José María Laso Prieto

«La tragedia yugoslava»

En Revista El Basilisco nº 15 (segunda época; pp. 82-95); Pentalfa, Oviedo; invierno de 1993.

Texto preparado para su edición digital por Pablo Infiesta.


Introducción  

Sin exagerar, se puede calificar de tragedia al actual proceso de desintegración de Yugoslavia y a las consecuencias bélicas que de él se derivan. Aunque en los conflictos bélicos que se han producido, en diversos países, desde el final de la II Guerra Mundial la violencia ha revestido también formas atroces -llegando en algunos casos a formas abiertas de genocidio- hay que reconocer que la desintegración de Yugoslavia ha producido situaciones particularmente inhumanas. De hecho, tal desintegración ha acumulado los efectos letales de diversas guerras civiles, de un conflicto internacional y de una depuración racista exacerbada bajo la forma de la denominada limpieza étnica. Frente a la pretendida superioridad civilizatoria europea, constituye una buena lección de humildad que tales atrocidades se desarrollen no en la periferia de tal Civilización sino muy próximas al centro nuclear de la misma. Con la particularidad de que de su origen no son sólo responsables los contendientes directos sino también algunos de los más avanzados Estados europeos.

Ahora bien, para comprender adecuadamente el proceso de desintegración de Yugoslavia, y las consecuencias desastrosas que de él se han derivado, hay que situarlo en el contexto global de la actual explosión de los nacionalismos a escala internacional. Así una de las consecuencias más negativas de la crisis del denominado «bloque socialista» ha sido la explosión nacionalista que se ha producido en algunos de los países de Europa central y oriental que lo integraban. El fenómeno es muy preocupante, si se examina con la debida perspectiva histórica. A todo lo largo del siglo XIX, el nacionalismo provocó diversos conflictos bélicos en Europa, América, África y Asia. Sin embargo, con ello no agota su componente negativo. No debe olvidarse que la radicalización nacionalista -revistiendo ya formas imperialistas- ha sido la causa de dos guerras mundiales y de la subsiguiente división de Europa, y del mundo, en dos grandes bloques de Estados antagónicos. Como es sabido, ambas grandes contiendas bélicas se engendraron en Europa Oriental. La primera con el atentado que en Sarajevo llevaron a cabo los nacionalistas serbios contra sus opresores austriacos y, la segunda, a causa de la reivindicación de la ciudad libre de Dantzig por el nacionalismo germánico. En realidad, tanto Sarajevo como Dantzig fueron meros pretextos para justificar que nacionalismos imperialistas se enfrentaron en pro, o en contra, de un nuevo reparto territorial del mundo ya que el realizado en el Congreso Internacional de Berlín (1885) había quedado desfasado. Así resulta evidente que los nacionalismos condujeron a Europa a algunos de sus peores desastres. Incluido el del origen y desarrollo del fascismo. La conexión nacionalismo-fascismo es obvia tanto en el caso del fascismo italiano como en el de nazismo alemán. También en el de otras variantes menores del fascismo. Cuando está a punto de cumplirse el cincuentenario de la derrota del nazismo, resurge de nuevo en Europa el peligro nacionalista. Y no sólo por los conflictos nacionales que han eclosionado en los países ex socialistas sino también por el ascenso del pangermanismo. Lamentablemente, a pesar de la imagen tranquilizadora con que se ha presentado la reunificación alemana, resurge el riesgo de que el nacionalismo teutón derive de nuevo en agresividad imperialista. Alemania está adquiriendo un potencial económico, político y militar que puede desequilibrar a Europa e impulsarla de nuevo hacia la conquista del Este, según el lema hitleriano del «Dranch nach Osten». Aunque es difícil que el expansionismo germánico repita exactamente sus formas anteriores, sus riesgos ya empiezan a manifestarse en el intento de incluir en su órbita de dominación -aunque todavía de forma indirecta- a Eslovenia, Croacia y Eslovaquia. De una u otra forma, en la tradición de la mittel Europa, también se trataría de incluir a Polonia, Hungría, Bohemia y Moravia, en el ámbito de la influencia dominante del IV Reich en gestación. Para completar el cuadro, en la nueva Alemania reunificada los brotes nacionalistas de racismo y revanchismo se acrecientan.

De nuevo se reactualizan las tesis de Lenin sobre las consecuencias nacionalistas e imperialistas del desarrollo desigual de la economía de los Estados. Alemania y Japón libran ya fuertes contiendas con otros Estados, en los planos económico, comercial y tarifario. Ahora tampoco se descarta ya la posibilidad de que en otros campos se produzcan fuertes choques, incluso bélicos, entre Japón, EE UU, y Alemania, por el logro de la hegemonía mundial. En potencial económico y productivo, EE UU está ya a la zaga del Japón y Alemania y, a medio plazo, quien pierde la supremacía económica pierde también la militar. Considerados los riesgos que el nuevo expansionismo nipón supone para los EE UU, dos periodistas norteamericanos han publicado ya un libro sobre la próxima Guerra del Pacífico. Por de pronto, la industria nipona del automóvil ya ha derrotado a su competidora norteamericana obligando al cierre de 21 fábricas de la General Motors y al despido de más de 100.000 trabajadores.

Lenin distinguía, muy acertadamente, entre el nacionalismo imperialista de las grandes potencias -siempre condenado por los marxistas- y el nacionalismo emancipador de las pequeñas naciones sometidas. En este último caso, habría que apoyar su derecho a la autodeterminación. Lenin incluso sostenía que en el caso de las pequeñas naciones -como en el problema de la discriminación de la mujer- no basta con restablecer el equilibrio poniendo fin a la discriminación anterior. Durante mucho tiempo, para compensar una dominación y opresión secular, habría que aplicar el principio de la discriminación positiva. Empero, el principio general marxista, del derecho de las naciones a la autodeterminación, no debe aplicarse en abstracto, sino siempre subordinado al objetivo prioritario de la emancipación social de los trabajadores. Esta distinción es necesaria, ya que es preciso diferenciar entre el nacionalismo pequeñoburgués -utilizado por las clases dominantes para subordinar a sus intereses a las capas medias de la población de las pequeñas naciones- y el nacionalismo que se vincula a la clase obrera para luchar conjuntamente contra toda forma de opresión y explotación humana. La primera forma de nacionalismo debe ser rechazada y la segunda estimulada [1]

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El marxismo y la cuestión nacional

Centrados fundamentalmente en resolver los problemas inherentes al proceso de emancipación social de la clase obrera, Marx y Engels no elaboraron de forma sistemática una teoría del nacionalismo [2] . No obstante, ésta se puede deducir tanto de la metodología del materialismo histórico, como de las posiciones de los clásicos del marxismo sobre los problemas nacionales de Irlanda, Polonia, Hungría, Italia, Alemania, &c. Preocupados por la actitud de los trabajadores ingleses ante los obreros irlandeses, sintetizaron su actitud hacia la causa nacional irlandesa en el célebre lema «no puede ser libre un pueblo que oprime a otro». El proceso revolucionario desencadenado en Europa en 1848, obligó a Marx y Engels a precisar sus posiciones sobre el tema. Tales posiciones... «se alinean, por lo demás, con las de la izquierda europea, para la que la revolución hubiera debido promover la liberación y la unificación de las naciones oprimidas y desgarradas, Alemania e Italia, Polonia y Hungría. La izquierda es entonces nacional y ser nacional en Europa occidental y central viene a significar ser de izquierda, en la medida que realizar la unidad nacional supone que se tiene que romper el sistema surgido del Congreso de Viena y de la Santa Alianza» [3] .

Según Haupt, Lowy y Weill -destacados especialistas en el tema- el rechazo de la abstracción es lo que caracteriza la posición de Marx y Engels sobre el problema nacional. Así difieren de la concepción liberal del derecho de autodeterminación. Para tales autores, «Marx y Engels rechazan la elección de tal derecho como principio absoluto, circunscriben su alcance y su puesto entre los objetivos del movimiento obrero. Según los casos, minimizan o acentúan el valor instrumental de un principio percibido siempre a través y por la dinámica revolucionaria. Es antinómico del principio de las nacionalidades -que ignora por

