José María Laso Prieto

La Idea Socialista:
Utopía y realidad

Texto preparado para su edición digital por Gretel Sánchez García


I. Introducción.

         La iniciativa del Instituto de Historia Social de Bulgaria, de celebrar una sesión científica dedicada a conmemorar en Sofía el centenario de la fundación del Partido Socialdemócrata Búlgaro constituye un gran acierto. Al igual que otros partidos socialistas europeos, nacidos también en el último cuarto del siglo XIX, el  Partido Socialdemócrata Búlgaro estaba destinado a desempeñar una importante función en  la lucha por el progreso social. En España, desde el otro extremo del continente europeo, apreciamos muy positivamente el proceso histórico que culminó el 20 de Julio de 1891 al pie de la cumbre “Buzludsha” de Stara-Planina. Es decir, en el  mismo lugar en que había caído luchando contra los opresores turcos el jefe guerrillero búlgaro Jadshi Dimiter. La reunión de “Buzludsha”, que de hecho se convirtió en el Congreso Constituyente del Partido Socialdemócrata Búlgaro, conectaba así simbólicamente la lucha nacional del pueblo búlgaro contra la dominación osmanlí con el combate de la clase obrera por su emancipación social. En ese sentido, los marxistas españoles admiramos también la figura de Dimiter Blagoev por su notable contribución a la difusión del pensamiento marxista y las ideas socialistas tanto en Bulgaria como en Rusia. A través de la labor propagandística de Blagoev, y de sus artículos en la revista “Savremenen Pokazatel”, los trabajadores e intelectuales búlgaros tuvieron ocasión de conocer el pensamiento de los clásicos del marxismo y la situación social de sus compañeros de clase europeos.

         En estos momentos en que, como consecuencia de la crisis del modelo del denominado “socialismo real”, se trata de purificar la idea socialista de las deformaciones y tergiversaciones que sufrió durante décadas en los países de Europa Central y Oriental puede resultar útil reflexionar -aunque sea dentro de los estrictos limites espaciales que supone una comunicación- sobre la relación entre utopía y realidad. No pretendemos con ello un retorno al socialismo utópico, justamente superado por la concepción del socialismo científico que elaboraron Marx y Engels, sino, por el contrario, contrastar los eventuales elementos utópicos que podían subsistir en las concepciones de Marx, Engels y Lenin con los procesos históricos reales que se produjeron en Europa central y oriental como consecuencia de la Revolución Soviética de Octubre de 1917. Todo ello con la finalidad de tener en cuenta esa experiencia para enriquecer otras vías alternativas al socialismo que no sacrifiquen el carácter democrático del proceso de transición del capitalismo al socialismo. Precisamente sobre ese tema de la relación entre democracia y socialismo tuvimos en Octubre de 1989 ocasión de asistir a un simposium internacional en Dubrovnik (Yugoslavia) -organizado por la revista “Socialismo en el Mundo”- cuyo lema sostenía que no puede existir socialismo sin democracia, lo mismo que no puede existir democracia plena sin socialismo. Hacemos nuestro tal lema, ya que consideramos que la democracia no puede ser exclusivamente política sino también económica y social. Incluso un requisito indispensable de la democracia plena es que ésta penetre en los centros de trabajo e impregne a las relaciones laborales. En ese sentido, el término “socialismo” significaría lo mismo que “democracia industrial” o “democracia social.”

II. El ideal socialista.

         Desde que la sociedad se dividió en clases antagónicas, y surgió la explotación del hombre por el hombre, emergieron también pensadores que se propusieron contribuir al logro de un modelo de sociedad en el que se erradicasen la injusticia, la opresión y la explotación humanas. Ni las luchas de los esclavos contra los esclavistas, ni las de los siervos contra los señores feudales, propiciaron que en el seno de las clases explotadas se desarrollase un pensamiento emancipador. Hubo que esperar hasta el Renacimiento -en que se manifestaba ya abiertamente la crisis de la sociedad feudal- para que surjan comunistas y socialistas utópicos de la talla de Tomás Moro y Tomás Campanella, que después son seguidos por Meslier, Morelly, Mably, Esteban Cabet, Godwin, etc. hasta culminar en los grandes socialistas utópicos del si­glo XIX: Saint Simón, Charles Fourier y Robert Owen. Marx y Engels, no obstante la crítica científica que realizaron de su socialismo utópico, siempre valoraron algunas de sus aportaciones geniales al pensamiento emancipatorio. Efectivamente, muchas de sus aportaciones constituían intuiciones geniales, pero sus doctrinas sociales eran incapaces de aglutinar una masiva fuerza social transformadora. Ni siquiera lo pretendían, ya que basándose en grandes ideas abstractas (Justicia, Libertad, Igualdad, Solidaridad, Fraternidad, etc.) se dirigían no a una clase social sino al conjunto de la sociedad. Para tales pensadores utópicos, el problema  social no radicaba en una contraposición de intereses, que por su forma antagónica revistiese la forma de lucha de clases, sino en la ignorancia -tanto por los explotadores como por los explotados- de una concepción justa de la sociedad. Para disipar esa ignorancia, bastaría la realización del ideal colectivista a través de un determinado modelo de comuna, falansterio, colectividad, etc.

