José María Laso
Prieto
Notas
inéditas sobre el Congreso de Barcelona
Revista El Basilisco
nº1 (1978). Primera época.Oviedo.
Texto cedido por la Fundación
Gustavo Bueno.
Con el título de «El XIV
Congreso de filósofos Jóvenes» publicamos en la revista Sistema{1} una amplia reseña del celebrado en Barcelona
del 3 al 6 de Abril de 1977. En dicha reseña subrayábamos la relevancia
de su Mesa Redonda inicial que, como es sabido, estaba integrada por
los profesores Emilio Lledó, Pep Calsamiglia, Gustavo Bueno, Agustín
García Calvo, Carlos París y Jacobo Muñoz. Frente a algunas reseñas
que habían acentuado, hasta límites casi caricaturescos, los aspectos
polémicos del debate general que tuvo lugar en ese «plato fuerte»
del Congreso, nosotros considerábamos que, manteniendo la necesaria
objetividad, cabía calificar el clima en que se desarrolló el coloquio
como altamente filosófico en el mejor sentido del término. También
estimábamos que su realización había constituido un hito memorable
en la historia de este tipo de Congresos.
Por obvias razones de
espacio no nos es posible reproducir la amplia exposición que en ese
trabajo efectuábamos de las intervenciones producidas en torno a la
mesa redonda. Empero sí nos es factible abordar el de los Seminarios
y así contribuir a facilitar a nuestros lectores una visión más amplia
y matizada de las sesiones del Congreso.
Como en la reseña publicada
en Sistema dedicábamos suficiente espacio al Seminario del
profesor Agustín García Calvo, pasamos directamente a tratar del:
Seminario
conjunto de Fernando Savater y Jacobo Muñoz
Inicialmente estaban programados
como sesiones independientes, pero acabaron conjuntándose por razones
de espacio y tiempo. Con una sala abarrotada, y la hora lorquiana
de las cinco de la tarde, inició Fernando Savater la exposición de
su ponencia. Con el título de Enseñar lo inenseñable el profesor
Savater realizó una bella disertación literaria a la altura formal
de la brillantez que le caracteriza. Desgraciadamente ésta se va a
perder, en gran parte, por la forzosa síntesis que –por razones de
espacio– tenemos que realizar.
Como matización inicial
comenzó señalando: «Ha llegado el momento de hablar y no quisiera
hacerlo exclusivamente por boca de otro. Aunque ciertamente es de
temer que el otro hable, en cualquier caso, en todo caso. ¿No es este,
por cierto, el sello mismo del que avanza hacia las candilejas del
escenario para declamar su lección? El secreto que hago público es
a fin de cuentas el enigma de otro. El monólogo que recito fue escrito
por otro (¡O por otros!) que no os veía, que no podía sentiros
en absoluto, pero que ya tomaba previsoramente sus medidas para mantener
frente a esta asamblea muda su jerarquía de parlanchín privilegiado».
Y tras de este exordio, y de matizar todavía más su papel de mediador,
Savater continuó puntualizando: «Porque lo que el otro enseña,
para utilizar de algún modo la palabra que aquí nos convoca, es precisamente
lo mismo. Y eso mismo que se nos impone como discurso del otro, o
bien [101] sabemos lo que es: reproducción de la sociedad científica,
jerárquica, fabril y discriminadora, la sociedad de los poderes delegados
al dominio central, de los saberes deudores del gran Saber que sabe
de nosotros y en contra de nosotros, la sociedad de los encerrados
réprobos y de quienes administran la reprobación que encierra en la
delincuencia o la locura. Esta es la canción del otro, este es el
contenido del plan de estudios, del plan de discursos y enseñanzas
que el otro hará por mi boca, por la boca del yo. ¿Inevitable? ¿necesario?
De eso no sabemos más de lo que el otro quiere decirnos, la eterna
canción del otro». Y así continúa el profesor Savater desarrollando
su pensamiento para llegar a la conclusión de que el contenido
del discurso del otro es siempre lo mismo. Seguidamente –tras
el tenso «suspense» suscitado por el planteamiento enigmático inicial–
Savater esclarece que... «el otro al que quiero dejar hablar por mí
es Pierre Klossowski, quien escribió páginas memorables sobre la
enseñanza de la filosofía. «Para Klossowski ésta consiste en ‘introducir
la enseñanza de lo inenseñable’». Este enunciado no es sencillamente
un planteamiento paradójico sino la más exacta condensación de la
especificidad más determinante de la tarea que aspira a cumplir quien
ni renuncia a su ánimo filosófico ni quiere dejar de dirigir discursos
académicos a los demás. Introducir en la enseñanza lo inenseñable:
ese es el reto que debe aceptar quien quiera hallar un discurso que
no repitiese simplemente lo mismo.
Sin embargo, al profesor
Savater, no le parece oportuno pasar a hablar directamente de lo inenseñable,
sino que estima más eficaz tratar primero de precisar qué es lo enseñable
y en qué consiste la enseñanza. Para ello cita a Klossowski quien
señala que hay cierta «condición institucional de la ciencia que reclama
que ésta no puede trabajar si esta no es respetuosa de un último nivel
de investigación más allá del cual el conocimiento mismo volvería
a caer en el caos. «Lo enseñable será, pues, todo aquello que no corra
el riesgo de contribuir al desfondamiento de la ciencia, aquello que
respete el límite convencional más allá del cual el conocimiento como
institución se ve amenazado. El conocimiento no institucional, el
conocimiento asilvestrado, no será siquiera reconocido y, por supuesto,
no será transmitido. Sólo lo institucional se transmite, lo apoyado
en unos límites claros, límites que pueden llamarse conveniencia social
o exigencias metodológicas o intereses de la clase oprimida... Se
enseñan los límites, los datos relevantes, los marcos adecuados en
que encuadrar todo lo que sabemos o intuimos: se enseña a descartar,
a saltarse las cosas, a no prestar atención a fuegos fatuos. La habitual
respuesta, ya tópica, con la que el enseñante corta el paso demasiado
veloz del alumno –«eso no toca ahora, lo veremos en la lección siguiente»–
no es sencillamente una medida dictada por la comodidad del momento,
sino una indicación disciplinar de lo más saludable, que enseña al
impaciente la verdadera condición de la enseñanza misma, su nervio
central. Hay que saber postergar, articular, rechazar, extirpar: lo
más importante es no perderse.
Para Savater podría resumirse
todo lo apuntado sobre lo enseñable en una simple y contundente formulación:
sólo puede enseñarse lo abstracto. De modo que la posición
de Klossowski constituiría su antípoda: (no, por supuesto, de la posición
de Klossowski sino de lo que debe enseñarse) intento de introducir
en la enseñanza lo concreto. Y, con una aguda argumentación
que trasluce, –consciente o insconcientemente la finalidad política
que subyace en su posición– Savater agrega: «En las discusiones sobre
lo abstracto y lo concreto los términos suelen invertirse de la manera
más curiosa. Cualquiera que haya asistido a debates multitudinarios
en la Universidad sobre un tema teórico de importancia está acostumbrado
a soportar las intervenciones de quienes dicen que el tono es demasiado
abstracto y que hay que descender a lo concreto. Añadiendo, generalmente,
como remache de la cuestión, «a la práctica». Es curioso el terror
que tienen algunas personas, que han dedicado buena parte de su tiempo
al aprendizaje de términos especializados, por quienes manejan con
desconfianza pero sin vergüenza los vocablos que han aprendido. En
cuanto no se balbucea o se repiten slogans se gana uno el estigma
de utilizar un «lenguaje doctoral». Y, naturalmente, éste se intrinca
en lo abstracto y olvida las urgencias prácticas «del momento», como
suele también decirse. Pero no basta con constatar que la mayoría
de los remisos a la discusión teórica no quieren sino crear el sumiso
silencio en que resonarán mejor sus consignas y quienes más acerbamente
pretenden remitirlo todo a la práctica suelen ser quienes ni logran
decir lo que hacen ni mucho menos hacer lo que dicen. El tema presenta
para nosotros un interés más radical, precisamente porque se relaciona
directamente con la cuestión de lo enseñable y de lo inenseñable,
es decir de lo abstracto y de lo concreto. Respecto al significado
de las palabras, cualquiera puede sentirse Humpty-Dumpty y decir que
cada palabra significa en cada ocasión lo que él desea y que lo importante
es ser el amo, pero a mí me parece más aconsejable remitirse a nuestro
común amo y utilizar los términos como quienes han sabido pensarlos
del modo más consecuente. Por lo tanto, al hablar de lo concreto y
lo abstracto me atengo, –agrega– más o menos a la definición que Hegel
proporciona de ambos términos. Por «abstracto» entiendo lo que se
singulariza, lo que se recorta de sus implicaciones y contradicciones,
lo que no está dispuesto a agotar completamente la negación que le
dinamiza y se niega a reconocer su relación con el todo en que aparece
de tal modo que pueda pensarse que el todo está comprendido dentro
de ello mismo como su momento necesario. Por «concreto» entiendo lo
que no renuncia a ninguna de sus implicaciones ni descansa hasta agotar
su contradicción, lo que pone como condición de su propia inteligibilidad
el todo mismo en que se manifiesta. Lo abstracto es lo que ha sufrido
las mutilaciones y recortes necesarios para hacerse manejable y se
pone en cada caso como un pequeño todo bien limitado y acotado, aunque
«pequeño», es decir, consciente de codearse con otros «todos» inspirados
por la misma vocación utilitaria... El modelo mismo de algo abstracto
es, uno de esos sucesos de «aquí y ahora» que en sí mismos nada significan,
aunque suelen parecer el absoluto mismo del significado a quien tenga
un pensamiento incurablemente abstracto; es decir, podado: quien dice
«la matanza de ayer por la tarde», «las multinacionales», «el precio
de la merluza» , «esta mesa y aquella silla», &c., plantea problemas
o cuestiones, decididamente abstractos. Obviamente –agrega Savater–
la abstracción es imprescindible para nuestra vida social cotidiana,
de modo que nadie vaya a ver en lo que digo algo así como una absurda
prédica «contra la abstracción». Sencillamente trato de aclarar [102]
el significado de términos generalmente malentendidos. Respecto a
que sea lo concreto tampoco es difícil apuntarlo: aquello cuya comprensión
implica la comprensión del todo. Es decir, que lo más concreto será
«el bien», «el poder», «la virtud», «la razón», «el Estado», «la muerte»
y cosas por el estilo. Alguien podría suponer que este tipo de cosas
es lo que se enseña en la enseñanza institucionalizada mientras que
las cosas que he llamado abstractas caen fuera de los cuestionarios.