completo la gran cuestión del derecho a la existencia nacional de los grandes pueblos históricos de Europa- tal y como la formularon tanto Napoleón lII como Bakunin, para el que toda nación es un hecho natural que debe disponer sin reservas del derecho natural a la independencia de acuerdo con el principio de libertad absoluta». Por el contrario, «para Marx, el derecho a la autodeterminación: 1) Está circunscrito únicamente a las naciones históricas. 2) Tiene un valor subordinado a la lucha por la emancipación de los trabajadores» [4] . Coincidimos con Haupt, &c. en considerar que, para Marx y Engels, la cuestión nacional «no es más que un problema subalterno cuya solución se producirá automáticamente por el desarrollo económico, gracias a las transformaciones sociales»; las naciones viables superarán todos los obstáculos, mientras que las «reliquias de pueblos» se verán condenadas a desaparecer. Y es que la perspectiva en que se sitúan Marx y Engels en esa época, al abordar la cuestión nacional «es la de las transformaciones estructurales que implica el desarrollo del capitalismo: la creación de grandes entidades nacionales, de grandes espacios estatales centralizados, como condición previa para un desarrollo histórico que vaya en el sentido del progreso social. El que la concentración en grandes Estados implique que, si se da el caso, comprendan una multitud de nacionalidades, es algo que nada cambia en los supuestos» [5] . Sin embargo, coincidimos también -ya que se refiere a dos etapas diferenciadas de Marx y Engels sobre la cuestión nacional- en considerar que la importancia estratégica de la cuestión irlandesa, cuya solución les parece a Marx y. Engels, durante la década del 60, «... la clave de la solución de la cuestión inglesa, y la de la cuestión inglesa la clave de la solución de la cuestión europea», plantea en términos nuevos la relación entre el movimiento- nacional y el movimiento obrero. A partir de entonces, la lucha de las naciones oprimidas, «Subdesarrolladas», incluso -el caso de Irlanda se aborda también como cuestión colonial- puede servir de detonador para la lucha de la clase obrera, del movimiento obrero de la nación dominante [6] . De ello se ha deducido, para Irlanda e Inglaterra, una inversión de las prioridades de Marx y Engels: ya no será la revolución social la que solventará el problema nacional, sino que la liberación de la nación oprimida constituye un supuesto previo para la emancipación social de la clase obrera. La nueva concepción supone unas relaciones políticas completamente distintas, basada en una alianza estratégica entre el movimiento de liberación nacional y el movimiento obrero. Lucha de clases y lucha nacional se convierten en complementarias y solidarias sin confundirse ni superponerse. Con ello se amplía también la terminología, a través de la nueva problemática abierta por la «cuestión irlandesa». Marx y Engels introducen la distinción capital entre «naciones oprimidas» y «naciones dominantes».

Ahora bien, el hecho de que los imperios Austro-Húngaro y Zarista fuesen considerados entonces como verdaderas «Cárceles de pueblos» hizo que los marxistas de tales Estados se viesen obligados a profundizar en la «cuestión nacional». Se desarrollan así las posiciones de los denominados austro-marxistas, de Lenin, Rosa Luxemburgo y Stalin. Los austro-marxistas - Víctor Adler, Karl Renner, R. Springer y Otto Bauer- profundizan sobre todo en el tema del desarrollo histórico de las formas nacionales y en el discutible tema -suscitado por Engels- de «las naciones sin historia». Sus elaboraciones teóricas son rigurosas e interesantes, pero la solución política que proponen para los Estados multinacionales es la autonomía cultural-nacional. Es decir, una autonomía muy limitada ya que esa autonomía cultural, en el marco de un Estado multinacional, se expresaría a través de la organización de las nacionalidades en corporaciones jurídicas públicas, con una serie de atribuciones culturales, administrativas y legales [7] . Por el contrario, Lenin se pronuncia abierta y resueltamente por el principio del derecho de las naciones a la autodeterminación. En defensa de ese principio mantiene una fuerte polémica con Rosa Luxemburgo, que se oponía al mismo por considerarlo contradictorio con el internacionalismo proletario [8] . Siguiendo, por necesidades de síntesis, la argumentación de Haupt, Lowy y Weill, comprobamos que el punto de partida de Lenin es el mismo que el de Rosa Luxemburgo: el internacionalismo proletario. Sin embargo, Lenin comprendió mejor la relación dialéctica entre el internacionalismo proletario y el derecho de autodeterminación nacional. Su tesis puede fundamentarse así: 1) Tan sólo la libertad de separación hace posible una libre y voluntaria unión y, a largo plazo, la fusión de las naciones. 2) Tan sólo el reconocimiento, por parte del movimiento obrero de la nación dominadora, del derecho a la autodeterminación de la nación dominada, permite eliminar el odio y la desconfianza de los oprimidos y unir a los trabajadores de ambas naciones en el combate internacionalista contra la burguesía.

Lenin había captado también la relación dialéctica entre las luchas nacional-democráticas y la revolución socialista, viendo en las masas populares (no sólo proletarias sino también campesinas y pequeño-burguesas), de las naciones oprimidas, un aliado del proletariado consciente. Así, respecto a la cuestión nacional, mientras que la mayoría de los demás autores marxistas no veían más que la dimensión económica, cultural o «psíquica» del problema, Lenin subrayaba abiertamente que la cuestión de la autodeterminación... «se remite entera y exclusivamente al terreno de la democracia política». Es decir, al derecho a la separación política, a la constitución de un Estado nacional independiente [9] .

Por su parte Iosif Broz, el futuro mariscal Tito, aplicando la concepción marxista sobre el problema nacional, precisaba ya en 1942: «La actual lucha de liberación nacional, y la cuestión nacional en Yugoslavia, están ligadas indisolublemente. Nuestra lucha de liberación nacional no sería tan tenaz ni tan exitosa si las naciones de Yugoslavia no vieran en ella, además de la victoria sobre el fascismo, un triunfo sobre lo ocurrido en los pasados regímenes, una victoria sobre aquellos que las oprimían y que tienden a continuar oprimiendo a las naciones de Yugoslavia. Las palabras 'Luchas de Liberación Nacional' serían meramente una frase, o incluso un engaño, si además de un sentido general yugoslavo no tuviera un sentido nacional para cada nación en particular; es decir, si además de la liberación de Yugoslavia no significaran la liberación de los croatas, eslovenos, serbios, macedonios, arnautes, musulmanes y otros, si la lucha de liberación no entrañara realmente la libertad, igualdad de derechos y fraternidad de todas las naciones de Yugoslavia. Esa es la esencia de la lucha de liberación nacional (...) Los macedonios, arnautes, croatas, musulmanes y otros se preguntan con zozobra: ¿qué ocurrirá con nosotros si se vuelve a lo de antes? El gobierno exiliado en Londres ya amenaza, los chetniks degüellan donde pueden con ayuda del invasor, y afilan sus dagas para matanzas aun más horrendas -es lo que temen todos nuestros pueblos-. Pero nosotros les decimos a todos que no teman, que la salvación de todo eso es posible y que se puede lograr únicamente si ya ahora, inmediatamente y sin vacilar, se empuñan las armas para entrar en la guerra sagrada que libra nuestro heroico Ejército de Liberación Nacional contra el invasor, por la libertad e igualdad de todas las naciones de Yugoslavia. Ese es el único camino que para su salvación pueden seguir todas las naciones de Yugoslavia. Debo subrayar el hecho de que en las filas de nuestro Ejército de Liberación Nacional y de los Destacamentos Partisanos de Yugoslavia ha habido, desde el mismo comienzo hasta hoy, una gran mayoría de serbios precisamente, en lugar de que sea al revés. Justamente los partisanos serbios, montenegrinos, bosniacos y las brigadas constituidas casi exclusivamente por serbios han librado y continúan librando una lucha sin cuartel no sólo contra el invasor, sino también contra los chetniks de Drâza Mihailovíc y demás enemigos de los pueblos oprimidos. ¿Qué demuestra esto? Demuestra que todas las naciones de Yugoslavia, sojuzgadas en el pasado por los hegemonistas granserbios, tienen su mejor y más consecuente aliado en el pueblo serbio. El pueblo serbio ha dado, y continúa dando, su máxima contribución en sangre a la lucha contra el invasor y sus sirvientes traidores, no sólo contra Pavelic, Nedic y Pecanac sino también contra Drâza Mihailovic y sus chetniks, por la plena libertad e independencia de todas las naciones de Yugoslavia. El pueblo serbio no desea retornar a lo de antes, así como tampoco lo desean los croatas, los eslovenos, los macedonios, los montenegrinos y los musulmanes. El pueblo serbio sabe muy bien a qué se debe esta tragedia nacional, quién es el culpable principal, y por eso lucha heroicamente y desprecia a los traidores nacionales. De ahí que sea un sagrado deber de todos los demás pueblos de Yugoslavia el de participar, por lo menos en la misma medida y junto con el pueblo serbio, en esta gran guerra de liberación contra el invasor y todos sus sirvientes» [10] .

