José María Laso Prieto

«Vigencia del pensamiento de Gramsci »[1]

El Basilisco nº 6,priemra época, pags 73-84, Enero- Abril 1979

Texto preparado para su edición digital por Carlos Glz. Penalva


«Admitamos que el artículo del Grido fuera el non plus ultra de la dificultad y de la oscuridad proletaria. ¿Habríamos podido escribirlo de otro modo?. Era una respuesta a un artículo de la Stampa, y en el artículo de la Stampa se utilizaba un lenguaje filosófico preciso que no era superfluo ni afectado, puesto que toda corriente de pensamiento tiene su lenguaje y su vocabulario propios. En la respuesta teníamos que mantenernos dentro del dominio del pensamiento del adversario, probar que incluso, y precisamente dentro de esta corriente de pensamiento (que es la nuestra, que es la corriente del pensamiento del socialismo no chapucero ni adolescentemente pueril) la tesis colaboracionista es un error. Para ser fáciles habríamos tenido que desnaturalizar y empobrecer una discusión que se refería a conceptos (le la mayor importancia, a l a sustancia más íntima y preciosa de nuestro espíritu. Hacer eso no es ser fáciles: es ser tramposos, como el tabernero que vende agua teñida dándola por barolo o lambrusco. Un concepto difícil en sí mismo no puede dar en fácil por la expresión sin convertirse en torpe caricatura. Y, por lo demás, fingir que la aguada torpeza sigue siendo el concepto es propio de bajos demagogos, de tramposos de la lógica y de la propaganda».

(Antonio Gramsci, de un artículo titulado Cultura y lucha de clases publicado en II Grido del Popolo el 25 de Mayo de 1918).

La vida del fundador del Partido Comunista de Italia se extinguió - después de haber afrontado con gran entereza y dignidad la dura prueba de once años de prisión fascista- el 27, de Abril de 1937. No obstante los años transcurridos desde su fallecimiento -en aquella ya lejana época del auge del nazi-fascismo internacional - el interés suscitado por la obra teórica de Gramsci lejos de aminorar tiende a incrementarse. A esta revalorización de su pensamiento, que contrasta con el eclipse casi total de otros autores que fueron sus contemporáneos - pero cuya popularidad coyuntural no ha resistido la perspectiva histórica - ha contribuido decisivamente la óptima conjunción que en Gramsci se da del teórico marxista riguroso con el dirigente revolucionario que sabe equilibrar adecuadamente «el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad».

Si bien el interés suscitado por la obra del dirigente comunista italiano no es nuevo, ya que se remonta al período inmediatamente posterior a la liberación de Italia, es en la actualidad cuando está obteniendo niveles más profundos y ámbito universal. Al impacto inicial que sus concepciones suscitaron en Europa Occidental -constituyendo en ese sentido España una excepción por su tardía difusión- ha seguido su penetración en los países anglosajones y en los Estados Socialistas. En una fase más reciente el pensamiento de Gramsci está penetrando en los países orientales. Al éxito espectacular alcanzado en el Japón se suma una demanda creciente de traducciones por parte de los países árabes que ha suscitado al Instituto Gramsci problemas difíciles de contextualización cultural.

El interés creciente que suscita el pensamiento de Gramsci se refleja también en el gran número de publicaciones que en los últimos tiempos le han dedicado números monográficos o semimonográficos: CUADERNI DI CRITICA MARXISTA, LES TEMPS MODERNES, DIALECTIQUES, NEW LEFT REVIEW, etc., así como diversos trabajos sobre temática gramsciana insertados regularmente en publicaciones académicas especializadas. Lo mismo ha sucedido recientemente en España, ya que al pensamiento de Gramsci han dedicado también distintos números: ZONA ABIERTA, MATERIALES, TAULA DE CANVI, EL VIEJO TOPO y, en menor medida, NUESTRA BANDERA, SAIDA, ARGUMENTOS, etc. Evidentemente este auge editorial y publicístico, en torno a la figura de Gramsci, no es fortuito ni coyuntural. Tiene raíces más hondas. No transcenderíamos tampoco el tópico afirmando que su pensamiento sigue vivo. Nadie puede negarlo racionalmente. Pero hay algo más. La lectura de Gramsci nos conduce al centro mismo de nuestras inquietudes y tareas en este sector de Europa, ya que ha sido el primer pensador marxista que se ha planteado con rigor la especificidad del tránsito hacia el socialismo en las sociedades industrialmente desarrolladas.