         La perspectiva de Marx y Engels es diametralmente opuesta. Compartiendo con los grandes utopistas la indignación moral contra la explotación, la opresión y el dominio de clase, no basaron su teoría emancipatoria en tales ideales éticos sino en el estudio científico de la realidad social a transformar. Sobre tal base, pudieron elaborar una teoría que proporcionase a la clase obrera los instrumentos teó­ricos y metodológicos necesarios para que se pudiese bordar eficazmente el proceso de autoemancipación. Esa aportación de Marx y Engels, al proceso emancipatorio del prole­tariado, se podría sintetizar en algunos puntos:

l) Una concepción del mundo racional: el materialismo filosófico no mecanicista.

2) Un método de análisis de la realidad: la dialéctica materialista.

3) Una teoría del desarrollo social: la concepción materialista de la Historia y la función de la lucha de clases como motor de la Historia.

4) La es­pecificidad de la función del proletariado en la lucha de clases: teoría de la clase universal y de la hegemonía del proletariado.

5) El descubrimiento de las leyes que rigen el origen y desarrollo del Capitalismo, así como las de la acumulación y concen­tración del capital.

6) La teoría de la plusvalía, como fundamento del desenmascara­miento de la explotación capitalista.

7) El principio universal del internacionalis­mo proletario.

8) E1 descubrimiento de las causas económicas del colonialismo y de la opresión nacional.

9) La formulación de la estrategia y de la táctica del movimiento obrero.

10) La formulación de las premisas generales para el tránsito del Capitalismo al Socialismo y del Socialismo al Comunismo.

         Aunque Marx y Engels participaron en 1848 en el proceso revolucionario de Alemania no pudieron -por su corta duración- asumir funciones de dirección general del proceso. Tampoco pudieron contribuir directamente al movimiento revolucionario que culminó en la derrota de la Conmine de París. Sin embargo, de tales fenómenos revolucionarios dedujeron interesantes lecciones para situarlos después en los procesos de desarrollo histórico. Ambos clásicos del marxismo coincidían en considerar a las revoluciones sociales como procesos dolorosos, pero necesarios, para acelerar el progreso social. De ahí su metáfora sobre las revoluciones como parteras y locomotoras de la Historia. El término revolución es de origen galileano y originalmente pretendía describir los giros de los astros en su recorrido orbital. En los campos político y social pasó a describir procesos de cambio radicales en situaciones políticas y sociales diversas. Bien sea el derrocamiento de un régimen político, y su sustitución por otro, o profundos cambios en la estructura social originados por la sustitución del dominio de una clase social por el de otra. Por lo tanto, las revoluciones constituyen cambios cualitativos en el proceso del desarrollo social cuantitativo. En ese sentido existe una dialéctica en la que el desarrollo social evolutivo cuantitativo) es complementado por los procesos revolucionarios o de cambio cualitativo. Habitualmente se asocia la violencia con los procesos revolucionarios. Aunque las clases dominantes tienden a utilizar la violencia para defender sus privilegios, de ello no se deduce que ésta sea ineludiblemente necesaria en los procesos revolucionarios. Así el propio Carlos Marx, en la clausura del Congreso de la Iª Internacional celebrado en Ámsterdam el 7-9-1872, decía: “Pero nosotros jamás hemos mantenido que las vías para alcanzar este fin (la emancipación de la clase obrera) sean infaliblemente idénticas. No sabemos lo que ocurrirá en países como, por ejemplo, América, Inglaterra y Holanda, añadiría yo si conociera vuestras instituciones, donde los obreros quizás puedan alcanzar su fin por vías pacíficas. Pero aunque sea así debemos reconocer por nuestra parte que en la mayoría de los países europeos es la fuerza la que está llamada a jugar el papel de palanca de la revolución. En un momento dado, será precisamente a la fuerza a la que deberemos recurrir para establecer definitivamente el reino de trabajo.”

         Engels que, al igual que Marx, valoraba muy positivamente la contribución al progreso social de las revoluciones holandesa y británica y, sobre todo, de la Gran Revolución Francesa, decía, sin embargo, en su prólogo a la obra de Marx La lucha de clases en Francia: “Si han cambiado las condiciones paira la guerra en­tre los pueblos, no menos han cambiado para la lucha de clases. Pasó el tiempo de los golpes sorpresivos, de las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes situadas a la cabeza de masas inconscientes. Cuando se trata de una transformación completa de la organización social, deben participar  las mismas masas; las mismas masas ya deben haber comprendido de qué se trata, porqué dan su sangre y su vida. Esto es lo que ha enseñado la Historia en los últimos cincuenta años.”(l)