 

La complejidad yugoslava  

A causa de su gran diversidad, Yugoslavia ha sido descrita por medio de la fórmula: 1-7. Es decir, un país, dos alfabetos, tres religiones, cuatro lenguas, cinco naciones, seis repúblicas y siete vecinos. Concretamente, la unión de los eslavos del sur -eso significa el término Yugoslavia surge como consecuencia de la desintegración del Imperio Austro-Húngaro tras su derrota en la I Guerra Mundial. Desde 1918, en que Yugoslavia se constituye en Estado, su historia puede dividirse en dos etapas fundamentales: 1) De 1918 a 1941, Yugoslavia es regida por la monarquía centralista de la dinastía de los Karareorgevitch. De 1941 a 1943, Yugoslavia desaparece como Estado al ser ocupada por tropas alemanas e italianas. Italia se anexiona diversas ciudades dálmatas -así como una amplia franja costera del Adriático- y se crea el Estado fantoche de Croacia, bajo el yugo fascista de Ante Pavelicht. 2) De 1943 a 1991, se crea, desarrolla y se desintegra la República Federal Popular de Yugoslavia fundada por el mariscal Tito. Una singularidad de este segundo Estado yugoslavo es la de que se funda antes de finalizar la contienda bélica mundial en los territorios que van siendo liberados por el Ejército de Liberación Nacional yugoslavo. El nuevo Estado surge de la base de los comités de liberación, agrupados desde 1942 en el Consejo Antifascista de Liberación Nacional (AVNOJ). Según lavan Djordjevich, «La AVNOJ fue convocada a una segunda sesión el 29 de noviembre de 1943, en la ciudad de Jajce, en territorio liberado. Durante esta sesión, la AVNOJ 'se constituye en cuerpo representativo legislativo y ejecutivo de Yugoslavia' y se convierte en 'el representante supremo de la soberanía popular y del Estado yugoslavo en su conjunto'. Simultáneamente se crearon, además, otros dos órganos, 'la presidencia de la AVNOJ', constituida por la 'pequeña asamblea', investida de todos los derechos del órgano supremo de poder, en el intervalo de las sesiones de la AVNOJ y el Comité Nacional de Liberación de Yugoslavia, que presentaba todas las características de un gobierno popular provisional, por intermedio del cual la AVNOJ realizaba sus funciones ejecutivas. La segunda ley decidía que Yugoslavia sería edificada, sobre la base del principio federativo, en comunidad estatal de los pueblos iguales en derechos, de Serbia, Croacia, Eslovenia, Bosnia- Herzegovina, Macedonia y Montenegro» [11] . En consecuencia, como tendremos ocasión de comprobar después, la República Federal, instaurada en Yugoslavia tras la liberación de la ocupación nazi, fue mucho menos centralista que la forma monárquica anterior. Integraba las Repúblicas de Serbia, Croacia, Montenegro, Macedonia y Bosnia-Herzegovina, así como las regiones autónomas de Voivodina y Kosovo.

La complejidad del problema nacional de Yugoslavia se deriva de factores históricos, étnicos, culturales y religiosos. Las nacionalidades que constituyeron el Estado yugoslavo -con la excepción de algunos períodos en que mantuvieron su independencia- estuvieron separadas durante siglos por pertenecer a dos Estados contrapuestos: eslovenos y croatas estuvieron integrados en el Imperio Austro-Húngaro durante etapas prolongadas, mientras que serbios, bosnios, montenegrinos, macedonios y albaneses sufrieron casi permanentemente la dura dominación del Imperio Otomano. Aunque con oscilaciones derivadas de diversas contiendas bélicas, que en algunos períodos hicieron que serbios y bosnios fuesen también sometidos al Imperio Austro-Húngaro, la división política impuesta por la doble dominación austro-húngara y otomana engendró la profunda diferenciación culturál que todavía persiste. En el plano religioso, la divisoria es triple: 1) Católicos, en Croacia y Eslovenia. 2) Cristianos ortodoxos, en Serbia, Montenegro, y zonas de Bosnia y Macedonia. 3) Musulmanes, en Bosnia y zonas de Macedonia y Kosovo. Por ello, utilizando rigurosamente el lenguaje, no se podría hablar estrictamente de «limpieza étnica» para calificar la índole de las atrocidades que se están cometiendo en Bosnia-Herzegovina por serbios y croatas. De hecho, los bosnios musulmanes son tan eslavos como los demás yugoslavos, salvo los albaneses y otras minorías nacionales menores. Por otra parte, en la configuración constitucional de la Yugoslavia federal, se había aceptado el hacer equivaler, en el caso de Bosnia-Herzegovina, la diferenciación religiosa con la diferenciación étnica.

En todo caso, no era fácil integrar en un solo Estado a pueblos tan diferenciados como los que constituyeron Yugoslavia. En la segunda etapa del Estado yugoslavo fue la figura carismática de Tito la que sirvió de aglutinante. Otro factor que coadyuvó fue el hecho de que los diversos pueblos yugoslavos lucharon hombro con hombro contra los ocupantes nazis. La mayor excepción fue el ala radical del nacionalismo croata. Su brazo armado, integrado por los terribles «ustachis» (insurgentes) de extrema derecha, no sólo ayudó a los ocupantes nazi-fascistas, sino que realizó un auténtico genocidio contra los serbios. Sus víctimas se estiman en medio millón de personas. De la ferocidad que revistió tal genocidio, constituye un buen testimonio la escena que Curcio Malaparte describe en su obra Kaputt. Es decir, cuando Ante Pavelicht le mostró un cesto que tenía en su despacho. Inicialmente, viéndolo de lejos, Malaparte supuso que se trataba de ostras, hasta que Pavelicht le dijo: «Son ojos de partisanos serbios con que me han obsequiado mis fieles ustachis». La magnitud de ese genocidio es reconocido por diversos historiadores. Así Francisco Veiga reconoce que: «En efecto, después de la Alemania nazi, la Croacia ustachi fue la segunda potencia europea del Eje en cuanto al volumen de crímenes de guerra» [12] . De una forma más precisa: «Ante la actual barbarie reinante en lo que fueron tierras yugoslavas, no han faltado referencias a lo que muchos consideran su antecedente directo: las masacres desarrolladas por croatas y serbios durante la II Guerra Mundial. En efecto, apenas consumado el establecimiento del Estado croata, bajo influencia nazi el control ustachi le impuso un fuerte carácter nacionalista, clerical (mejor dicho, intransigente en materia religiosa a lo que no fuera el catolicismo) y xenófobo. Las primeras disposiciones de Pavelicht, de 17-IV-1941, enmarcaban y legalizaban la violenta represión que iba a desencadenar, señalando que cualquier acto contra el honor, los intereses, o el poder del Estado sería considerado alta traición y ejecutados quienes lo cometiesen. En esta línea de intransigencia, se prohibió el uso del alfabeto cirílico y se suprimió la libertad de cultos. Seguidamente se cerraron las escuelas confesionales ortodoxas y se prohibió el acceso de los serbios a numerosos empleos públicos. Comenzó de ese modo una auténtica persecución, que alcanzó también a la minoría judía y a aquellos croatas disidentes con el régimen pronazi de Pavelicht. El éxodo de los serbios desde Croacia, tan sólo en los meses inmediatos, se puede cifrar en más de 200.000, los cuales acudieron a refugiarse en Serbia. Muchos de ellos, sin embargo, corrieron peor suerte al no poder huir y fueron masacrados. Las cifras manejadas por diversos autores durante mucho tiempo, que evaluaron el número de víctimas entre 600.000 y 700.000, incluso alguna propaganda serbia las aumentaba hasta millón y medio, han sido objeto de revisión por distintos historiadores croatas y serbios (Zerajovic, Kocovic, el mismo Tudjman, etc.) rebajándolas considerablemente. No obstante, se admite hoy que, al menos, entre 295.000 y 334.000 serbios fueron asesinados por los «ustachis» entre 1941 y 1945 (50-60070 de ellos en Bosnia y el resto en Croacia), a los que debían añadirse unos 40.000 más entre judíos y otras minorías. Desgraciadamente, con unas u otras cifras, el régimen de Pavelicht habría acreditado una crueldad igual o superior a cualquier otro de los muchos que en su tiempo hicieron alardes del más siniestro salvajismo» [13] . El recuerdo de tales atrocidades croatas sigue pesando, en forma de miedo y odio visceral, en el actual conflicto serbio-croata.

Tampoco los serbios estuvieron exentos de responsabilidad. Su extrema derecha -integrada por los «Chetniks» (que literalmente significa miembros de una banda o partida armada, con muchas connotaciones con el término castellano «guerrillero»)- llevó su anticomunismo a colaborar con los nazis y a cometer atrocidades contra los partisanos (miembros del Ejército Nacional de Liberación dirigidos por Tito) de todas las etnias. En contraste Tito, no obstante su origen croata, superando nacionalismos estrechos, logró forjar un común patriotismo yugoslavo. Consecuente con tan amplia concepción, trató de evitar la represión indiscriminada de sus enemigos e incorporó a sus fuerzas a muchos de sus adversarios yugoslavos. Así lo resaltaba el general Dane Petkovski, en su trabajo La moral combatiente: factor decisivo de la estrategia de Tito: «Ejecutar las tareas en su totalidad y con las menores víctimas: en esto consiste la habilidad de comandar y guiar las tropas en la guerra. El humanismo de Tito se reflejaba también en su actitud frente a los prisioneros enemigos. Por esta razón, nuestras unidades jamás respondieron con la venganza a los crímenes del enemigo» [14] . Respecto a las atrocidades de los «chetniks», son elocuentes las precisiones del historiador Emilio de Diego: «Pero la violencia por motivos étnicos, religiosos o ideológicos no fue instrumento en exclusiva de ningún grupo yugoslavo durante aquellos años. Los chetniks de Mihailovic (serbios con el mismo espíritu xenófobo que los ustachis croatas) se mostraron igualmente sanguinarios con la diferencia de que sus víctimas eran, en este caso, los musulmanes y los croatas, especialmente en Bosnia-Herzegovina y en el Sandzack. Episodios como el de las matanzas en la aldea de Foca, en enero de 1942, resultan particularmente atroces. Este racismo y la intransigencia ideológica imposibilitaron la creación de un Frente Nacional de Liberación Antifascista propuesto por otras fuerzas que luchaban contra el invasor y, más tarde, acabó enfrentándoles abiertamente con los partisanos, ante lo cual no dudaron en aliarse con los italianos» [15] .