 

I. LA ETAPA CONSEJÍSTICA DE GRAMSCI

Dada la extensión que nos hemos asignado para este trabajo, no podemos realizar un análisis completo de toda la compleja problemática gramsciana. Por ello vamos a limitarnos a una síntesis - forzosamente esquemática - de las aportaciones teóricas gramscianas más relevantes desde la perspectiva de la denominada «ciencia política». Así, desde las coordenadas del aquí y ahora en que se desarrolla nuestra actividad política; debemos subrayar que la lúcida concepción de Gramsci manifiesta sobre la especificidad que en Occidente debe revestir el proceso de transición hacia el socialismo no surge en él repentinamente, inspirada en una intuición genial. Por el contrario, es producto de un largo proceso de acumulación de experiencias sociales y de una reflexión sobre las consecuencias políticas que de ellas se deducen. En consecuencia, la concepción estratégico-revolucionaria gramsciana no es homogénea, sino que va evolucionando condicionada por la necesidad de afrontar la solución de los problemas que sucesivamente plantea la lucha de clases.

En este sentido la fase periodística que caracteriza la etapa juvenil de Gramsci reviste indudable interés. Después de haber expresado, en su célebre artículo «La revolución contra «El Capital», un fervor revolucionario en el que subsistían importantes reminiscencias de su formación idealista crociana inicial, Gramsci afronta seguidamente -con una formación marxista ya más sedimentada- los problemas inéditos que suscitan las nuevas formas de organización que reviste el movimiento obrero italiano. Para poder efectuar su análisis con cierta profundidad teórica, Gramsci cuenta con un instrumento adecuado: la revista L'Ordine Nuovo. Se trata de una publicación surgida de un grupo de jóvenes vinculados a la Universidad de Turín y, en su mayoría, procedentes del Partido Socialista. En su conjunto constituían un dinámico grupo juvenil que sabía compaginar adecuadamente el mayor rigor intelectual con la superación de los prejuicios elitistas tan arraigados en los intelectuales tradicionales. En torno a la revista se creó así una atmósfera de atracción hacia el movimiento obrero que facilitó extraordinariamente su simbiosis con los Consejos de fábrica. De ahí la atención que a este interesante fenómeno social han dedicado numerosos autores desde muy diversas perspectivas. Así, para Giudicci, «La historia de L'Ordine Nuovo es la historia de una fracción del Partido Socialista, fracción creada por un pequeño grupo, del cual formaban parte Gramsci, Togliatti, Terracini, Tasca, etc., con unos objetivos inciertos y divergentes inicialmente, pero precisados después con toda claridad: derrocar el sistema capitalista en Italia». Desde otra perspectiva, la originalidad del grupo es reconocida por el liberal Gobetti, quien define la experiencia de L'Ordine Nuovo: «como uno de los episodios más originales del pensamiento marxista e incluso tal vez el primer ensayo de comprensión de Marx, por encima de caducas ilusiones ideológicas, como suscitador de acción». Todo ello es una consecuencia de la concepción que el equipo de L'Ordine Nuovo tenía de la interdependencia dialéctica entre lucha- política, lucha ideológica y lucha económica. Gradualmente, por impulso directo de Gramsci y Togliatti, se pasa de una fase de revista cultural socialista a la de foro e instrumento teórico de los Consejos obreros de fábrica.

