José María Laso
Prieto
«Una
larga controversia: Darwin y el darwinismo»
En «La Nueva España»,
31/7/1993. También en Homenaje a José María
Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana,
Oviedo; 1998 (págs. 32-34).
Texto preparado para su edición digital por
Iván Martínez y Uriel Bonilla.

Pertenezco
a una generación que se vio privada de conocer, en su adolescencia,
las aportaciones que el desarrollo científico había realizado
durante décadas al origen de la vida y de la humanidad. El nacional-catolicismo,
imperante tras la guerra civil y la victoria franquista, erradicó
de todas las instituciones docentes la teoría de la evolución
de las especies. No obstante, para quienes en tan temprana fase juvenil
teníamos curiosidad intelectual, e inquietud filosófica,
la gran cuestión suscitada por la triple pregunta (¿qué
somos?, ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?) permaneció
abierta. Recuerdo que topé, por primera vez, con un resumen de
la teoría de Darwin en un ejemplar de la revista
Selecciones
que me regalaron en el Consulado de EE.UU. en Bilbao. Era la época
–durante la II Guerra Mundial– en la que los adolescentes y jóvenes
demócratas recogíamos en los consulados británico
y norteamericano las publicaciones de los aliados antifascistas. Era
una labor, por entonces, no exenta de riesgos, pero que nos permitía
romper el cerco del oscurantismo franquista y del pronazismo imperante
en los medios de comunicación españoles. Para mí
aquella primera, y elemental, toma de contacto con el darwinismo constituyó
una revelación. Superando mil dificultades, me pude ir haciendo
con las obras de Darwin, y sus discípulos, de tal forma que en
1948 –durante mi servicio en el Hospital Militar de Vitoria– se suscitó
el tema del darwinismo durante una especie de tertulia que celebramos
en la farmacia militar, y pude, como evolucionista, desempeñar
un buen papel frente al capitán farmacéutico, que mantenía,
aunque con talante liberal, el creacionismo oficial. Con ello, mi interés
por el darwinismo se acrecentó todavía más, hasta
el punto de que en febrero de 1951 me dirigí por carta al prominente
biólogo Julian Huxley para plantearle el problema del sentido
de la evolución biológica. Concretamente, le planteaba
si se podían considerar científicas las tesis del doctor
Leconte de Noüy, expuestas en su obra
El destino humano,
sobre un dirección providencial de la evolución de las
especies, o si, por el contrario, estaban viciadas por sus prejuicios
religiosos. No obstante la preminencia del profesor Huxley –que entonces
desempeñaba la dirección general de la UNESCO–, obtuve
la contestación en pocos días. A su juicio, la evolución
de las especies sólo podía ser comprendida sobre la base
de la selección natural y excluyendo cualquier interpretación
teleológica. Más tarde, en abril de 1983, tuve la oportunidad
de debatir sobre este tema con destacados biólogos que participaron
en el II Congreso de teoría y metodología de la ciencia
organizado en Oviedo por la Sociedad Asturiana de Filosofía.
No se puede afirmar que el darwinismo fuese desconocido en España
antes de 1936. Por el contrario, su gran impacto en los medios culturales
y científicos españoles se evidencia en la obra Darwin
en España de Thomas F. Glick. Empero, con la implantación
del franquismo, el darwinismo fue erradicado tanto de la enseñanza
como de las publicaciones españolas. Durante la guerra civil
y la inmediata posguerra, las obras de Darwin perecieron por el fuego,
en diversos «autos de fe», o fueron sepultadas en «el infierno» constituido
en los sótanos de las bibliotecas públicas. En la enseñanza,
el darwinismo fue sustituido por el más burdo creacionismo
y finalismo. Hubo que esperar hasta finales de la década de
los cincuenta para que el darwinismo reapareciese en las librerías
españolas. En este sentido, son significativas las fechas de
1958 y 1959, en que se concreta el centenario del darwinismo. Como
es sabido, en 1858 Darwin y Wallace presentaron ante la Linnean Society
sendas monografías en las que se exponía por primera
vez la teoría de que la evolución de las especies se
verifica por selección natural; y en 1859 Darwin publicó
su célebre obra El origen de las especies. De entre
las obras publicadas en España, durante la década de
los cincuenta, sobre darwinismo y evolucionismo, destacan las del
gran biólogo marxista Faustino Cordón.
