José María Laso Prieto

«La religión en la obra
cumbre de Leopoldo Alas »

en Revista Argumentos nº 63/64. Madrid: PROPRENSA, 1984, pp. 38-43 (año VIII).

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


Por su complejidad narrativa, estética, ética e ideológica, «La Regenta» constituye todo un universo temático del que se pueden seccionar –para su mejor análisis– muy diversas facetas. De entre éstas, una que ha mantenido su interés, a lo largo del siglo transcurrido, es la de la función de la religión en «La Regenta». Comprendiendo en esa función no sólo su vertiente estrictamente religiosa –en su sentido transcendente– sino también ideológica e institucional. Las primeras reacciones que sobre tal función se produjeron no pudieron ser más contundentes. Para tipificarlas, basta con recordar la famosa pastoral del Obispo de Oviedo, Padre Martínez Vigil, de 25 de abril de 1885 [1] . Independientemente de que el infundio, de la supuesta distribución gratuita de ejemplares de «La Regenta», quedase rápidamente desvirtuado en la correspondencia que «Clarín» sostuvo con el obispo Martínez Vigil, y de la cordial relación que ambos mantuvieron posteriormente, subsiste el problema de fondo suscitado por el contenido del texto de «La Regenta» y de la forma en que Leopoldo Alas abordó en su obra la temática religiosa. 

Para situar debidamente la perspectiva con que «Clarín» aborda dicha temática, no basta con precisar la propia trayectoria religiosa del autor. Es preciso también insertarla en el contexto de su época, tanto en el plano de la fase concreta de la evolución de la Iglesia Católica en aquel momento histórico –internacional y nacionalmente– como en el del desarrollo específico de la sociedad española en tal etapa. 

La Iglesia de León XIII 

«La Regenta» se elaboró y publicó durante el largo pontificado de León XIII (1878-1903). Su antecesor, Pio IX (1846-1878), había sido incapaz de comprender los procesos políticos y sociales que en poco más de medio siglo habían transformado Europa. Asociado con las fuerzas más reaccionarias, Pío IX se mantuvo en cruzada permanente contra los movimientos revolucionarios sociales y nacionales. En el célebre Syllabus («Sílabo de los errores de nuestro tiempo»), publicado en 1864, anatematizó el socialismo y toda la civilización moderna, reprobó la separación de la Iglesia del Estado, denominó «locura» a la libertad de conciencia y «error hediondo» a la libertad de palabra. En 1869 Pío IX logró que el I Concilio Ecuménico Vaticano aprobase su línea ultrarreacionaria y consagrase el dogma de la infalibilidad papal. Realmente, no se podía ir más allá de Pío IX en su inútil intento de frenar el desarrollo político, social y cultural de la época. Por ello, el Cónclave que eligió a León XIII suscitó una gran expectativa y la esperanza de un viraje que adaptase la Iglesia Católica a los tiempos modernos. En ese sentido fue ya significativa la elección del nombre de León XIII. Indicaba que, por una parte, se proponía apartarse de la política de Pío IX, y, por otra, su intención de defender firmemente los intereses de la Iglesia, al igual que lo habían hecho sus antecesores medievales del mismo nombre. 

El cardenal Ferrata, en sus memorias, atribuía a León XIII el propósito de conciliar la fe con la razón, la Iglesia con la sociedad, y el Papado con los gobiernos de la Francia republicana y de la Alemania del Kaiser. Sociológicamente, ello requería una transacción con la burguesía ascendente. En el plano político, la posición del nuevo Papa ha sido muy bien sintetizada por el historiador Grigulévich: «León XIII fue partidario de la participación más activa de los católicos en la vida política, especialmente en los países donde ellos constituían la mayoría de la población. Aún cuando en sus encíclicas sostenía la doctrina del origen medieval del poder supremo y daba prelación a la monarquía absolutista como forma de gobierno, el Papa Pecci admitía la posibilidad de colaborar con regímenes parlamentarios e incluso republicanos, a condición de que, como señalaba la encíclica Libertas, de 20 de julio de 1888, "no hayan sido infringidos los derechos de nadie y, principalmente, sean atendidos los derechos de la iglesia". "¡Id de las sacristías al pueblo!" Llamó con particular insistencia al clero. Estimuló la formación de sindicatos católicos, que actuaron desde posiciones de colaboración de clases, y de todo género de entidades católicas laicas» [2] . En un plano más general, según Grigulévich, León XIII se daba cuenta del daño causado a la autoridad de la Iglesia por el Syllabus y, sin derogarlo, trató de presentar al catolicismo como amigo e incluso campeón del progreso científico y técnico, como protector de artes y oficios. Trató de inculcar en la opinión pública que religión y ciencia no se contradicen sino que se complementa. Este planteamiento convenía a algunos científicos acomodaticios y, al mismo tiempo, imprimía a su autor el halo de protector de las ciencias. En realidad, en esta etapa, la Iglesia seguía temiendo el progreso científico no menos que durante los pontificados anteriores. 