En consecuencia, inspirándose en el análisis concreto de las experiencias de un movimiento surgido como resultado de la libre iniciativa de las masas trabajadoras - como su tesis consejista central - Gramsci considera que el Estado Socialista existe ya potencialmente en las instituciones de la vida social características de ¡a clase obre explotada. Por consiguiente, Gramsci estima que los Consejos y comisiones internas de fábrica forman órganos c la democracia obrera que podrán convertirse después órganos del poder proletario en la línea del carácter industrial que Marx preveía para la futura sociedad comunista de productores.

El objetivo de los Consejos de fábrica sería liquida toda distinción entre poder político y poder económico luchando por la emancipación y autonomía de los trabajadores considerados en su unidad, como productores, lo cuales serán simultáneamente administrados y administradores. Se trataría de creaciones revolucionarias que partiendo del lugar de trabajo, y hundiendo sus raíces en el momento de la producción, constituirían representaciones obreras emanadas directamente de las masas con un mandato imperativo v siempre revocable.

Para Gramsci el partido no es la clase y, precisamente por ello, la potencialidad de los Consejos de fábrica deriva de que pueden constituir el órgano unificador de la clase en el lugar de la producción, superando la escisión productor/ciudadano sobre la que la burguesía reproduce dominación. Sin embargo, frente a interpretaciones simplistas, que han pretendido que en esta etapa Gramsci subestima la función de partidos y sindicatos obreros, existe una sólida fundamentación científica para considerar que Gramsci les atribuía una función de orientación política y elaboración teórica (partidos) y de educación proletaria (sindicatos) de gran relieve. En ese sentido concepción gramsciana de la respectiva función de Consejos, partidos y sindicatos queda claramente delimitada finalizar el artículo publicado en L'Ordine Nuovo de 2 de Diciembre de 1919: «El Consejo, formación histórica de la sociedad, determinado por la necesidad de domina el aparato productivo, formación nacida de la conquista de la autoconciencia de los productores. El sindicato y partido, asociaciones voluntarias, instrumentos de propulsión del proceso revolucionario, agentes y gerentes de la revolución. El sindicato que coordina las fuerzas productivas e imprime al aparato industrial la forma comunista; Partido Socialista, modelo viviente y dinámico de una convivencia social que hace adherir la disciplina a la libertad y administra al espíritu humano toda la energía y entusiasmo de que es capaz». 

Por consiguiente no puede sorprender que Lenin mostrase su identificación con la línea política de L'Ordine Nuovo, ya que la búsqueda y profundización de las instituciones propias de la clase obrera no se opone a concepción leninista sino que constituye su práctica más correcta.  Ahora bien, aunque Gramsci, durante la etapa consejista, halla su inspiración en las enseñanzas de Marx y Lenin, no se limita a aplicarlas mecánicamente. Por contrario, sobre la base de generalizar científicamente las nuevas experiencias sociales originadas por el movimiento de los Consejos de fábrica, Gramsci enriquece paulatinamente el nivel de teorización que el pensamiento marxista había alcanzado en este campo. Así pronto rebasa alguna de las intuiciones geniales que Lenin apunto en El Estado y la revolución -pero que no pudo desarrollar precisamente a causa de la carga que para él supuso la dirección política de las tareas revolucionarias- realizando, en consecuencia, un tratamiento mas riguroso y sistemático de las posibilidades de desarrollo de una democracia obrera directa de base consejista. En este sentido los textos «consejistas» de Gramsci constituyen un rico acervo teórico para su eventual reactualización si un determinado desarrollo del movimiento obrero lo hiciese necesario.

 