         Si Marx y Engels admitían la posibilidad de diversas vías para llegar al socialismo, no es menos cierto que también admitían distintas formas de socialización. No obstante, por su concepción científica del desarrollo social, los clásicos del marxismo rehusaron hacer de profetas describiendo con precisión la nueva sociedad superadora del Capitalismo. Ahora bien, en todo caso, en esa sociedad socialista deberían desaparecer las distorsiones que la propiedad privada de los instrumentos de producción producen en el desarrollo social. Como bien precisa el historiador soviético Victor Kiseliov, en el Capitalismo, “La pasión principal de los poseedores de la propiedad privada (el capital) consisten crear el valor (la plusvalía) y el dinero, como forma ideal y equivalente universal. El dinero y las relaciones mercantiles enlazan a la gente y se convierten en medio creador, en estímulo para trabajar y en fuente de laboriosidad. Siendo enlace entre individuos, los separa y crea condiciones de guerra de todos contra todos. Por un lado, el capitalismo, con su dominante ley del valor lleva el sistema de relaciones monetarias y mercantiles hasta su fin lógico: el fetichismo mercantil y el culto al dinero. Éste adquiere la función de intermediario entre la gente, se endiosa. Y conseguir dinero se torna un fin en si mismo y convierte al hombre del trabajo en servidor de la ganancia. Por el otro lado, Marx y Engels subrayaron más de una vez la parte fuerte y civilizadora de la ley del valor: la creación del mundo universal, de las relaciones y capacidades del individuo multilaterales. Este carácter universal (en forma aislada y antagónica) eleva a los trabajadores hasta la existencia histórica universal de la gente (haciendo de la Humanidad un todo único) y transforma la actividad de ellos en universal. Pero lo universal de la actividad existe sólo como un conjunto de trabajos particulares separados y se garantiza por la división del  trabajo y su sentido clasista a causa de la coerción y la monopolización, del progreso social  por una fracción de la sociedad en detrimento de la otra. Eliminar la misma posibilidad de ese tipo de monopolización implica eliminar clases, superar la división de trabajo, que conduce, con inevitabilidad, a consolidar la actividad social y al aislamiento.” (2)

         En ese sentido, ¿basta con la simple abolición de la propiedad privada para superar la división clasista de la sociedad? ¿Significa la simple conversión de todos en copropietarios de los medios de producción? A estas preguntas responde el propio profesor Kiseliov con una negativa rotunda. Son necesarias la universal apropiación positiva de la riqueza social creada, y en creación, por los productores asociados libremente más la devolución del mundo al control y dirección de todos los trabajadores. De ahí partían Marx y Engels afirmando que  la propiedad privada sólo puede abolirse a condición de un desarrollo multilateral de los individuos. No es, según ellos, un buen deseo, sino la tendencia real del avance social, cuyo triunfo total es posible sobre la base de librarse del fetichismo mercantil, de la época anterior en el desarrollo de la civilización. Por eso Marx y Engels dirigían el ariete de su lucha contra el Capitalismo y la ley del valor en que éste se sustenta. Descubrieron la causa de la forma mercantil de las relaciones en que la producción no es directamen­te social, ni tampoco representa el producto de la asociación que reparte el trabajo entre sus miembros. Los individuos son sometidos a la producción social, que existe fuera de ellos como algo fatal, en vez de dirigirla como su posesión común. De ahí nace el objetivo de las transformaciones socialistas, primero, y después comunistas: crear relaciones directamente sociales entre los individuos (de libre intercambio), asociados sobre la base de propiedad, disposición y utilización de los medios de producción colectivos. Desaparecerán así los eslabones mercantiles y políticos intermedios en las relaciones entre la gente. La sociedad será autogestionada y no mercantil. Al sistema “hombre-mercancía-hombre”, donde las relaciones, según Marx, serán perfectamente claras y sencillas. Esas relaciones exigen otro tipo de gente, multilateralmente desarrollada y capaz de orientarse en todo el sistema de producción.

         Desde esta perspectiva de los clásicos del marxismo, es evidente que no es tarea fácil la abolición de la propiedad privada de los instrumentos de producción. Y no sólo por la resistencia violenta que opondrían sus detentadores sino debido a que esa abolición sólo es realizable eficientemente revolucionando el sistema de relaciones sociales capitalistas y transformando la totalidad de la vida social anterior. Como muy bien precisa el  profesor Kiseliov, para Marx y Engels el socialismo sería una sociedad regulada conscientemente. Dicho en otros términos, una sociedad planificada, no mercantil y autogestionada que se basaría en la propiedad social de los instrumentos de producción. En ese sentido la hegemonía, o dictadura, del proletariado sólo sería necesaria para el período transitorio y la violencia únicamente precisa para hacer frente a la resistencia de las anteriores clases dominantes. Consecuentemente las masas trabajadoras se organizarían en asociaciones autogestionadas, como la Comunne de París, que ejercerían las funciones generales de dirección conducentes a la drástica reducción de gastos para el mantenimiento del Gobierno. A consecuencia de las transformaciones revolucionarias, siempre bajo el impulso y control de las masas, en vez de las anteriores relaciones intermedias (mercantiles y políticas) se consolidarían las directamente sociales perfectamente claras y sencillas.