La España de la Restauración 

Este contexto general, de la evolución de la Iglesia Católica, debe, a su vez, ser situado en el condicionamiento que impuso a España el proceso histórico de la Restauración. Según el profesor Jover Zamora, entre 1875 y 1880 se desarrolla un proceso constituyente destinado a sentar los pilares de un régimen cuyas estructuras formales durarán, con la interrupción de la dictadura de Primo de Rivera, hasta 1931. Tal proceso constituyente cristaliza en la Constitución de 1876, constitución escrita cuya proyección será coordinada con una constitución sociopolítica real que, desde Costa, viene siendo definida de forma tan simplista como gráfica a partir del binomio «oligarquía y caciquismo». Caracterizando las décadas, decisivas para la Restauración, del setenta y ochenta, Jover Zamora precisa que «los años setenta son, en lo político, los del establecimiento de un régimen nuevo. Establecimiento harto más laborioso, prolongado e informe de lo que podrían sugerirnos algunas fechas concretas... En lo ideológico, presencian la recepción de una filosofía positivista que todavía no va a producir, empero, los frutos propiamente nacionales que veremos aparecer más adelante; persiste en tanto un idealismo, tanto en la filosofía como en la literatura, que manifiesta cierta inercia respecto al krausismo vigente en los años sesenta y que entra en pugna con el pragmatismo, cínico a veces, de una filosofía oficial sin excesivas con­vicciones. Años en que tiende a desvanecerse, bajo el peso de la derrota y de la represión, el obrerismo afecto a la I Internacional, de sesgo utópico y anarquista, en tanto que todavía no se ha conformado –porque es fenómeno propio de la década siguiente– el naciente socialismo marxista español. Años, en fin, en que la actitud política de España respecto al resto de Europa viene presidida por la idea canovista del recogimiento (...) Los años ochenta muestran una España más sólida y madura. Muchas cosas que en la década anterior se habían mostrado en agraz o en grado incipiente de desarrollo, se manifiestan ahora en toda su relativa plenitud. El estudioso de esa manifestación señera de la cultura española en tiempo de la Restauración que es la novela, sabe bien la diferencia de maduración que media entre lo escrito en una y otra década: del costumbrismo, más o menos descriptivo, de la construcción "ideocrática" expuesta en blanco y negro, al hondo análisis de los problemas presentes en la conciencia moral de las clases medias... El régimen se consolida; el bipartidismo funciona tras la prueba de fuego de la muerte de Alfonso XII. Si los primeros años de la Restauración llevan una impronta netamente canovista –doctrinaria– los años ochenta traen vientos liberales... Frutos tardíos del Sexenio son, en efecto, la consagración formal de los principios democráticos alumbrados por aquél: desde el juicio por jurados al sufragio universal. Pero con el sórdido envés de algo perdido irremisiblemente por el liberalismo al pasar del Sexenio a la Restauración: su talante ético, su sinceridad» [3] . 

Precisamente, la relevancia que la novela tiene, como reflejo de la España de la Restauración, es la que impulsó al historiador Tuñón de Lara a dedicar el primer capítulo –si se prescinde del metodológico– de su obra «Medio siglo de cultura española» a la España de Galdós y de «Clarín». En él se precisa que, en esa época, España seguía siendo un país eminentemente agrario, a pesar del empuje minero-siderúrgico de Vizcaya y del núcleo textil de Cataluña. Un país de estructuras de producción arcaicas, en el cual todavía se hacen negocios y capitales aprovechando los restos coloniales. Es también la España del caciquismo, que precede a un sufragio universal que nace tarado, y la de la alianza oligárquica entre alta burguesía y grandes terratenientes. En esta España, con un 71 por 100 de analfabetos, la perspectiva ideológica de Galdós y de «Clarín» es la de la burguesía liberal no integrante de tal oligarquía. Para Tuñón de Lara, el conjunto de la obra novelística de Galdós –durante estos años– muestra la anatomía y los resortes de la sociedad española entre 1860 y 1880 y, muy particularmente, de la sociedad madrileña. 

