José María Laso Prieto

«Impresiones de un viaje a Atenas»

En «La Nueva España», 01/08/1995. También en Homenaje a José María Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (pp. 56-58)

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


Recientemente he estado en Atenas participando en unas Jornadas de Debate, organizadas por K.K.E., sobre las causas que determinaron los cambios históricos producidos en el último lustro en los países de Europa central y oriental. Ha sido mi segundo viaje a Atenas, ya que en 1992 visité también la capital de Grecia como complemento de un viaje a Turquía. Entonces volé de Estambul a Atenas con una escala en Esmirna. Ello me permitió disfrutar con una magnífica vista aérea tanto del archipiélago del Dodecaneso como de las bellas islas de que está sembrado el mar Egeo de Homero y Ulises. Volando desde Madrid, cambia mucho el panorama aéreo. Resulta muy sugestiva la visión sucesiva de las islas Baleares, a una altura que permite tanto tener una visión de conjunto como apreciar bastante sus accidentes geográficos. Después la visión conjunta de la ciudad de Nápoles, del cráter del Vesubio y de la isla de Capri, resulta de una impresionante belleza. Esa opinión la comparte, asimismo, el piloto del avión, ya que, a través de los altavoces, advierte a los pasajeros sobre las excelencias del paisaje. También resulta muy interesante sobrevolar el talón de la bota que siluetea la península italiana y, dada su no excesiva amplitud, poder tener una visión conjunta de las orillas opuestas del mar Adriático. La vista sucesiva de las montañas del Epiro y del golfo de Corinto completan la visión de un itinerario que no sólo es geográfico, sino también cultural. En estas tierras y mares tuvo su origen nuestra cultura greco-latina. Mientras evoco tales raíces de nuestra civilización occidental, el avión desciende sobre el Attica permitiendo visualizar simultáneamente dos puntos históricos: la isla de Salamina y los campos de Maratón. Es decir, los lugares donde los helenos derrotaron en dos batallas decisivas al despotismo asiático haciendo posible el desarrollo de la base de nuestra civilización actual. 

Al llegar a Atenas, creo que todos nos sentimos impresionados por los restos que quedan de su grandioso pasado. Sin embargo, antes de realizar la obligada visita a la Acrópolis, conviene contactar directamente con una ciudad que no sólo fue el modelo ideal de la «polis» clásica, sino que es la capital de la Grecia actual. En ese sentido, la primera impresión que se impone es la de encontrarnos en una urbe plenamente mediterránea. Y ello tanto por el clima y el medio físico, como por las costumbres y el carácter de sus habitantes. Una buena parte de la vida cotidiana de sus ciudadanos tiene lugar en las calles. Éstas se hallan siempre muy concurridas y, más todavía, lugares céntricos como la célebre plaza Omonia o el popular barrio de Plaka situado al pie de la Acrópolis. En la plaza Omonia, situada en el cogollo de la ciudad, el ambiente es de lo más cosmopolita. Se concentran allí no sólo centenares de jóvenes griegos, sino extranjeros de las más diversas nacionalidades en visita turística. Muchos de ellos se sientan –en diversos asientos habilitados para ello– simplemente para contemplar el paso de la gente y disfrutar de la agradable temperatura de la noche ateniense. Otros forman tertulias en las diversas terrazas de las cafeterías. En Omonia he visto los quioscos, de diarios y revistas, más amplios del mundo. A sus ya grandes dimensiones, se agregan mesas muy largas repletas de publicaciones. 

Constituye un placer recorrer el famoso barrio de Plaka. En sus calles y callejuelas se ubican innumerables pequeños comercios dedicados a la venta de objetos de artesanía y de recuerdos de Grecia. También tiene numerosas tabernas –en griego se escribe con v– con muy diversas mesas situadas en el exterior. Allí numeroso público, tanto griego como turístico, cena habitualmente al aire libre y en un ambiente de animadas y ruidosas conversaciones. En ellas predominan los menús basados en la típica dieta mediterránea y, sobre todo, en el pescado. Los dueños de las tabernas, o sus camareros, se dedican por la calle a captar clientela entre los transeúntes, realizando ofertas que muchas veces resultan exageradas. De todas formas, para los españoles, los precios resultan asequibles, ya que, a través de cambios que tienen por intermediario el dólar, son más baratos que en España. En este segundo viaje a Atenas, realicé varios paseos nocturnos por el barrio en compañía de un médico neurólogo que también participaba en las jornadas de Debate. En algunas de las terrazas de las tabernas, mientras tomábamos un café, me relató sus experiencias en la lucha de la Resistencia contra los nazis, primero, contra los británicos después –en la denominada «Batalla de Atenas»– y en la guerra civil griega (1946-49). Al regresar del paseo, atravesamos la plaza de la Catedral presidida por el arzobispo Damaskinos que en la batalla de Atenas hizo de intermediario entre el general británico Scopie y el Ejército de los resistentes griegos. Así dos arzobispos ortodoxos –Damaskinos en Atenas y Makarios, en Chipre– han desempeñado un papel político relevante en la historia de Grecia.

Antes de ascender a la Acrópolis recorro el lugar donde estaba situada el Ágora y el Pnix. Creo estar viendo allí a Pericles, Sócrates, Platón y Aristóteles, etcétera, arengando, debatiendo, analizando, filosofando con la altura intelectual que se refleja en los textos clásicos. Asimismo, me parece estar asistiendo, en el próximo anfiteatro, a la representación de las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides. De esta cuna de la democracia –aunque se tratase todavía de una democracia esclavista– proceden no sólo muchos de los términos de la política, sino una buena parte de sus reglas. Poco a poco vamos subiendo hasta que coronamos la colina del Partenón, aunque la víspera lo había visto desde abajo con la iluminación nocturna, impresiona. Su belleza supera con mucho todo lo que habíamos previsto contemplando sus fotografías y documentales cinematográficos. A pesar del transcurso de los milenios, de las destrucciones turcas y venecianas, de los saqueos de Lord Elgin esta maravilla del mundo por excelencia mantiene plenamente su capacidad de impresionar tanto por el maravilloso equilibrio de sus formas como por la perfección detallista de su ejecución. Empero el Partenón no agota la Acrópolis, aunque reine sobre el conjunto de edificios en ella construidos. Tuvo que ser admirable una visión de conjunto de los mismos, cuando cada templo, estatua, etcétera, estaban dotados de todos sus atributos ornamentales y de su pleno colorido. Robert Cohen, en su famosa obra: Atenas: una democracia, describe así ese excepcional conjunto: «Capital de un imperio, escuela de Grecia, Atenas se debía a sí misma el deber de ser la más bella ciudad de la Hélade: cuestión de ascendiente. Pericles necesitaba empleo para sus proletarios: necesidad política [...]. Tales fueron los motivos que impulsaron a Pericles a hacer de su patria un inmenso taller [...]. En la Acrópolis se alzan, primero el Partenón, luego los Propileos; pronto el Erecteo y el santuario de Atenas Niqué completarán la decoración esplendorosa que él ha soñado. El Partenón es, con sus ocho columnas en cada fachada, y sus diecisiete columnas a cada lado, el más puro monumento de mármol que hombres jamás hayan podido levantar. Es la perfección, la mesura, la armonía. Los Propileos, que debían servir de entrada a la vía sacra, en la peña sagrada, representaban con sus edificios, que forman pisos en sus diferentes planos, el triunfo de la técnica arquitectónica [...]. Nada contribuyó más a la gloria inmortal de Pericles que aquel atavío de mármol con que se ornaba la ciudad, porque quedó como el propio símbolo de la magnificencia de la democracia ateniense en su apogeo [...]».