El 12 de junio me desplacé a Valladolid para desarrollar en
su Centro Cívico una conferencia sobre «La mundialización de
la economía y sus consecuencias sociales». Entre tales consecuencias
ocupa un lugar destacado la actual ofensiva neoliberal, a escala
mundial, contra las conquistas sociales logradas en más de cien
años de luchas reivindicativas de los trabajadores. En tal ofensiva,
un elemento esencial está constituido por la política de privatizaciones
de empresas y servicios públicos estatales y municipales. Coincidiendo
con mi conferencia se produjeron graves incidentes en el Ayuntamiento
de Valladolid –hasta el punto de que se suspendió el pleno municipal–
como consecuencia de que el Grupo municipal del Partido Popular
trata de aprovechar su mayoría absoluta en la Corporación para
privatizar el servicio municipal del agua. Al parecer, se da
en ese sentido, en la ciudad castellana, una situación muy similar
a la de Oviedo. Por tratarse de un servicio que afecta a un
elemento esencial para la vida humana, ello me hizo recordar
una frase famosa del escritor norteamericano Jack London,
según la cual, “si los capitalistas pudiesen controlar el aire
acabarían privatizándolo y nos lo venderían aplicando tarifas
cada vez más elevadas”. Ello me llevó a recordar la polémica
que en la prensa de la ciudad californiana de Oakland sostuvo Jack London en 1896. La evocación no me resultó difícil,
ya que desde hace tiempo estoy elaborando un amplio trabajo
sobre el célebre escritor norteamericano. En dicha polémica,
London abordaba críticamente la utilización del agua como un
elemento de lucro privado y defendía la municipalización de
los servicios de agua.
Para la mejor comprensión de la posición de London, conviene
proporcionar algunos datos sobre su vida y obra. Su vida transcurrió
entre 1876 y 1916. En esos 40 años desarrolló tantas actividades
que hubieran llenado varias vidas. Aún así tuvo tiempo para
publicar más de 50 volúmenes de cuentos, novelas, ensayos y
artículos periodísticos. Como conferenciante y periodista, participó
en muy diversas polémicas científicas, ideológicas, políticas
y sociales. Sus cuentos y novelas le proporcionaron celebridad
universal y en los «rankings» que publica la UNESCO, de obras
más traducidas a diversos idiomas, siempre figura Jack London
entre los diez primeros autores. Sin embargo, el hecho de que
algunos de sus más famosos relatos, como «La llamada de la selva»,
«Colmillo Blanco», «El lobo de mar», «Cuentos de Alaska», «Cuentos
de los Mares del Sur», «La expedición del pirata»,etc. se publicasen
especialmente por editoriales dedicadas a temas juveniles y
de aventuras, hizo que muchos lectores le considerasen como
un gran autor pero de temática limitada a tales temas. Esto
sucedió especialmente en España, donde la censura impidió durante
muchos años la publicación de sus obras políticas y sociales.
También se editó tardíamente su gran novela autobiográfica Martín
Eden.
Ahora bien en 1923, en su prólogo a la novela Talón de Hierro
de Jack London, Anatole France le había calificado de...
«el Carlos Marx norteamericano» y no sólo por su extraordinaria
capacidad de divulgación de las ideas marxistas, sino también
debido a que, ya en 1907, Jack London había previsto lo que
iba a ser el fascismo, incluyendo una provocación similar a
la del incendio del Reichstag: la colocación de una bomba en
el Congreso de los EE.UU. Al publicarse por primera vez en España
El Talón de Hierro, el crítico Juan Eduardo Zúñiga
decía en la revista Triunfo: «Coincidiendo con el centenario
de Jack London (1876) aparece por primera vez en España una
de las más importantes novelas de este escritor, al que se conoce
en nuestro país como autor de lecturas juveniles tantas veces
incluidas en los catálogos de nuestras editoriales. Pero esta
novela, “El Talón de Hierro”, está muy lejos de sus típicas
obras de aventuras (…) Eligió un género novelístico que no era
el corriente y en el cual se le puede considerar precursor:
la literatura futurística de contenido social (…) En esta curiosa
novela de anticipación hay profecías que sorprenden, como los
vigilantes armados de los bancos, las fuerza parapoliciales,
el desmembramiento del Imperio Británico, la proletarización
de la pequeña burguesía y de las clase intelectual...». A su
vez, Javier Alfaya decía en El País: «The Iron
Heel (El Talón de Hierro) es una estremecedora visión
del futuro de una Humanidad dominada por el capital monopolista.
