grupo de países no alineados. Expulsión de más de 50.000 consejeros americanos e ingleses incrustados en el ejército.
• La promulgación de una Constitución que garantiza la independencia político-económica del país, la devolución a las masas populares de las riquezas expoliadas, la limitación de la esfera de actividad y de las ganancias de las empresas capitalistas, la aplicación de la reforma agraria orientada a liquidar la propiedad latifundista en beneficio de los campesinos sin tierra y de los propietarios de pequeñas parcelas, la libertad de los partidos políticos, etc.

El Thermidor iraní: Un freno a la reforma agraria y a la Constitución 

Sin embargo, dada la heterogeneidad del movimiento popular que derrocó al Sha, era inevitable que en su seno se reflejase la lucha de clases. Esta se ha librado como un enfrentamiento entre el «Islam revolucionario» y el «Islam reaccionario», en torno al problema de la reforma agraria y de la actitud sobre la aplicación de las cláusulas progresistas de la Constitución. Tras frustrar los sucesivos complots de Banisadr y Ghotbzadeh, la revolución islámica pareció consolidarse en su tendencia hacia el socialismo y el no alineamiento en política exterior. Sin embargo, las conquistas logradas en esa dirección por el pueblo iraní han sido efímeras. La falta de un programa claro de socialización, la confusión ideológica, la división de las fuerzas revolucionarias, el terrorismo ultraizquierdista de los mujaheddines del pueblo abonaron el terreno a la reacción. El núcleo de dirigentes musulmanes de izquierda, que se había aglutinado en torno a Jomeini, casi ha desaparecido exterminado por el terrorismo «izquierdista» y las maniobras de los integristas. Ello ha permitido recuperar la hegemonía, en los círculos dirigentes islámicos, a los sectores derechistas del clero musulmán. A todo este proceso no ha sido ajena la acción de EE.UU., mediante la presión externa y la subversión interna. Hay que reconocer que la CIA ha sabido actuar con habilidad parasitando algunas organizaciones iraníes. 

Otro factor regresivo ha sido la guerra de los mil días entre Irak e Irán. Esta contienda, que ha originado ya más de 200.000 muertos, sólo sirve a los intereses que tratan de neutralizar la revolución iraní y de evitar una evolución progresista del régimen baasista del Iraq. Se inició por una agresión iraquí «basándose en informaciones de los servicios de inteligencia británicos y procedentes de los norteamericanos. Los Estados Unidos necesitaban en aquellos momentos debilitar a Irán y la forma más idónea de hacerlo era una guerra que pusiera en peligro su producción petrolífera. La razón subyacente era que la revolución islámica representaba un fenómeno que podía hacer peligrar a todos los regímenes árabes...» (Joaquín Bollo. «Argumentos» 59-60). 

Esta guerra desencadenó en Irán una ola de chauvinismo en la que se apoyaron las fuerzas contrarrevolucionarias para enfrentar el régimen islámico con los países socialistas y justificar la represión de las más genuinas fuerzas revolucionarias: Partido Popular (Tudeh) del Irán y organización Fedahiyin del Pueblo (mayoritaria). A partir de febrero de 1983, una ola de terror se abate sobre ambas. Según se refleja en Irán Actual (revista del Partido Tudeh en el extranjero) más de 10.000 comunistas iraníes han sido detenidos, millares torturados y centenares fusilados. Simultáneamente se montaron «shows» en que, sorprendentemente, probados dirigentes tudehs «confesaban» ser agentes de potencias extranjeras.

Paralelamente se ha frenado la reforma agraria –mediante la no ratificación, por el Concilio de Guardianes de las Leyes, de la Ley de Reforma Agraria y de la Ley de Nacionalización del Comercio Exterior– a la vez que se desnacionalizan industrias y se fomenta de nuevo la inversión del gran capital foráneo. Todo ello con el correspondiente viraje en la política exterior. Se suscita así el problema teórico de las limitaciones de una revolución librada bajo formas religiosas.