José María Laso Prieto

«De Clarín al Oviedo real»

En «Vetusta», suplemento especial de La Voz de Asturias, 18/11/198, 16/10/1998. También en Homenaje a José María Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 18-20).

Texto preparado para su edición digital por Iván Martínez y Uriel Bonilla.



Los azares de la vida no siempre permiten lograr que un conocimiento de la realidad corporice la imagen que en nuestro sueños de adolescentes nos forjamos de determinados lugares. Me considero afortunado por haberlo logrado en muchos casos. En los últimos años he conseguido, mediante diversos viajes, contemplar directamente los lugares recorridos por personajes de mis lecturas de adolescencia: la Siberia de Miguel Strogoff, río Nilo de Sinuhé el egipcio, la Indonesia de Sandokán, Samarkanda y el desierto de Gobi de Marco Polo y otros muchos lugares descritos por Julio Verne en un libro que me fascinó durante la niñez: Historia de los grandes viajes y de los grandes viajeros. Empero, ahora no voy a tratar de países lejanos o exóticos sino de algo que me es muy cercano: Oviedo-Vetusta. Y lo escribo así en función de que en mi mente se mezclen, como consecuencia de lecturas, impresiones e informaciones.

En mi niñez fui muy precoz y afortunado. Afortunado sobre todo, por haber dispuesto de una biblioteca, no expurgada ni censurada, en una época en que muchas de las grandes obras literarias –españolas o extranjeras– habían dejado de ser accesibles al ciudadano medio. Gracias a ello, La Regenta constituyó una de mis primeras lecturas, y aunque la he vuelto a leer, en mi madurez, predomina en mi imaginación la primera imagen de aquella Vetusta descrita por Clarín. Muy lejos estaba yo entonces de suponer que algunas décadas después iba a pasear por su calles y a residir cuatro años en una pensión situada en la plaza de la Catedral, lugar clariniano por excelencia. Algo más tarde, la lectura de Tigre Juan me proporcionó nuevas imágenes e impresiones de la ciudad en mi todavía casi virgen imaginación de adolescente. En ella, la Pilares de Pérez de Ayala se integraba armónicamente con la Vetusta de Clarín.

La Guerra Civil

Nuevas referencias de Oviedo me llegaron con la Guerra Civil. Todavía muy niño, seguí en los diarios bilbaínos El Liberal y Euzkadi los altibajos del cerco a la ciudad. Tengo un recuerdo muy vivo de las informaciones que a Bilbao llegaban sobre los combates en El Escamplero, cuando las fuerzas republicanas intentaron estrangular el corredor que unía Oviedo con el resto de la zona franquista. En tan duros combates participaron batallones vascos y allí cayó el comandante Saseta, a cuyo entierro asistí de niño en Bilbao, pues constituyó una auténtica manifestación popular de duelo.

Después se interrumpen mis impresiones literarias y bélicas sobre Oviedo y no se reanudan hasta que en la década del 50 tengo oportunidad de leer Nosotros los Rivero, de Dolores Medio. Precisamente me hallaba entonces en el penal de Burgos, cumpliendo condena de 12 años de prisión que me habían impuesto por organizar la solidaridad vasca con la huelga de los mineros asturianos. Es significativo que dos de las tres detenciones que en aquella década sufrí tuviesen por origen la solidaridad vasca con los luchadores asturianos. La lectura de Nosotros los Rivero se enlaza también con esa temática, ya que sirvió para completar mi visión inicial de Vetusta-Oviedo. Adquirí conciencia de la contraposición entre la ciudad comercial y burguesa –no sólo sociológica sino también culturalmente burguesa– y las proletarias cuencas mineras.

Cuando salí de Burgos retorné a mi Bilbao natal y comencé a acercarme a Oviedo. En sucesivos viajes a Santander, Torrelavega, Cabezón de la Sal y otras localidades cántabras, Oviedo aparecía siempre en los indicadores de carreteras como el lugar más adelante, pero también inalcanzable... de momento. Por fin, por un aparente azar de la vida, tuve la oportunidad de poder residir en Oviedo. Oportunidad proporcionada por una empresa comercial, cuando me ofreció dirigir su delegación en la capital de Asturias. Acepté la oferta condicionándola a una decisión posterior definitiva, según el grado de integración que lograse en la vida social y cultural ovetense.

