Por supuesto, no nos referimos a los del liberalismo en el sentido
que el término tiene en castellano desde las Cortes de Cádiz.
De ese liberalismo somos herederos la izquierda española actual
en mucho mayor grado que la derecha. Tampoco del talante liberal
al cual debe aspirar, como modelo de conducta, toda persona racional
e ilustrada. Nos referimos al denominado liberalismo global
que, impulsado por la Administración del expresidente Reagan,
se basa en la creación de una enorme presión sobre los ciudadanos
de todo el mundo para que se decanten hacia opciones que fomenten
un clima de rentabilidad y de atracción de capitales. El tema
fue ya abordado por los economistas norteamericanos Samuel
Bowles y Herbert Gintis en su interesante libro Democracia
y capitalismo: la propiedad, la comunidad y las contradicciones
del pensamiento social moderno. Su actualidad se ha acrecentado
ahora con la baja del dólar, las negras nubes que se ciernen sobre
la economía de los EE.UU. y las consecuencias que pueden derivarse
de la agresión del Irak de Sadam Hussein contra Kuwait.
Según Bowles y Gintis, «La lógica del liberalismo
global es simple y nada nueva: las limitaciones de la competencia
y la movilidad internacional del capital pueden reducir la libertad
de acción de los Gobiernos hasta tal punto que el Estado nación,
democrático o no, sea soberano únicamente de nombre. Con la democracia
constreñida a un espacio reducido, los ricos tienen poco que temer
de las ocasionales tendencias de Robin Hood del Estado popular».
El elemento de novedad, en esa lógica, es proporcionado por un
grado mucho mayor de movilidad mundial de las empresas y la eficacia
de la amenaza de trasladarse a otros países. Con esa amenaza,
las empresas multinacionales logran no sólo escandalosas exenciones
de impuestos, y de las leyes de protección del medio ambiente,
sino incluso reducir las normas de protección social de sus trabajadores.
Para conseguir tales objetivos, el modelo liberal global se basa
en la eficacia de lo que se ha denominado huelga del capital:
las empresas distribuyen su producción a escala mundial para minimizar
sus costos: las posibilidades de empleo en cada país dependen,
consecuentemente, de la capacidad de cada Estado para crear un
clima económico atractivo y, a su vez, la capacidad de los gobiernos,
para asegurar su reelección, depende mucho del nivel de empleo
antes de las elecciones. Así se facilitan los triunfos electorales
de las fuerzas conservadoras.
Debe reconocerse que el mecanismo del liberalismo global ha funcionado
eficazmente, durante la última década, posibilitando pingües beneficios
al gran capital internacional y la ofensiva mundial neoliberal.
Empero, parece haber topado ya con su propio límite. La práctica
ha demostrado que no es posible conseguir el mundo idealizado
de la hipermovilidad del capital en que se basaba. El hecho de
que los tipos de interés reales y los índices de beneficios netos
difieren mucho entre diversos países demuestran que la movilidad
del capital está lejos de la perfección. Además, durante la década
del 80, los EE.UU. se beneficiaron de una especie de huelga del capital
al revés. La adhesión hacía la política de Reagan produjo
una fuerte corriente de capital hacia los EE.UU., atraída también
por sus altos tipos de interés. De hecho, esa corriente de capital
extranjero financió tanto el déficit del Gobierno USA como su
déficit comercial. En contrapartida, EE.UU. pasado a ser el mayor
deudor mundial permitiendo que su pueblo viviese por encima de
sus medios por valor de más de 100.000 millones de dólares al
año. Los expertos estiman que a fin de año EE.UU. tendrá un déficit
público de 232.000 millones de dólares. Para financiar ese déficit
explosivo el Gobierno tiene que emitir deuda pública con altos
tipos de interés... que, a su vez, generan más deuda. Tampoco
la economía global de los EE.UU. marcha bien. El crecimiento del
producto interior bruto (PIB) ha bajado hasta el 1,1% y se teme
que a fin de año alcance una tasa negativa. Todo este proceso
se refleja ya en la continua baja del dólar. Ello produce un circulo
vicioso, ya que si se rebaja el tipo de interés –necesario para
disminuir la deuda externa– los inversores extranjeros se retirarían
provocando una baja en la demanda de dólares y una mayor caída
en la cotización de esta divisa. Y ello sin contar con el alza
de la inflación que ocasionará el conflicto Irak-Kuwait. ¿Quién
puede negar que nos encontramos ante un claro limite del liberalismo
global?