José María Laso Prieto

«Sevilla y Barcelona: un precedente omnioso»

En «La Nueva España», 23/07/1992. También en Homenaje a José María Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 24-27).


Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


El político ovetense Indalecio Prieto, a quien como estadista admiro sin compartir sus concepciones socialdemócratas, es autor de un significativo precedente crítico de los grandes dispendios que para la economía española van a suponer la Expo-92 de Sevilla y la Olimpíada de Barcelona. En un discurso titulado «Cómo arruinaron España», pronunciado en el Congreso de los Diputados el 23 de mayo de 1934 –en réplica a una intervención del señor Calvo Sotelo contra su actuación como Ministro de Hacienda durante el primer bienio de la República– decía, entre otras consideraciones: «¿Cómo se concibe, señor Calvo Sotelo, que en una política de inflación, como la que constantemente venía siguiendo su señoría con emisiones de Deuda, con fantasías en los gastos –como la que supone la realización de dos exposiciones internacionales a la vez, en una nación de los modestísimos recursos de España, en una punta de Europa que no es de tránsito internacional–, su señoría quisiera llevar la peseta a la paridad oro? […] Hablamos de exposiciones. Yo ayer oía cómo algunas voces sevillanas clamaban en protesta contra la crisis a la que sus señorías condenaron a la ciudad de Sevilla, crisis que no se ha liquidado, que no es fácil de liquidar y con ella, ¿cómo no apuntar a la crisis, quizás un poco más soportable por una mayor corpulencia económica, a que sus señorías sometieron a la ciudad de Barcelona? Cuando todo el mundo sabe que hay un reglamento internacional que tiene por designio evitar que en el área mundial se celebren simultáneamente dos exposiciones de carácter universal, porque con esa simultaneidad se agravan los riesgos económicos para las ciudades donde se verifican los certámenes, los cuales han traído siempre una inmensa cola de crisis, sólo una impetuosidad alocada puede conducir a que España, modesta nación situada en una punta de Europa, arrinconada en el mundo, celebre a la vez dos exposiciones universales. Pues bien; este problema que vosotros habéis creado localmente en Barcelona y Sevilla, más diversificado, más generalizado, si bien no tan intenso, lo habéis creado en España entera; he ahí la realidad. Su señoría ayer, todavía, nos habló de esto en forma que a mí me sorprendía mucho; porque yo creo en sus talentos; pero ayer asistí al fenómeno de ver cómo ciertos prejuicios ahogan los destellos más fulgurantes de una inteligencia clara como la de su señoría. Tomaba su señoría por período de gran prosperidad en España aquél en que regentasteis la nación y he de referirme a eso, no por acumular achaques contra la dictadura, sino porque aquí, en la Cámara, se forma un Estado de conciencia que trasciende al país, y merced a esa transmisión se pueden evitar daños iguales, por circunstancias análogas en lo venidero, no estará perdido el tiempo que empleemos en nuestro debate. Su señoría se obstinaba todavía –¡año 1934! – en que el período que regentó la Hacienda Pública fue un período de prosperidad efectiva de la nación española, y yo esperaba de las claras dotes, del talento de su señoría, que a estas horas tuviera el convencimiento de cuán extenso es el margen de artificiosidad de aquel estado de satisfacción (usemos la palabra griega de moda), de euforia, que existía entonces» (cf. Indalecio Prieto, «Dentro y fuera del Gobierno», Discursos parlamentarios, Fundación Indalecio Prieto/ Editorial Planeta, Barcelona, 1992, páginas 62, 63 y 64).

Exorbitantes dispendios.

Cincuenta y ocho años después, nos encontramos en la situación prevista por Indalecio Prieto en 1934. Sin duda, hay algunas diferencias entre la política de «fantasía en los gastos» practicada en la década del veinte por Calvo Sotelo, durante la dictadura del general Primo de Rivera, y los exorbitantes dispendios que actualmente realiza el equipo Felipe González-Solchaga en sus realizaciones faraónicas de Sevilla, Barcelona, Madrid (capital cultural de Europa), el tren de alta velocidad (TAV) Madrid-Sevilla, etcétera. Es cierto que ahora no se trata de dos exposiciones universales simultáneas, sino de una Exposición y una Olimpíada. Tampoco España es ahora una nación tan modesta como lo era en aquella década, aunque dista mucho de los países más ricos del mundo representados en el «G-7». Sin embargo, no es menos cierto que en España existen grandes bolsas de marginalidad, y pobreza, mientras que nuestro índice de desempleo es de los más elevados de Europa occidental. A pesar de todo ello, el binomio Felipe González-Solchaga, claramente afectado por la euforia que Indalecio Prieto denunciaba en Calvo Sotelo, ha sumergido a España en la Feria de las Vanidades que suponen los fastos del 92. Así no puede sorprender que hayan sonado todos los indicadores económicos, advirtiendo sobre la gravedad de la situación denunciada por Indalecio Prieto en su discurso titulado «Cómo arruinaron a España».