Y es que el plantear real y concretamente la discusión sobre «el bien»
o «la muerte» incluye el recorrido completo por todas las contradicciones,
por todo lo que sabemos y por todo lo que desmiente que sabemos, por
el ámbito total –cuyas fronteras son inimaginables o se presentan
siempre como recién franqueadas–. De todas nuestras intuiciones
y doctrinas sobre todo lo que hay, nada más opuesto a esta exigencia
de concreción que la sencilla definición dada de una vez por todas
o la manipulable doctrina en cuyos cómodos y reconfortables pliegues
halla dócil acomodo la indómita negación de la cosa».
«Lo dramático para nosotros
–advierte Savater– es que ya no podemos refugiarnos en la supuestamente
satisfactoria concreción del sistema hegeliano. El sistema también
es abstracto, también simplifica, también acaba demasiado pronto su
recorrido: Hegel definió la concreción, pero no alcanzó lo concreto.
Schopenhauer, Marx, Kierkegaard, Nietzsche, Freud enseñaron lo que
el sistema había dejado fuera, los pasos que no se habían dado, los
cabos sueltos, las exigencias olvidadas. A su vez cada uno de ellos
tuvo que contentarse con lo abstracto, tras haber combatido denodadamente
por alcanzar lo concreto. Lo inenseñable que la filosofía introduce
en la enseñanza es precisamente esa aspiración a lo concreto, a lo
total, que convierte su proceder discursivo en una amenaza permanente
–cuando es sinceramente filosófico, no simple disfraz de alguna abstracción
científica vendida como filosofía– contra el funcionamiento académico.
Tal aspiración a lo concreto se ve burlada siempre por las recaídas
en la finitud, en la imitación, en lo abstracto: puede ser una exigencia,
pero nunca alcanza a ser un logro... Irónico y paradójico destino
del filósofo, soñar con la omnicomprensiva simplicidad de lo concreto
y verse obligado a aumentar permanentemente la complejidad de las
infinitas abstracciones en que nos debatimos. Y, sin embargo, la filosofía
tiene un resultado negativo pero liberador: disuelve el pretendido
«todo» que encierra cada abstracción e impide que nos identifiquemos
definitivamente con algo limitado que se presente como absoluto. No
alcanza lo concreto, pero denuncia las insuficiencias de lo abstracto;
reclama incompatibilidad con cualquier reduccionismo con lo instrumental,
teórico o práctico...
Finalmente Savater se
pregunta ¿Qué es, después de este largo y circular recorrido, lo que
buscábamos cuando hablábamos de enseñar lo inenseñable? Y responde,
citando literalmente a Klossowski, «Enseñar lo inenseñable es admitir
que toda actitud pedagógica o científica, como también todo comportamiento
curativo (psiquiatría o psicoanálisis) no son menos estructuras del
pathos que los modos de expresión del arte. Este fue siempre
experimentado como una mirada embarazosa sobre toda otra forma de
actuar sobre toda otra forma de contacto con lo real; y admitir que
las ciencias fabrican a su vez simulacros no sería sostenible si no
apareciese que en todos los dominios el pathos es el primer productor,
el primer fabricante y el primer consumidor».
Por su parte, el profesor
Jacobo Muñoz desarrolló el tema «¿La enseñanza de la filosofía?, balance
de una experiencia». Comenzó advirtiendo que iba a hablar brevemente,
de manera estricta, sobre la relación entre la enseñanza de la filosofía
y la problemática que esta relación tiene ahora para nosotros. En
principio quedó claro, en la Mesa Redonda, inaugural del Congreso,
que había un fantasma mortuorio sobre nuestras sesiones: el fantasma
de la muerte de la filosofía, de la crisis de la filosofía. Empero
no veremos nunca el cadáver de ese fantasma. Al igual que no vemos
el de otros fantasmas de que también se habla: el de la muerte de
Dios, el de la muerte del Hombre, el de la muerte del Arte, el de
la muerte de la Vida, &c. De manera que parece ser un problema
general que yo remitiría a la crisis civilizatoria que estamos viviendo,
a la crisis del Occidente entero, del Occidente burgués, y ello situaría
un posible marco de reflexión que, naturalmente, desborda mis objetivos,
pero, de alguna manera, creo que no es posible reflexionar sobre la
llamada muerte de la filosofía fuera de esa multiplicidad de muertes
en el marco de una crisis civilizatoria global».
Después de haber formulado,
hipotéticamente, ese primer planteamiento el profesor Jacobo Muñoz
suscitó la necesidad de precisar también algunas cuestiones que el
día anterior quedaron flotando en las intervenciones realizadas en
torno a la Mesa Redonda. En primer lugar la relación entre filosofía
y enseñanza. Considera que es una relación problemática, por un lado;
mientras que por otro es evidente, puesto que la mayoría de los que
hacen filosofía hoy están en las Facultades de Filosofía,
o son profesores de Instituto en la rama de filosofía. Así parece
que se crea una relación comunicativa entre filósofo y enseñante de
filosofía que no es tan obvia. Descartes no fue profesor de filosofía
ni lo fue Spinoza –por citar dos grandes ejemplos tan sólo– lo cual
abundaría en la problemática de esa relación que se nos presenta hoy
en día como una ecuación casi fatal. En segundo lugar tenemos el problema
de la frustración. De alguna manera todo estudiante de filosofía es
un frustrado y todo profesor de filosofía también lo es, por lo menos
la experiencia así me lo indica...
Prescindo en mi análisis
de quienes sólo vienen a nuestras Facultades para obtener un título.
Los verdaderamente interesados por la filosofía suelen venir movidos
por tres intereses particulares: en un caso interés, digamos teorético,
para conseguir algún tipo de conocimiento en sentido fuerte. Globalmente
la frustración les lleva al cabo de poco tiempo a desplazarse hacia
la ciencia positiva o hacia la lógica formal. La lógica formal es
el instrumento de consolación más usual de estos frustrados. Luego
están los que vienen llevados de una especie de apetito estético vital,
es decir de una confusa, entusiasta e informe ansia de intimar con
el Ser. Estos se ven también rápidamente frustrados. De alguna manera
acaban pensando que la palabra filosofía mata la vida y que por lo
tanto hay que matar la palabra filosofía y en ese sentido se desplazan
hacia lo que es la vida –que también gustaría a uno saber lo que es,
desde luego... ya que, por desgracia para todos, nuestra vida privada,
es una vida [103] totalmente privada de vida... Por último –para el
profesor Muñoz– están los «que vienen con intereses políticos inmediatistas,
es decir los que vienen empuñando la metralleta simbólica. Verdaderamente
estos quedan mucho más frustrados todavía y entonces su tópico consolador
es el discurso de lo autorrecurrente sobre la lucha de clases en la
teoría y la oposición entre materialismo e idealismo de la contradicción
en la que están insertos. Es otro instrumento consolador del que también
conviene tornar nota. En cuanto a nosotros, los profesores, nos encontrarnos
en la terrible situación esquizofrénica –en la que debe estar, por
ejemplo, Fernando Savater– enseñando lo inenseñable, y además, en
la Universidad a Distancia (risas) o bien en la contradicción en la
que puede vivir un profesor que se toma un poco en serio su trabajo,
y a la vista del terrible vacío creado por el oscurantismo medievalizante
del franquismo, intenta de alguna manera poner al día el ámbito inmediato
de su tarea. El desbordamiento a que se ve sometido enseguida es como
para acabar con las energías más duras».
Después de fundamentar
con mucha más amplitud, que la transcripción parcial que hemos realizado,
ese marco general, el profesor Muñoz anunció que iba a entrar en el
fondo del problema de la relación enseñanza-filosofía y que ello le
obligaría a realizar una reflexión metafilosófica. «Lo cual siento
mucho –agregó– porque la metafilosofía es uno de los órganos de concentración
de nuestro masoquismo más refinado. Siempre estamos reflexionando
sobre ¿Qué es la filosofía? que parece que no es nada... produciéndose
crisis de conciencia sucesivas, &c., &c. Pero este afán metafilosófico
que lo tenemos todos, tanto los filósofos profesionales como los filósofos
que niegan su condición como Agustín García Calvo, por ejemplo, según
se vio ayer claramente, y que están muy exacerbados en los últimos
tiempos. Aquí habría que exponer una serie de textos que voy a dar
por supuestos. Desde el célebre opúsculo de Sacristán «Sobre el lugar
de la filosofía en los estudios superiores» hasta el libro de Gustavo
Bueno sobre «El papel de la filosofía en el conjunto del saber», pasando
por «La filosofía tachada» de Fernando Savater, e incluyendo el trabajo
cuya lectura recorriendo a todos y no por dar coba a Javier (se refiere
a J. Muguerza presente en el Aula) sino porque el título encaja perfectamente
en lo que estoy diciendo, se llama precisamente «De inconsolatione
philosophie» y está en el Diccionario de Quintanilla {2}.