Se ha caracterizado a Galdós como el escritor urbano por excelencia, no obstante el semi-ruralismo de algunas de sus narraciones. Empero es, sobre todo, el escritor de Madrid. No es ese exactamente el caso de «Clarín». Como precisa Tuñón de Lara, «“Clarín” –y pensamos, ante todo, en el “Clarín” de “La Regenta”– será también escritor urbano, pero de capital de provincia. La urbe capitalina de Galdós y la provinciana de “Clarín” son dos partes de un todo en la España de la Restauración, cuya base de sustentación es la inmensa España rural, en poder del caciquismo teleguiado desde la capital de provincia y desde Madrid, donde las tres cuartas partes de los españoles nacen, viven y mueren, trabajan, sufren y gozan en el horizontal anonimato de la intrahistoria. (...) El máximo exponente de la obra literaria de “Clarín”, “La Regenta” es la crítica más profunda de la sociedad española a escala provincial en los años que siguieron a la Restauración. Vetusta, es decir, Oviedo, cuando aún las minas no se han convertido en clave económica de la región, es paradigma del término medio –o mediocre– de la provincia gris. Verdadera suma de la existencia provinciana en el último cuarto del siglo XIX..., libro inventario de la provincia española, llama a “La Regenta” Juan Bécarud. No exageramos, pues, al decir que Vetusta no es sólo Oviedo, sino España entera en los tiempos de Cánovas» [4] . 

La evolución religiosa de «Clarín» 

Situado mínimamente el contexto en que se elabora y publica «La Regenta», antes de abordar las distintas interpretaciones que se han realizado de la función de la religión en la misma, es preciso conocer el desarrollo de la ideología religiosa de Leopoldo Alas. A ello dedicó amplio espacio Marino Gómez-Santos, en su ensayo bio-bibliográfico de «Clarín». Utilizando tal fuente, y cotejándola a su vez con otros datos más dispersos, es posible conocerla con cierto detalle. Como antecedentes, se remite a la de sus padres. Aunque no ha quedado testimonio de la del padre, la acendrada religiosidad de la madre consta en la propia correspondencia de «Clarín». También de la religiosidad juvenil de Leopoldo Alas existe testimonio fehaciente. Y no sólo en lo que pueda tener de autobiográfico el protagonista, Juan de Dios, de su cuento «El Señor» sino asimismo en sus poemas de adolescencia «La ofrenda» y «La voz de Dios» que recoge el profesor Martínez Cachero en su trabajo «Los versos de Leopoldo Alas». A su vez, el propio «Clarín», rememorando su etapa estudiantil, escribía años después: «... Por cierto, que in illo témpore era yo un adolescente bastante buen católico, aunque muy liberal, que con un seudónimo envié dos o tres poesías místicas a El Cascabel, que me las publicó enseguida.» (Clarín, Fontaura. En Madrid Cómico, número 208 de 29-1-1887).

Según Gómez-Santos, esta religiosidad juvenil de Leopoldo Alas puede certificarse por lo menos hasta la revolución de septiembre (de 1868). El proceso político que entonces se inicia tiene indudables repercusiones ideológicas en el futuro «Clarín». Se radicaliza su incipiente liberalismo y ello no puede por menos que afectar a su fervor religioso. En ese sentido, mayor trascendencia tiene todavía su traslado a Madrid, en 1871, para realizar el doctorado en Leyes y estudiar Filosofía y Letras. Para el profesor Varela Jácome, esta etapa es decisiva en la formación de Leopoldo Alas. Todo contribuye a su maduración ideológica: las clases de la Universidad, las tertulias literarias, las sesiones científicas del Ateneo, el teatro, las redacciones de revistas y periódicos. Esta influencia se precisa todavía más por Varela Jácome: «Los grandes maestros universitarios abren nuevos horizontes al estudiante provinciano. El grupo krausista está intentando agitar la conciencia española, romper con el formulismo escolástico de la enseñanza. Y Leopoldo Alas se siente atraído por la doctrina de Nicolás Salmerón, Urbano González Serrano, Francisco Giner de los Ríos... La influencia más decisiva es la de Giner de los Ríos, desde su cátedra de Filosofía del Derecho, y en la dirección de la tesis doctoral del escritor, sobre El Derecho y la moralidad. La dependencia, la deuda al maestro krausista, es reiterada por Clarín en distintas fechas» [5] . Tal krausismo no es estrictamente el propio de ese epígono del idealismo clásico alemán, sino la interpretación que de la filosofía de Krause realizaron Sanz del Río y Giner de los Ríos. Suponía, ante todo, el primado de la razón y la confianza absoluta en el saber humano. En el plano religioso, suponía la adscripción a una religión natural o racional –para los más radicales– o un catolicismo liberal, para muchos de sus seguidores. 