         Al elaborar el ideal socialista Marx y Engels partían de la  lógica general del desarrollo del Capitalismo. Consideraban que la ley del valor y las formas de organización de la vida social correspondientes quedarían desfasadas históricamente y, por consiguiente, se crearían las premisas materiales para pasar al nuevo modo de producción. Al modo de producción socialista. Para el profesor Kiseliov, esa lógica de los clásicos del marxismo es convincente. Al eliminar las estructuras superiores del poder -estructuras y aparatos del Estado-, conservando las relaciones mercantiles, se producirían, por la espontaneidad del mercado, conflictos entre las asociaciones de productores, comarcas, regiones, etc., pues no existiría un método de regulación y protección de  los  intereses nacionales. Estos fenómenos  se producirían debido a que las relaciones mercantiles y monetarias, por su naturaleza tienden al dominio general y a la ampliación del campo de operaciones. Se hace necesario un instrumento -el Es­tado- que personifique la voluntad colectiva. Gracias a esta función temporal del Estado, las relaciones mercantiles deberían adquirir contenido socialista y dejar de ser medios de explotación de unos sectores de la población por otros. Sin embargo, una determinada práctica histórica -la determinada por el hecho de que la vía al socialismo emprendida por la Revolución Soviética quedase aislada por el fracaso de los procesos revolucionarios en los países industrialmente avanzados-produjo un resultado singular. La eliminación de  las relaciones mercantiles y monetarias conser­vando las estructuras estatales fomenta el desarrollo del burocratismo y  la arbitrariedad de las autoridades, debido a que  los trabajadores pierden la posibilidad real de un control eficaz de los aparatos del Estado. Tales aparatos tienden por su creciente  peso específico a perder su contenido clasista, a apartarse de las masas y a redistribuir la riqueza nacional en provecho propio. Esta dinámica conduce  -en de­terminadas situaciones históricas- a crear el fenómeno de burocratismo privilegiado que se ha denominado “nomenclatura”. Así, en tales situaciones históricas, la burocracia estatal tiende a convertirse en un tumor maligno en el organismo social. Y en una fase ulterior, cuando se han agotado los éxitos iniciales que para el despegue económico posibilitaba la planificación económica centralizada, la ausencia de un mecanismo económico y social que posibilite la rectificación de los errores de la planificación estatal frustra inexorablemente la economía organizada oficialmente. Surge así una economía ilegal o paralela que adquiere crecientes dimensiones y acaba neutralizando las ventajas iniciales d  la planificación.

         Ahora bien, la concepción de Marx y Engels  sobre el carácter no mercantil del socialismo, está íntimamente ligada a su concepción política del régimen socialista. Ambos  aspiraban a una sociedad autorregulada en la que todos los ciudadanos participasen directamente en las tareas de gobierno. Por otra parte, los cambios en la naturaleza del poder del Estado, y en su carácter clasista, realizados por la revolución socialista, no eliminan la función estatal de organizar el desarrollo económico como un todo único. Por el contrario, la revolución libraría a esta función de sus rasgos explotadores y aumentaría considerablemente la fuerza conjunta de los trabajadores  libres de explotación. Sin embargo, en sentido contrario, la propiedad estatal de los medios de producción crea un nuevo nivel de centralización de la sociedad al mismo tiempo que por primera vez ofrece la posibilidad de pasar a la autogestión social. La propia autogestión, si no quiere caer en la anarquía, requiere también nuevas formas de organi­zación social. Ya en su magna obra, “El Capital”, Marx abordaba este tema al precisar que “todo trabajo directamente social o colectivo en gran escala requiere en mayor o menor medida una diversificación que establezca un enlace armónico entre las diversas actividades individuales y ejecute las funciones generales que brotan de los movimientos del organismo productivo total, a diferencia del que realizan los órganos individuales. Un violinista sólo se dirige él mismo pero una orquesta necesita un director.”