Todo esto –esta exacerbación de la reflexión metafilosófica– indica
que, evidentemente, las contradicciones que estoy apuntando se sienten
con particular fuerza en estos últimos tiempos. En todo caso diré
inmediatamente lo que entiendo por filosofía y haré una reflexión
sobre la posibilidad de su enseñanza general y en nuestras Facultades
en particular».
Y, pasando a realizar
la tarea enunciada, el profesor Muñoz prosiguió: «A un nivel puramente
coloquial yo pienso que la filosofía es lo que hacen (se autodenominen
filósofos o no) quienes operan crítico-reflexivamente en un espectro
muy amplio que media entre la ciencia en sentido estricto y la literatura
o el arte en sentido no menos estricto. Teniendo en cuenta que tanto
científicos como artistas, corno literatos, como políticos, hacen
filosofía cuando abandonan la mera o pura posibilidad de cuestionar
su campo. Como también el llamado hombre común hace filosofía lo sepa
o no. O sea en la medida que se puede decir que todos somos filósofos,
por recoger el aforismo de Gramsci. De una manera ya más tecnificada,
más gremialista, podríamos decir que esta definición podemos reformularla
en base a dos supuestos. De acuerdo con el primero no hay un saber
filosófico sustantivo superior a los saberes positivos. Esto debe
quedar claro para todo estudiante de filosofía. Empero los sistemas
filosóficos –sea el aristotélico-tomista o el hegeliano para citar
dos grandes e ilustres ejemplos con pseudoteorías, construcciones
al servicio de motivaciones no teoréticas insusceptibles de contrastación
científica. Es decir indemostrables e irrefutables y edificadas mediante
un modelo propio de los esquemas de inferencia formal. Dicho esto
hay que decir que estos sistemas tienen un valor notable desde otros
puntos de vista como el estético... Estos sistemas han intentado además
fundamentar de manera absoluta las condiciones de nuestro conocimiento,
y de nuestra acción, y han intentado también en cerrar la totalidad
del Cosmos: es decir, Dios, el Mundo y el Hombre, en una retícula
de conceptos. Precisamente ese intento, evidentemente fallido, se
ha resuelto en esas afirmaciones sistemáticas sobre el Ser y el Sumo
Ser que antes definíamos como puramente pseudoteóricas. Como segundo
supuesto creo que ha existido siempre una reflexión acerca de los
fundamentos, los métodos y las perspectivas del saber teórico, del
preteórico y de la práctica de la creación. Que esta reflexión pueda
llamarse filosófica, en uno de los sentidos tradicionales del término
filosofía, es obvio y también lo es su naturaleza metateórica. Evidentemente
en el ámbito de nuestras Facultades la concepción dominante no es
esta sino, por el contrario otra, según la cual el filósofo (y aquí
si que vale la distinción entre filósofo militante y filósofo académico
que se recordaba ayer) es el titular de ese supuesto saber filosófico
sustantivo superior a los saberes positivos».
Seguidamente, después
de explicar la génesis y desarrollo de esta concepción, que, calificaba
de oscurantista y aberrante, expone los retoques novedosos que ha
sufrido para poder seguir siendo hegemónica en nuestras Facultades
y que se limitan a algunas adiciones, mecánicamente yuxtapuestas,
de «filosofía de la ciencia» y «filosofía del lenguaje». Para Jacobo
Muñoz esta concepción, que constituye la sustancia de la organización
académica de nuestros Departamentos de Filosofía, no puede ser considerada
como políticamente aséptica. Según el profesor Muñoz, «es obvio para
todos que durante muchos siglos esta concepción ha tenido una funcionalidad
política: servir al Poder. Para ello ha tenido una función legitimadora
en el plano ideológico. La construcción de la visión occidental del
mundo, la raíz teocéntrica que es la nuestra, ha sido el lugar de
la reconciliación de una sociedad eminentemente antagónica... Así,
pues nuestras Facultades tan institucionalizadas tienen por base un
doble fraude, un doble sofisma: 1º porque éste supuesto saber a un
mismo tiempo transempírico y real, es pseudoconocimiento. 2º Porque
éste ha tenido una función cultural, social y política: ser expresión
refleja, sublimación y resolución ideológica de las carencias y servidumbres
de la sociedad. Sin embargo, [104] en los últimos tiempos es evidente
también que la organización de la hegemonía ideológica en el Capitalismo
tardío no pasa ya por la filosofía, ni por las visiones del mundo,
sino por medios muy distintos. Esta es una de las raíces de la degradación
de nuestras Facultades voluntariamente buscada. Nuestras Facultades
y en general las de Humanidades, han dejado de ser funcionales para
el sistema capitalista. Es mucho más funcional la televisión, por
ejemplo, y todo lo que se significa con ese término. Por otra parte
esas Facultades se han convertido en centros de producción de antagonismos
ideológicos. Se da en Occidente una situación paradójica de la que
los que nos dedicamos a la filosofía debemos ser conscientes: un reforzamiento
creciente de los mecanismos de poder, una mercantilización total,
una universalización de la ley de la mercancía, o por decirlo con
lenguaje de Fernando del Val, «sino de mi mismo Señor» y una hegemonía
cultural de las izquierdas. Esa hegemonía coexiste en Europa con el
Señor, con mayúscula, cada día más asentado en su sillón. Por eso
Jacobo Muñoz propuso reflexionar, en el marco de la anterior paradoja,
acerca de si el mismo pensamiento negativo, o determinado pensamiento
negativo, no sería la última astucia de la Razón o del Capital que
es el otro doble del Trabajo, o de Dios que es el otro doble de la
Razón.
A continuación, tras de
analizar el desplazamiento que se está efectuando de la Filosofía
sustantiva a las filosofías de la ciencia, del Arte, de la biología,
&c., y de estudiar el proceso de modernización de los planes de
estudio, se centra en el plan de la Universidad de Constanza que es
paradigmática por estar muy dominada por una concepción metacientífica
de la filosofía. Como consecuencia se muestra partidario de abrir
totalmente la optatividad y de la pluridisciplinariedad de los Departamentos.
Asimismo matiza su posición, señalando que, con ello, se podría evitar
que los licenciados en filosofía fuesen licenciados en nada, como
sucede hoy. Habría igualmente que crear, dentro de la mayor optatividad,
distintas órbitas de especialización. Así se podría ofrecer, según
las respectivas preferencias, verdaderas especializaciones en Historia
de la Filosofía, Filosofía de la Ciencia y Lógica, Ética y ciencias
sociales, &c. De esa forma, después de un par de cursos comunes,
habría tres subespecialidades en esto que llamaríamos todavía disciplinas
u ocupaciones de carácter filosófico. Por lo menos esto podría reducir
algunas de las frustraciones de los estudiantes, no todas.
Finalmente, cambiando
de tema, el profesor Muñoz advierte que es posible que algunos congresistas
echen en falta la ausencia en su intervención de alusiones a la lucha
de clases, a la lucha ideológica, a la relación entre marxismo y Universidad.
Le parece que es una relación extremadamente mediana. Es decir, evidentemente,
la Historia de la filosofía es un lugar donde se han desarrollado
luchas de clases a nivel de teoría, &c., &c., pero, si se
absolutiza excesivamente se cae en el sociologismo no dando respuestas
a nada sino un conjunto de sofismas. Sin duda que todo historiador
de la filosofía, que quiera actuar con una concepción debidamente
actualizada, debe de tomar del Materialismo Histórico una idea regulativa,
pero sin absolutizar ni creer que es una solución global a todos sus
problemas. Considera también que la Universidad puede ser un marco
idóneo para el estudio del marxismo aunque también piensa que los
partidos políticos irán alentando cauces más específicos, como el
Instituto Gramsci de Roma, y que ello rebajará un poco la importancia
de la universidad en ese sentido. Entrando más de lleno en cuestiones
filosóficas afirma que evidentemente el marxismo no es una filosofía
sino una antifilosofía, no es una ideología sino una anti-ideología,
y no es una visión del mundo. El marxismo no es un sistema sino una
síntesis siempre revisable, siempre precaria, no absoluta, de análisis
económico, análisis político y análisis social y programación político-revolucionaria.
Por lo tanto convertir el marxismo en un sistema a lo Materialismo
Histórico y Materialismo Dialéctico, invirtiendo el sistema teológico
de Hegel y poniendo la palabra «Materia» donde Hegel pone la palabra
«ldea» es rendir un homenaje superfluo al verdadero fundamento del
sistema hegeliano que es esa razón cuyos dos dobles son, como dije
antes, o el Capital o Dios. Como comprenderéis el marxismo así concebido
poco tiene que ver con los planes de estudio y cosas de ese tipo.
Bien todo esto es materia disputable y discutible, evidentemente,
y yo me limito a dejarlo apuntado...»
