José María Laso Prieto

«Impresiones de un viaje a Italia»

En «La Nueva España», 02/08/1996. También en Homenaje a José María Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (pp. 65-67).

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


A partir del Renacimiento, los viajes a Italia se impusieron como una necesidad para artistas y literatos europeos. Fue lo que se describió cono la «llamada de Italia», que se expresaba así. Sin la «llamada de Italia», de sus paisajes, de su inagotable patrimonio artístico, la historia del arte y la literatura alemana habrían tenido probablemente un desarrollo distinto. El «clásico» Sur, tan hondamente sentido en contraste con el «tenebroso» Norte, influye sobre los artistas de todas las épocas y los convierte a nuevas armonías, nuevos modos de sentir y de interpretar la naturaleza. De tal modo se trató de explicar el impacto que Italia causó a Goethe y, en no menor grado, a Byron y Shelley. Sin embargo, entonces Italia sólo era accesible a una reducida minoría de aristócratas y artistas, mientras que ahora se ha abierto a un turismo de masas. A ello no sólo ha contribuido la elevación general del nivel de vida en Occidente, sino también la diferencia abismal en los medios de desplazamiento. En el siglo XVI, todavía se invertían 42 días en un viaje de Madrid a Venecia, mientras que ahora puede realizarse en pocas horas en avión y en menos de tres días mediante cómodas autopistas. En contrapartida, las autopistas hacen perder buena parte del contacto con las poblaciones que antes se lograba en los viajes por las carreteras tradicionales. Recientemente lo he podido comprobar en un viaje colectivo que, atravesando el norte de España de Oeste a Este, la costa meridional francesa, el norte de Italia y la Italia central, nos llevó hasta Nápoles y las ruinas de Pompeya. En total, 3.815 kilómetros por carretera, hasta que desde Roma emprendimos por avión el regreso a Asturias. A todo lo largo de este recorrido, contamos con el eficiente asesoramiento del guía Miguel Echevarría, uno de los mejores profesionales que he conocido en mis numerosos viajes, tanto por su amplia erudición como por su capacidad didáctica.

El segundo día de viaje, una obligada parada para comer, en Nimes, nos permitió contemplar la famosa «Maison Carrée». Es decir, uno de los templos romanos más bellos y mejor conservados. También, el gran anfiteatro romano, conocido actualmente como las «Arenas de Nimes», donde ahora se celebran corridas de toros que nuclean la mayor parte de la afición francesa. La gran autopista meridional francesa nos permite atravesar la región de La Camargue, famosa por sus concentraciones gitanas. Al atardecer penetramos en Niza por el célebre Paseo de los ingleses. Niza sigue conservando el empaque señorial, pero su primacía en la Costa Azul le es ya disputada por Cannes y Menton. Una excursión nocturna al Principado de Mónaco para conocer este mini-Estado de opereta. Ante la fachada del Gran Casino de Montecarlo se observa una gran concentración de coches de lujo. No son sólo de los jugadores, sino también del público que en el mismo edificio asiste a una sesión de ópera. Coincidimos con su salida, muy espectacular por su lujosa vestimenta y por la gran «limousine» de Rainiero. Por la Riviera italiana, que no desmerece de la Costa Azul paisajísticamente, nos dirigimos a Milán. La impresionante fachada de su catedral nos compensa el largo recorrido. Este «sueño de mármol blanco», como con justicia ha sido calificado, adornado con infinidad de pináculos y estatuas, es uno de los más soberbios ejemplos del estilo gótico. Muy cerca vemos el teatro de La Scala, bellísimo edificio consagrado como el principal centro operístico mundial. En Milán iniciamos la visita de las ciudades-repúblicas italianas que compitieron en el Renacimiento hasta convertirse en verdaderos emporios del arte universal: Venecia, Florencia, Padua, etcétera. 