Basándose en sus análisis de la experiencia de la “Commune” de París, Marx y Engels llegaban a la conclusión de que habría una etapa de transición desde la conquista revolucionaria del poder hasta el pleno logro de la autogestión social. Al Estado de esa etapa de transición -hegemonizado por la clase obrera- lo denominaron “dictadura del  proletariado”. Partían de la concepción de que ya en la primera fase de la sociedad comunista -no habría clases ni política de que el Estado, en tanto que organización de la sociedad, será ya el semiestado, medio de la autogestión social apolítica. Para Marx, la Comuna de París había convertido en realidad el tópico de todas las revoluciones burguesas, que es “un Gobierno barato” al destruir las dos fuentes fundamentales de gasto: el ejército permanente y la burocracia del Estado (3). Incluso Engels, reflexionando sobre los métodos de autodefensa del pueblo, contra la usurpa­ción del poder por el Gobierno, precisaba: “Cada uno va a tener su propio fusil y municiones en su casa y por ello cabe plantearse ¿qué Gobierno se atreverá a atentar contra las libertades políticas, si cada ciudadano tiene en casa un fusil y cincuenta cartuchos con balas?”  (4) En ese sentido Marx subrayaba también que la Comuna de Paris eliminó por completo la jerarquía estatal y se presentó como el pueblo actuando por sí mismo". Desde esa perspectiva se comprende que Engels, en carta a Augusto Bebel, llegase a la conclusión de que  “habría que abandonar toda la charlatanería acerca del Estado, sobre todo después de la Comuna, que no era ya un Estado en el pleno sentido de la palabra”. Ello incluso le permite sustentar coherentemente que “cuando el Estado se convierte finalmente en representante efectivo de toda la sociedad, será por sí mismo superfluo. El primer acto en que el  Estado se convierte finalmente en representante efectivo de toda la sociedad: la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad, es a la par su último acto independiente como Estado." (5)

Por su  parte Lenin trató de aplicar a un proceso revolucionario en marcha  las concepciones de Marx y Engels sobre el carácter del Estado en la transición del Capitalismo al Socialismo. En ese sentido, Lenin no adoptaba una rígida posición dogmática sino que fue adaptando  los principios de  los clásicos del marxismo a  las variables condiciones que la realidad le impuso. Para esa adaptación partía de la presunción del carácter no plenamente desarrollado del marxismo. Así, en su trabajo Nuestro programa decía: “No enfocamos, en absoluto, la teoría de Marx como algo acabado e intangible; estamos convencidos, por el contrario, de que colocó sólo las piedras angulares de la ciencia que los socialistas deben impulsar en todas las direcciones, si no quieren quedar rezagados en la vida”. (6) Desde esta premisa, en el VII Congreso del partido Lenin sostuvo que los comunistas todavía no sabían con certeza cómo se construiría exactamente el socialismo porque no disponían de materiales suficientes para caracterizarlo. En su práctica política, Lenin partía de las  concepciones de Marx y Engels sobre el nuevo régimen sin clases, autogestionado y no mercantil. En  su célebre obra El Estado y la Revolución -escrita poco antes de la Revolución de Octubre- argumentó convincentemente la posibilidad de alcanzar una sociedad autogestionaria en la que el Estado finalizaría extinguiéndose. Sin embargo, en la fase inicial del proceso revolucionario, Lenin consideraba al Estado como una organización necesaria para aplastar a los explotadores y la superación de las clases. Empero las funciones de ese Estado deberían ser asumidas por el pueblo trabajador. Es decir, se trataría de un Estado de obreros armados y no de funcionarios. Según las propias palabras de Lenin, “Todos los ciudadanos se convierten en empleados y obreros de un solo "consorcio" del Estado, de todo el pueblo.” (7)

El profesor Kiseliov sintetiza muy bien la concepción que Lenin tenía en esta etapa de la futura sociedad socialista: “Las instituciones representativas serán  necesarias pero reducidas al mínimo y cambiarán de esencia permitiendo redu­cir gradualmente a la nada toda burocracia: primero, las funciones del poder del Estado deben ser despojadas de toda sombra de algo privilegiado y jerárquico; segundo, se realizará la completa elegibilidad y amovilidad de todos los funcionarios en cualquier momento ya que -con palabras de Lenin- “en el socialismo todos intervendrán por turno en la dirección y se habituarán rápidamente a que nadie dirija”; tercero, los sueldos de esas personas se reducirán al nivel del salario del obrero. El cambio de carácter del poder llevará a la abolición del parlamentarismo como sistema de la división del trabajo y la posición privilegiada de los diputados. Por eso, Lenin subrayaba que la cantidad se transformará en calidad y todos participa­rán en la dirección del  Estado”. (8)

 

III. Utopía y realidad.

El  primer intento de lograr una sociedad socialista autogestionaria -la “Commune” de París- fue aplastado por  los versalleses de Thiers con ayuda de los  invasores prusianos. El segundo intento –posibilitado por la Revolución soviética de  1917- se hizo imposible también por la intervención extranjera. En este segundo intento, por la intervención armada de 14 países que encabezados por Gran Bretaña, Francia y los EE.UU. pretendieron asfixiar en su cuna a la joven república soviética.   Ello hizo imposible limitarse a un Estado de obreros armados -en forma de Guardia Roja- y fue necesario crear el Ejército Rojo. La misma necesidad de defensa, frente a la agresión exterior; hizo que el Estado lejos de debilitarse se reforzase. De hecho, con el denominado “comunismo de guerra” -impuesto por  las circunstancias bélicas- se  inició un proceso de creciente restricción de la democracia socialista que acabaría vaciándola de todo contenido. Sin embargo, el problema de construir una sociedad socialista en Rusia era todavía mucho más amplio y complejo. Aunque incurrieron varias veces en el subjetivismo, en su interpretación de los procesos revolucionarios, Marx y Engels siempre consideraron que el socialismo se realizaría primero en los países industriales avanzados y con un alto grado de desarrollo de la cultura, la ciencia y la tecnología. Por otra parte, considerado el carácter internacional del Capitalismo, todo inducía a suponer que los procesos revolucionarios necesarios para iniciar la edificación del socialismo requerirían un ámbito internacional. No se concebía la edificación del socialismo en un sólo país -aunque se tratase de un Estado amplio, muy poblado y generosamente dotado de recursos naturales- ya que por su origen y finalidades se trataría de una amplia revolución internacional.