II. GRAMSCI Y EL DESARROLLO DEL PARTIDO COMUNISTA

Superada, por el desarrollo histórico, la interesante experiencia del movimiento consejista apenas se detiene Gramsci el tiempo estrictamente necesario para efectuar su balance. Se trata, ante todo, de dar prioridad a la tarea de constituir en la realidad ese partido comunista que se daba potencialmente en el Partido Socialista. Con ello se abre una etapa, en la vida y obra de Gramsci, que comprende el período 1920-1926. En esta última etapa se inicia, con su detención, la fase de los Cuadernos de Cárcel que prácticamente llega hasta su fallecimiento en 1937. En ambas etapas continúa Gramsci elaborando su pensamiento en estrecha concatenación con los problemas de la lucha de clases va planteando sucesivamente al movimiento obrero. De tal forma el concepto central de hegemonía -que ya se daba en germen en sus escritos «consejistas»- va pasando gradualmente a un primer plano y ello le permite profundizar una vez más en su concepción del poder. La mayoría de los autores que han estudiado el pensamiento de Gramsci consideran que en la etapa postconsejista, las tesis centrales de Gramsci sobre los consejos se mantienen, pero enriqueciéndose en una síntesis más amplia, en una estrategia política global. Gradualmente Gramsci irá evolucionando desde la concepción de la «vanguardia de los Consejos» a la del «partido de vanguardia». Inicialmente Gramsci seguía considerando a los Consejos de fábrica como el instrumento más idóneo para la movilización básica de las grandes masas y para su formación antiburocrática. Empero, casi sin transición, va reforzando la función del partido, aunque este herede ciertos rasgos característicos de los Consejos y, especialmente, los que hacen de él un instrumento y vehículo histórico del «proceso de liberación interior por el cual se transforma de ejecutante en dirigente y guía de la revolución proletaria».

Poco después se produce el salto cualitativo: a partir de ese momento la fuerza propulsora de la revolución ya no es canalizada por los Consejos de fábrica sino por el partido de vanguardia, al que pasará a denominar El Príncipe Moderno a partir del estudio en la cárcel de la obra de Maquiavelo. De ahí que, en esta fase de la evolución del pensamiento de Gramsci, el partido pase a ser la forma superior de organización de la clase obrera, en tanto que Sindicatos y Consejos constituyen formas subordinadas de organización en las que se agrupan los trabajadores en la lucha cotidiana contra el capital. Sin embargo, aún estableciendo esta jerarquización orgánica -para Gramsci-, por principio, los Consejos de fábrica continúan siendo sinónimos del esfuerzo de los trabajadores en la búsqueda de un tipo de democracia revolucionaria auténtica. 

Como culminación de este proceso ideológico, el grupo de L'Ordine Nuovo se adhirió rápidamente a los promotores de una tendencia comunista, dentro del Partido Socialista, tendencia que no tardó en afirmar abiertamente la necesidad de fundar un nuevo partido más próximo a las masas trabajadoras y capaz de traducir políticamente, sobre la base nacional entera, un movimiento revolucionario definido y organizado. Esta voluntad de crear un partido como organizador y guía de las nuevas fuerzas sociales, que él veía en estado anárquico en las masas populares, es lo que va a aportar un cambio a la acción política de Gramsci. La justificación ideológica del Partido es posterior al empleo que realiza de su concepción. Esta justificación aparecerá claramente sólo en los Cuadernos de Cárcel. Y efectivamente, el 21 de Enero de 1921, en el Congreso de Livorno, Aceda constituido el Partido Comunista de Italia. Su núcleo fundamental radica en la tendencia comunista que dirige Bordiga y a la cual se suma al sector ordinovista con todo el peso de su prestigio intelectual. 

Entre tanto, al finalizar I920, L'Ordine Nuovo había dejado de aparecer semanalmente y desde el 1 de Enero de 1921 se convierte en diario, bajo la dirección de Gramsci, con un lema en la portada que pronto adquirirá gran popularidad: «En política de masas, decir la verdad es revolucionario». A partir de ese momento, tanto en sus páginas como en una correspondencia creciente, Gramsci se esfuerza por contribuir a resolver los problemas que va suscitando el desarrollo del partido. El momento es difícil, pues se trata de una etapa de reflujo de la ola revolucionaria, después de la derrota del movimiento consejista, y del auge del fascismo que ya preludia su conquista del poder a través de la marcha sobre Roma. 