A la génesis y desarrollo del conflicto actual contribuyó el renacimiento del chovinismo serbio, la pérdida .del factor aglutinante que suponía la figura del mariscal Tito, la crisis económica del Estado yugoslavo, el impacto que supuso el hundimiento del bloque de Estados hegemonizados por la URSS, &c. También han influido otros factores exteriores, como la tendencia al expansionismo germánico, la necesidad de un reequilibrio europeo derivado de los acontecimientos históricos desarrollados en Europa central y oriental, &c. Todo ello conduce a distinguir entre causas internas y externas que, en mayor o menor grado, han contribuido al proceso de desintegración de Yugoslavia. Por obvias limitaciones de espacio, vamos a tratar de sintetizar la respectiva incidencia de tan diversos factores internos y externos.

A consecuencia de su complejidad étnica, religiosa, lingüística, cultural, &c., se ha pretendido que Yugoslavia era un Estado artificial. Sin embargo, tal tesis contradice la existencia, manifestada históricamente, de un auténtico movimiento de unión de los eslavos del sur. Así, en la obra dedicada por los historiadores de la Universidad de Cambridge a los temas yugoslavos, se dice: «Las relaciones serbio-croatas, dentro de Croacia-Eslavonia, no tenían aquel espíritu que les animaba, por el resurgir de su nacionalidad y de su independencia, como sucedía en el Estado serbio del sur, de 1878. Ese año Austria ocupaba también Bosnia-Herzegovina, y los croatas, más conscientes de su relación histórica con aquel país, empezaron a soñar con una Gran Croacia, que podría abarcar a Bosnia-Herzegovina, con lo cual se situaban frente a los serbios, que tenían sus propios planes. Estas tensas relaciones entre los croatas y sus propios serbios, y los serbios del Sur, eran fatales para hacer una realidad del sueño de un Estado yugoslavo, y hasta fecha tan reciente como la de 1902, hubo manifestaciones antiserbias en Zagreb. Pero al llegar el nuevo siglo cambiaron las cosas. Una joven generación de líderes croatas y serbios, inspirándose en el entusiasmo eslavo de la Universidad de Praga, empezó a luchar contra la actitud intransigente de Austria y Hungría, hasta que al fin el ideal de una Gran Croacia se esfumó ante la esperanza de la unión de todos los eslavos del Sur dentro de una sola nación, que sería Yugoslavia» [16] . A la misma conclusión llega Emilio de Diego: «A pesar de todo, el nacionalismo croata que tendía a organizarse pacíficamente, no hizo sino crecer al compás de otros movimientos similares, tanto en la región como en el oeste de Europa. Pero, consciente de su debilidad, buscó integrar a los eslavos del Sur; salvo un sector minoritario que se agrupaba en el Partido del Derecho (el partido de los futuros 'ustachis'), encabezado por Ante Starcevic, quien rechazaba por igual a serbios y húngaros defendiendo la exigencia de un Estado puramente croata. No obstante, en su más amplia expresión, se trataba de un movimiento claramente yugoslavo que defendía la causa común de serbios y croatas frente a las instituciones del imperio austro-húngaro entre 1868-1914» [17] .

En su obra La fragmentación de Yugoslavia. Una visión en perspectiva, la profesora Catherine Samary logra una buena refutación de la tesis de la artificiosidad de Yugoslavia: «El proyecto yugoslavo tiene múltiples raíces y razones de ser. Nació en el siglo XIX en el seno de un sector de la intelligentsia, mayormente croata, frente a las opresiones experimentadas por los pueblos eslavos del sur y como resistencia a éstas. Tenía dimensiones culturales (movimientos de unificación lingüística) y políticas. En un comienzo se expresó en el 'ilirismo' (movimiento que se remite a la efímera agrupación de las provincias bajo el dominio de Napoleón, entre 1809 y 1813, a expensas de Austria y Venecia); en aquella ocasión, el movimiento tenía por objetivo reunir a los eslavos (croatas, eslovenos, serbios de Voivodina, eslavos de Bosnia-Herzegovina) dominados por el Imperio Austro-Húngaro, con un posible estatuto de autonomía. A comienzos del siglo xx, el prestigio político y económico del reino serbio, independiente en aquel entonces, dio fuerza a la idea de la unión de los eslavos del sur en un mismo Estado. La guerra mundial de 1914-18 provocó el hundimiento de los Imperios Otomano y Austro-Húngaro, que dominaba la Europa central y balcánica. Este hecho permitió que al acabar el conflicto se constituyese, con el favor de las grandes potencias, el primer 'Estado de los Eslovenos, Serbios y Croatas' (que en 1929 toma el nombre de Yugoslavia). Este nuevo Estado permitió reunirse con sus compatriotas a los serbios que se habían refugiado en los confines (en las fronteras, llamadas 'krajina') del Imperio Austro-Húngaro, huyendo del dominio otomano. Bajo el dominio austro-húngaro, los eslovenos estaban amenazados de germanización, y los croatas de magiarización (de magiares, nombre étnico de los húngaros). No habían podido constituir un Estado independiente en el siglo XIX. La reunión de los pueblos eslavos era, pues, su medio para poder afirmar su identidad. Dicho de otro modo, la resistencia a las opresiones extranjeras fue un ingrediente esencial de la cohesión yugoslava» [18] .

Pronto el primer Estado yugoslavo, surgido en 1918, decepcionó a los pueblos eslavos que habían contribuido a su formación. La primera Yugoslavia quedó rápidamente dominada por una monarquía serbia -la de la dinastía Karageorgevitch- centralista y dictatorial, que contradecía las aspiraciones populares federalistas. Además el régimen monárquico negaba su identidad a otros pueblos que no fuesen los serbios, los eslovenos y los croatas (o sea, a los macedonios, montenegrinos, bosnios y albaneses...). Hasta 1939, las subdivisiones internas del territorio eran sólo de naturaleza administrativa. La última reforma de 1939 fue una efímera respuesta a las aspiraciones croatas, al instituir una «Banovina» bastante mayor que la república croata actual. Por ello no puede sorprender que una de las razones del éxito del Ejército de Liberación Nacional dirigido por Tito contra los ocupantes nazi-fascistas, y sus aliados y colaboradores internos, fuese el nítido planteamiento federalista de la Yugoslavia liberada. Tal posición federalista suponía la plena igualdad y equipación de todas las nacionalidades integrantes del futuro Estado federal. Esta concepción logró su expresión jurídica en la Constitución promulgada el 3 de enero de 1946. Como bien precisa el profesor Emilio de Diego, «en ella quedaba reconocida la diversidad y pluralidad de nacionalidades, cuyos miembros coincidían en un concepto de pertenencia superior, el de ciudadano. Por consiguiente, todos los habitantes eran yugoslavos, pero simultáneamente se les reconocía el hecho diferencial de ser croatas, serbios, eslovenos, bosnios montenegrinos o macedonios, pues la Yugoslavia Federal se articulaba sobre las seis repúblicas correspondientes a tales nacionalidades. Hasta la variada procedencia de los dirigentes del Estado que se creaba, Tito (croata), Kardelj (esloveno), Rankovic (serbio)... parecía ratificar su carácter nacional. Quedaba el problema de las minorías no eslavas: húngaros, de Voivodina y albaneses, de Kosovo. Por ello a estas dos regiones se les otorgó la consideración de 'provincias autónomas' unidas a Serbia. Una modificación posterior llevaría a reconocer como pueblo (o etnia, no obstante su origen eslavo) a los musulmanes de Bosnia en 1968 (...). La Constitución de 1946 trataba de garantizar las condiciones suficientes para armonizar la convivencia de los yugoslavos. Todos los pueblos tendrían los mismos derechos y, no sólo políticos, sino también culturales. Cada uno de ellos podría utilizar y enseñar oficialmente su propia lengua, incluso los macedonios que empezaron a desarrollarla a partir de entonces sobre los dialectos locales. En algunos casos el resultado fue cuando menos llamativo, como en Voivodina donde podían emplearse seis lenguas: húngaro, ucraniano, eslovaco, rumano y las dos variantes escritas del serbocroata. En su afán de evitar cualquier fisura entre Serbia y Croacia no podía mencionarse, oficialmente, el término lengua serbia o lengua croata, sino lengua serbocroata como algo único» [19] .