Generalmente, se atribuye al estalinismo la degradación del modelo soviético respecto a la concepción que Lenin sostenía inicialmente sobre el proceso de edificación del  socialismo y de desarrollo de una auténtica democracia socialista. Sin embargo, atribuir exclusivamente al estalinismo los procesos de deformación de los Estados socialistas no resuelve el problema. Constituiría un culto a la personalidad invertido y soslayaría el hecho de que el propio estalinismo más que causa inicial es un efecto de las condiciones especialmente difíciles en que el poder soviético tuvo que afrontar la edificación del socialismo. Como ya señalamos, Marx y Engels consideraban que el socialismo se construiría primero en los países industrialmente avanzados y sobre la base de un alto desarrollo cultural, científico y técnico. Empero con el desarrollo de la Iª Guerra Mundial se dieron, por la descomposición del Imperio zarista, las condiciones para una conquista del poder por la clase obrera derivadas de una situación objetiva y subjetiva que Lenin consideró como posibilitadora “de la ruptura del eslabón más débil de la cadena imperialista.” Para Lenin, tal y como  afrontó el problema en sus célebres “tesis de Abril”, era una oportunidad histórica que previsiblemente no se volvería a suscitar y que, de no aprovecharse, no conduciría a Rusia a una democracia burguesa sino al caos y la anarquía. Por el contrario, de aprovecharse tal coyuntura favorable, Rusia no quedaría aislada pues su función sería servir de vanguardia a una revolución internacional que estaba ya madurando en diversos países. No obstante Lenin advirtió también que antes de iniciar la construcción del socialismo en Rusia habría que realizar desde el poder político muchas de las tareas propias de una revolución democrático-burguesa. Para Lenin, la posterior construcción con éxito del socialismo dependería ante todo de que la revolución socialista  triunfase también en los países avanzados de Occidente y, especial­mente  en Alemania. La conjunción de la extensión, población e inmensos recursos na­turales de Rusia, con la cultura, la ciencia y la tecnología de Alemania podía permi­tir una construcción del socialismo en condiciones casi óptimas. Desgraciadamente no fue así y en ello tiene también su parte de responsabilidad la socialdemocracia europea. Violando los acuerdos del Congreso de Basilea (1912) de la II ª Internacional, los partidos socialdemócratas votaron en 1914 los créditos de guerra y se unieron a sus respectivas burguesías para incrementar la carnicería en aquella primera contienda mundial. En Alemania incluso llegaron a más. Hundido el Imperio del Kaiser, cuando las masas proletarias se lanzaron al asalto del poder, los dirigentes socialdemócratas Ebert, Noske y Scheidemann se aliaron con los junkers militares prusianos para aplastar la revolución. Se les puede considerar incluso como los inductores del asesinato de los dirigentes espartaquistas Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Esta última gran teórica marxista y firme defensora de mantener el carácter democrático de los procesos de construcción del socialismo. Sus críticas a las posiciones de Lenin y Trotsky, sobre el desarrollo de la democracia socialista -incluido el respeto a los disidentes- y sus críticas a la disolución de la Asamblea Constituyente panrusa se han visto confirmadas por el desarrollo histórico.

El intento que Lenin realizó para atajar la vía del desarrollo histórico -realizando desde el poder político las tareas pendientes de la revolución democrático-burguesa- podía haber tenido éxito de haberse ampliado al resto de Europa el proceso revolucionario iniciado en Octubre de 1917. Fracasado éste en Alemania, Austria, Hungría, etc., con intervención imperialista extranjera, guerra civil, “comunismo de guerra”, “cordón sanitario” antisoviético, considerable atraso cultural, científico y técnico, etc. se hizo cada vez más difícil la edificación de una sociedad socialista auténtica. La imposición por Stalin de su tesis de “edificación del socialismo en un sólo país” -y los ritmos acelerados de desarrollo que impuso autoritariamente-, acabó deformando gravemente  tanto al partido como al Estado soviético. Quedó así inédita la vía autogestionaria de construcción del socialismo que habían concebido los clásicos del marxismo. Vía muy lógica y coherente en su vertiente económico-social pero con indudables elementos utópicos en el campo político. Quedan también inéditas las posibilidades de reconducción del proceso socialista que Lenin abrió al liquidar el “comunismo de guerra” y al elaborar la “Nueva Política Económica” (N.P.E.). En el último Lenin -el que se refleja en sus trabajos Sobre la cooperación, Más vale poco pero bueno, cartas caracterizando a Stalin, Trotsky, Bujarin, etc.- hay junto a muy duras críticas al burocratismo, deformaciones del poder soviético, chovinismo gran ruso ,etc. muy interesantes elementos autocríticos que rectifican anteriores posiciones. El comunismo ya no es tanto “el poder soviético más la electrificación del país” sino “una sociedad de cooperativistas civilizados.”