Había que ser muy perspicaz a principios de nuestro siglo (…)
para encontrar en la evolución social los síntomas claros de
la contrarrevolución total, del fascismo. London fue capaz de
verlo y en ello reside el valor primordial de su libro. El
Talón de Hierro es un libro que permanece vivo y merece
una atenta lectura». Por ello, al fallecer Jack London,
el novelista Upton Sinclair llegó a decir: «Fue un verdadero
rey de nuestros narradores de cuentos, la estrella más brillante
que pasó por nuestro cielo. Nos trajo la ofrenda más grande
de genio y cerebro y es penosa la historia de lo que los EE.UU.
le hicieron». A su vez Henri Miller dijo: «No hallo otro
escritor norteamericano de igual coraje y de más energía en
América».
Cuando Jack London abordó el tema del servicio de aguas,
en la ciudad de Oakland, donde residía, se planteó la lucha
entre dos compañías privadas para hacerse con el control del
servicio de aguas. London describe así el tema: «La Contra
Costa Water Company había aportado el agua necesaria, las
instalaciones para distribuirla, y en conclusión lógica, los
capitales necesarios para hacerlo funcionar todo. Era evidente
que no eran necesarios nuevos capitales para aprovisionar Oakland
de agua. Al crearse la Oakland Water Company fue necesario
el doble de capital para alimentar de agua a la ciudad. La nueva
compañía entonces dobla las canalizaciones de la antigua, revienta
todavía más las calles, cava túneles y establece diques en nuestras
colinas, para obtener este precioso alimento. Entonces es cuando
comienza la guerra comercial, mientras que nuestros conciudadanos
se obsequian con el espectáculo y hacen al mismo tiempo sus
ahorros. Olvidan que habrá siempre un día siguiente. Con una
concurrencia tan hermosa y tan bien instaurada y con una guerra
de tarifas que hace estragos pueden producirse tres resultados.
Para comenzar, al vender con pérdidas, la compañía con menos
capital, menos capacitada para la prueba va a ser derrotada.
La otra compañía logra por el contrario gozar de un monopolio
y la primera cosa que va a hacer es sacar beneficios. Los habitantes
de Oakland que se beneficiaban de tarifas moderadas hicieron
ahora su contribución pagando mucho más caro. En segundo lugar,
la lucha será tan larga como sea preciso para que la compañía
más rica termine comprando a la más pobre. ¿Qué es lo que sigue?
La más rica se ha visto obligada a doblar su capital invertido
y buscará sobre ese capital un beneficio equivalente al que
ella recogerá ulteriormente, lo que llevará a doblar las tarifas.
Por otro lado el hecho de que hubiera perdido dinero en el curso
del período de competencia le hace todavía aumentar más las
tarifas para recuperarse». La tercera, sería un acuerdo de consorcio
entre ambas compañías que también llevaría, por idénticas razones,
al aumento de las tarifas. De ahí que London proponga
como solución la municipalización del servicio de aguas. Por
ello fue calificado de «rojo», «dinamitero» y «anarquista» hasta
que un alcalde republicano (partido de la derecha de EE.UU.)
defendió también la municipalización. Salvadas las distancias
cronológicas y geográficas, la lección de Oakland es aplicable
a Valladolid y Oviedo, como así lo manifestamos en nuestra conferencia
«La mundialización de la economía y sus consecuencias sociales»,
desarrollada en el Club de Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA
de Oviedo el 19 de junio.