Nuestra primera visión de Venecia está condicionada por el recuerdo del filme Muerte en Venecia, de Visconti. Belleza y decadencia se entrelazan íntimamente en esta maravillosa ciudad a la que llegamos en una motora. Su situación es peculiar, ya que está asentada a más de 3 kilómetros de tierra firme, sobre 118 islas, en una laguna poco protegida del mar por una barra de arena. Entre esas islas discurren 177 canales que alcanzan 45 kilómetros de longitud. Tales canales, cruzados por más de 400 puentes, sirven de enlace a las diferentes partes de la ciudad. Por ello, el recorrido que realizamos en las típicas góndolas venecianas produce una impresión inolvidable. Desembarcamos en la misma plaza de San Marcos que tantas veces hemos visto en el cine. Pronto dirigimos la mirada a la propia iglesia de San Marcos, el más famoso de todos los templos venecianos. La visitamos y también el próximo Palacio Ducal. En su interior se reunían el Dux y el Gran Consejo, que gobernaron durante siglos a esta República oligárquica, que tanto tiempo fue hegemónica en el comercio internacional. Este edificio, prototipo ejemplar del gótico italiano, aloja una espléndida colección de arte, en la que destacan dos enormes estatuas de Marte y Neptuno, de Sansovino, y grandes óleos de Tintoretto, como el «Paraíso», que es uno de los mayores del mundo. 

Es casi imposible sintetizar, en el espacio disponible, las profundas impresiones que nos producen Florencia, Roma, Nápoles y Pompeya. Florencia constituye, sin duda, la mayor concentración en menor espacio del arte occidental. Allí se vive y respira arte por todas partes. Miles de visitantes –entre ellos, numerosos españoles– recorren sus calles para contemplar el famoso David de Miguel Ángel, las maravillas del museo del Palacio de los Uffizi y la impresionante catedral de la plaza del Duomo. Para contemplar debidamente tanta obra de arte se requerirían varias semanas, pero nos vemos obligados a partir para Roma. Durante el trayecto, el constante contraste entre la cordillera de los Apeninos y las grandes llanuras de Toscana. No podemos por menos que sentir profunda emoción al entrar en Roma, una de las dos grandes cunas de nuestra civilización. Comenzamos su recorrido con la visita al Coliseo romano y ello nos sitúa de inmediato en la Roma imperial y en sus contrastes entre arte refinado y opresión esclavista. La visita al Estado del Vaticano, situado en el corazón de la ciudad, ofrece asimismo el inmenso contraste entre la riqueza y lujo acumulados por la Iglesia y las concepciones austeras del fundador de su doctrina. No obstante, debe reconocerse también que ello ha contribuido a otra gran concentración artística. Los museos del Vaticano nos proporcionan la oportunidad de contemplar la grandeza de la Capilla Sixtina y la excelsitud del Moisés de Miguel Ángel. La plaza de San Pedro, no obstante su grandiosidad, resulta menor que la impresión que nos produce por televisión. El ambiente vaticanista es el previsible: una mezcla singular de ingenua fe popular y de altivez eclesiástica de alto rango. La vacía ventana del Palacio de la plaza de Venecia –desde donde Mussolini emitía sus belicosos discursos– nos recuerda lo efímero de los éxitos humanos y lo grotesca que resultó la dictadura del Duce. En cambio, la estatua ecuestre de Garibaldi sigue conservando toda la dignidad del gran combatiente por la unidad de Italia. En todo ello pensamos mientras nos desplazamos a visitar las ruinas de Pompeya, Nápoles y la isla de Capri. El mal tiempo nos impide visitar esta bella isla, donde el escritor Gorki fundó una escuela de formación para cuadros del Partido Bolchevique. Tampoco podemos sacarle todo su partido a las bellezas del paisaje napolitano. A pesar de la lluvia, recorremos las ruinas de la ciudad romana de Pompeya, destruida por las cenizas del Vesubio el año 70 antes de nuestra era. Podemos así comprobar el alto grado de confort urbanístico que habían alcanzado los romanos hace va más de dos milenios. Impresionante.