José María Laso
Prieto
«Gustavo Bueno
y la cultura»
En «La Nueva España»,
12/8/1997. También en Homenaje a José María
Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana,
Oviedo; 1998 (págs. 79-81).
Texto preparado para su edición digital por
Iván Martínez y Uriel Bonilla.
Ha
constituido un gran acierto de la Editorial Prensa Ibérica
–integrante del grupo empresarial de La nueva España–
publicar la obra del profesor Gustavo Bueno El mito de la cultura.
El libro citado ha superado ya tres ediciones en pocos meses y la
cuarta lleva el mismo ritmo de venta. Tan inusitado éxito editorial,
para una obra de contenido teórico, refleja el gran prestigio
que como pensador ha alcanzado el fundador de la denominada Escuela
de Filosofía de Oviedo. Por muchas razones, Gustavo Bueno está
considerado como el más destacado pensador español actual
y uno de los filósofos mundiales contemporáneos más
originales y de mayor relieve. Así lo presentan ya numerosos
diccionarios y enciclopedias filosóficas de diversos países.
Entre ellas, la muy prestigiosa Europäische Enzyklopäedie
zu Philosophie und Wissenschaften, que dirige el profesor Hans
Jorg Sandkühler, en la que Gustavo Bueno ha desarrollado ampliamente
uno de sus temas más importantes: el concepto filosófico
de «materia».
Ahora bien, Gustavo Bueno no sólo se ha acreditado como un
gran filósofo académico y original teorizador de la
función de la ciencia, sino también como un activo filósofo
mundano. Como un Sócrates de nuestro tiempo, toma frecuentemente
partido, con claridad y contundencia, sobre temas muy candentes como
son, entre otros, los riesgos de los nacionalismos y sus falacias,
la gradual degradación de la enseñanza a todos sus niveles,
la burocratización e ineficiencia de la Universidad, el impuesto
religioso, el origen animal de las religiones, las trampas y peligros
de la OTAN, el papanatismo «europeísta» de muchos ingenuos,
la falacia del pensamiento único, la manipulación informativa
de los grandes medios de comunicación. Como nada humano le
es ajeno a Gustavo Bueno, ejerce una función crítica
constante utilizando diversos foros: desde los vestuarios de las minas
de carbón a los estudios de televisión, pasando por
toda clase de tribunas y auditorios. Incluido el andamiaje donde se
clausura una manifestación obrera. En todos esos foros, Gustavo
Bueno define conceptos y categorías, profundiza en el origen
de lo más diversos fenómenos, establece analogías
esclarecedoras, desmitifica y racionaliza textos, tesis y opiniones,
oscurece lo que parecía obvio y desentraña lo oculto.
Es decir, que, como el alegórico animal denominado el basilisco,
«tritura» la realidad para conocerla mejor y que la humanidad pueda
asimilar su parte positiva. Cumple así Gustavo Bueno con su
misión de Sócrates de nuestro tiempo.
Tan diversas actividades no le han impedido al filósofo asturiano
publicar libros de la importancia de El papel de la filosofía
en el conjunto del saber (1970), Etnología y utopía
(1971), Ensayo sobre las categorías de la economía
política (1972), La metafísica presocrática
(1974), La idea de la ciencia desde la teoría del cierre
categorial (1976), El individuo en la historia (1980),
El animal divino, ensayo de una filosofía materialista de
la religión (1985), Symploké (1987), Cuestiones
quodlibetales sobre Dios y la religión (1989), Nosotros
y ellos (1990), Materia (1990), El sentido de la vida
(seis lecturas de filosofía moral) (1996) y El mito
de la cultura (1997). A todo ello deben agregarse los cinco primeros
volúmenes publicados, de su magna Teoría del cierre
categorial, del total de doce de que va a constar esta ingente
obra, y los libros con interrogante ¿Qué es la filosofía?
