José María Laso Prieto

«¿Peligro fascista en Rumanía?»

Texto preparado para su edición digital por Gretel Sánchez García.


     En casi todos los Estados que formaron parte del denominado “bloque socialista”, hegemonizado por la URSS, dominan ahora las formas de gobierno autoritarias. Incluso algunos personajes que hablan adquirido prestigio como demócratas, como es el caso del ex-alcalde de Moscú Gavril Popov, preconizan ahora la necesidad de un régimen político neofascista para asegurar una eficaz transición al capitalismo. En ese sentido, es significativa la argumentación de Popov: “Lo queramos o no, hemos de reconocer que el paso al mercado exige un poder fuerte. Fijémonos en lo que ocurre en Rusia. La democracia otorga a la población posibilidades de expresión insospechadas. Los partidos y movimientos políticos se multiplican. Cada ciudadano, gracias al derecho de voto y a la pluralidad de candidaturas, puede hacer oír su voz. Sin embargo, los rusos se oponen mayoritariamente a la economía de mercado. No resulta fácil deshacerse de unas costumbres adquiridas durante generaciones. En estas circunstanciasen sistema político en el que el Parlamento refleje la estructura actual de la sociedad no hará sino frenar la implantación de una verdadera economía de mercado. ¿Qué está ocurriendo en estos momentos? El parlamento de la URSS era mayoritariamente comunista. El de Rusia no lo es. Unos soviets locales siguen siendo procomunistas y otros no, pero su actitud con respecto al mercado es la misma: lo que les preocupa principalmente es la protección contra el mercado. Su único tema actual de discusión incide en los distintos mecanismos de defensa social. No se trata de permitir que surja el mercado sino de prevenir presuntos peligros que ni siquiera han aparecido aún. Está claro que, en estas circunstancias, no podrá surgir una economía moderna y competitiva. La existencia de estos factores me ha llevado a adoptar una postura firme. Al igual que estaba convencido de que había que destruir el régimen totalitario, tengo ahora la seguridad de que la transición al mercado sólo podrá asegurarla un régimen fuerte. Tal es mi opinión, aunque soy partidario convencido de la democracia”. (Véase “Necesidad de un régimen fuerte en Rusia”, de Gavril Popov, alcalde de Moscú; en el diario “El Mundo” de Madrid, del 20-5-1992, pág. 4)

     De la argumentación de Popov se deduce fácilmente que antepone el capitalismo a la democracia lo que hacia dudar de su democratismo al diario que le publicó. De hecho, bajo la denominación de “economía de mercado” se pretende expresar Capitalismo pero en forma menos cruda. Sin embargo, en la mayoría de los países occidentales no impera una economía de mercado pura y dura, sino lo que en sus Constituciones se denomina una “economía social de mercado”. Es decir, formas más o menos desarrolladas o deterioradas del “Estado del Bienestar”. Empero de la argumentación de Popov, se deduce que este “demócrata” ha optado por un capitalismo puro y duro, sin el menor control social y cualquiera qué sea el costo social del mismo. En tal caso el sacrificio de la democracia parlamentaria no seria sólo temporal sino permanente, ya que su costo social abismal exigiría para satisfacerlo, una constante y durísima represión de los millones de ciudadanos que se depauperizarían.

El caso rumano

     La argumentación de Popov, tiene también gran analogía con la que la propaganda nazi-fascista utilizaba, en las décadas del 30 y 40, contra las democracias parlamentarias occidentales. Antes los ingentes problemas sociales suscitados por la gran crisis económica que se inicia en 1929, se argüía igualmente que las democracias parlamentarias eran mucho menos competentes y eficaces que las dictaduras fascistas. No obstante, la práctica histórica demostró lo contrario, tanto en condiciones de paz como de guerra. Aunque en todos los países que formaron parte del denominado “bloque socialista” se da el riesgo fascista, en Rumania reviste mayor agudeza. Un viaje reciente al país danubiano, nos ha permitido documentarnos sobre el tema. Desde una perspectiva histórica, debe recordarse que la organización fascista rumana “Legión-Guardia de Hierro” fue en las décadas del 30 y 40 el tercer movimiento fascista de Europa en cuanto a base de masas, tras el partido nazi alemán y el fascismo italiano. La Guardia de Hierro tenía en los años treinta más de un cuarto de millón de militantes, cifra notablemente elevada para un país casi exclusivamente agrario y de las dimensiones que entonces tenía Rumania. Según recuerda el historiador Francisco Veiga, numerosos partidos y movimientos políticos, así como muchos intelectuales rumanos de talla, se vieron tentados por la dialéctica fascista a lo largo de los años treinta. El antisemitismo más descarnado tuvo una presencia arraigada en todo el norte del país a través de la Liga de Defensa Nacional Cristiana. La misma “Guardia de Hierro-Legión de San Miguel Arcángel”, no fue un grupo de desesperados nihilistas adoradores de la violencia por la violencia: su polifacético discurso político caló entre el campesinado, las clases medias y también entre el exiguo proletariado rumano de la época. Pero además tuvo renombrados seguidores propagandistas y militantes entre parte de la flor y nata de la intelectualidad rumana. Con tales antecedentes, no puede sorprender que después del derrocamiento de Ceasescu haya rebrotado el riesgo fascista en Rumania. Así el 20 de julio de 1990, la revista “22”, órgano del Grupo para el Diálogo Social, publicaba un extenso artículo de Víctor Bársan —titulado “El legionarismo, ¿un problema en la Rumania de hoy?”— en el que se alertaba sobre el renacer del peligro fascista en Rumania. Tras la caída de Ceasescu, el regreso del legionario fascista exiliado Josif C. Dragan ha proporcionado a los neofascistas rumanos dos relevantes órganos de expresión: el semanario “Natiunea” y la Editorial Roza Venturilor. “Natiunea” es una publicación mucho más ideológica que informativa. Sus páginas están dedicadas a exaltar la innata europeicidad de Rumania, pero a la vez rechaza el tutelaje de las grandes potencias respecto a los destinos del país. A Francisco Veiga le parece loable tal postura, pero él mismo advierte sobre la ideología subyacente. En realidad ese discurso es el de una determinada extrema derecha neofascista bien conocida: Nueva Europa, Joven Europa, el nacionalismo-revolucionario, nacionalismo de liberación contra el imperialismo de las grandes potencias pero con el objetivo final de la unidad europea, Europa como gran Nación, y al final, el ideólogo neofascista Jean Thriart con su obra “¡Arriba Europa! Europa un imperio de cuatrocientos millones de hombres”.

     Parecida argumentación es la del libro “George Uscatescu, Pledoraie pentru Europa”, de Ioana Mustata, recién publicado por la editorial neofascista citada. Esa biografía del ensayista radicado en Madrid, no habla para nada del pasado, y presente, fascista de Uscatescu. Lo mismo sucede con otro intelectual, Vintila Horia, una de cuyas citas encabeza la edición. En realidad, Dragan Uscatescu, Vintila Horia, etc. son formas más o menos atenuadas —como bien precisa Veiga— de un cierto lenguaje fascista y “moderno”, aunque no siempre es posible hacer distinciones tan sencillas, ya que las publicaciones de Dragan han evolucionado hacia un abierto antisemitismo. Incluso, desde 1991, se ha ido desarrollándole forma mucho más vociferante, una extrema derecha nacionalista autóctona, chovinista y xenófoba, siempre dispuesta al activismo callejero y a la acción directa.