El gran avance, en el sentido de satisfacer las aspiraciones de todas las nacionalidades y minorías nacionales que supuso la Constitución Federal yugoslava de 1946, en relación a la Constitución monárquica centralista de 1921, fue profundizado todavía más con la denominada «Ley constitucional sobre los fundamentos de la organización social y política de la República Federativa Popular de Yugoslavia y los órganos federales del poder», promulgada el 13 de enero de 1953 y que es el equivalente de una nueva Constitución. Este acta fundamental recibió su complemento natural en las Leyes Constitucionales de las Repúblicas federadas, que fueron promulgadas después y están conformadas a sus principios» [20] .

Aunque el proceso de descentralización de Yugoslavia continuó avanzando, en las décadas del 60 y 70, conforme al espíritu de la Constitución de 1953, no por ello cesaron las presiones nacionalistas. Particularmente las de los radicales croatas y las de los albaneses de Kosovo. Los croatas se quejaron de lo que consideraban postergación sistemática de su lengua escrita, aduciendo que los textos oficiales de uso común aparecían siempre en versión serbia. Es decir, utilizando el alfabeto cirílico. En Kosovo, la presión nacionalista albanesa, derivada de que su mayor fecundidad, incrementaba su mayoría local, exigía que esa región autónoma se convirtiese en república federativa. Ello originó una fuerte reacción serbia ya que Kosovo era considerada como la cuna histórica del pueblo serbio y, en su famoso «campo de los mirlos» tuvo lugar en 1389 su derrota definitiva, ante las fuerzas otomanas, que prolongó durante siglos su dominación por los turcos. Estas presiones nacionalistas, y la preocupación por la ya previsible desaparición del factor aglutinante que suponía la personalidad carismática de Tito llevaron a la promulgación de la Constitución de 1974. Tal texto legal fundamental constituyó de hecho un gran paso hacia la confederalización de Yugoslavia. Su significación es muy bien sintetizada por Catherine Samary: «Los dirigentes comunistas yugoslavos eran pragmáticos en la cuestión nacional, pues para ellos lo esencial era la cuestión del poder político. Este sólo lo podían conservar sobre la base de un poder federativo que negara la supremacía serbia de la primera Yugoslavia. Cosa que hicieron y hoy les reprochan los nacionalistas serbios. Pero esto se hizo en la forma de combinación de la extensión de derechos con la falta de pluralismo político y el sofocamiento de los conflictos. La 'amistad entre los pueblos' era, al mismo tiempo, mito y realidad -así como durante la guerra se habían dado a la vez la fraternidad del combate multiétnica antifascista y las matanzas interétnicas-. El nacionalismo (sus canciones, sus símbolos, su memoria) fue reprimido y su expresión prohibida. Pero ello no impidió que los derechos nacionales fuesen reconocidos cada vez en mayor medida».

Y, entrando ya de lleno en la reforma constitucional de 1974, Samary precisa: «A medida que aumentaban las presiones tendentes a reforzar la soberanía de las repúblicas y de las provincias autónomas, el régimen se confederalizaba o La última Constitución, la de 1974, elaborada en vida de Tito por el teórico principal del régimen, Edvard Kardel  (un esloveno), instituyó formas de dirección colegiada (incluso en el Estado Mayor del Ejército). Las repúblicas y provincias estaban representadas a partes iguales; es decir, independientemente de su fuerza numérica, con rotación de la presidencia cada año y derecho al veto. Durante la década de los 70, los Congresos de las Repúblicas, y de las provincias se reunían antes que los de la federación; las competencias económicas se descentralizaron; los derechos culturales y las representaciones étnicas se hicieron extensivas, especialmente, a los albaneses de Kosovo, que durante tanto tiempo habían sido reprimidos: la provincia, dotada no sólo de escuelas sino también de una Universidad en lengua albanesa, pudo desarrollar relaciones directas con su vecina Albania. Las dos provincias de Serbia (Voivodina y Kosovo) tenían representación directa en la Presidencia Federal con derecho a veto como las repúblicas (derecho que Slobodam Milosevic, dirigente serbio, atacará en la segunda mitad de la década de los 80). En otras palabras: la soberanía serbia en la República Servia se terminaba en las fronteras de las provincias autónomas de Voivodina y Kosovo. Pero la dimensión multiétnica de las Repúblicas, en las que coexistían sobre todo croatas y serbios, se reconocía también explícitamente en la Constitución bajo otras formas: Bosnia-Herzegobina era Estado de tres pueblos: serbios, croatas y musulmanes (eslavos islamizados reconocidos como etnia); lo mismo ocurría (antes de la Constitución de 1990) en Croacia, «Estado del pueblo croata, del pueblo serbio en Croacia y de las nacionalidades (minorías nacionales) que viven en su territorio» [21] . Yugoslavia no era, por tanto, una «cárcel de pueblos», y en su proceso de desintegración no pesó ninguna discriminación a nacionalidades o minorías nacionales.

 Un factor que sí ha pesado en tal desintegración ha sido en de la crisis económica que en los últimos años tuvieron que soportar los yugoslavos. Y no debido a que el sistema de autogestión socialista fuese inviable o ineficaz. La introducción de tal sistema fue una consecuencia de la ruptura entre la Yugoslavia socialista y el bloque de Estados hegemonizados por la URSS, que se hizo pública en 1948. Así el 26 de junio de 1950 se promulgó una ley que ponía en manos de los trabajadores la dirección de todas las empresas económicas. El principio de autogestión del Consejo de Trabajadores se extendió virtualmente a todos los grupos, incluyendo Universidades, escuelas, hospitales, servicios civiles, transportes, comercio exterior, &c. En todas las empresas, fábricas y talleres, se elegían los Consejos de Trabajadores cada dos años, y la ley les daba suficiente poder para llevar la administración interna, condiciones de trabajo, distribución del capital y renta, así como para decidir qué productos correspondían a cada empresa y cómo y cuándo los debía comercializar. Este principio fue consagrado en la Constitución de 1953 en diversos artículos. Así, el artículo IV, proclama que «la base del sistema económico y social de Yugoslavia está constituida por el trabajo en común mediante los medios de producción de la comunidad, así como la autogestión de los trabajadores en todos los planos de la producción, y el reparto del producto social en el organismo del trabajo y en la comunidad social» [22] . En su análisis de la posguerra yugoslava, la historiadora Phyllis Auty reconocía que «un cuadro de conjunto indicaba que desde 1945 había habido un aumento sustancial en el nivel general de vida, que se hacía patente sobre todo en las zonas tradicionalmente más atrasadas. Yugoslavia había soportado una revolución económica que la estaba transformando rápidamente en un Estado moderno industrializado (...) Yugoslavia ha tenido un índice muy rápido de crecimiento económico y una mejora sustancial en el nivel de vida. A pesar de sus importantes deudas con el exterior y de una balanza de pagos adversa, Yugoslavia estaba en 1966 en mejor situación económica que cualquier otro año antes de la guerra. Esto influyó profundamente en la actitud del pueblo bajo frente a los muchos problemas políticos que continuaban por resolverse. Era un elemento estabilizador en la vida nacional puesto que la gente estaba ansiosa por conservar las mejoras materiales que tan caras le habían costado» [23] .