Actividad cultural

La integración fue tan fácil como la que habitualmente logran los asturianos en Euzkadi. A esa integración contribuyó mucho mi vocación cultural. Pronto percibí que era mucho más diversificada e interesante la actividad cultural en Asturias que en el País Vasco. En Euzkadi, el nacionalismo radical había provocado una ola de irracionalismo que distorsionaba totalmente la actividad cultural. En Asturias, por el contrario, a fines de la década del 60 se había desarrollado un movimiento cultural –nucleado en torno a la clase obrera– que a través de asociaciones culturales del Nalón, Mieres, Gijón, Avilés, etc. asumía una concepción de la cultura racional y progresista. Desde 1969 comencé a participar en sus actividades, bien sea como conferenciante o como activo participante en sus debates y coloquios. Ello hizo que pronto adoptase la decisión de permanecer definitivamente en Asturias. Y, en este sentido, el peso de Oviedo-Vetusta fue decisivo. Fundamentalmente, en función de la actividad del Club Cultural de Oviedo y de mi ingreso en la Universidad ovetense.

El Club Cultural de Oviedo, protegido un poco de las iras de Claudio Ramos por la respetabilidad que le proporcionaba la presencia de don Luis Sela, era entonces un potente centro emisor de cultura y política democrática. Allí tuve ocasión de conocer y colaborar con figuras relevantes en ambos campos, como los profesores Gustavo Bueno, David Ruiz, Francisco Alonso Mori y Julivert. Sería interesante que se publicase un balance de la relevante actividad cultural y política que durante una década se desarrolló en su sede de Palacio Valdés, 9. También de las conferencias que nos prohibieron, como las de Tierno Galván y Ruiz Giménez, y fueron sustituidas por cenas-coloquio semiclandestinas.

Por entonces ingresé también en la Universidad de Oviedo, donde me licencié en Derecho. Recuerdo con cariño a excelentes profesores como Julio González Campos, Gerardo Turiel, Carlos Prieto, Elías Díaz, Vicente Montes, José Carlos Fernández Rozas, Luis Ignacio Sánchez y otros muchos que no hay espacio para mencionar. De ellos recibí excelentes enseñanzas académicas y, en reciprocidad, también contribuí a su desarrollo político. En esa doble faceta, fue muy útil un seminario interdisciplinar, de varios departamentos de Derecho, cuya secretaría desempeñé.

En otro plano, fue también muy útil para mí el poder participar, como colaborador en el equipo de Gustavo Bueno y en el consejo de redacción de la prestigiosa revista El Basilisco, editada por él mismo. Aquí participé en la organización del XII Congreso de filósofos jóvenes, que se celebró en Oviedo en 1975, y en el que fui elegido vicepresidente del de Cádiz (1976) y presidente del de Barcelona (1977). De ese núcleo, también conocido como Escuela de Filosofía de Oviedo, ha surgido la realización de cuatro relevantes congresos de Teoría y Metodología de las Ciencias, a cuya comisión organizadora me honro en pertenecer.

De mi integración en Oviedo se ha derivado mi prolongada colaboración con ese personaje singular que es Juan Benito Argüelles. Con él participé en la organización de las denominadas Cenas del Fontán –que se desarrollaban en el restaurante Aller de la calle Magdalena– y que constituyó (en condiciones difíciles de semiclandestinidad) un interesante avance de lo que más tarde iba a ser la hoy prestigiosa Tribuna Ciudadana de Oviedo. Las cenas del Fontán desempeñaron incluso cierto papel en la transición política en Asturias, pues de ellas surgieron muchas de las personas que después desempeñaron una relevante función en la Junta Democrática Regional.

Con independencia de que mi amigo Juan Benito también aborde el tema en este número monográfico de un suplemento de La Voz de Asturias, no puedo dejar de reflejar la identificación que actualmente realizo entre Tribuna Ciudadana y Oviedo-Vetusta. Tal identificación no es arbitraria, ya que para numerosas personas, de muy diversas regiones de España, tal asociación cultural es la que mejor represente una concepción actualizada de la tradición humanística ovetense. Oviedo-Vetusta ya no sólo la tradicional ciudad de familias –sobre la cual ironizaba con frecuencia el profesor González Campos–, ni siquiera sólo la ciudad de la extensión universitaria de los ilustres institucionalistas, o la ciudad donde el padre Feijoo escribió sobre el gran teatro del mundo.

Oviedo-Vetusta es también un ciudad prestigiada fuera de nuestra región, por la extraordinaria labor cultural realizada, en menos de una década, por Tribuna Ciudadana. Como, con frecuencia, se ignora lo que es propio, conviene no olvidar que son innumerables las personalidades, de las más diversas facetas del arte, la literatura, la filosofía, la política y las diferentes ciencias que habiendo participado en las actividades de nuestra Tribuna Ciudadana la consideran como la más relevante de las existentes en la periferia del país. Sin incurrir en triunfalismos ridículos, esa impresión produce el estudio del balance de sus actividades desde 1980. De ahí los elogios que le dedicó un hombre tan ponderado como es el filósofo de la ciencia Mario Bunge.