y ¿Qué es la ciencia?, ambos publicados en 1995. Además,
Gustavo Bueno ha publicado innumerables artículos de tema filosófico
o científico, en la prestigiosa revista El Basilisco
–por el propio Gustavo Bueno fundada– como en muchas otras revistas
de toda índole. Con tan fecundo balance de obra y actividades,
bien debe considerarse que su trayectoria vital pueda calificarse
como la de una vida plena. Por ello, no puede sorprender los honores
y homenajes que se le están prodigando: el homenaje que cinco
entidades culturales y la Universidad de Oviedo le rindieron en 1990,
su nombramiento como hijo adoptivo de Oviedo y de hijo predilecto
de Santo Domingo de la Calzada, el de «Asturiano del mes» que recientemente
le otorgó La Nueva España, etcétera. La
cesión, por el Ayuntamiento de Oviedo, del edificio del antiguo
Sanatorio Miñor para sede de la recién constituida Fundación
Gustavo Bueno permite augurar que tal edificio se va a convertir pronto
en un gran centro de trabajo científico-filosófico que
contribuirá a prestigiar todavía más a la ya
muy prestigiosa «Estuela de Oviedo» nucleada en torno a la figura
de Gustavo Bueno.
Se ha dicho de la obra El mito de la cultura que es un libro
tramposo. Así, según el profesor Carlos Iglesias, «es
un libro tramposo porque aparenta menos de lo que en realidad es.
Oculta, quizás a propósito o por carencia de espacio,
todo un trasfondo subyacente a afirmaciones vistosas, o quizás,
y es lo más probable, porque Bueno nos ofrece todo un armazón
geométrico de lo que debe ser todo un análisis histórico
en regla». Por ello, para facilitar la tarea de sus futuros lectores,
voy a concretar algunos temas, sobre la base de las respuestas del
autor a una entrevista que le hice para una revista. El «mito de la
cultura» podría hacerlo consistir en la exaltación y
la sacralización de una realidad compleja y heterogénea
(la cultura, en sentido antropológico que se expresa en la
definición de Tylor) cuando ella se sitúa en su conjunto,
sustanciándola y erigiéndola como «la expresión
del genio creador del hombre» (como si no hubiese culturas animales
y como si todos los contenidos que rodean al género humano
–por ejemplo del teorema de Pitágoras– fueran contenidos culturales).
Este «primer movimiento», de exaltación y sacralización
del mito teológico del «Reino de la Gracia». Otro «movimiento
constitutivo del mito» –no siempre convergente con el anterior– consiste
en la exaltación y sacralización de esa «totalidad compleja»;
las partes constitutivas –las que constituyen la llamada «cultura
circunscrita»– y que, según épocas y lugares, se manifiestan
en formas diversas: ópera italiana, teatro de máscaras,
etcétera, se erigen en valores por el mero hecho de ser partes
de una cultura determinada. El «mito de la cultura» se deriva del
ejercicio de una «pereza intelectual» que considera como valores a
unos contenidos culturales por el mero hecho de serlo (como si la
silla eléctrica o el circo romano, con sus gladiadores y fieras,
no fueran también parte de la «cultura occidental» antigua
o moderna). Así, El mito de la cultura nos pone muy
cerca del relativismo cultural más radical: cualquier contenido
cultural constituye un valor y, además, armónicamente
compatible con otros contenido culturales. Pero el campo de exterminio
de Dachau formaba parte de la «cultura nazi», y las faltas de ortografía
de los estudiantes de un barrio de Murcia podrían ser consideradas,
por las APA de su instituto, como formando parte de la «cultura del
barrio». Este mito es muy peligroso debido a que la sustantivación
de una cultura, asociada a una región, nación, etcétera,
más que contribuir a mantener los vínculos con otras
regiones o nacionalidades, lleva a romperlos, en nombre de una separación
de principios entre supuestas identidades culturales irreductibles,
basadas en la idea del «Estado de Cultura» de Fichte. De este último,
en Alemania se pasó a la idea de cultura de Bismarck (Kulturkampf)
hasta culminar en la exaltación del germanismo en el libro
El mito del siglo XX, del nazi Alfred Rosemberg.
