José María Laso Prieto

«Sri Lanka (Ceilán), hoy»

En «La Nueva España», 30/11/1994. También en Homenaje a José María Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 47-49).

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


Recientemente hemos viajado por dos islas –las de Ceilán y Cuba– que coinciden en la extraordinaria belleza de sus paisajes y en su difícil situación económica, política y social. En otros aspectos, los contrastes son abismales. El viaje a Sri Lanka (Ceilán) fue privado, mientras que el realizado a Cuba para participar, como ponente, en un curso postgradual interuniversitario organizado conjuntamente por los departamentos de Filosofía de las universidades de Oviedo y Central de las Villas de Santa Clara (Cuba). El tema del curso fue «El materialismo filosófico ante los desafíos actuales» y a mí me correspondió desarrollar los temas «Teología de la Liberación» y «Sociedad natural y sociedad política», desde la posición filosófica de Gustavo Bueno. A petición de las autoridades académicas cubanas, desarrollé otras dos conferencias: «Sobre la teoría del uso alternativo del Derecho» –en el Departamento de Derecho de la Universidad Central de las Villas– e «Historia de la lucha contra el franquismo (1939-1975)» en el Instituto Pedagógico «Félix Varela» de la ciudad de Santa Clara. Sobre tales expe­riencias cubanas volveremos próximamente, ya que hoy vamos a centrarnos en Sri Lanka. Es decir, en un país que desde su independencia en 1948 adoptó tal denomi­nación abandonando su tradicional y sugestivo nombre de Ceilán. Con ese nombre lo conocimos siempre en nuestras lecturas sobre los fascinantes países de las especias y los grandes descubrimientos geográficos que motivaron. Tal imagen romántica sigue vigente en la actualidad, por lo que de ella decía el escritor Joaquín Callabed en 1989: «Ceilán es un privilegio para los dioses. Pocas islas han sido más bautizadas y corte­jadas: la resplandeciente, la perfumada, la perla fresca sobre el pecho de la India, el país del jacinto y del rubí; isla de leyendas, magia y misterio, gota de oro celestial sobre la tierra... Todo es ardor vegetal, pujanza, exuberancia. La vegetación sepulta ciuda­des enteras que duermen así durante siglos. La jungla y el cingalés tienen raíces muy fuertes y entrelazadas. Al menor descuido la jungla sepulta ciudades o el cingalés invade sus dominios. Pisar esta tierra produce una euforia especial y una desconexión de otros mundos».

No es exagerada la descripción de Callabed, según lo comprobamos sobre el terreno. Habiendo visitado antes Indonesia, Tailandia, India, Nepal, China meridional, Cuba, Yucatán, Brasil, etcétera, no encontramos exuberancia vegetal semejante salvo en la cuenca del Amazonas. Con tales medios, no puede sorprender que Sri Lanka se haya convertido en un emporio turístico internacional. Son también muchos los españoles que lo visitan, entre otras razones, por constituir una de las giras más baratas al Extremo Oriente. Con una extensión de 65.610 km2 y una población de casi 18 millo­nes de habitantes, Sri Lanka se puede recorrer bien en una quincena. Es lo que hici­mos bajo la dirección de la guía Nanda Gamage. Como tal, resultó un curioso personaje que trataba de equilibrar una estricta moral budista con una posición de izquierdas. De la capital, Colombo, retuvimos una imagen nocturna más bien tristona, a pesar de que bellas construcciones coloniales portuguesas, holandesas y británicas se suman a las realizaciones actuales de la arquitectura cingalesa. Por contraste, resultó muy interesante la visita al típico pueblo de pescadores de Negombo. Desde la playa, centenares de barcas son lanzadas al mar y a escasa distancia pescan en abundancia. De retorno a la playa, allí mismo venden lo pescado a otros centenares de personas que frecuentan este mercado espontáneo. La escena resulta de un gran colorido, aun­que tal «mercado» carezca de las mínimas condiciones higiénicas. De Negombo nos dirigimos a Dambulla para pernoctar.

