José María Laso Prieto

«Después del fin de la historia»

En «La Nueva España», 28/5/1993. También en Homenaje a José María Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 29-31).

Texto preparado para su edición digital por Iván Martínez y Uriel Bonilla.



Han transcurrido ya casi cuatro años desde que el funcionario de Departamento de Estado norteamericano, de origen japonés Francis Fukuyama vaticinó el fin de la historia de la Humanidad. Para ello se basó en la interpretación que Kojéve –en su Introducción a la lectura de Hegel– realizó de la tesis del gran filósofo alemán según la cual esa historia finalizaría en 1806. Pues ya en esa fecha, Hegel identificó la victoria de Napoleón sobre la monarquía prusiana, en la batalla de Jena, con el triunfo de los ideales de la Revolución Francesa y la universalización inminente de un Estado que asumiera los principios de libertad e igualdad. Kojéve, lejos de rechazar a Hegel a la luz de los acontecimientos del siglo y medio siguiente, insistió en que este último había acertado en lo esencial.

En su célebre artículo «¿El fin de la historia?» (publicado en España por la revista Claves de la razón práctica, Madrid, abril de 1990, número 1), Fukuyama sostiene que, después del derrumbamiento del bloque del Este que hegemonizaba la URSS, hemos alcanzado el verdadero fin de la historia de la Humanidad, ya que no existe alternativa al capitalismo, como sistema económico social, ni a la democracia como régimen político. Frente a quienes descalifican sin más la tesis de Fukuyama, considerándola con razón como «simplista» y «superficial», el profesor Gustavo Bueno le concede plena beligerancia para constituir objetivamente una alternativa, dentro de un sistema de alternativas posibles de interpretación filosófica de la historia. Por ello dedica un amplio y profundo trabajo a su análisis y eventual refutación –bajo el título de «Estado e historia (en torno al artículo de Francis Fukuyana)»- tal y como apareció publicado en el número 11 de la segunda época de la revista asturiana El Basilisco. El mismo Gustavo Bueno sintetizaba muy bien su crítica a la tesis de Fukuyama en una entrevista que le realizó Javier Neira y que fue publicada en La Nueva España el 20 de septiembre de 1992: «Yo sostengo en mi trabajo que la historia universal no empezó. No estamos ante el fin de la historia universal, ya que aún no ha empezado. Es interesante recordar que Marx habló de prehistoria y de historia, sosteniendo que estábamos en la prehistoria de la Humanidad y que la historia comenzaría con el comunismo. Pero, precisamente, la historia del comunismo no es historia porque es, en tal caso, el futuro y, específicamente, la historia trata del pasado. En tal caso será historia para los que vivan en el año 5.000, pero para nosotros no es historia. Nótese que al menos Marx tuvo la suficiente fuerza crítica como para decir que no se puede hablar del fin de la historia sino como mucho del fin de la prehistoria. En este aspecto yo comparto la concepción de Marx. Estamos en la prehistoria de la Humanidad. Lo que hay son historias particulares: historias de romanos, de griegos, pero no historia universal. Son historias de un Estado [..]. Hay que salir del dilema establecido entre el fin de la historia y el principio de la historia. No ha habido historia. No ha empezado. Fukuyama, en su planteamiento, lo que hace es privilegiar una historia particular, con origen en EE.UU. Además basada en una teoría política totalmente discutible como es la democracia parlamentaria y el mercado libre. Pero ese esquema formal no se puede erigir en el fin de la historia, como si se sostuviese por sí mismo. Como si los hombres hubiesen controlado su propio destino por haber poseído determinada claves democráticas formales...». La creciente eclosión de los nacionalismos, la desintegración de la URSS y Yugoslavia, el surgimiento de nuevos Estados, etcétera, demuestran elocuentemente lo lejos que estamos de todo autocontrol humano.

Era previsible que los historiadores reaccionasen ante la tesis del fin de la historia e interesaba conocer el alcance de su reacción. Esta podía ser meramente corporativista –ante el riesgo de quedarse sin materia profesional– o más rigurosa y profunda. El reciente libro del prestigioso historiador Josep Fontana, titulado La historia después del fin de la historia (editorial Crítica, Barcelona, 1992), resuelve el problema al situar adecuadamente tanto la tesis de Fukuyama como las nuevas perspectivas de la ciencia de la historia. Después de considerar significativo que la desmesurada fama del artículo de Fukuyama se deba a la orquestación que la John M. Olie Foundation, una institución norteamericana que invierte anualmente millones de dólares para lograr un viraje a la derecha en la enseñanza de las ciencias sociales, el profesor Fontana resalta que al ampliar Fukuyama su artículo en forma de libro ha puesto más en evidencia su vaciedad.

Los historiadores y el fin de la historia

A su juicio, «se trata, simplemente, de una reelaboración más de las tesis de Hegel, que contemplaba el mundo germánico y las instituciones que comprende el Estado europeo moderno como el fin de la historia; viejas ideas recicladas repetidamente desde que Kojéve las volvió a poner en circulación en los años treinta, mezcladas ahora con gotas de Nietzsche para componer lo que se ha calificado de libro de rezos hegeliano para el conservadurismo norteamericano». No obstante rechazar las tesis de Fukuyama, la reflexión que éste suscita ha impulsado a Josep Fontana a meditar sobre los problemas de la ciencia de la historia. A ello está destinado su sugestivo libro, ya que en él se abordan y resuelven los problemas suscitados por el retorno a la historia narrativa, la ilusión cientificista, el revisionismo histórico, la ecohistoria, la «cliometría», etcétera. En un sentido a la vez crítico y autocrítico, el profesor Fontana reflexiona también sobre el fracaso de las expectativas que se habían depositado en formas elementales y catequistas del marxismo como alternativa a la enseñanza y a la investigación tradicionales, y así precisa: «A quienes piensan que esto es, simplemente, una consecuencia del hundimiento político y económico de los países el Este y de la URSS; es decir, a quienes confunden el curso de la historia con el de la ciencia histórica les conviene recordar que ya hace mucho que quieres nos dedicamos a enseñar habíamos descubierto, por nuestra cuenta, que reemplazar la vieja historia de reyes y batallas por la no tan nueva de los modos de producción, no nos había permitido mejorar y hacer más vivo nuestro trabajo aproximándolo a los problemas reales de los alumnos y su medio, y que no estábamos planteando estos problemas mucho antes de que se produjera la reciente oleada "revisionista"»

Para Josep Fontana, una de las consecuencia de la crisis de ese marxismo dogmático, aplicado al campo de la historia, ha sido la situación de desamparo en que han quedado los historiadores que se inspiran en él y que está dando lugar a sorprendentes conversiones. Partiendo del hecho de que la primera reacción que suele suscitar la crisis de fe es, generalmente, el escepticismo, el profesor Fontana sostiene que, en el caso actual, ello se traduce en la desconfianza ante cualquier planteamiento teórico, que puede muy bien traducirse en formas de positivismo enmascaradas de posmodernidad, en un eclecticismo superficial, o en una sensación de que lo que necesitamos es cambiar con frecuencia el bagaje metodológico renovándolo de acuerdo con las modas de cada temporada.

Así, el supuesto «fin de la historia» ha permitido una reflexión útil para historiadores e interesados por la historia.