Con la limitación de espacio de un artículo periodístico es difícil detallar los dispendios económicos que se están realizando en los fastos del 92. En forzada síntesis, vamos a tratar de exponerlos. Así, las cifras que se habían barajado para levantar la Expo-92 subieron como la espuma. Una de las cifras que después se adelantaron es la de 202.000 millones de pesetas, el triple del presupuesto inicial previsto en 1988. El incendio posterior del pabellón de los Descubrimientos –uno de los pabellones emblemáticos de la Expo de Sevilla– incrementó la cifra. La cuantía de las pérdidas se estimó en 4.460 millones de pesetas. Por ello, compartimos el manifiesto «Desenmascaremos el 92» de la asociación AEDENAT, cuando dice: «La Expo de Sevilla, que conmemora estos hechos (se refiere a la discutible celebración de 1492), ha sido concebida como un gran escaparate europeo y mundial del desarrollo tecnológico, capaz de infundir nueva confianza respecto a la capacidad del sistema capitalista para garantizar el futuro. Y por eso no es de extrañar que se vayan a dedicar más de 500.000 millones de pesetas a la celebración de tan magno evento […]. Dentro de este contexto, hay que entender las grandes actuaciones del Estado en marcha: el tren de alta velocidad (TAV), con un presupuesto del orden del medio billón de pesetas, que une Madrid y Sevilla –desplazando otras necesidades más urgentes– en conexión con la Expo-92; el programa de construcción de autovías, que asciende casi a un billón y medio de pesetas; el plan de Felipe González para solucionar los problemas de transporte de las grandes ciudades, cuya cuantía rebasa los 1,6 billones de pesetas… Actuaciones megalómanas todas ellas, algunas de las cuales tienen un carácter fundamentalmente de imagen, de espectáculo, trascendiendo unos esquemas aparentes de racionalidad, como por ejemplo el TAV, aunque sí dan respuesta a intereses económicos, y hacen factibles los requerimientos del nuevo modelo productivo que se configura tras nuestra inserción definitiva en la economía mundial, y en concreto como periferia del centro dentro de la Comunidad Europea».

Mercantilismo del deporte.

Sin cifras definitivas sobre el coste de la Olimpíada de Barcelona –se habla de una inversión de 623.421 millones de pesetas y de la dedicación de 17.000 policías adicionales a su seguridad– es evidente que nos encontramos muy lejos del tradicional espíritu olímpico. Hoy en día impera, en forma apenas disfrazada, la mercantilización del deporte. Y, bajo el pretexto del deporte, las Olimpíadas se convierten en un gigantesco negocio y se utilizan como coartada para una reestructuración salvaje de la ciudad: «terciarización» del centro, lo que lleva aparejada la expulsión de los sectores populares que lo habitan.

Todo ello en beneficio de poderosos intereses privados, de poco o nula utilidad social. A ello debe añadirse una gran inversión en fuerzas de seguridad, totalmente improductiva desde una perspectiva económica o social. En consecuencia, no puede sorprender que en Barcelona ya se hayan constituido grupos de oposición a la realización de la Olimpíada y al proyecto de reestructuración de la ciudad que esa realización ha justificado. Aunque no puede desconocerse que la ubicación en Sevilla de la Expo-92 ha supuesto para la ciudad un incremento de su infraestructura, se ha pagado con el elevado coste de un alza espectacular de la especulación urbanística. De ahí que también en Sevilla, y más todavía en el conjunto de Andalucía, se estén alzando voces contra la Feria de las Vanidades que constituye la Expo. Muchos piensan que con los dispendios ejecutados en la Expo se podrían haber solucionado algunos de los graves problemas sociales que padece Andalucía en grado mucho mayor que otras regiones de España.

Indalecio Prieto, en su réplica a Calvo Sotelo el 23 de mayo de 1934, confiaba en que la experiencia negativa de los dispendios de la dictadura de Primo de Rivera, en Sevilla y Barcelona, sirviese «para evitar daños iguales, por circunstancias análogas, en lo venidero». Lamentablemente, tanto su lección como la advertencia que entonces hacía no han sido tenidas en cuenta por quienes, como Felipe González y Solchaga, pretenden ser sus discípulos.

 

La Nueva España, 23/07/1992