José María Laso
Prieto
«Manuel Azaña»
En Homenaje a José María Laso:Desde
mi atalaya; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs.
84-85).
Texto preparado para su edición digital por
Iván Martínez y Uriel Bonilla.
La
reciente publicación de los Diarios, 1932-1933, de Manuel
Azaña, ha reactualizado la temática de esta gran figura
de la política y la cultura españolas. Es de lamentar
que tales diarios fuesen hurtados durante más de medio siglo
al conocimiento de la opinión pública, como consecuencia
de haberlos robado un diplomático español, reconvertido
en agente franquista, y de su retención posterior por la familia
Franco. Ahora que la derecha política –que tan sañudamente
lo calumnió en vida– reconoce la excepcionalidad positiva de
su personalidad, conviene recordar algunos de sus rasgos singulares.
Uno de ellos fue, sin duda, su extraordinaria capacidad oratoria.
Basta recordar en ese sentido, el memorable discurso que pronunció
el 20 de octubre de 1935 en el campo de Comillas, a orillas de río
Manzanares. Se calcula que fue escuchado por unas seiscientas mil
personas, llegadas de toda España en decenas de trenes especiales
y centenares de autocares. Nunca ningún otro político
logró tamaña audiencia directa. Empero no se trata sólo
de su gran elocuencia, sino del hecho de que ya existe suficiente
perspectiva histórica para situar a una de las figuras públicas
más discutidas del siglo.
Para unos, Azaña constituía la encarnación de
la racionalidad política y de la voluntad democrática
española. Para otros, el «Monstruo» contra el que se dirigieron
los más virulentos vituperios políticos y personales.
En cambio, hay coincidencia respecto a su elocuencia: «Si algo no
ha discutido nadie a Azaña, ni siquiera sus enemigos, es su
capacidad oratoria, la efectividad y brillantez de sus dotes parlamentarias
y el eco extraordinario de sus discursos, tanto dentro como fuera
de las Cortes» (Jiménez Losantos, en el prólogo
a una edición de los discursos de Azaña). Teniendo en
cuenta no a un Parlamento como el del actual período democrático
–que carece de oradores–, sino a un Congreso donde brillaron la elocuencia
de Indalecio Prieto, Alcalá Zamora, Lerroux, Gil Robles, Jiménez
de Asúa, Ortega y Gasset, Unamuno, etcétera, es significativo
que Salvador de Madariaga calificase a Azaña como «el
orador parlamentario más insigne que ha conocido España».
Sin embargo, fuera del Congreso la oratoria de Azaña no era
menos eficaz. En sus Discursos de campo abierto, que marcaron
el apogeo de Azaña como orador al aire libre y su reintegro
al primer plano de la política –tras su injusto encarcelamiento
en Barcelona (octubre de 1934) –, según el historiador Ramos
Oliveira, «El aliento y el calor popular devuelven a Azaña
toda su facultad polémica, toda su elocuencia y su ánimo
de político que enardece otra vez ante la inmensa multitud.
Habla en Baracaldo y en Mestalla ante públicos innumerables.
La nación republicana le incita y compele hacia una gran empresa.
En los arrabales de Madrid, Azaña se dirige el 20 de octubre
a más de medio millón de personas arribadas de los cuatro
costados de España». En este mitin –sin parangón por
la asistencia en la historia de la oratoria española– Azaña
demolió implacablemente la política reaccionaria del
denominado «bienio negro».
Azaña personifica como nadie el intento de democratizar la
sociedad española que supuso la II República. Su acceso
a las cumbres de la política no fue fácil. Su militancia
en el Partido Reformista, desde 1913, se autorrefleja en su ensayo
sobre Valera: «En los partidos no podía pasar de la condición
secundaria reservada a los que brillan fuera de la política,
temidos, y, en el fondo, desagradables por su inteligencia, sospechosos
a sus correligionarios». Fue el devenir histórico el que hizo
pasar a Azaña a un primer plano. Al quebrar la monarquía,
Azaña se impone como tribuno. «Con un solo discurso me hacen
Presidente del gobierno». Pero en la palabra tenía Azaña
tanto su ariete como su talón de Aquiles, como bien lo refleja
el profesor Santos Juliá: «La palabra de Azaña es la
negación de la palabra hueca, tonta, o pedante, pero es sobre
todo la negación de la palabra ociosa. No sólo porque
formalmente lo sea; esto es, no sólo porque Azaña se
adecúa perfectamente al contenido político, sino porque
es palabra destinada a ser eficaz, reservada para producir efectos
políticos [...]. Decir bien un problema político es
tenerlo resuelto [...]. El gobierno es la ley y la ley se produce
en el Parlamento, que a su vez, cuando habla, encarna a la autoridad
del Estado... Salta a la vista el grueso olvido de Azaña: la
sociedad. Nunca contempla el términos políticos –aunque
puede hacerlo magistralmente en términos teóricos– la
posibilidad tan real de que por su historia, por el cúmulo
de intereses que se acumulan en ciertas prácticas, por su misma
estructuración en grupos y clases enfrentados, una sociedad,
o poderosos grupos en su seno, puede resistir eficazmente el cumplimiento
de una ley». Entre indudables aciertos, Azaña cometió
muchos errores políticos. Desgraciadamente, su lúcido
pesimismo acertó al final. No obstante, parafraseando a Gramsci,
bien puede decirse que a Azaña le sobró pesimismo de
la inteligencia y le faltó optimismo de voluntad. Éticamente
le salva el desgarro que le produjo el incivil primitivismo de nuestra
guerra «civil».