En este marco, el joven Leopoldo Alas se siente atraído por el liberalismo avanzado que eclosiona en la Revolución de 1868 y sufre la crisis que le conduce del catolicismo tradicional a la religión racional. Este proceso ideológico se refleja muy bien en sus «Cuatro cartas de un estudiante», publicadas por el diario «La Unión» en 1878. En no menor grado en su tesis doctoral «El Derecho y la moralidad». Bajo una fuerte influencia krausista, se plantea Alas el problema de la relación entre libertad racional y moralidad: «La libertad racional abraza toda la actividad de los seres racionales; pero con no ser la moralidad más que una de sus esferas, en tanto que. la actividad de la libertad racional ha de ser guiada al bien, por puro motivo del bien mismo, es la moralidad también forma total de la actividad, y se nota su íntima conexión con el derecho, que es también forma total de vida. El derecho y su ley consisten en producirlo todo como condición viva y eficaz para el logro del destino de todos los seres, en cuanto puede depender ser racional» [6] . 

Ahora bien, la influencia krausista no erradicó totalmente el catolicismo de «Clarín». Incluso, la religiosidad de que estaba impregnada pudo contribuir a consolidar el sedimento cristiano de su personalidad. Tal fenómeno es muy bien reflejado por Carolyn Richmond: «Los sentimientos juveniles perderán seguramente algo de su inocencia al entrar en contacto Clarín con el krausismo durante su década madrileña, pero aunque esta ideología profundamente ética le animara sin duda a censurar los abusos de la Iglesia, nuestro autor dejará percibir en más de un escrito de esta época aquella religiosidad real a la que se refirió en “Cartas de un estudiante. IV”» [7] . De ahí que no pueda sorprender la crisis espiritual que –a juzgar por diversos testimonios– sufrió «Clarín» en la última mitad de la década del ochenta, y el comienzo de la del noventa, con evidentes repercusiones en su obra literaria. Carolyn. Richmond aporta el propio testimonio personal de «Clarín» en el que describe su religiosidad y relación con la Iglesia: «Mi historia natural y mi historia nacional me atan con cadenas de realidad, dulces cadenas, al amor del catolicismo... como obra humana y como española... Rezo a mi modo, con lo que siento, con lo que recuerdo de la niñez de mi vida y de la infancia de mi pueblo.» (Reseña del libro «La Unión Católica», de Víctor Díaz Ordóñez, en Revista Literaria. Noviembre 1889).

Además de Gómez-Santos y Richmond, otros autores, Cabezas, Unamuno, Pérez de Ayala, Azorín, Arboleya Martínez, Balbín Victorero, Baquero Goyanes, Gullón, etc., aportan diversos testimonios y opiniones sobre dicha crisis espiritual. En 1893, el propio «Clarín» recoge en un volumen, con el título de «El Señor y lo demás son cuentos» varias narraciones cortas donde se refleja la evolución de su pensamiento religioso. Sin embargo, «Clarín» no fue muy explícito sobre esta segunda evolución religiosa constitutiva de un complejo fenómeno que, a nuestro juicio, ha situado bien Carolyn Richmond –en el trabajo citado– al precisar que «La crisis personal de Leopoldo Alas tiene que ser entendida dentro del contexto más amplio de la crisis general del fin del siglo, sobre todo en la ideología y en la estética, crisis que introdujo, entre otras cosas, una nueva corriente espiritualista.» En todo caso, esta fase de la evolución religiosa de «Clarín» rebasa el ámbito cronológico de nuestra temática. 