En esta etapa de su actuación, que se recoge en sus escritos sobre la formación del Partido Comunista, Gramsci libra simultáneamente la lucha en tres frentes: en una polémica interna contra el sectarismo de Bordiga, en un esfuerzo por dirigir el partido según las orientaciones de la Internacional Comunista y, finalmente, en un prolongado combate contra el Partido Socialista para hacerse con la dirección política y cultural de las masas. Pero no por ello abandona otras actividades. Así en I926, último año de su libertad, Gramsci elaboró uno de los trabajos teóricos más representativos de su pensamiento político. Se trata del ensayo titulado Algunos temas de la cuestión meridional [2]   publicado posteriormente en el por la revista Lo Stato Operario, con la siguiente nota de su redacción: «El escrito no está completo y verosímilmente el autor lo habría retocado aquí ó allí. Nosotros lo transcribimos, sin ninguna corrección, como el mejor documento de un pensamiento comunista incomparablemente profundo, fuerte, original, rico en los mejores análisis». 

Aunque, por razones de espacio, no podemos dedicar a este trabajo de Gramsci la extensión debida tampoco queremos hurtar al lector la parte en que, con gran lucidez, se plantea por primera vez la función de los intelectuales orgánicos del bloque dominante:

«... La sociedad meridional es un gran bloque agrario constituído por tres estratos sociales: la gran masa campesina amorfa y disgregada, los intelectuales de la pequeña y mediana burguesía rural, los grandes propietarios terratenientes y los grandes intelectuales. Los campesinos meridionales se encuentran perpetuamente en fermentación, pero como masa son incapaces de dar una expresión centralizada a sus aspiraciones y necesidades. El estrato medio de los intelectuales recibe de la base campesina el impulso para su actividad política e ideológica. Los grandes intelectuales, en el terreno ideológico, y los grandes propietarios, en el terreno político, centralizan y dominan, en última instancia, todo este conjunto de manifestaciones. Como es natural, la centralización se verifica con mayor eficacia y precisión en el campo ideológico. Por eso Giustino Fortunato y Benedetto Croce representan la clave de bóveda del sistema meridional y, en cierto sentido, son las figuras máximas de la reacción italiana».

Y, preludiando su futura distinción entre los conceptos de intelectual orgánico e intelectual tradicional, agrega: «Los intelectuales meridionales son un estrato social de los más interesantes de la vida italiana». Basta pensar que más de los 3/5 de la burocracia estatal está constituida por meridionales para aceptar esta afirmación. Ahora bien, para comprender la particular psicología de los intelectuales meridionales hay que tener en cuenta algunos datos de hecho: 

1)En todos los países el estrato de los intelectuales ha quedado radicalmente modificado por el desarrollo del capitalismo. El viejo tipo de intelectual era el elemento organizativo de una sociedad de base campesina y artesana predominante; para organizar el Estado, para organizar el comercio, la clase dominante cultivaba un determinado tipo de intelectual. La industria ha introducido un nuevo tipo de intelectual: el organizador técnico, el especialista de la ciencia aplicada. En las sociedades en que las fuerzas económicas se han desarrollado en sentido capitalista hasta absorber la mayor parte de la actividad nacional, este segundo tipo de intelectual ha prevalecido, con todas sus características de orden y disciplina intelectual. En cambio, en los países cuya agricultura ejerce una función todavía notable o incluso preponderante, sigue prevaleciendo el viejo tipo, el cual da la parte mayor del personas del Estado y ejerce también localmente, en el pueblo y el burgo rural, la función de intermediario entre campesino y la Administración en general. En la Italia meridional predomina este tipo con todas sus características: democrático en su cara campesina, reaccionario en cara que dirige al gran propietario y al Gobierno,  corrompido, desleal; no se comprendería la tradicional figura de los partidos políticos meridionales si no se tuvieran en cuenta los caracteres de este estrato social [3] .