También queda sin despejar la incógnita de cual habría sido el futuro de la sociedad soviética -y la de los demás países que adoptaron el modelo del “socialismo real”-- de haber triunfado las reformas de Jrushov, en el plano político, y del profesor Liberman, en el campo económico.

Aunque con un costo económico y humano desproporcionado, la brutal vía autoritaria impuesta por Stalin a la URSS permitió derrotar al nazismo e hizo del país sovietico una de las dos superpotencias mundiales. A pesar de Stalin, el pueblo soviético logró conquistas sociales y culturales que deberían mantenerse e incrementarse en la actual opción hacia el socialismo democrático. En un balance ya más global, es indudable que la Revolución soviética de 1917, a pesar de sus deformaciones posteriores, se justifica plenamente por el impulso transformador que imprimió a la situación mundial. Gracias a ella -por su impulso a la lucha de los trabajadores y por el temor que inspiró a las clases dominantes- se pudieron conseguir muchas de las conquistas sociales de que actualmente disfrutan los trabajadores en los países capitalistas. Gracias también a su impulso y consecuencias fue posible el proceso de descolonización del Tercer Mundo y la consolidación de procesos revolucionarios en diversos países.

Si -utilizando de nuevo la metáfora viaria- e1; atajo preconizado por Lenin para acortar la transición del Capitalismo al Socialismo no resultó viable, por causas externas a su practicabilidad intrínseca, no por ello deja de ser necesaria esa transición. Aunque el Capitalismo haya logrado efectos económicos espectaculares en algunos países, en beneficio de sectores minoritarios  tanto en el plano internacional como en el nacional, no por ello deja de constituir un sistema irracional e injusto basado en la explotación, la opresión y la alienación de la gran mayoría de la población mundial. Por ello, aún renunciando a utilizar atajos en la historia, no es aceptable instalarse en el Sistema capitalista y renunciar a intentar descubrir y recorrer nuevas -vías que conduzcan a la realización del ideal socialista. Del análisis de  las crisis y experiencias de los procesos emancipatorios contemporáneos -tanto en la URSS como en los países de Europa central y Oriental e, incluso, en el resto del mundo- cabe deducir algunas conclusiones que nos permitan precisar más la concepción del socialismo para avanzar hacia una nueva síntesis dialéctica de los procesos emancipatorios. La práctica histórica ha demostrado que el proceso de edificación del socialismo en una sociedad determinada -de no desarrollarse como previeron clásicos del marxismo en una amplia escala internacional- está muy condicionado por las condiciones materiales de su base de partida: La infraestructura económica de esa sociedad, comprendiendo su nivel de desarrollo industrial y el alcanzado por su ciencia y tecnología. No menor condicionamiento impone su elemento subjetivo. Es decir, el grado de desarrollo de la cultura, la educación y la conciencia social de la población. También el nivel alcanzado por sus instituciones políticas y sociales, pues éste determina la correlación entre su sociedad política y su sociedad civil. En ese sentido, la práctica histórica demuestra también lo difícil que resulta utilizar atajos para saltarse las etapas del desarrollo histórico. A menos que ese intento de atajo se inserte posteriormente en un proceso revolucionario internacional más amplio. De fallar esa ampliación -como sucedió tras el fracaso de la revolución en Alemania con la Revolución soviética- el construir el socialismo en condiciones primitivas, o semi-primitivas, conduce casi inevitablemente a la deformación del proceso revolucionario. O, al menos, al sacrificio del democratismo político a él inherente y a la sustitución del protagonismo de  las masas por el dirigismo de minorías burocráticas y autoritarias. Empero en una sociedad socialista no sólo son elementos  imprescindibles  la democracia económica y social sino también la democracia política. En ese aspecto, es válido el lema del Simposium de Dubróvnik de 1989: “Sin democracia política no es posible el socialismo, del mismo modo que sin socialismo no existe democracia plena”. Otra cuestión es la de las formas concretas que revista esa democracia y que pueden depender de las condiciones históricas de cada país. En todo caso, cualesquiera que sean esas formas, deberán asegurar siempre la más amplia y activa participación popular en la dirección de todas  las instituciones de la sociedad y el debido respeto a discrepantes y disidentes.