La religión en «La Regenta» 

La faceta levítica de la Vetusta de «La Regenta», es situada muy bien por Benito Pérez Galdós en su prólogo a la segunda edición de la obra magna de «Clarín»: «Comienza Clarín su obra con un cuadro de vida clerical, prodigio de verdad y gracia, sólo comparable a otro cuadro de vida de casino provinciano que más adelante se encuentra. Olor eclesiástico de viejos recintos sahumados por el incienso, cuchicheos de beatas, visos negros de sotanas raídas o elegantes, que de todo hay allí, llenan estas admirables páginas, en las cuales el narrador hace gala de una observación profunda y de los atrevimientos más felices» [8] . Y, caracterizando a la figura, que considera culminante de la obra, precisa Galdós en el mismo texto: «Si no fuera un abuso descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, diría que Fermín de Pas es más que un clérigo, es el estado eclesiástico en sus grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen».

Aplicando a ese medio, y a tales personajes, su propia reelaboración de los criterios estéticos y metodológicos del naturalismo, «Clarín» realiza una multifacética crítica de la sociedad provinciana de la época. En ella, al igual que su admirado Galdós, estudia «determinadas relaciones de la vida», penetra «con observación directa de la realidad de las cosas»; se enfrenta con «el problema religioso en España con toda naturalidad, sin falsificar el medio social, a pesar de los tradicionales obstáculos que a ello se oponían». (De «Del estilo en la novela», de «Clarín», citado por Varela Jácome.) De ahí que «La Regenta» haya sido clasificada como una obra anticlerical. Empero conviene matizar tal clasificación y lo hace muy certeramente Tuñón de Lara: «Nadie ignora que La Regenta es un libro anticlerical. Conviene, sin embargo, matizar esta idea, así como disipar confusiones sobre las actitudes religiosas de «Clarín». La crítica va dirigida a la función temporal, político-social, que se asigna al clero de Vetusta en una época en que coinciden las concesiones de Cánovas a la institución eclesiástica –para arrancarla de la influencia carlista– y el espíritu de batirse a la defensiva en los viejos baluartes alimentado por el aún reciente Concilio Vaticano I (tan distinto del Vaticano II)» [9] .

Para matizar debidamente ese anticlericalismo de «Clarín», es también útil la distinción que Carlos Luis Álvarez efectúa entre católico dogmático y católico histórico. Después de haber rastreado en Quevedo y Larra la veta satírica de «Clarín», C. L. Álvarez descubre en «Clarín» un católico histórico. Es decir, un liberal refrenado por el peso histórico que el catolicismo ha tenido en España. Por ello, si bien, como galdosiano y renaniano convencido, era partidario de la separación de la Iglesia del Estado, comprendía también las enormes dificultades que a esa racionalizadora medida se opondrían. Para evitar el enfrentamiento que ello supondría –«Clarín» intuía el riesgo de guerra civil implícito– se inclinaba por la acción de «“injertar”. Injertar en la España Católica la España liberal. Que no es falsificar la libertad, ni corromper a los católicos mediante el soborno del presupuesto, ni seducir, ni hacer propaganda, sino practicar verdaderamente la tolerancia» [10] . 

Tal tolerancia se hacía tanto más necesaria por el catolicismo que encontró «Clarín» en la España de su tiempo. Incluso en la etapa de «La Regenta», que corresponde cronológicamente al pontificado de León XIII, España seguía bajo el influjo ultrarreaccionario de Pío IX. Las consecuencias quedan muy bien reflejadas por José Luis Aranguren, en la cita que en «Clarín un cristiano en la balanza» hace Gil de Muro: «En España, antes de la Restauración no hubo ni asomos de un catolicismo liberal. Había sin duda muchos liberales que eran personalmente católicos, pero públicamente no procedían en cuanto a tales. En cambio el catolicismo como actitud aparecía siempre ligado al reaccionarismo, a la crítica de la civilización moderna, a la defensa de los «intereses» de la Iglesia, a la alianza del Trono y del Altar, al paternalismo, al régimen de la Cristiandad, etc.». Frente a este catolicismo reacciona «Clarín», pero no lo hace frontal ni sectariamente. De hecho, «Clarín» rechazaba todo sectarismo, cualquiera que fuera su procedencia. Por su carácter, se mantenía en un estado de duda permanente que precisa certeramente Eduardo T. Gil de Muro: «Y es que Clarín nunca tuvo la seguridad de haber acertado en el planteamiento religioso que hacía de su propia inclinación hacia lo espiritual, tenía que mantener a duras penas una batalla cotidiana en pro de su independencia de criterio. Lo que le aterraba más era contemplar hasta qué punto resultaban poco menos que imposible sostener en la España de su tiempo una libertad de conciencia por la que sería capaz de dar muchas horas de reflexión, bastantes angustias, trueques y retrueques de su propio pensamiento, y finalmente, el ansia interior de la duda y aún del sufrimiento privado e incomunicable» [11] . 

