José María Laso
Prieto
«¿Qué hacer?»
Texto preparado para su edición digital por
Gretel Sánchez García.
Leyendo el artículo “La moral de la Historia” de Juan B. Berga —publicado en el n.º 590 de “Mundo Obrero— ante la dicotomía que suscita entre la recuperación de la moral de la Historia y la recuperación de la moral del partido, se me suscitaba la permanente interrogante política formulada en la pregunta ¿Qué hacer? Pregunta de muy significativo interés revolucionario. Como es sabido, así titularon respectivamente Chernyshevski y Lenin dos libros que tuvieron gran repercusión en el destino político de Rusia. El revolucionario populista, lo escribió en forma de novela didáctica durante su reclusión en la siniestra fortaleza de Pedro y Pablo situada en San Petersburgo. Inspirándose en el título de la obra de Chernyshevski, con la misma finalidad didáctica, Lenin publicó en 1902 su célebre opúsculo “¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento” en el que se planteaban las tareas que debía desarrollar el partido, en aquella etapa, en forma de opciones políticas. Ahora también se plantea al PCE el mismo interrogante y vamos a tratar de responderlo en función de las cuestiones que suscita el interesante artículo de Juan Berga. Empero, antes, intentaremos matizar los cariñosos reproches que en él nos hace.
Nuestra distinción —en el artículo “¿Sigue siendo necesario el PCE?” (Mundo Obrero n.º 587)— entre el PCE e IU., como instrumentos de primer y segundo grado para la transformación social, no tiene sentido patrimonial sino exclusivamente taxonómico. Y no sólo por el origen sino también por su constitución y diferencias funcionales. Salvadas las naturales diferencias, equivaldría a la distinción leninista entre partido y sindicato como formas superior e inferior de organización de la clase obrera. Sin que de ello pudiera deducirse el tópico de la “correa de transmisión”. IU debe desempeñar una función trascendental en la aglutinación de fuerzas políticas y sociales, necesarias para el cambio de sociedad, y a ella le corresponde el peso fundamental en la acción política tanto institucional como movilizadora. Al PCE, durante un largo período, la función de intelectual orgánico colectivo y columna vertebral organizativa. Esa función la debe desempeñar el PCE en colaboración y competencia con las demás organizaciones integradas en IU, incluidos los denominados independientes. Así se lograría esa hegemonía compartida que también consideramos necesaria. Nunca hemos pretendido atribuir (en ello te equivocas, Juan) al PCE la función de armonizar en exclusiva la ideología de IU o del Bloque Social de Progreso. En ese sentido somos gramscianos y, como tales, sólo concebimos la hegemonía como dirección político-moral. Es decir, no como dominación administrativa o coercitiva sino como una dirección cultural, intelectual y política exenta de corporativismos o chovinismos de partido. Esa es la función del intelectual orgánico colectivo que debe desempeñar el PCE en el seno de IU y que debe ser tan compartida como la de constituir su columna vertebral. Y no por derecho de primogenitura sino por su capacidad de entrega y de elaboración política, mientras sea posible mantenerla en mayor grado que los demás integrantes.
Juan Berga considera desafortunada la utilización que en nuestro artículo hacemos del término “liquidacionismo”. Debemos aclarar que también en ese punto nuestra finalidad era clasificatoria. En política, para que todo el mundo sepa a que atenerse, conviene precisar bien las respectivas posiciones. Sin maniqueísmos ni incitación a la “caza de brujas”. Nada más lejos de nuestra intención. Por ello, en nuestra remisión a Lenin, precisamos que éste se refería a los que pretendían liquidar la organización clandestina del partido y no la legal. Sin embargo, también consideramos que en el año que se conmemora el LXX aniversario del PCE conviene que todos nos pronunciemos sin equívocos sobre su futuro. Y no para excomulgar a nadie. Tan legítima e la opción liquidacionista —si la finalidad es lograr una mayor eficacia transformadora— como la que apuesta por el mantenimiento del PCE por considerar que sin su función IU perdería su operatividad y acabaría desintegrándose. Tampoco vamos a pedir que los militantes que sustenten posiciones liquidadoras se vayan del PCE, y pasen a ser independientes en IU, aunque hay quien sostiene que así serían más coherentes. Para la claridad del debate, y en beneficio de nuestros objetivos comunes, bastaría con una definición precisa de sus posiciones y el común sometimiento al criterio mayoritario.
No existe tal dicotomía
El artículo de Juan Berga es muy útil, ya que sugiere muchos temas de interés que hasta ahora no se han abordado debidamente en los debates del PCE. Lamento no disponer ya de suficiente espacio para poder matizarlo, tanto desde la perspectiva de mi posición personal como de la de la “subárea de debate teórico” en cuyas elaboraciones participo. Con independencia de prometer hacerlo en trabajos posteriores, vamos ya a adelantar una impresión global. Juan Berga sostiene: “hay que situarse entre la siguiente opción: recuperar la moral de la Historia o recuperar la moral del partido.” No consideramos que debamos incurrir en opción tan dicotómica. Ambas recuperaciones —y otras varias— son necesarias. Si: en nuestro artículo “¿Sigue siendo necesario el PCE?” nos limitamos al tema del partido fue por razones metodológicas y de espacio. En la actual situación política —que debe ser subsumida en la crisis general de valores de nuestra civilización— no es posible limitar el análisis a la problemática de los instrumentos indispensables para la transformación social. Tampoco basta —como propone Juan Berga— con una genérica programación de lo social, lo solidario, como centro de nuestro proyecto político. No somos meros herederos de la concepción igualitaria del marxismo sino que, por definición congresual, militamos en un partido marxista. Sin que ello signifique negar otras respetables opciones individuales. Por ello, la cuestión clave del ¿Qué hacer? debe tener respuestas más concretas que la simple exaltación de lo social y de una democracia sin contenidos específicos. Sin resistencialismos, ni fundamentalismos dogmáticos tenemos que afrontar, y ejecutar, diversas tareas en distintos niveles, que nos hagan recuperar nuestra incidencia en la sociedad. En síntesis, a desarrollar en un trabajo posterior, podrían ser:
1) Una renovación en profundidad del PCE, en su estructura y funcionamiento, que nos permita trascender del centralismo burocrático a un auténtico centralismo democrático.
2) Un salto en el nivel de formación cultural, ideológica, política y social de sus cuadros y militantes. En la situación actual ya no basta con el instinto de clase o el fideísmo comunista. No hay hegemonía política sin previa, o simultánea hegemonía cultural.
3) Hacer de IU no sólo la cristalización de la política de convergencia sino la base de un auténtico Bloque Social de Progreso transformador. Sin instrumentalización partidista ni asambleismo espontaneista libertario inoperante.
4) Recuperación del marxismo como teoría científica emancipatoria indispensable para fundamentar el movimiento transformador. Sin ningún talmudismo dogmático, cualquier capitulación en ese campo nos conduce al fracaso. Los procesos históricos de los países del Este lejos de refutar al marxismo constituyen su mejor verificación.
5) Preparar una estrategia eficaz para afrontar los enormes problemas sociales que va a suscitar el paro estructural masivo producido por la rápida introducción de las nuevas tecnologías.
6) Desarrollar la solidaridad internacionalista para compensar la desaparición del contrapoder del bloque socialista frente al aventurerismo imperialista.
7) Aportar una contribución significativa a la lucha, desde las instituciones europeas, por un nuevo orden económico internacional más justo y solidario.