El darwinismo, hoy
Si para los miembros de mi generación el acceso al darwinismo
fue lento y difícil, actualmente no presenta más dificultad
que seleccionar los libros más adecuados entre los innumerables
publicados sobre el tema. Como síntesis muy pedagógica
del tema, ningún libro mejor que el titulado Una larga controversia:
Darwin y el Darwinismo, editado en 1992 en la colección
Drakontos de la editorial Crítica de Barcelona. Su autor, Ernst
Mayr, catedrático de Zoología de la Universidad de Harvard,
está considerado como uno de los más relevantes evolucionistas
del siglo. De tal obra nos ha fascinado tanto la amplitud y profundidad
de su contenido temático como su eficiente forma pedagógica.
Mayr va sistemáticamente exponiendo la vida y obra de Darwin,
y su enfrentamiento con los creacionistas, en lo que se consideró
la primera revolución darwiniana. También describe muy
bien el camino de Darwin hacia la teoría de la selección
natural y cómo se ha producido la síntesis entre la
nueva ciencia que constituye la genética y el evolucionismo
darwinista. Es decir, lo que se denomina la segunda revolución
darwiniana. E incluso, en su parte final, Mayr aborda las denominadas
«nuevas fronteras» de la biología evolutiva. Asimismo, es muy
útil este libro en el plano ideológico. Así,
partiendo del hecho demostrado de que ya en 1838 Darwin había
adoptado la concepción de la selección natural, Mayr
expone las consecuencias que ello supuso para las creencias religiosas
de Darwin. En la bibliografía sobre Darwin hay una gran variedad
de opiniones, que van desde la conclusión de que Darwin era
ya un agnóstico en 1837, cuando inició sus Cuadernos
de Notas, hasta la idea de que era teísta en 1859 –cuando
publicó El origen de las especies– y de que sólo
al final de su vida se convirtió en agnóstico. La causa
de esa variedad de opiniones, sobre la auténtica posición
religiosa de Darwin, debe buscarse en la propia ambigüedad de
sus textos en esa época. Basándose en su análisis,
Mayr sostiene que tal ambigüedad se debería no sólo
a las contradicciones interiores de Darwin, sino también al
temor de que una abierta expresión de sus convicciones religiosas
pondría en peligro su matrimonio, a causa de la firme ortodoxia
cristiana de su esposa. En ese sentido, Enna Darwin desempeñaría
una función similar a la que Heine atribuye al viejo criado
de Kant, en las contradicciones religiosas del filósofo alemán.
Sin embargo, para Mayr, en sus propias palabras, «es evidente que
antes de julio de 1838 Darwin había hecho no pocas anotaciones
que eran profundamente materialistas (esto es, agnósticas)
[...] ni una sola palabra del ambiguo tratamiento de Dios en El
origen de las especies puede se entendida literalmente». En realidad,
parece que él mismo estaba aún vacilante. El ateísmo
le atraía y a la vez le aterrorizaba. Era consciente de la
magnitud de la incógnita, y le habría confortado la
creencia de un Ser Supremo.
Pero todos los fenómenos de la naturaleza con los que se encontraba
eran coherentes con una explicación científica clara
que no necesitaba de ningún agente sobrenatural. Por ello,
Emil Yaroslavski resumió el significado esencial del darwinismo
en su destrucción de la concepción teológica
de la naturaleza y en su refutación de la tesis de que todos
sus organismos vivos habían sido creados por
el solo acto de un "creador"invisible e incognoscible
