José María Laso Prieto

«La lección polaca»

Texto preparado para su edición digital por Gretel Sánchez García.


     La obtención, en las recientes elecciones generales de Polonia, de la mayoría absoluta, tanto en la Dieta (Congreso) como en el Senado, por parte de los denominados “ex-comunistas” y sus aliados naturales —el Partido Campesino— constituye un hecho muy significativo de una tendencia más general que la del cambio de rumbo político de un sólo país. Tuvo ya un precedente en Lituania, donde hace unos meses fueron derrotados electoralmente por los ex-comunistas los nacionalistas de derechas que habían logrado la independencia de ese país báltico. Tras el giro a la izquierda polaco, todo induce a suponer que puede ser seguido de un viraje electoral similar por parte de otros países que formaron parte del bloque de Estados hegemonizados por la URSS. Muchos analistas políticos consideran ya como muy probable el triunfo de los ex-comunistas en las elecciones que se celebrarán en Hungría en 1994 y, en su momento, en Rusia. Cualquiera que sea el resultado final que obtenga el actual golpe de Estado de Yeltsin no se podrá mantener indefinidamente la dualidad de poderes que se da entre ejecutivo y legislativo. Las constantes torpezas políticas de Yeltsin, y sus burdas formas de actuación, han dilapidado rápidamente el capital político que obtuvo con su demagogia tanto en la elección presidencial como en el reciente referéndum. En este último caso, según la autorizada opinión del profesor ovetense Manuel B. García Álvarez —que ejerce ya desde hace dos años de asesor de la Comisión Constitucional del Parlamento ruso— los resultados obtenidos por Yetlsin se debieron a una utilización, calificada de “terrorista” por su magnitud y unilateralidad de los medios de comunicación (y especialmente de la televisión por parte del aparato propagandístico del actual presidente ruso. La reincorporación a tareas gubernamentales de Gaidar, considerado como el principal propulsor de la introducción, mediante un “tratamiento de caballo”, del capitalismo salvaje en Rusia va a depauperar todavía más al grueso de la ya empobrecida población ex-soviética. En ese sentido, el denominado “Plan de Choque” que va a tratar de aplicar Gaidar, constituye una nueva vuelta de tuerca contra el ya exiguo nivel de vida de la mayoría de la población rusa. En consecuencia no puede sorprender que el pueblo ruso acabe reaccionando electoralmente, de forma similar a como lo han hecho los polacos después de haber sufrido durante cuatro años un tratamiento de caballo semejante. En ambos casos se han aplicado, sin consideración ninguna por los sufrimientos sociales que ello iba a suponer para sus respectivos pueblos, las recetas ultraliberales que les ha impuesto el Fondo Monetario Internacional. Si ello ha llevado a una población tradicionalmente anti-comunista, como hasta muy recientemente era la polaca al viraje actual, las consecuencias del mismo tratamiento en Rusia deben ser todavía mayores. Hace ya más de un año que el diario “El Mundo” publicaba un artículo de Gavril Popov, por entonces alcalde de Moscú y uno de los más destacados apoyos de Yeltsin, en el que se preconizaba la instauración de un régimen político neofascista como único medio eficaz para introducir el capitalismo en Rusia. A juicio de Popov, la gran mayoría de la población rusa es visceralmente adversaria del capitalismo a causa de haber sido educada durante generaciones en el colectivismo. Por ello, para el ex-alcalde de Moscú, sólo se puede alcanzar en Rusia, el anhelado capitalismo, mediante la instauración de una dictadura que Popov suaviza denominándola “régimen autoritario”. En definitiva, en tal artículo quedaba claro que, en contradicción con enfáticas declaraciones anteriores, lo que los yeltsinianos pretenden conseguir no es el desarrollo de la democracia sino la implantación de un capitalismo salvaje, similar al inicial del siglo XIX, y que poco tiene que ver con las conquistas sociales obtenidas por los trabajadores en la forma de capitalismo maduro denominada “economía social de mercado”.

Una doble lección

     En el nuevo Parlamento polaco, entre la Unión de la Izquierda Democrática (constituida por los ex-comunistas), el Partido Campesino (formado por los tradicionales aliados de los comunistas) y la Unión del Trabajo (considerada como socialdemócrata de izquierda), la izquierda va a ocupar más de los dos tercios de los escaños. Menos de un tercio será ocupado por un centro dividido y debilitado. La derecha ha sido barrida en su totalidad del arco parlamentario, bien sea en la versión de las organizaciones visceralmente anticomunistas como en las tradicionales conservadoras. Lo mismo le ha sucedido al sindicato Solidaridad, cuya expresión política ha perdido toda su representación parlamentaria. Lech Walesa ha sufrido la doble derrota de sus antiguos compañeros sindicales y de la exigua representación obtenida por el bloque de apoyo presidencial que organizó. Su antigua popularidad está ya por los suelos, hasta el punto de que en una encuesta el 41% de los polacos le consideran “incapaz e insoportablemente antipático.” No menor es la vertical caída en la popularidad del Papa — según otras encuestas — confirmada además por el hecho de que las organizaciones políticas católicas han sido también barridas del Parlamento. Así paga la Iglesia Católica Polaca su prepotencia y la imposición coactiva de la ley prohibitiva del aborto. En contraste, según una reciente encuesta, más del 51% de los polacos —especialmente entre los jóvenes— consideran superior el régimen social socialista al capitalista, “aunque el primero se aplicó mal en Polonia”.

     La nueva izquierda polaca — surgida en su mayor parte del Partido Obrero Unificado Polaco (POUP), de los comunistas, o de sus aliados campesinos — no pretende retornar hacia un socialismo burocrático. Tratará de instaurar un régimen de economía mixta (pública y privada en el que se mantengan las anteriores conquistas sociales de los trabajadores, sin menoscabo de la eficacia económica, y con formas políticas plenamente democráticas. Esta es la segunda lección polaca. La primera la analizaba muy bien el filósofo marxista polaco Adam Schaff, en su capitulo “La lección polaca” de su libro “El comunismo en la encrucijada” (Editorial Crítica, Barcelona, 1983). Según Schaff, “Marx era muy restrictivo respecto a las condiciones objetivas para el éxito de una revolución socialista y en su obra “La ideología alemana” lo expresó categóricamente: si no se tienen en cuenta tales condiciones objetivas, “la vieja mierda” (die alte Scheisse) volverá en nueva forma”. Es lo que sucedió al llegar a Polonia el socialismo exportado por el Ejército soviético, sin que se diesen en el país las condiciones objetivas y subjetivas necesarias para su éxito. Tan tremendo error se podría haber evitado, si se hubiese escuchado la advertencia del “Testamento político de Alfred Lampe” escrito por un dirigente comunista polaco muerto en 1943. Ese año, Lampe escribía: “b) El camino de la revolución social no es el que se le abre a Polonia. Las enormes destrucciones causadas por los alemanes en la economía y la población imponen no una guerra civil sino la mancomunidad de los esfuerzos para la reconstrucción del país. El camino de Rusia en 1917 no es el camino de Polonia en 1943. c) Polonia necesita un camino de desarrollo propio, sin copiar modelos del Este o del Oeste. Hay que proteger a Polonia contra los ataques de la especulación contra los intentos de imponerle desde fuera un régimen político (fascismo) o económico (dominio del capital extranjero) o de desatar un guerra civil por intereses ajenos. Lamentablemente es lo que se hizo.”