Estos éxitos de la autogestión socialista yugoslava alcanzan todavía una mayor significación si se sitúan en una perspectiva comparativa. Así, según el profesor Branko Horvat, «entre 1952 y 1956, el retraso en el desarrollo de Yugoslavia se redujo en comparación con Francia, de 130 a 53 años; en comparación con Bélgica, de un siglo a 43 años; en comparación con Suecia, de 90 a 44 años; en comparación con Italia, de medio siglo a una década (...) De ello se sigue que el retraso frente a la Europa Occidental se redujo a poco más de una generación. Teniendo en cuenta las tasas medias de crecimiento de Yugoslavia y Europa Occidental era cuestión de simple aritmética deducir la fecha en que alcanzaríamos el nivel de la última. Algo que ciertamente debería haberse producido en el curso de mi generación» [24] . Sin embargo, como reconoce el propio  Branko Horvat -uno de los metodólogos de la Oficina de Planificación Federal de Yugoslavia-, «autogestión obrera viene a significar que los trabajadores escogen a sus gestores y conducen a sus empresas de forma independiente. En un primer momento, no se comprendió enteramente que la independencia económica conlleva el mercado. Gradualmente esto terminó por quedar claro. El desarrollo del mercado implica también la desregulación. En 1960, cerca del 60070 de los precios eran libremente determinados por el mercado (...) En 1961 se intentó una liberalización radical, primordialmente en la esfera económica. La burocracia gubernamental, ignorante de la economía y en absoluto familiar con el funcionamiento del mercado, preparó la reforma del viejo modo administrativo sin buscar asesoramiento profesional. Se trataba de un mandato del gobierno. Sin embargo, ya no era la vieja economía administrativa. Se había convertido en una economía de mercado y reaccionaba de forma bastante violenta a medidas inadecuadas. La tasa de crecimiento cayó repentinamente. A la clase política le entró pánico. Después de dos intentos, el aparato del Estado fracasó en su intento de conseguir una explicación aceptable (...) Mientras tanto se había elegido un nuevo gobierno. Se olvidaron las lecciones de los antiguos fracasos y la reforma liberalizadora se repitió en 1965, sólo que en forma más radical. La planificación fue abandonada. El único instrumento político importante conocido y aplicado era la política monetaria restrictiva (...) En medio del fervor liberalizador, se abolió el anterior impuesto sobre los ingresos extra y los sindicatos dejaron de tomar parte en la determinación de los salarios. Puesto que los tipos de interés estaban bajos o eran negativos, el resultado era de nuevo previsible. La reforma se proyectó de tal manera que dejara toda la acumulación en las empresas, para que las decisiones de inversión pudieran adaptarse de forma autónoma y se redujera la dependencia respecto a los bancos. Los salarios continuaron creciendo rápidamente pese a que la tasa de crecimiento del PNB cayó de forma drástica. Las empresas sencillamente usaban la nueva forma de acumulación disponible para financiar los aumentos salariales. A fines del período la acumulación estaba agotada, la inversión era de nuevo financiada por los préstamos bancarios y los aumentos salariales adicionales provocaban permanentes presiones inflacionarias. En 1968 se le pidió a mi instituto que preparara para el Comité Central del Partido un informe sobre la situación económica del momento y los fallos de la reforma. Mi previsión de que la política adoptada llevaría a la inflación ofendió a los ministros presentes, que proclamaron que era una verdad a medias. Como de costumbre el consejo fue rechazado. Al año siguiente, los precios comenzaron a subir, tal y como se refleja en los precios del comercio al por menor. El impacto petrolífero de 1975 elevó los aumentos medios de los precios al 20010 anual en los próximos ocho años. La inflación se había convertido en permanente. La crisis de la deuda externa que siguió empujó la tasa de inflación en sentido ascendente hasta un 56070 anual. El deterioro económico general aceleró la inflación durante los tres años siguientes. El proceso terminó en hiperinfIación en 1989. Una radical reforma monetaria estabilizó los precios ligeramente en 1990 y se procedió a la convertibilidad de la moneda, mientras el PNB caía drásticamente. Al año siguiente estalló la guerra civil» [25] .

Así en Yugoslavia, al igual que lo sucedido anteriormente en la URSS la eclosión de la crisis económica ha contribuido a exacerbar las tensiones nacionalistas disgregadoras. Con carácter general, en tales situaciones se tiende al escapismo de la solución insolidaria. En el caso concreto del desencadenamiento del proceso de desintegración de Yugoslavia, un factor relevante lo ha constituido el hecho de que Eslovenia y Croacia hubiesen alcanzado un nivel de desarrollo económico muy superior al obtenido por los demás repúblicas integrantes de Yugoslavia. De ahí que croatas y eslovenos creyesen que obtendrían beneficio de una eventual independencia. Su actitud insolidaria no tenía en cuenta la aportación que el pueblo de las demás repúblicas yugos lavas había realizado para que ellos hubiesen alcanzado un nivel económico superior. Ese proceso ha sido así sintetizado por Emilio de Diego: «Por un tiempo pareció posible aquella difícil sociedad de hombres libres, de naciones libres, pero la autonomía creciente de las distintas repúblicas, más o menos acomodadas al modelo autogestionario, redundaba en un desequilibrio interno cada vez más acusado. Así mientras que en 1950 la renta per cápita de las regiones pobres equivalía al 65% de las más ricas, en 1971 llegaba al 50%. La disparidad en cuanto a la disponibilidad de factores básicos de producción en cada república (recursos naturales, humanos, tecnológicos, financieros, &c.) se tradujo en un desfase creciente entre Croacia _ Eslovenia por un lado y Kosovo y Montenegro por otro. Una importante amenaza, sin duda, para la convivencia futura en el deseado plano de igualdad. Las medidas adoptadas para corregir las diferencias no tuvieron éxito. El fondo de ayuda constituido desde 1965 para socorrer a las repúblicas y provincias más pobres no evitó el aumento del desequilibrio. Las desigualdades de productividad y de renta per cápita entre Eslovenia y Kosovo, por ejemplo, resultaban cada vez más abrumadoras. En este ambiente los descontentos recíprocos encuentran siempre campo abonado. Para los más desarrollados su contribución superior, en beneficio del resto, acaba pareciendo un agravio insoportable y, además, al no servir tales fondos para reducir distancias, se veían como un despilfarro inútil tendente a perpetuarse sin ningún sentido. La sensación de que los demás se mantienen a su costa se abre camino fácilmente. Pero, en el extremo opuesto, los menos favorecidos consideran su situación producto de la injusticia enraizada en un pasado más o menos próximo que ha desencadenado el enriquecimiento de aquéllos en detrimento propio y toda acción compensatoria se les antoja siempre insuficiente» [26] . Todo ello ha contribuido a que el Estado yugoslavo no haya resistido a las fuerzas disgregadoras.

En ese sentido tiene relevancia el caso de Serbia, que se encuentra en una situación intermedia ente los niveles económicos de Eslovenia y Kosovo. Los nacionalistas serbios siempre se consideraron perjudicados por la orientación de Tito, tendente a igualar los desniveles económicos existentes entre las diferentes repúblicas. El descontento serbio se expresó inicialmente en un Memorial de la Academia de Ciencias de Serbia publicado en 1986. Según tal informe, la degradación económica y social que se estaba produciendo en Yugoslavia era causada por la excesiva descentralización económica y política que había reducido al país a una serie de «microcosmos» insuficientemente productivos, prácticamente incomunicados y gestionados en medio de un enorme caos. Todo ello había perjudicado especialmente a Serbia. A partir de tal diagnóstico, la reacción de los serbios fue encabezada por Slobodam Milosevic, líder de la Liga Comunista en Serbia. Milosevic centró sus ataques en la Constitución de 1974 que, de hecho, había confederalizado a Yugoslavia. 'Según él, la división territorial impuesta por Tito había perjudicado gravemente a Serbia. Fallecido el mariscal y puesto en cuestión su legado por los nacionalistas croatas y eslovenos, habría llegado la hora de «reconstruir» las fronteras serbias, comenzando por las zonas de mayor conflictividad. Y éstas se centraban en las provincias de Kosovo y Voivodina, anteriormente subordinadas a la República de Serbia pero que con la Constitución de 1974 habían adquirido representación en la 'presidencia federal y derecho de veto. En el caso de Kosovo -especialmente sensible para los serbios por encontrarse allí la cuna de su nacionalidad y cultura- el problema se agravaba por la mayor fecundidad de la inicial minoría albanesa que con los años la había convertido en mayoritaria en la provincia. En la medida en que tal minoría fue creciendo, aumentó su malestar por la subordinación hacia Serbia que se había mantenido hasta 1974 y todo ello originó diversas manifestaciones e incidentes antiserbios. Ello hizo que a su vez los serbios se considerasen amenazados en su propio solar histórico y radica1izasen su posición antialbanesa. Como consecuencia fue creciendo la tensión entre ambas comunidades étnicas y, ya a partir de fines de la década del 70, se produjeron diversos incidentes violentos. Tales incidentes revistieron ya forma terrorista a partir de marzo de 1982, dando lugar a una represión no menos violenta de las autoridades serbias. Después se sucedieron manifestaciones contrapuestas, de carácter multitudinario, dando lugar a una situación de emergencia que acrecentó el poder de Milosevic. A comienzos de 1989 el proyecto de Milosevic par;¡la reunificación de Serbia -de hecho para sentar los cimientos de una «Gran Serbia»- mediante reformas constitucionales, cristalizaron. Las enmiendas a la Constitución de Serbia, ya claramente dominada por el ala radical del nacionalismo serbio, eliminaron de hecho la autonomía de Kosovo y Voivodina. Las autoridades de Serbia quedaron así facultad as para imponer sus leyes y reglamentos en ambas provincias autónomas, con el fin de garantizar los derechos de los serbios y, de paso, para invalidar las normas adoptadas por las instituciones provinciales y locales que, a su juicio, no se adaptasen a la legislación de la república.

Coincidiendo con esta regresión constitucional, las autoridades serbias trataron de corregir el desequilibrio étnico en Kosovo. Se decretaron medidas para fomentar el establecimiento de población serbia, ofreciendo incentivos en los campos laboral, de la vivienda y de la educación. Por el contrario, para evitar que serbios y montenegrinos ya residentes abandonasen Kosovo, se les prohibía vender sus bienes a los albaneses. Simultáneamente, en las empresas oficiales se rechazaba sistemáticamente toda petición de empleo por parte de estos últimos. Como colofón, para proclamar ostensiblemente la pertenencia de Kosovo a Serbia, más de un millón de serbios se concentraron el 28 de junio de 1989 en el célebre «Campo de los mirlos», en el que sus antepasados habían sido vencidos 600 años antes por los turcos. Una derrota y un lugar considerados, a pesar de todo, emblemáticos en la epopeya nacional serbia [27] .

