José María Laso Prieto

«Los límites del liberalismo»

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


 

     Por supuesto, no nos referimos a los del liberalismo en el sentido que el término tiene en castellano desde las Cortes de Cádiz. De ese liberalismo somos herederos la izquierda española actual en mucho mayor grado que la derecha. Tampoco del talante liberal al cual debe aspirar, como modelo de conducta, toda persona racional e ilustrada. Nos referimos al denominado liberalismo global que, impulsado por la Administración del expresidente Reagan, se basa en la creación de una enorme presión sobre los ciudadanos de todo el mundo para que se decanten hacia opciones que fomenten un clima de rentabilidad y de atracción de capitales. El tema fue ya abordado por los economistas norteamericanos Samuel Bowles y Herbert Gintis en su interesante libro Democracia y capitalismo: la propiedad, la comunidad y las contradicciones del pensamiento social moderno. Su actualidad se ha acrecentado ahora con la baja del dólar, las negras nubes que se ciernen sobre la economía de los EE.UU. y las consecuencias que pueden derivarse de la agresión del Irak de Sadam Hussein contra Kuwait. Según Bowles y Gintis, «La lógica del liberalismo global es simple y nada nueva: las limitaciones de la competencia y la movilidad internacional del capital pueden reducir la libertad de acción de los Gobiernos hasta tal punto que el Estado nación, democrático o no, sea soberano únicamente de nombre. Con la democracia constreñida a un espacio reducido, los ricos tienen poco que temer de las ocasionales tendencias de Robin Hood del Estado popular». El elemento de novedad, en esa lógica, es proporcionado por un grado mucho mayor de movilidad mundial de las empresas y la eficacia de la amenaza de trasladarse a otros países. Con esa amenaza, las empresas multinacionales logran no sólo escandalosas exenciones de impuestos, y de las leyes de protección del medio ambiente, sino incluso reducir las normas de protección social de sus trabajadores. Para conseguir tales objetivos, el modelo liberal global se basa en la eficacia de lo que se ha denominado huelga del capital: las empresas distribuyen su producción a escala mundial para minimizar sus costos: las posibilidades de empleo en cada país dependen, consecuentemente, de la capacidad de cada Estado para crear un clima económico atractivo y, a su vez, la capacidad de los gobiernos, para asegurar su reelección, depende mucho del nivel de empleo antes de las elecciones. Así se facilitan los triunfos electorales de las fuerzas conservadoras.

     Debe reconocerse que el mecanismo del liberalismo global ha funcionado eficazmente, durante la última década, posibilitando pingües beneficios al gran capital internacional y la ofensiva mundial neoliberal. Empero, parece haber topado ya con su propio límite. La práctica ha demostrado que no es posible conseguir el mundo idealizado de la hipermovilidad del capital en que se basaba. El hecho de que los tipos de interés reales y los índices de beneficios netos difieren mucho entre diversos países demuestran que la movilidad del capital está lejos de la perfección. Además, durante la década del 80, los EE.UU. se beneficiaron de una especie de huelga del capital al revés. La adhesión hacía la política de Reagan produjo una fuerte corriente de capital hacia los EE.UU., atraída también por sus altos tipos de interés. De hecho, esa corriente de capital extranjero financió tanto el déficit del Gobierno USA como su déficit comercial. En contrapartida, EE.UU. pasado a ser el mayor deudor mundial permitiendo que su pueblo viviese por encima de sus medios por valor de más de 100.000 millones de dólares al año. Los expertos estiman que a fin de año EE.UU. tendrá un déficit público de 232.000 millones de dólares. Para financiar ese déficit explosivo el Gobierno tiene que emitir deuda pública con altos tipos de interés... que, a su vez, generan más deuda. Tampoco la economía global de los EE.UU. marcha bien. El crecimiento del producto interior bruto (PIB) ha bajado hasta el 1,1% y se teme que a fin de año alcance una tasa negativa. Todo este proceso se refleja ya en la continua baja del dólar. Ello produce un circulo vicioso, ya que si se rebaja el tipo de interés –necesario para disminuir la deuda externa– los inversores extranjeros se retirarían provocando una baja en la demanda de dólares y una mayor caída en la cotización de esta divisa. Y ello sin contar con el alza de la inflación que ocasionará el conflicto Irak-Kuwait. ¿Quién puede negar que nos encontramos ante un claro limite del liberalismo global?