Desde nuestra ubicación geográfico-cultural específica en la Europa contemporánea; hay que plantearse concretamente el ámbito territorial en el que rea­lizar la transformación social y la vía al socialismo apropiada para esa especificidad. El marco territorial ya no puede limitarse al ámbito restringido de nuestro Estado-nación. Con la internacionalización de las fuerzas productivas alcanzada -y que tiende a reforzarse por el actual proceso de mundialización de la economía- el marco para la transformación social abarca al menos el propio de la Comunidad Europea y es susceptible de ampliación a los demás países europeos. Ello suscita la necesidad de articular una auténtica euroizquierda transformadora. Tema amplio y complejo que requerirla un tratamiento monográfico.

Nuestra vía de acceso al socialismo está a su  vez condicionada por el marco europeo descrito. En lo fundamental, se basa en la distinción que, para esas vías, el gran teórico marxista Gramsci establecía entre Oriente y Occidente utilizando las metáforas bélicas de “guerra de movimiento” y “guerra de posiciones”. En el caso de la vía occidental, utilizando una doble presión sobre la sociedad política y la sociedad civil hasta lograr, no sólo la hegemonía política sino también la hegemonía cultural, intelectual y moral del nuevo bloque histórico emergente que sustituye al bloque histórico hoy dominante. Basándonos en el concepto gramsciano de “bloque histórico”,se trataría de precisar su contenido y funciones- En todo caso, se trataría de un Bloque Social de Progreso en el que se  integrarían no sólo las fuerzas de la izquierda tradicional -alianza obrero-campesina y algunas capas de intelectuales-sino también las fuerzas procedentes de los nuevos movi­mientos sociales (feminismo, movimientos de liberación sexual, pacifismo, movimientos anti-racistas, organizaciones juveniles, etc.) con un tipo de integración flexible que les permita conservar su necesaria autonomía. Esa es la estrategia de una vía democrática al socialismo que el Partido Comunista de España ha ido elaborando gradualmente desde su VIII Congreso y que ha ido adquiriendo nueva dimensión con la fundación de IZQUIERDA UNIDA. Como concreción de la política denominada “de convergencia” -de fuerzas políticas y sociales- que en su día constituirán el Bloque So­cial de Progreso europeo, Izquierda Unida constituye un primer paso efectivo en la dirección estratégica de una vía democrática europea al socialismo.


NOTAS  Y BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA:

(1) Karl Marx, ‘Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850’ Colección Austral de la Editorial Espasa Calpe. Madrid, 1985. pág. 96.

(2) Victor Kiseliov, “Socialismo: ¿crisis o renovación? Las contradicciones de la perestroika y los destinos del nuevo régimen”. Editorial Progreso. Moscú, 1989. págs. 45 y 46.

(3)Carlos Marx, “La guerra civil en Francia.” En Obras Completas. Editorial Progreso, Moscú. Tomo 17, pág. 345.

(4) Federico Engels, “Carta al comité organizativo de la fiesta internacional en Paris”. Obras completas. Editorial Progreso, Moscú. Tomo 21. pág. 355.

(5) Federico Engels, “Carta a Bebel”. Carlos Marx y Federico Engels, “Obras Comple­tas”. Tomo 19 pág. 5 y tomo 20, pág. 292.

(6) V. I. Lenin, “Nuestro Programa”. En Obras Completas. Editorial Progreso, Moscú. Tomo 4 .pág.196.

(7) V. I. Lenin, “El  Estado y la Revolución”. Ediciones en Lenguas extranjeras. Moscú, 1947. 0 en Obras Completas. Editorial Progreso. Moscú. Tomo 33 pág. 103.

BIBLIOGRAFÍA

  • Liana Longinotti y Federico Engels, La Revolución de la mayoría. Editorial Avance. Barcelona, 1974.
  • Alfonso Castaños, ¿Tiene el  socialismo su prehistoria? Acerca de la naturaleza social de los países llamados  socialistas. Editorial Blume. Barcelona, 1977.
  • Adam Schaff, Perspectivas del socialismo moderno. Editorial Sistema. Madrid, 1988.
  • Teodor Shanin, El Marx tardío y la vía rusa. Marx y la periferia del capitalismo.   Editorial Revolución. Madrid, 1990.
  • Mijail Gorbachov, Hacia un socialismo humano y democrático. Proyecto de Plataforma del Comité Central del  PCUS, para el XXVIII Congreso del Partido. Editorial de la Agencia de Prensa Nóvosti. Moscú, 1990.
  • Sergio E. Fanjul, Modelos de transición al socialismo Editorial Mañana. Madrid, 1977.
  • M. Gorbachov, Yri. Krasin, José María Laso y José Luís Romero, La perestroika y la perspectiva del  socialismo. Colección Debate del PCE. Nº 3. Madrid, 1990.
  • José María Laso, Domingo Morcillo, Miguel Morán, etc. El  PCE y los retos europeos. Colección Debate del PCE nº 1. Madrid, 1990.
  • José María Laso Prieto, Introducción al pensamiento político de Gramsci. Ediciones Popular, nº 8, Asociación Cultural Wenceslao Roces. Gijón, 2005.