Por último suscita los
problemas que origina, tanto en el marxismo como en la Escuela de
Frankfurt, la crítica y la negación. Distingue entre la crítica a
todo lo establecido que, desde fundamentos clasistas, realiza el marxismo,
de la frankfurtiana «Teoría crítica de la sociedad». La segunda en
su evolución, sobre todo el último Horkheimer, ante la supuesta derrota
definitiva del proyecto revolucionario, tiende a sustituir el programa
y proyecto político concreto por la nostalgia de la sociedad perfecta
a la que denomina «todo otro» y que luego, en última instancia, llama
Dios. Según Jacobo Muñoz, «es posible que la superación y escamoteo
del sujeto revolucionario, a que llega Horkheimer, pueda tener fundamento.
Es decir que él (J. Muñoz) –hipotéticamente– admite la posibilidad
de que eso haya ocurrido. O sea que la era de las revoluciones haya
terminado y el Capitalismo haya vencido. También es posible que no.
Pero en cualquier caso, desde esa conciencia de triunfo definitivo
del Capitalismo, no queda otra cosa que la remisión a la nostalgia,
a la crisis sin programa».
En otro plano, el profesor
Muñoz no quiso eludir el problema del profesionalismo filosófico.
Según él, se opte por la solución que se opte, por el tipo de planes
de estudio que se adopte, la actividad filosófica siempre exigirá
una cierta especialización. En consecuencia, quiso acabar leyendo
un fragmento del texto de Sacristán que sobre el tema expuso en su
trabajo «Sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores»,
«para que de alguna manera hacer que el profesor Sacristán, que quería
estar entre nosotros y no ha podido estar por razones familiares,
esté presente en este Congreso:
«Nada permite pensar que
la vocación filosófica sea en todos los hombres cultos tan poderosa
como para imponerles el esfuerzo reflexivo de la investigación de
fundamentos metodológicos y genéticos y de las perspectivas gnoseológicas
y sociales de su conocimiento positivo. Se puede coincidir con Gramsci
en que todos los hombres son filósofos, capaces de repensamiento (por
así decirlo), de pensar autocríticamente y de consolidar por conciencia
analítica las relaciones entre su conocer y su hacer. Pero de eso
no se deduce que en todos los hombres esa capacidad esté dispuesta
a cargar con el esfuerzo de instrumentalización intelectual que requiere
su ejercicio más allá de los terrenos abarcables por el sentido común.
Esta suposición vale tanto para los estudiantes cuanto para los profesores:
no puede suponerse, como base de la reorganización de la presencia
de la filosofía en las Facultades universitarias, que todos los profesores
y todos los estudiantes de todas las especialidades sean aficionados
a mirar de cerca las raíces filosóficas del conocer. Esa falsa suposición
podría llevar fácilmente a una nueva solución falsa del problema:
por ejemplo a la práctica de introducir en los programas de cualquier
disciplina unos temas de filosofía de la ciencia, más o menos concretamente
adaptados a la especialidad de que se tratara, y que, al quedar en
manos de un profesor sin aficiones filosóficas, reprodujeran, ahora
ya en el seno de las asignaturas mismas, la escisión tradicional entre
enunciados filosóficos supuestamente sustantivos y enunciados positivos
de real sustancia, pero sin interna conexión con aquellos otros».
En el coloquio, conjunto
de las ponencias de los profesores Savater y J. Muñoz, interviene
primero Pilar Palop, profesora de la Universidad de Oviedo.
Asume con brillantez la tarea de explicar –sintetizándolas por razón
de tiempo– las concepciones filosóficas de Gustavo Bueno. En consecuencia
matiza debidamente las distintas acepciones del materialismo propias
del materialismo dialéctico, del mecanicista y de «Los ensayos materialistas»
de G. Bueno. Igualmente critica el cinismo de Jacobo Muñoz que relativiza
sus posiciones políticas haciendo que sus actitudes puedan ser intercambiadas
arbitrariamente. A su vez le parece sintomático que Savater haya hecho
de portavoz de Klossowski dada la clara significación de éste en el
pensamiento occidental.
Le replica Jacobo Muñoz
manifestando que asume el cinismo en función de su actitud desesperanzada.
Esa desesperanza no es caprichosa sino que se inspira en un análisis
realista de los fenómenos político-sociales contemporáneos. Fundamentalmente
su pesimismo se basa en el grado casi total de integración de los
trabajadores anglosajones y alemanes en el sistema neocapitalista.
Empero no pretende generalizar el fenómeno y admite que en los países
latinos no se ha alcanzado, ni mucho menos, ese grado de integración.
Por su parte Fernando
Savater interviene también tratando de establecer las distancias
debidas entre su posición y la de Jacobo Muñoz. A su juicio, éste
último cae en el pesimismo como consecuencia de su posición desesperanzada.
Por el contrario él rechaza toda actitud cínica ya que se goza
de su posición. Rechaza igualmente que se le pretenda adscribir
al campo del idealismo, pues este tipo de adscripción no delimita
al otro en el campo del lenguaje. Admite, en contraposición, que se
ha centrado en Klossowski ya que su pensamiento filosófico le parece
de lo más relevante en el establecimiento de la debida conexión entre
filosofía y enseñanza .
Finalmente Francisco
Tauste expresa su total disconformidad con las definiciones de
materialismo enunciadas por Jacobo Muñoz y puntualiza que hay varios
materialismos –como hay varios marxismos– por lo que no se puede hablar
de materialismo en general. Con esta observación del tenaz congresista
que constituye Paco Tauste finalizó el coloquio. Quizás por que se
había hecho tarde y el Aula debía ser ocupada por el Seminario de
Juan Aranzadi. Empero también se daban otras razones. Sin duda –aunque
explicable por causas materiales– había sido un error fusionar dos
seminarios tan heterogéneos como los constituidos por F. Savater y
J. Muñoz, restando así posibilidades de que la discusión de las respectivas
ponencias fuese mínimamente coherente. Además con ello se duplicó
el tiempo de exposición en una Sala sobrecargada de público durante
una tarde calurosa de primavera mediterránea. Como consecuencia muchos
congresistas tuvimos que permanecer de pie y sumergidos en una atmósfera
casi asfixiante. En este clima, tan poco favorable para el diálogo,
no le fue posible a Savater lograr el impacto que el año anterior
obtuvo en Cádiz con su ponencia «La revocación de la Historia». Y
no porque su ponencia actual careciese de interés o, su exposición,
fuese menos brillante. Pero este año resultó, en parte, eclipsado
por el resplandor de Jacobo Muñoz. Dimanante más que de su perfeccionismo
formal del interés intrínseco de las diversas facetas de su temática.
¡Lástima que tampoco las condiciones fuesen óptimas para una discusión
profunda de la misma! Ello hubiese requerido condiciones ambientales
muy distintas y por eso fuimos muchos los que nos abstuvimos de intervenir
en el coloquio.
Seminario
de Juan Aranzadi
Inicialmente previsto
para la mañana de la segunda jornada fue relegado, por un malentendido,
a cerrar ésta inmediatamente después del de Savater-Muñoz. Su título
era sugerente: «Briznas de antipedagogía espelaica en Juan de Mairena».
Sin embargo, tuvo muy poco público, pues este se hallaba muy fatigado
después de la sesión marathoniana del Seminario anterior. Comenzó
por una presentación autobiográfica en la que, con toda claridad,
se definió como no profesional de la filosofía ni de la pedagogía
filosófica. En consecuencia se situó explícitamente en la línea de
oposición a la «filosofía como producto». Su muy amplia disertación
se centró en los aspectos escépticos de Juan de Mairena, apócrifo
de Antonio Machado –y, en contraposición con el otro apócrifo machadiano
Abel Martín– cuya radicalidad como incrédulo y antipedagogo es escasamente
estudiada en nuestro país. El hilo de las vicisitudes y preocupaciones
teórico-filosóficas machadianas y su entronque o sus rupturas con
pensadores como Platón, Kant y Leibnitz constituyeron el abstruso
núcleo de la primera mitad de la lectura de Aranzadi. No debe olvidarse
que Machado aspiraba a una restauración del platonismo y que para
él Leibnitz era el filósofo del porvenir.
En la segunda parte de
la exposición pasó a primer plano Juan de Mairena quien –según Aranzadi–
trató de reducir toda tesis a creencia y efectuó luego una disección
de los impulsos latentes en toda forma de creencia. Para el famoso
apócrifo machadiano el más peligroso [106] enemigo de la verdad es
la fe, «el rígido mecanismo del sí o el no». Pero «la única verdad
no es otra que la conciencia de la ausencia de verdad». En consecuencia,
«si todo son creencias y no hay creencias más verdaderas que otras,
tanto da decir que ninguna es verdadera como que todas lo son: lo
único falso sería la pretensión de una verdad absoluta, la aspiración
a cualquier idea de monopolio de la verdad». Rizando el rizo del escepticismo,
Mairena ve un exceso de confianza en el «sólo se que no se nada» socrático
y por eso matiza: «Cuando pienso que la verdad no existe, pienso además
que pudiera existir precisamente por haber pensado lo contrario, puesto
que no hay razón suficiente para que sea verdad lo que yo pienso,
aunque tampoco demasiado para que deje de serlo. «La postura de Mairena
–según Aranzadi– se revela no como un afán de negarlo todo, sino como
el único medio de defender algunas cosas y, como tal, es más fuente
de regocijo que de melancolía». No es un cansino estar de vuelta de
todo, sino un alegre ir a todas partes sin pretender anclarnos en
ninguna. Esta vitalista posición deambuladora la sintetizó así al
ponente: «Cada filósofo relata su poema, cada poeta expone su metafísica,
las ficciones se suceden en un mundo que ha expulsado la verdad, en
un mundo cuya verdad consiste en la inagotable sucesión de sombras
y apareceres». Como conclusión observa Juan Aranzadi que su tocayo
Mairena era consciente de que el intento de su hermano Abel Martín
de elevar las ideas platónicas, sacándonos de la caverna, nos proyecta
al campo solar con riesgo de ser esclavizados por el Sol. Este es
el resultado de toda pedagogía helíaca. Empero, tampoco, y por similares
razones contrapuestas, puede existir una pedagogía espelaica. De ahí
la función antipedagógica del elemento espelaico tal y como se configura
en Juan de Mairena».