La actuación serbia en Kosovo - que se podía considerar premonitoria de la realización del proyecto de la «Gran Serbia» - suscitó aprensiones y temores en las demás repúblicas yugoslavas. Sobre todo en Eslovenia y Croacia, cada vez más decididas a proseguir por la vía independentista. Con ello el proceso de desintegración de Yugoslavia alcanzó un nivel superior, ya que las relevantes minorías serbias en Croacia, Bosnia, Herzegobina, &c., temieron –basándose en anteriores experiencias históricas- por su propia supervivencia. Todo ello ha contribuido a que la República Federal de Yugoslavia no haya podido resistir a las fuerzas disgregadoras. Las consecuencias, en forma de cruenta guerra civil, odios nacionalistas, genocidios, desarticulación de la economía, &c., no pueden ser más catastróficas. Ahora bien, hasta ahora nos hemos centrado fundamentalmente en las causas internas de tal proceso de desintegración. Sin embargo, también han desempeñado un factor relevante las causas externas. En primer lugar, las derivadas del proceso que culminó con la disolución del denominado «bloque socialista», de países de Europa central y oriental, y en la propia desintegración de la URSS. La eclosión nacionalista en las repúblicas constituyentes de la Unión Soviética sirvió de ejemplo y estímulo para los nacionalismos étnicos de Yugoslavia y, especialmente, para Eslovenia y Croacia. También estimuló las tendencias separatistas, la ilusión, creada masivamente por los medios de comunicación occidentales, de que mediante la independencia podrían las repúblicas separatistas acceder fácilmente a la sociedad de consumo occidental. Complementariamente, la desintegración de Yugoslavia es también una consecuencia de los procesos de reequilibrio europeo desencadenados por el derrumbamiento del bloque del Este y el fin de la «guerra fría». Ni Croacia ni Eslovenia habrían proclamado unilateralmente su independencia -sirviendo así de detonante para el comienzo de la guerra civil interyugoslava- de no haber sido porque al servir de ese modo a los planes de expansión germánica, podían contar con el reconocimiento de la Gran Alemania. Alemania impidió así que la Comunidad Europea (CE) ejerciese una función mediadora en el conflicto e hizo imposible una política exterior común de los Estados integrados en la CE. No menos responsable es el Estado del Vaticano, de lo ocurrido en Yugoslavia. Su reconocimiento prematuro de la independencia de Croacia y Eslovenia, proporciona continuidad al apoyo que durante la II Guerra Mundial prestó a los genocidas «ustachis» croatas. Mientras se mantuviese la integridad de la República Federal de Yugoslavia, los nacionalistas serbios -tanto los ciudadanos residentes en su república como las importantes minorías serbias radicadas en Croacia, Bosnia, Herzegobina, &c., que constituyen mayoría en extensos territorios de esas otras repúblicas- estaban dispuestas a mantenerse en el plano de la presión política no violenta. Declarada, y reconocida internacionalmente, la independencia de Eslovenia y Croacia, la minoría serbia de Croacia se creyó con el mismo derecho de aplicar el principio de autodeterminación. De ahí su insurrección, frente a las nuevas autoridades croatas, y su proclamación de la República serbia de Krajina, &c. Coherente con la nueva situación es el apoyo que obtiene tanto de las autoridades de Belgrado como del Ejército ex-federal. Todavía más imprudente fue el reconocimiento de la independencia de Bosnia-Herzegovina. En su territorio se reproduce, a micro-escala, toda la complejidad étnica, lingüística y cultural del conjunto de Yugoslavia, y todavía más enrevesadamente distribuida. Empero también en buena parte concentrada en minorías croatas y serbias próximas a los territorios de sus respectivas repúblicas, aunque a su vez como minorías étnicas y religiosas en su seno. Declarada la independencia de Bosnia-Herzegovina, todas las partes tendieron, por razones de supuesta seguridad interna, a cometer las atrocidades que han sido calificadas de «limpieza étnica». Se produce así una guerra de todos contra todos en la que es difícil encontrar una parte no responsable de atrocidades, violaciones de los derechos humanos, de ataques a los convoyes humanitarios, &c. Todo ello comprobado constantemente sobre el terreno por los observadores internacionales, a pesar de la existencia de una campaña de intoxicación informativa tendente a responsabilizar exclusivamente a los serbios.

Conclusiones

Del análisis realizado, de las causas internas y externas que han engendrado el proceso de desintegración de Yugoslavia, y sus consecuencias bélicas ulteriores, se deduce su multicausalidad. También la multirresponsabilidad de las partes contendientes, sin que ello signifique que no existan grados diferentes de responsabilidad. Por ello, no es admisible el intento de responsabilizar exclusivamente a la actual República Federal de Yugoslavia (Serbia y Montenegro), al Gobierno de Serbia y a los serbios de Croacia y Bosnia. Las informaciones unilaterales que sobre el tema facilitan constantemente las grandes agencias periodísticas internacionales e, incluso, la campaña de intoxicación informativa que en ese sentido vienen realizando, ha tenido por finalidad principal crear en la opinión pública internacional un clima favorable para que se realizase una intervención militar internacional contra Serbia. La reacción de los serbios ha sido, a su vez, considerarse víctimas de una conjura internacional contra su pueblo. Si, obviamente, ese victimismo serbio no está justificado, tampoco lo estaría una intervención militar internacional que utilizase las armas contra los contendientes serbios. Ni, no menos obviamente, contra los croatas, bosnios, musulmanes, -&c. Tal intervención militar internacional estaría, a medio y largo plazo, condenada al fracaso, tanto por la orografía del territorio como por la combatividad tradicional de sus habitantes. No debe olvidarse que 35 divisiones alemanas fueron, durante la ocupación nazi, impotentes para dominar al movimiento de partisanos y que, gradualmente, éstos -convertidos ya en Ejército de Liberación Nacional- acabaron venciendo y liberando su país. Además, en la actualidad, una intervención militar internacional -que no fuese de carácter exclusivamente humanitario- lejos de solucionar los problemas actuales sólo contribuiría a agravarlos y a acrecentar el riesgo de que el conflicto se extendiese a Kosovo y Macedonia. Con ello, podría generalizarse la contienda bélica al conjunto de los Balcanes, con la participación en ella de nuevos beligerantes como podrían ser Albania, Grecia, Turquía y Bulgaria.

De inmediato, el problema más urgentes poner fin a las hostilidades en Bosnia-Herzegovina. Logrado este primer resultado podría intentarse, a medio plazo, una solución para el conjunto del territorio yugoslavo. Con todos sus defectos, el Plan Owen-Vance podría servir de base para tal solución. Para lograrlo debe mantenerse, y reforzarse, la presión internacional en forma de embargo de armas, gestiones diplomáticas, bloqueo económico de las partes contendientes que se nieguen a negociar, &c. Todos estos factores, conjugados con el cansancio de los combatientes, pueden, y deben, conducir a un armisticio que permita iniciar posteriormente la vía de una negociación efectiva entre las partes. Una solución definitiva de los problemas originados por la desintegración de Yugoslavia, sólo podrá lograrse compaginando el principio del derecho a la autodeterminación de las nacionalidades, con la necesidad de amplios espacios económicos comunes, que actualmente impone la creciente internacionalización de las fuerzas productivas y el proceso de mundialización de la economía. En consecuencia, tiene cada vez menos sentido que, en el caso de Yugoslavia -como en otros que eventualmente pudieran suscitarse-, se pretenda llevar la fragmentación estatal hasta el extremo de crear múltiples micro-Estados, como si se abriese sucesivamente una «matrioshka». En ese sentido, es significativo que ya muchos bosnios, croatas, serbios, &c., comiencen a añorar al Tito inicialmente federalista y, después, confederalista.

En el momento de producirse la fragmentación de Yugoslavia, el territorio de Bosnia-Herzegovina alcanzaba los 51.121 km2 y su población, de 4.760.000 habitantes estaba constituida por un 43,7070 de musulmanes, un 31,4070 de serbios bosnios, un 17,3070 de croatas bosnios, un 5,5070 de yugoslavos (es decir, de ciudadanos yugoslavos que no se adscribían a ninguna nacionalidad diferencial) y un 2,1070 de otras etnias. No obstante la inexistencia en su seno de una etnia o nacionalidad mayoritaria, Bosnia-Herzegovina constituía una de las repúblicas integrantes de la Federación yugoslava y así -a partir de la reforma constitucional de 1974- formaba parte de la Presidencia colegiada rotatoria anual y, como tal, disponía del derecho de veto contra la legislación o decretos ejecutivos contrarios a sus intereses. Además, a todos los efectos, los bosnios musulmanes fueron equiparados en derechos a los de cualquier otra etnia o nacionalidad yugoslava. Esta decisión fue producto de la preocupación de Tito por proteger adecuadamente los' derechos de todas las minorías yugoslavas. Así se logró que la República yugoslava de Bosnia-Herzegovina constituyese un modelo casi perfecto de sociedad multiétnica y multicultural con una armoniosa convivencia entre su población, tal y como queda reflejada en el Diario de Yugoslavia de la profesora española Luisa Fernanda Garrido [28] , que fue lectora de español en universidades yugoslavas.