El complejo hotelero de Kandalama nos sirve de cuartel general para buena parte de nuestros desplazamientos por la isla. Tiene la ventaja de ocupar una posición geográ­fica casi central y de que es una estructura hotelera de gran amplitud todavía sin ter­minar. Sus bajos precios contribuyen mucho a hacer económicos los viajes a Sri Lanka. Sin embargo, su construcción ha suscitado una fortísima oposición que hizo perder miles de votos al derechista partido UNP (Partido Nacional Unido) en las elecciones de agosto de 1994. La oposición no es sólo ecologista –el complejo hotelero está situado en plena selva junto a unos bellos lagos– sino también religiosa y en defensa de las tra­dicionales costumbres cingalesas. Se teme su contaminación por el turismo. También son enemigos del complejo los adversarios de las empresas multinacionales. Para con­trarrestar la campaña que contra Kandalama realizan ecologistas, monjes budistas y partidos de izquierda, se ha decidido mimetizar el complejo con el medio, pintándolo de verde y decorándolo externamente con lianas y otras plantas de la jungla.

En Dambulla visitamos sus famosas cuevas budistas que resultan merecedoras de su renombre. En su interior existen numerosas estatuas de Buda, de grandes dimensiones y excelente calidad artística. Algunas se remontan a los dos primeros siglos de nuestra era. En Anuradhpura alcanzamos el punto más septentrional de nuestra gira. A pocos kilómetros pasa el frente bélico que separa Sri Lanka del territorio dominado por los separatistas tamiles en la península de Jaffna. La doble victoria electoral de la señora Chandrika Bandaranaike Kumaratunga, en las elecciones parlamentarias de agosto y en las presidenciales del 9 de noviembre, hacen revivir la esperanza de que pueda alcanzarse la paz después de once años de devastadora guerra civil. Al menos así figura en el programa de la coalición de izquierdas que lidera esta señora, equivalente en Ceilán a lndira Ghandhi. Por los pueblos y ciudades que pasamos abunda la pro­paganda electoral de agosto que se ha aprovechado también para las elecciones de noviembre. La ventaja que tiene es que no ensucia las paredes. Se trata de tiras de papel rectangulares y pequeñas banderas de trapo, de diferentes colores, que se cuel­gan de cuerdas. Son verdes, para el partido derechista UNP –que ha perdido ambas elecciones–; azules, para la Alianza del Pueblo (PA), coalición de izquierdas que las ha ganado, y rojas, para el Partido Comunista. En algunos distritos, se exponían los colores rojo y azul unidos, y ello significaba que allí se presentaron unidos PA y PC. Los colores, como símbolo electoral, sustituyen a los carteles escritos que no leería casi nadie, y no porque existan muchos analfabetos pues, en general, el nivel de edu­cación es bueno. Se trata de que las adscripciones partidistas de la población son muy fuertes y bastante estables. Por ello le ha sido posible a la derecha gobernar 16 años sin interrupción. Al final, el exceso de corrupción imperante en el partido gobernante, sus métodos autoritarios, y su obstinación en no dar salida a la interminable guerra con los separatistas tamiles, produjo un claro giro hacia la izquierda. El problema radica en que no hay plena seguridad de que se logre la ansiada paz. El «kamikaze» que el pasado 24 de octubre destrozó al candidato de la oposición Gamini Dissna­yake y a 56 de sus partidarios perseguía una finalidad claramente provocadora desti­nada a impedir el fin de la guerra. Suponemos que se habrán colgado miles de tiras y banderas blancas, pues así expresan sus sentimientos fúnebres los cingaleses. No obs­tante, se abre un portillo a la esperanza en función del decidido propósito gubernamen­tal de llegar a solucionar definitivamente el problema étnico surgido en la convivencia entre cingaleses y tamiles.

La Nueva  España, 30/11/1994