El autor de estas notas
es el único que interviene en el coloquio. Le pregunta a Aranzadi
como, aquí y ahora, podrían hacerse operativas «esas briznas de antipedagogía
espelaica» para resolver los problemas didácticos que han constituido
el tema formal de Congreso. Juan Aranzadi responde que la única posibilidad
de operatividad estribaría en dejar a los discentes en estado de total
espontaneidad para que puedan aprender de la comunicación con sus
semejantes y sin que en esta comunicación se introduzca ninguna norma,
sistema, situación de autoridad, &c. que reproduzca los esquemas
tradicionales de dominación. También replica a Laso el periodista
J. A. Ugalde, amigo personal de Juan Aranzadi y su compañero
en la elaboración semanal de la página literaria del diario Pueblo,
con cuya reseña en ese periódico hemos completado nuestras propias
notas de la conferencia de su colaborador. Al parecer J. A. Ugalde
se sorprendió de la posible crítica subyacente que pudiera contener
la pregunta de Laso ya que, a su juicio, «la ponencia de Aranzadi
había sido lo mejor del Congreso».
Seminario
de Pilar Palop
La profesora Pilar
Palop, adjunto de Gustavo Bueno en el Departamento de Filosofía
de la Universidad de Oviedo y autora de una interesantísima tesis
doctoral sobre el pensamiento de Piaget de próxima publicación, tuvo
una destacada participación en el Congreso a través de sus numerosas
y acertadas intervenciones en muy diversos debates. Es también veterana
en estas lides, pues en el XI Congreso (Madrid, Septiembre de 1974)
ya había dirigido un Seminario sobre la teoría del cierre categorial.
En esta ocasión su ponencia figuraba, erróneamente, en el Programa
con el título de «la enseñanza de la filosofía en la filosofía helénica».
En realidad el título auténtico, que le hubiese correspondido, era
el de «El filósofo y el sofista: la enseñanza de la filosofía a través
del «Protágoras» de Platón». Es decir, un tema que coincidía plenamente
con el general del Congreso. En consecuencia P. Palop trató inicialmente
de disipar las dudas que el título pudiera suscitar en cuanto a la
actualidad del tratamiento del tema señalando que... «Aquellos que,
por el momento, abriguen el temor de que un diálogo platónico constituya
un alimento ya demasiado rancio para nuestros intereses actuales podrán,
sin embargo, comprobar enseguida que el temor es infundado. Con una
terminología diferente y con distinto vestuario, pero con el mismo
espíritu discutidor, los filósofos del siglo IV antes de J. C. en
la Grecia democrática de Pericles, discutían y debatían casi las mismas
cuestiones y con parecidos argumentos y argucias que éstas cuya actualidad
nos incita a nosotros a discutir, es decir: la cuestión de si la filosofía
es semejante o diferente de las ciencias, si es una actividad teórica
o práctica, si es un saber mundano o académico, &c».
Con esa finalidad, la
profesora P. Palop realiza una muy operativa síntesis del argumento
del «Protágoras» de Platón a fin de disponer del material filosófico
necesario con el que comentar después las implicaciones que se deducen
en relación al tema central del Congreso. En una primera y aguda observación
la ponente señala que... «Dando el mito por respuesta a las observaciones
de Sócrates, Protágoras explicita una concepción de la sabiduría y,
principalmente, de la virtud, enteramente diferente a la socrática.
El sofista ve, por lo pronto, en la sabiduría política un don de los
dioses, del que nos da noticia el mito. Ese don exige, con todo, el
hacerse efectivo con auxilio de la enseñanza, al igual que todas las
artes de los humanos necesitan transmitirse de generación en generación.
Sócrates, la piensa, por el contrario, como una sabiduría, no sobreañadida,
sino consustancial a la vida del hombre, que es un animal de ciudad.
Se trata, pues, en su concepto, de una sabiduría mundana, que todos
los hombres poseen y que no procede de la enseñanza. Dicha enseñanza
sería, por consiguiente, superflua, no añadiendo nada al conocimiento
de la virtud y no pudiendo asegurar, para el estudiante de la sabiduría,
una ventaja respecto a sus ciudadanos en el desempeño de las tareas
políticas».
Según todas las apariencias,
la actitud de Sócrates es, en este punto, enteramente negativa y demoledora.
¿Acaso no es más constructivo y conveniente asumir que todos los hombres
pueden y deben aprender el ejercicio de la justicia de acuerdo con
el deseo de los dioses? ¿Acaso no es más plausible suponer que la
sabiduría política debe ser enseñada, pues es un arte de Hermes y
no un don de la naturaleza? [107]
No hay, empero, que olvidar
que Sócrates ha negado, también, que la virtud sea un don de la naturaleza
o de la herencia. Los padres sabios como Pericles o Temístocles no
necesariamente tienen hijos sabios, porque la sabiduría no la engendra
la herencia, aunque tampoco la educación. Ahora bien, si no es en
virtud de la herencia que Sócrates niega la eficacia de la pedagogía
¿cuál es la razón por la cual la sabiduría no puede ser enseñada?
Pues bien: porque Sócrates descree de la visión monolítica y armónica
que Protágoras tiene la virtud sapiencial. Difícilmente podría enseñarse
la sabiduría de la virtud –trata Sócrates de mostrar con su incansable
dialéctica– cuando ella misma no es algo único y simple, sino algo
complejo y contradictorio. Existen múltiples virtudes y algunas son
compatibles con algunas otras, pero no todas con todas ni ninguna
con ninguna. La justicia, el valor, la templanza o la piedad están
enlazadas entre sí, pero no siempre y en todos los hombres. Y a veces
se excluyen o contraponen. También entre las virtudes los enlaces
son, como entre las ideas, vínculos de Symploké, de entretejimiento
dialéctico. En definitiva –según la interpretación que P. Palop realiza
del pensamiento socrático– la virtud es múltiple y cambiante, complicada
y contradictoria y su posesión nunca es definitiva, como no lo es
nunca, tampoco, la de la sabiduría que engendra la virtud. Y es que,
para Sócrates, ese arte de la medida en que consiste la sabiduría
moral trabaja con cantidades cuya magnitud sólo puede comprobarse
ex post facto, cuando la elección se ha consumado ya, ocurre
que dicha sabiduría en modo alguno garantiza la beatitud, y sólo consiste
–para quienes aspiran a poseerla, para los aficionados, para los filósofos–
en un perpetuo intento y que siempre ha de renovarse.
Según la profesora Palop,
todas estas consideraciones hacen, en definitiva, dudosa, a los ojos
de Sócrates, la utilidad de la Sabiduría y de su enseñanza. Así lo
declara expresamente en el último parlamento del Cármides:
«A pesar de nuestra actitud complaciente y benévola, nuestra discusión,
en lugar de llevarnos a la verdad, se ha burlado de ella de tal forma
que esta sabiduría, definida así a fuerza de concesiones y compromisos,
hemos de declarar insolentemente, forzados por el razonamiento, que
no sirve para nada». En esta fase de su ponencia –y como primera conclusión–
la profesora Palop expone la sorpresa que le causó el estudio del
Protágoras. Ella había pensado siempre en Sócrates como el
genuino arquetipo del filósofo, como el preclaro y sobrio defensor
de la filosofía apolínea y como el primer sabio que intentó definir
esa actividad que, desde esa época se denomina «filosofía». «Lo que
he hallado –señala– contradice esa imagen previa. Es Protágoras –el
sofista– y no Sócrates –el filósofo– quien ofrece, acaso una visión
algo más confortable de la filosofía. Porque Sócrates comienza, según
todas las apariencias, por negar la especificidad del oficio de filósofo;
lo reduce a un saber mundano y común que todos los hombres poseen
y ninguno –tampoco el sofista– puede arrogarse como especialidad.
Considera, además, que no debe confundirse con la política. Niega,
por consiguiente, la utilidad civil de la filosofía y aduce que con
ella no se consigue la virtud. Finalmente, expresa su convicción de
que la sabiduría no puede ser enseñada y de que es, por tanto, un
quehacer superfluo y fútil.
Para Pilar Palop, es precisamente
Protágoras, el sofista, quien personifica un concepto «comme il faut»
de la sabiduría filosófica: como un oficio específico, gremial («académico
diríamos nosotros»), de gran importancia política, encaminado a la
edificación de las virtudes civiles y perfectamente enseñable y útil.