Esa república bosnia, multicultural y multiétnica modélica es añorada ahora no sólo por todos los bosnios, sino también por muchos comentaristas extranjeros. Sin embargo, tal modelo ideal sólo fue posible mientras se mantuvo la unidad de la Federación yugoslava. En el territorio de Bosnia-Herzegovina se reproduce a microescala, toda la complejidad étnica, lingüística, cultural y religiosa del conjunto de Yugoslavia y todavía más enrevesadamente distribuida. Empero también en buena parte concentrada en fuertes minorías étnicas y religiosas en su seno. Así, según declaraba el 1-9-1993, el prestigioso escritor y dirigente de la oposición contra la política de Milosevic, Vuk Draskovic: «Las zonas croatas de Bosnia podrían haberse separado incruentamente, pero los musulmanes bosnios y los serbios bosnios están tan mezclados territorial y culturalmente que es imposible hacerlo sin campañas de limpieza étnica». Desde tal perspectiva, aparece cada vez más clara la responsabilidad de Alemania y de la Comunidd Europea (CE) en el desencadenamiento de la guerra en Bosnia. Si ya fue un tremendo error el prematuro reconocimiento por la CE de la independencia unilateral de Eslovenia y Croacia -impidiendo la función de mediadores imparciales que debían haber desempeñado- con el reconocimiento de la independencia unilateral de Bosnia-Herzegovina incurrieron en la máxima irresponsabilidad. Una república independiente bosnia no era viable pacíficamente sin el previo consenso de las tres partes en confrontación. Tampoco ese consenso era fácil, consideradas las fuerzas centrífugas desencadenadas por la desintegración del Estado federal, pero en todo caso era previo a cualquier solución independentista. De lo contrario, ni siquiera servía remitirse al principio del derecho a la autodeterminación de las naciones y nacionalidades. Con el mismo derecho a autodeterminarse; se estimaban dotados los serbios y croatas bosnios que los musulmanes bosnios, ya que eran ampliamente mayoritarios en diversas comarcas bosnias. Y ese derecho era tan válido para constituirse en repúblicas menores independientes, como para unirse respectivamente a los territorios contiguos de Croacia y Serbia. Declarada irresponsablemente la independencia de Bosnia, todas las partes tendieron, por supuestas razones de seguridad, a la denominada «limpieza étnica». Por ello también las tres partes debían ser presionadas para poner fin a las hostilidades. No obstante, la prolongación de la fase de negociación, entre las tres partes contendientes en Bosnia, ha ido introduciendo gradualmente diversas variantes al inicial plan de paz Vance-Owen. En la decantación final de tal proceso negociador, el eventual Estado bosnio tiende a configurarse como una confederación de comarcas autoadministradas, respectivamente, por bosnios musulmanes, bosnios croatas y bosnios serbios. Estas últimas unidas territorialmente, por contigüidad o pasillos terrestres, a Croacia y Serbia. En ese sentido, la peor parte les ha correspondido a los bosnios musulmanes y ello ha sido una consecuencia de su inferioridad militar. Para corregir ésta, se les debía haber levantado excepcionalmente el embargo de armas. En todo caso, si se confirman los acuerdos concertados en la última fase de las negociaciones entre los contendientes, los bosnios musulmanes obtendrán al menos una salida al mar que puede ser vital para su supervivencia.

Para consolidar el acuerdo que eventualmente se alcance, con el propósito de poner fin a las hostilidades en Bosnia, un recurso racional consistiría en que se aplicase sobre Bosnia -sin menoscabo de la respectiva autonomía de los bosnios croatas, serbios y musulmanes-, tal y como lo ha propuesto el denominado «Foro de Verona», un mandato de la ONU, por un plazo determinado, tal y como los desempeñó la Sociedad de Naciones entre ambas guerras mundiales. Se enfriaría así la visceralidad nacionalista actual, haciendo posible más tarde reanudar la convivencia entre los eslavos del sur, cualquiera que fuese su nacionalidad o confesión religiosa. De hecho, la contienda en Bosnia ha tenido mucho de guerra religiosa, tanto por su origen como por su fanatismo y el exceso de atrocidades. Empero es también multicausal -como anteriormente hemos expuesto-, son diversas las causas internas y externas del conflicto, tanto del general de Yugoslavia como del singular de Bosnia. También existe en tales conflictos una multirresponsabilidad, en distinta proporción naturalmente. Por ello asombra la ligereza irresponsable con la que en la última fase del conflicto han proliferado los partidarios de las intervenciones militares, en forma de bombardeos selectivos, operaciones terrestres de interposición o castigo, &c. Si ello es explicable en los casos de Clinton, Wojtyla y García Vargas no lo es en el de progresistas y pacifistas como Javier Sádaba o Mendiluce. Sólo la constante intoxicación en los diversos medios de comunicación, de imágenes e informaciones unilaterales, o manipuladas, e incluso los «shows humanitarios», pueden explicar su maniqueísmo irracional. Los bombardeos, de cualquier índole y contra cualquier contendiente, lejos de producir la paz agravan y extienden la guerra. Y no en beneficio de los bosnios musulmanes, sino de la «popularidad» de Clinton, del expansionismo germánico hacia el Adriático y de los intereses extraeuropeos.

Del estudio de las múltiples causas que han generado el conflicto general yugos lavo, y el singular bosnio, se deduce claramente la función negativa que los nacionalismos radicales y exacerbados están desempeñando, y la van a seguir desempeñando, quizás, en la nueva situación política mundial creada por la crisis del denominado «socialismo real» y la desintegración final de la URSS. Si tal proceso ha podido tener la faceta positiva, de la liquidación de la «Guerra fría» y de la carrera armamentista, tiene también la negativa de haber servido de fundamento, o de condicionalmente externo, según los casos, para una explosión de los nacionalismos que no sólo supone, en muchos aspectos, una regresión a la problemática política del siglo XIX sino también un semillero constante de nuevos conflictos bélicos. Todo ello, paradójicamente, cuando con el vertiginoso desarrollo de los medios de comunicación, la creciente internacionalización de las fuerzas productivas y el proceso de mundialización de la economía, &c., es más necesario que nunca agrupar política y económicamente territorios cada vez más vastos.

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Le Monde Diplomátique ha dedicado al tema de Yugoslavia un número extraordinario monográfico, con el titulo general de «Nationalismes. La tragédie yugoslave» (Paris, marzo de 1993). Incluye los siguientes trabajos:

Primera parte: Un ordre internationale miné. -Ignacio Ramonet, «Une regretion de la raison politique»; Ignacio Ramonet, «Un monde a reconstruire»; Jean Yangoumalé, «De I'autodétermination aux droits des minorités»; Joseph Yacoub, «Promovoir une nouvelle legalité»; George Corm, «L'Occident saisi par la violence des replis identitaires»; Alain Bihr, «L'Etat-nation vidé de sa substance»; Philippe Minard, «La peste communautaire».

Segunda parte: Une guerre annoncé. Une communaute internationale impuissante. -Juan Fernández Elorriaga, «Les nuages sombres s'accumulent»; Catherine Samary, «Tromphe du liberalisme reellement existant»; Paul Marie de la Gorge, «Miopie des grandes puissances»; Claude Julien, «Les dangers de la non-interventiom».

Tercera parte: L 'eclatement d'une federation. -Catherine Samary, «Du projet d'union libre a létouffement des diférences»; Jacques Decornoy, «Dans les griffes de l'histoire»; Aline Kiefer, «Un cinema temoim»; Catherine Samary, «Périlleuses érives en Croatie»; Catherine Samary, «La due realité de l'independance slovéne»; Catherine Lutard, «Le Montenegro est-il une nation?»; Eristophe Chiclet «L'etouffement de la Macédonie»; Marie-François Allain et Xavier Galmiche, «Le peuple interdit du Kosovo»; Catherine Samary, «Penser la paix»; Catherine Lutard, «Le feu qui couve».

Cuarta parte: Demain, l'Europe? -Paul-Marie de la Gorge, «Les risques d'extension du conflicte en Bosnie»; Antoine Sanguinetti, «Un dossier militaire qui frise I'intox»; Catherine Lafon et Jean-Claude Lamoreux, «L' A1banie prissioniére des Balkanes»; Ismail Kadáré, «Que cessent les vents chauvins»; Vuk Draskovic, «Confrontation avec la verité»; Marc Ferro, «La Russie, a son tour, menacée de demembrement?»; Thierry Maliniak, «L'Espagne Cace a l'explosion des nationalismes»; Alain Gresh, «Les ocasions manquées».

 

 
[1] José María Laso Prieto, «La explosión de los nacionalismos». Revista Nueslra Bandera, 152. Madrid,  primer trimestre de 1992. p. 26 a 33.
[2] George Haupt, Michael Lowy y Claude Weill, Los marxistas y la cuestión nacional. Fontamara. Barcelona, 1972.
[3] Op. cít.. p. 17.
[4] Op. cit., p. 20.
[5] Op. cit., p. 20.
[6] Op. cit., p. 20.