Mediante la caracterización del complejo marco histórico, cultural y religioso en que se inserta la actividad de «Clarín» –y de su propia trayectoria religiosa– hemos tratado de situar el problema de la función de la religión en «La Regenta». Tal método nos ha parecido más operativo que el tradicional consistente en realizar una exégesis subjetiva de la gran obra clariniana. Existen muchos trabajos en ese sentido y han dado lugar a las más diversas interpretaciones. Algunas de ellas, a nuestro juicio, de gran calidad, como la de Frances W. Weber sobre «Ideología y parodia religiosa en las novelas de Leopoldo Alas». En este buen análisis del entrelazamiento que, en «La Regenta», se produce entre el elemento erótico y el religioso no observa Weber una actitud antirreligiosa. Según Weber, «la inversión y parodia de valores no es un ataque a la religión o a cualquier ideal específico, sino más bien la denuncia de la inutilidad de todos los esfuerzos por vivir únicamente de abstracciones y de todos los intentos de negar la complejidad humana. Los monismos materialistas e idealistas del siglo XIX habían reducido el universo a materia o a espíritu, y el novelista encuentra tanto una reducción como la otra igualmente inadecuadas como normas de conducta» [12] . Tampoco puede olvidarse que «Clarín» rehuyó asistir a un Congreso de Librepensadores, a que había sido invitado, y que, en su áspera polémica con el agustino P. Muiños, llegó a escribir: «Yo soy más cristiano que usted. Creálo. Yo deseo que ningún sacerdote se ponga en ridículo...» Por ello, no podemos por menos que compartir la opinión del profesor Tuñón de Lara al clasificar a Galdós y «Clarín» en el ámbito del «anticlericalismo cristiano». Sin duda, de haber sido nuestros contemporáneos hoy figurarían en las filas de un cristianismo avanzado y progresista.

 



[1] Marino Gómez-Santos, Leopoldo Alas «Clarín». Ensayo bio-bibliográfico. Prólogo de don Gregorio Marañón. Instituto de Estudios Asturianos. Oviedo, 1952, p. 153 y ss. 

[2] I. Grigulévich, El Papado en el siglo XX. Editorial Progreso. Moscú. 1982, p. 28. 

[3] Gabriel Tortella, Casimiro Martí, José Mª Jover Zamora, J. L. García Delgado y David Ruiz. «Revolución burguesa, oligarquía y constitucionalismo (1834-1923)». Tomo VIII de la Historia de España dirigida por M. Tuñón de Lara. Editorial Labor. Barcelona. 1981. p. 272. 

[4] Manuel Tuñón de Lara, «Medio siglo de Cultura Española (1885-1936)». Editorial Tecnos. Madrid. 1977. pp. 30 y 32. 

[5] Benito Varela Jácome, Alas «Clarín». EDAF Ediciones. Madrid, 1980, página 16. 

[6] Op. cit. pp. 19 y 20.

[7] Leopoldo Alas «Clarín». Treinta relatos. Selección, edición y notas de Carolyn Richmond. Selecciones Austral. Espasa Calpe. Madrid, 1983. p. 253.

[8] Leopoldo Alas (Clarín), La Regenta. Con prólogo de Benito Pérez Galdós. Edición facsimilar conmemorativa de su publicación. realizada por La Caja de Ahorros de Asturias. Oviedo. 1984, p. 16. 

[9] Manuel Tuñón de Lara, Medio .siglo de Cultura Española (1885-1936). Editorial Tecnos. Madrid, 1977, p. 32. 

[10] Carlos Luis Álvarez, «Clarín va a misa». En la revista Los Cuadernos del Norte. Año II, nº 7. Mayo-junio, 1981, pp. 111 y 112.

[11] Eduardo T. Gil de Muro, «Clarín: un cristiano en la balanza». En la revista Los Cuadernos del Norte, nº 7. Mayo-junio, 1981, pp. 114 y 116.

[12] Frances W. Weber, «Ideología y parodia religiosa en las novelas de Leopoldo Alas», en el volumen de Sergio Beser, ed. Clarín y «La Regenta». Editorial Ariel. Barcelona, 1982, p. 135.