En cambio Sócrates –el filósofo– defiende la alternativa contraria
según la cual la filosofía sería un saber inespecífico, mundano, primordialmente
gnóstico, además de contradictorio, inenseñable e ineficaz. Sócrates
y Protágoras le parecen por ello personificar una serie de dicotomías
que el desarrollo de la filosofía ha hecho clásica. Seguidamente la
profesora Palop analiza con agudeza las diversas implicaciones de
la posición socrática. Así, en primer lugar, el problema de si la
filosofía puede ser concebida como una profesión determinada. Realmente
Sócrates se resiste a reconocer en la filosofía una profesión como
las otras. En su concepto los artesanos o expertos en otros oficios
poseen una técnica original que no poseen los demás ciudadanos y que
los dignifica frente a los profanos. Pero la filosofía no requiere
un conocimiento especial, sino que está al alcance de todos los hombres
y de todos los oficios: «arquitectos, herreros, curtidores, comerciantes,
marinos, ricos y pobres, nobles y gentes del vulgo », enumera Sócrates.
En ese sentido la ponente
observa una coincidencia entre la actitud de Sócrates y la concepción
que en sus trabajos mantiene Gustavo Bueno. Según esta interpretación
las ideas filosóficas no serían el resultado de la especulación del
sabio; serían, más bien, la huella del pensamiento impresa en los
distintos campos del trabajo humano y que constituyen esferas que
la actividad científica, técnica y política va categorizando y en
las cuales la racionalidad del hombre va depositándose como realización.
Las ideas filosóficas constituirían, de acuerdo con estos supuestos,
un conjunto de fuerzas espirituales que la propia actividad humana
iría decantando u «objetivando». El reconocimiento de que las ideas
Filosóficas no son nada sustantivo significa, así, aceptar que, genéticamente
cuando menos, dichas Ideas no son invención de un pensador inspirado,
sino algo que el filósofo se limita a recoger, analizando las propias
categorías donde las ideas se encuentran «realizadas», y en donde,
además, esas Ideas se van renovando y configurando, en la misma medida
en que la realidad histórico-cultural de nuestro mundo cambia y se
configura.
Desde esta perspectiva,
se nos explicita que la filosofía no es un saber misterioso o arcano,
que trate de temas insólitos o de cuestiones desconocidas. Ocurre,
más bien, todo lo contrario: la filosofía trabaja conceptos que todo
el mundo posee e Ideas con las que los hombres operan a diario. En
esto se diferencia la filosofía de la religión o de la mitología.
En filosofía no hay «revelación» reservada a unos pocos hombres privilegiados,
no hay sacerdotes ni profetas, no hay dogma. Por eso tampoco hay,
propiamente, enseñanza: hay sólo dialéctica: discusión.
La actitud de Sócrates,
que acabarnos de analizar, –señala P. Palop– nos remite a otra diferencia
frente a Protágoras: este último, como se recordará, presenta la filosofía
como un oficio o habilidad particular, respecto a la cual cabe erigirse
en maestro. Sócrates, por el contrario, [108] la concibe como un saber
mundano y común del que no cabe ser maestro ni hacer una especialidad.
No parece excesivo ni impertinente –agrega– asociar a Protágoras y
a Sócrates con esas dos concepciones que Kant asoció designando como
concepto escolástico y concepto cósmico de la filosofía
y que Gustavo Bueno tradujo como filosofía mundana (filosofía
en sentido mundano) y filosofía académica.
Finalmente la profesora
ovetense abordó un último tipo de oposición que Protágoras y Sócrates
personifican: la oposición entre la filosofía especulativa y la filosofía
práctica, o bien –utilizando una terminología de Gustavo Bueno– entre
la filosofía gnóstica y filosofía políticamente implantada. Sócrates
entendía más bien que la filosofía se orientaba a un autoconocimiento
–el «conócete a ti mismo», como resumen y lema del ideal griego de
la Sofrosyne– aunque dicho autoconocimiento no conducía a ningún
saber positivo, sino únicamente negativo: al «sólo sé que no sé nada».
Pero un saber negativo difícilmente puede alentar la acción o la praxis:
a lo sumo puede alentar o inspirar la abstención o la inhibición.
A la luz de estos supuestos la filosofía socrática se configura como
una filosofía gnóstica, que sólo entiende poder aspirar a la reforma
del entendimiento, pero no directamente a la transformación de la
ciudad.
Consecuentemente con ello
la obligación moral del sabio radicaría en la búsqueda de la verdad
(o de las verdades), porque la verdad se impondría al pensamiento
como una obligación de naturaleza moral. Pero en esa búsqueda de la
verdad se agotarían todas las consecuencias morales de la obligación
del sabio. No obstante –observa con certera cautela filosófica Pilar
Palop– ésta interpretación no deja de admitir réplicas, puesto que
existen fuertes argumentos para sostener que Sócrates mantenía el
convencimiento práctico de los efectos morales de la sabiduría y obraba
en consecuencia tratando de educar a los ciudadanos de Atenas. Lo
cierto es, sin embargo, que en su polémica con Protágoras, Sócrates
pone en duda que el filósofo pueda enseñar el arte del buen gobierno.
A la luz de las convicciones
actuales –reflexiona la profesora Palop– la actitud de Protágoras
aparece como la más progresista y la más deseable: el filósofo, mediante
una acción pedagógica, puede educar («concienciar») a los ciudadanos
y de este modo, transformar la ciudad. La posición de Sócrates, por
el contrario, cae directamente bajo el anatema de XI tesis de Marx
sobre Feuerbach, puesto que, según el ideario socrático, el filósofo
sólo puede aspirar a conocer, no a cambiar el mundo. Y, sin embargo,
la postura de Sócrates es perfectamente coherente con esa otra afirmación
de Marx según la cual «no es la conciencia la que determina el ser,
sino el ser el que determina la conciencia». Sócrates cree que es
la ciudad la que conforma la conciencia del ciudadano y no la conciencia
del ciudadano la que configura la ciudad. Por eso se muestra escéptico
respecto a los efectos políticos de la educación filosófica, a pesar
de que, en la práctica la intenta ejercer, en todo caso.
Y, sin embargo, finaliza
Pilar Palop, «Hoy que prolifera el convencimiento de que es posible
una «práctica teórica» y una filosofía de la praxis la afirmación
de Sócrates podrá sonar, más que nunca inaceptable y escandalosa.
No obstante, la tesis socrática es, pese a las apariencias, la más
coherente con el materialismo, la más crítica frente al idealismo
y la más auténticamente dialéctica. Es la más auténticamente dialéctica
y materialista porque es, también, la más pluralista. El monismo y
el pluralismo enfrentan también a Protágoras y Sócrates como modelos
o paradigmas de esas dos actitudes que han contribuido siempre a caracterizar
el «dulce manicomio» –en palabras de Ortega– de la filosofía de todos
los tiempos.
La fase de coloquio se
abrió con una intervención del congresista que había presentado, extra-oficialmente,
la concepción cenetista de la enseñanza. Matizó que estaba de acuerdo
con la ponencia en lo fundamental y que, en consecuencia, sólo pretendía
precisar algunos puntos sugerentes. Por ejemplo, el hecho, que había
creído advertir a lo largo de la exposición, de que se postulase que
toda filosofía descansa en una ética y que, por consiguiente, la ética
constituía el trasfondo de toda filosofía. Deseaba manifestar su posición
en el sentido de considerar que si toda la filosofía sólo podía conducir
a incertidumbres era porque no es posible una ciencia de la moral
ya que ésta depende de la subjetividad de cada cual. Le responde Pilar
Palop admitiendo que, en efecto, la ética subyace a toda preocupación
filosófica, pero, debía precisarse que si no cabía hacer una ciencia
de la moral no era porque la moral fuese subjetiva, como en cierto
modo afirma el cristianismo, ya que la moral tiene un origen objetivo
que se nos impone desde fuera. Como decía Sócrates, frente a Protágoras,
la virtud no es una y simple, sino múltiple y contradictoria lo que
implica que las diferentes virtudes se contraponen entre sí. Un caso
claro de la contradicción en que se mueve la moral lo puede proporcionar
el propio ideario anarquista que considera, por ejemplo, que para
la consecución de la Libertad –que constituye el bien supremo– hay
que tratar de volver a las comunidades naturales que no están adulteradas
por las relaciones de poder. El hecho es, sin embargo, que el hombre
es tanto más libre cuanto más cosmopolita, por cuanto las posibilidades
de elección y de desarrollo humano son tanto más grandes cuanto mayor
número de opciones, trabajo, educación, contactos personales, lecturas,
&c. le ofrezca la propia sociedad. Ahora bien, en las pequeñas
comunidades son muy reducidas este tipo de opciones. De ello deduce
Pilar Palop que la consecución de la Libertad, como ideal, no puede
soslayar ese tipo de opciones. Es decir, la existencia de caminos
contradictorios para buscarla y conseguirla. Y esa contradicción existiría
frente a cualquier otra opción moral.
Por último intervinieron
los profesores Javier Muguerza y Pep Calsamiglia. Ambos valoraron
el interés de la ponencia y subrayaron –una vez más– los aspectos
contradictorios y paradójicos de la actividad filosófica y la necesidad
que todo investigador tiene de partir sobre la base del reconocimiento
de los límites de su propio saber.
Desgraciadamente no disponemos
de espacio para reseñar con la debida amplitud otras sesiones del
Congreso: la presentación de los programas de la enseñanza de las
diversas ramas dedicadas a esta actividad de las centrales sindicales;
el Seminario conjunto de José María [109] Ripalda y Agustín Santos
sobre «Crítica y alternativa de los planes de estudio»; el de Rafael
Argullol sobre «La situación estudiantil italiana»; el que acerca
de «La enseñanza de la Historia de la filosofía» organizó el collectiu
d'estudis de la Universidad de Valencia. De todos ellos y de otras
circunstancias del Congreso me ocuparé debidamente en un trabajo más
extenso que espero publicar, como libro, en un próximo futuro.
La
sesión de clausura
A las once de la mañana
del 6 de Abril tuvo lugar la prevista Asamblea conjunta de congresistas
destinada a la elección del Vicepresidente, sede del próximo Congreso
y tema del mismo. Se comenzó la sesión por la elección de la sede.
Inicialmente se habían formulado las propuestas de Euzkadi (sin precisar
localidad) y Burgos. A la propuesta de Euzkadi se opusieron dos congresistas
guipuzcoanos por considerarla inoportuna. No fueron más explícitos,
aunque en conversaciones particulares expresaron su creencia de que
la eventual realización del Congreso en Euzkadi sería considerada
por el pueblo vasco como una manifestación de imperialismo cultural
españolista. Para deshacer equívocos intervinimos, en nuestra función
presidencial, matizando que, el proponer Euzkadi, como sede del próximo
Congreso, no supone intromisión en sus problemas políticos ni ningún
intento de imperialismo cultural sino, en todo caso, un homenaje al
pueblo vasco por su notoria contribución a la lucha general por las
libertades democráticas. Sin embargo, como los congresistas guipuzcoanos
continuaban impertérritos en el mantenimiento de su criterio, interviene
el profesor José Rodríguez, de Bilbao, proponiendo la elección de
la capital vizcaína como sede. Razona que así se podría contar con
un buen apoyo del rectorado de su Universidad ya que sus funciones
son desempeñadas por el profesor demócrata D. Ramón Martín Mateo.
A continuación tiene lugar un diálogo surrealista entre los congresistas
guipuzcoanos y el profesor Rodríguez en el que los primeros parecen
negar implícitamente a este su condición de vasco, a pesar de sus
casi veinte años de trabajo en Bilbao y de su notoria contribución
a la lucha por la libertad de Euzkadi. También intervienen Fernando
Savater y Javier Muguerza con el propósito de aclarar que aun siendo
decididos partidarios de elegir Euzkadi como sede del Congreso, temen
que –a juzgar por el clima de esta discusión inicial– ello pueda originar
fricciones y problemas. Teniendo en cuenta esas manifestaciones, y
con la finalidad de salir del «impasse», Pilar Palop propuso Gijón
corno solución alternativa. No prospera, sin embargo, debido a la
reciente celebración en Oviedo del XII Congreso y convenir una mayor
diversificación geográfica. En consecuencia se procede a la votación
y es designada Burgos como sede del próximo Congreso casi por unanimidad.
La elección de tema se
presentó inicialmente muy diversificada ya que fueron propuestas sucesivamente:
Materialismo. Poesía y verdad. Filosofía y deseo. Filosofía y revolución.
Teoría y práctica. Lenguaje y deseo. Problemas actuales del Estado.
El Poder. Estética y conocimiento. Filosofía universal y filosofía
de clase. Base teórica de los movimientos de masas. Después de
una fase inicial de unificación de temas similares, y de una votación
eliminatoria inicial en la que quedan en cabeza Poesía y verdad
y El Poder, en la votación final el tema El Poder –propuesto
por Javier Muguerza– resultó elegido por una diferencia de 20 votos.
Se pasa después a la elección de vicepresidente. Como candidatos se
presentan los profesores Celia Amorós, Julio Carabaña y Antonio Pérez
y, después de una competida votación en dos vueltas, resulta elegida
Celia Amorós también por una diferencia de una veintena de votos.
Finalmente se abordó el
tema del comunicado que habitualmente ha venido emitiendo el Congreso
el día de su clausura. Para ello se otorgaron poderes al Comité organizador,
a fin de que lo redactase sobre la base de los siguientes principios:
—Protestar por las limitaciones
todavía subsistentes a las libertades de expresión y enseñanza.
—Expresar el apoyo al
Congreso a la legalización de todos los partidos políticos y organizaciones
sindicales.
—Expresar el apoyo al
Congreso al derecho de todos los pueblos a la autodeterminación.
—Apoyar la lucha de la
mujer por su emancipación.
—Apoyar a los que se esfuerzan
por obtener la amnistía total.
—Afirmar que es necesario
que la izquierda y los movimientos populares de todo el Estado Español
se unan frente a una posible consolidación de un bloque continuista.
Este último punto de la unidad de la izquierda suscitó un amplio debate.
Inicialmente se planteó como una declaración abstracta y platónica
sobre la necesidad de que el Congreso se pronunciase por la unidad
de la izquierda. Ello originó algunas intervenciones como las de Savater,
Lourdes Ortiz, Javier Sadaba, Tomás Pollán, José María Laso, &c.,
en las que, desde distintas perspectivas y con diversas matizaciones
se sustentó el criterio de que el Congreso no podía pronunciarse abstractamente
por la unidad de la izquierda. Seguidamente se produjeron las intervenciones
de Francisco Tauste y, en bloque, las de algunos congresistas procedentes
de la Universidad Complutense que producían la impresión de preconizar
que el pronunciamiento fuese por la unidad electoral de la izquierda.
Finalmente Agustín Santos y otros congresistas afines a su posición
se manifestaron contra una instrumentalización partidista, en un sentido
electoral, de la unidad de la izquierda. Como conclusión final hubo
coincidencia en la necesidad de concretar la adhesión del Congreso
a una unidad específica de la izquierda basada en la defensa
de los demás pronunciamientos del documento. Así pudo lograrse la
unanimidad de los congresistas tras una ardua discusión que no se
mantuvo siempre al nivel de racionalidad que correspondía esperar
de la condición general de los participantes. Empero tampoco puede
considerarse que el esfuerzo [110] resultase baldío, pues así pudo
precisarse mejor el documento cuyo texto transcribimos a continuación:
Declaración
del XIV Congreso de Filósofos Jóvenes
El XIV Congreso de Filósofos
Jóvenes, reunido en Barcelona del 3 al 6 de Abril de 1977, en su sesión
de clausura decidió hacer pública la siguiente declaración:
1.
El Congreso manifiesta su preocupación por las graves limitaciones
que constata en nuestro país con respecto a las libertades de expresión
en el ejercicio de la enseñanza, fenómeno que, de rechazo, actúa como
obstáculo y restricción de la calidad de la misma, a la vez que dificulta
el derecho de los trabajadores de la enseñanza a defender sus intereses.
2. El XIV Congreso, consciente
de que su reunión tenía lugar en vísperas de la «quincena de las nacionalidades»
propuesta por los organismos unitarios de la oposición democrática,
no puede menos de expresar resueltamente su firme convicción acerca
del derecho a la autodeterminación de todos los pueblos de España
y, en esta ocasión, muy especialmente, el de las nacionalidades históricas
que componen el Estado español. Asimismo el Congreso quiere dejar
constancia de su apoyo a la lucha por la amnistía total de los luchadores
antifranquistas, y exige la legalización de todos los partidos y organizaciones
sindicales sin excepción alguna.
3. En la medida en que
hay un buen fundamento para suponer que todas estas exigencias democráticas
se verán frustradas de resultar fortalecida –o de no resultar seriamente
debilitada– la derecha política una vez consumado el actual proceso
de descomposición del franquismo, el XIV Congreso de Filósofos Jóvenes
decide asimismo hacer una llamada a la unidad de los movimientos populares,
organismos y partidos de la izquierda».
Una vez perfiladas las
líneas generales del documento transcripto se levantó la sesión, dando
por clausurado el Congreso.
Las perspectivas del XV
Congreso –a realizar en Burgos durante la Semana Santa de 1978– se
presentan muy interesantes. La temática elegida –El poder–
es de una gran actualidad y se la puede considerar, académicamente,
fronteriza entre la ciencia política y la filosofía del derecho. Tiene
asimismo una incidencia directa sobre ella el debate que acerca del
carácter del Estado se está realizando en los últimos tiempos, a escala
internacional, desde la perspectiva metodológica del materialismo
histórico. Es también de esperar una eficiente organización del Congreso,
pues el profesor J. Luis Martín Santos, que pasa automáticamente a
la Presidencia, asume igualmente el nombramiento de un Secretariado
local auxiliar. Como se recordará, el profesor Martín Santos es ya
veterano en estas lides, pues en su día fue un eficaz organizador
de los célebres simposiums sobre el pensamiento de Popper y Henri
Lefebvre.
Acerca
de la unilateralidad de algunas reseñas
Por considerarlo ilustrativo,
nos permitimos reproducir lo que en ese sentido publicábamos en nuestro
trabajo titulado «El XIV Congreso de Filósofos jóvenes» que apareció
en el Nº 20 de Sistema:
Los Congresos de Filósofos
Jóvenes no han sido muy afortunados en su reflejo informativo. En
general, las informaciones y reseñas sobre su desarrollo han sido
escasos, fragmentarios y unilaterales. Quizás debido a que sus organizadores,
contrariamente a lo que sucede con otros Congresos similares, no se
han preocupado seriamente de cultivar sus relaciones con la prensa
y publicaciones culturales. Sin hablar de las revistas filosóficas
especializadas que, habitualmente, desprecian cuanto transcienda de
la mera rutina académica. Este año no ha constituido excepción en
esta tónica ya consagrada. Comenzó «El País» con una reseña de Alfons
Quinta sobre la sesión de clausura. Su titular «Marxistas y libertarios
polemizan en torno a la filosofía» parecía más propio de una publicación
sensacionalista que producto de la acreditada ponderación del joven
diario madrileño. Por otra parte, tal titular, no pasaba de constituir
un tópico manido que en nada se ajustaba al desarrollo de los debates
del Congreso. Ni de la mesa redonda inicial, ni de los coloquios de
los distintos Seminarios o Asamblea conjunta final, puede afirmarse,
con un fundamento serio, que «su principal característica fueran las
polémicas entre marxistas y libertarlos» como reiteradamente asevera
Alfons Quinta. Tal aseveración constituye más bien una burda caricatura
de un prolongado debate caracterizado, sobre todo, por la amplísima
diversificación de las posiciones filosóficas y políticas sustentadas.
Estamos convencidos de que no sólo no se produjo ese maniqueísmo –más
propio de un «western» que de un Congreso de filosofía– sino que todo
induce a suponer que fueron mucho más frecuentes las polémicas internas
en el seno de cada corriente ideológica. En general, las posiciones
no fueron monolíticas y así pudieron producirse, con frecuencia, coincidencias,
sobre determinados temas, entre pensadores situados en los antípodas
del espectro filosófico y discrepancias, acerca de otras temáticas,
con los que se hallaban más próximos. Tampoco cabe afirmar seriamente
–como lo hace el corresponsal de «El País»– «que prácticamente todas
las corrientes presentes en el Congreso –quizá con la excepción de
Gustavo Bueno– rechazaron la filosofía como actividad académica y
superior, marginada de la vida cotidiana y práctica». Aunque, desde
las distintas perspectivas de esas corrientes, habría que matizar
mucho esa caricatura de su concepción (o no concepción) de la filosofía
«como actividad académica y superior», en todo caso, nunca
podría contraponerse la posible excepción de Gustavo Bueno. Como es
bien conocido, en los diversos medios filosóficos, el catedrático
ovetense compatibiliza perfectamente [111] la debida valoración de
la filosofía académica con el gran papel que atribuye a la filosofía
mundana. Como, en otro plano, compatibiliza la filosofía de implantación
gnóstica con la filosofía políticamente implantada.
Ahora bien, otros errores
de bulto que Alfons Quinta comete en su reseña, sobre los temas propuestos,
adscripción ideológica de los proponentes, &c., –que han dado
lugar a las correspondientes rectificaciones de Javier Muguerza y
Fernando Savater– inducen racionalmente a suponer que sus informaciones
sobre el Congreso son, al menos, de tercera mano. No es ese el caso
de J. A. Ugalde, enviado especial del diario «Pueblo», que asistió
personalmente a las diversas sesiones y publicó posteriormente una
amplia reseña en «Pueblo Literario» {3}. Se trata de un trabajo serio y casi exhaustivo
para los límites espaciales permisibles en ese tipo de publicaciones.
Únicamente se le puede reprochar la unilateralidad en que incurre.
Sin dudar de su honestidad subjetiva cabe constatar la utilización
en su análisis de dos baremos muy distintos. Uno casi ditirámbico,
para ensalzar a Juan Aranzadi, Gómez de Liaño, Fernando Savater y
A. García Calvo, muy afines a J. A. Ugalde por razones de compañerismo
profesional, amistad, y afinidad filosófico-literaria, y otro, sin
duda desorbitado, que le lleva, casi sin excepción, a un fuerte criticismo
acerca de los demás ponentes y a una caracterización general del Congreso
falta totalmente de objetividad. Admitimos, sin dudarlo, que no es
fácil alcanzar la ecuanimidad necesaria para soslayar el subjetivismo
–en el que forzosamente habremos también incurrido en mayor o menor
grado– pero también considerarnos que conviene intentarlo con mayor
empeño que el que, en este caso, ha puesto el excelente periodista
que firma J. A. Ugalde.
Algo semejante podría
decirse del artículo que con el título «Entre la realidad y el deseo»
ha publicado en «Triunfo» José Jiménez {4}. Más ponderado que el de J. A. Ugalde
en su apoyo al sector que, genéricamente, podríamos calificar de «garciacalvista»
incurre, sin embargo, en notoria injusticia con su crítica desmesurada
a los organizadores. La realidad es que el Secretariado, constituido
por el collectiu critica, se esforzó con gran entrega en superar técnicamente
las dificultades que en la organización del Congreso se fueron sucesivamente
suscitando. Los fallos –que, sin duda, los hubo– no les son achacables.
La Mesa redonda de las centrales sindicales resultó incompleta –como
ya señalamos oportunamente– por causas atribuibles a terceras personas
intermediarias o a desinterés de las propias ramas de la enseñanza
de algunas de dichas centrales. Las modificaciones en el orden de
las intervenciones anunciadas fueron forzadas por cambios de actitud
de los ponentes en función de contrapuestos intereses, y no existió
esa supuesta mala cobertura de los alojamientos. Se resolvió con satisfacción
general, lo que estaba al alcance del congresista medio y si no pudo
lograrse el mismo resultado respecto a alojamientos baratos se debió
solo al aristocraticismo clasista de los estudiantes de algunos Colegios
Mayores que no accedieron a que sus habitaciones fuesen utilizadas
por los congresistas durante las vacaciones de Semana Santa.
Problemas distintos plantea
la reseña de Fernando Savater titulada «Mucho mangante» {5}
que complementa –como subtítulo o aforismo de entrada- -con un irónico
«¿Quiere ser eternamente joven?». Hágase filósofo o estrella de varietés».
¡Desconcertante Savater! Produce la impresión de que en él se da una
personalidad dicotómica: su participación en los Congresos de filósofos
jóvenes no puede ser más positiva. Asiduo asistente, solidario con
los compañeros, entusiasta colaborador en cuantas tareas o trámites
sean necesarios para asegurar su realización, elegante y racional
polemista y respetuoso de toda discrepancia, genuino defensor de una
actividad filosófica específica, &c. Por el contrario, su artículo
«Los filósofos y sus complejos» –reseña del XIII Congreso–, y el que
ha dedicado al Congreso de Barcelona, parecen producto de una segunda
personalidad que se gozase haciendo de joven iconoclasta para
un público fácil a costa de sus compañeros y de la actitud que él
mismo mantiene en dichos Congresos. Sería deseable una mayor coherencia
entre ambas personalidades en beneficio de la filosofía (sin mayúsculas).
Aunque posiblemente sea pedir demasiado ya que, como muy bien apuntó
Jacobo Muñoz en su ponencia, la raíz de esa personalidad dicotómica
debe radicar... «en la terrible situación esquizofrénica en la que
debe estar, por ejemplo, Fernando Savater enseñando lo inenseñable
y, además, en la Universidad a Distancia».
Sin duda, la reseña más
objetiva –entre las que han llegado a nuestro conocimiento– es la
que con el título «La autocontemplación filosófica ha publicado la
revista «El viejo topo» {6}. No
obstante adolece de un cierto esquematismo, derivado de un intento
casi utópico de caracterizar los rasgos esenciales del Congreso en
un par de páginas. También de un cierto distanciamiento irónico, deliberadamente
buscado, que, aunque de efectos catárticos evidentes, ofrece el talón
de Aquiles de que sus autores fueron sujetos muy activos en la preparación
del Congreso. Asimismo resulta un poco fuerte efectuar la crítica
de los «notables» de la filosofía acusándoles, con permiso de Savater,
de practicar la gigantomaquia –«en un filosofar de conceptos con mayúscula»–
habiendo participado en la organización de la Mesa Redonda inicial.
En todo caso sería la propia concepción de la Mesa Redonda de «notables»
la que habría que discutir. Y, muy probablemente, para llegar a la
conclusión de que, gracias a su realización, el XIV Congreso ha constituido
ese hito memorable que señalábamos al iniciar estas extensas notas{7}.
NOTAS
{1} José María Laso Prieto, «El XIV Congreso
de Filósofos Jóvenes» Sistema, núm. 20. Septiembre de 1977. Pág. 93
y sig.
{2} «Diccionario de filosofía
contemporánea», (en www.filosofia.org) dirigido por Miguel
A. Quintanilla. Editorial Sígueme. Salamanca, 1976 págs. 162 y sig.
{3} Diario «Pueblo» de 13 de Abril de 1977.
Págs. 25 y sig.
{4} Revista «Triunfo» nº 744, de 30 de Abril
de 1977. Pág. 43.
{5} Revista «Cuadernos para el diálogo» Nº 23
de Abril de 1977, págs. 60 y 61
{6} Jordi Guiu y Antonni Munné, «La autocontemplación
filosófica» (A propósito del XIV Congreso de Filósofos Jóvenes) Revista
«El viejo topo» Nº 8 Mayo de 1977, págs. 21 y 22.
{7} Los mismos autores –Jordi Guiu y
Antoni Munné– publican, bajo el título «De la filosofía académica
a la filosofía mundana», en el número 2 de la Revista Argumentos
(Junio de 1977), una reseña mucho más matizada ¡Lastima que cometan
el error de bulto fácilmente evitable, de haber recurrido a fuentes
más directas, de dar por realizado en la Universidad de La Laguna
el XI Congreso! Como es público y notorio la presión de elementos
reaccionarios sobre el Cabildo insular frustró la insularidad del
Congreso y éste hubo de celebrarse, finalmente, en el Colegio Mayor
«Isabel de España» de Madrid (Septiembre 1974). Sobre esta reseña
y la publicada en el diario «Informaciones» nos ocuparemos más extensamente
en el libro, que sobre la historia de los Congresos de Filósofos Jóvenes,
estamos preparando.