 En definitiva al abordar, por primera vez en forma sistemática, los problemas de la Italia rural -en este relevante trabajo sobre La cuestión meridional- Gramsci plantea concretamente el tema de la «dictadura del proletariado». Es decir, el de la premisa ideológica para creación de la base social del Estado obrero. Para lograrlo el proletariado debe despojarse de todo residuo de corporativismo y así estar en condiciones de crear un sistema de alianzas de clase que le permitan erigirse en clase dominante y dirigente. De este modo el proletariado urbano como protagonista moderno de la historia de Italia, destruirá el bloque histórico constituido por los terratenientes del sur y los industriales del norte creando así 1as condiciones para una sólida alianza con las masas campesinas. Para ello es prerrequisito que los intelectuales orgánicos de la clase obrera atraigan a los intelectuales ligados al bloque agrario que, en forma de bloque intelectual ideológico, constituyen el cemento que aglutina a éste. O enunciado en sus propias palabras, «El proletariado destruirá el bloque agrario meridional en la medida que logre, a través de su partido, organizar en estructuras autónomas e independientes la mayor cantidad de mas campesinas pobres. Logrará esto más o menos lentamente, cumpliendo con su deber obligatorio, pero es logro está subordinado a su capacidad de disgregar bloque intelectual que es la armadura flexible pero muy resistente del bloque agrario» [4] .

 

III.BLOQUE HISTÓRICO Y HEGEMONÍA

En Noviembre de 1926 Gramsci es detenido, a pesar de la inmunidad parlamentaria de que gozaba como diputado. Por parte del régimen fascista se trataba, ante todo, de descabezar el movimiento obrero privándole de su más relevantes teóricos y hombres de acción. Al darse en Gramsci tan plenamente ambas facetas, de todo dirigente marxista auténtico, la represión se ceba especialmente en él. En junio de 1928 es condenado a más de veinte años de prisión, por el Tribunal Especial de Defensa del Estado, tras una violenta requisitoria del fiscal que, refiriéndose a Gramsci, afirmó: «Hemos de impedir durante veinte años que este cerebro funcione». No se cumplió empero este designio fascista ya que, a pesar de las difíciles condiciones de prisión y de padecer diversas enfermedades, Gramsci mantuvo durante su permanencia en la cárcel una intensa actividad intelectual. Tan abnegado esfuerzo no fue por ello baldío en su doble faceta cuantitativa y cualitativa. Las casi tres mil páginas de los 32 cuadernos que Gramsci cubrió en once años de prisión con notas y apuntes constituyen una de las aportaciones más importantes realizadas por un sólo pensador a la problemática de nuestra época. La elevada calidad de la aportación teórica que Gramsci realiza en sus Cuadernos de Cárcel, al acervo común del pensamiento marxista, halla su fundamento epistemológico en el rigor científico con que plantea sus investigaciones.

Gramsci comienza su investigación estudiando la función que los intelectuales desempeñan en las sociedades divididas en clases antagónicas y, con esta finalidad formula su ya clásica definición de los intelectuales orgánicos: «Cada grupo social, naciendo en el terreno propio de una función esencial en el mundo de la producción económica, crea con él orgánicamente, una o varias capas de intelectuales que le dan su homogeneidad y la conciencia de su propia función no solamente en el terreno económico, sino igualmente en el terreno social y político» [5] .

Coherentemente, si son los intelectuales los que homogenizan la conciencia política de una clase social, en nuestra etapa histórica, serán los intelectuales orgánicos del bloque dominante los responsables de la difusión de la ideología burguesa y de la aceptación generalizada de ésta, bajo la forma de sentido común popular, por las masas explotadas. Ahora bien, Gramsci no realiza esta constatación con la fría y distante asepsia de algunos sociólogos contemporáneos. En él, pensador y hombre de acción constituyen un todo orgánico. Por ello no puede limitarse a la mera descripción generalizada propia de la sociología empírica. Como combatiente, Gramsci es consciente de que... «para que un equipo subalterno llegue a ser completamente autónomo y hegemónico, suscitando un nuevo tipo de Estado, es preciso elaborar los conceptos más universales, las armas ideológicas-más refinadas y decisivas» [6] . Y a esta importante tarea se entrega con su rigor habitual.

Frente a simplificaciones mecanicistas, tan frecuentes por entonces en el marxismo italiano, Gramsci se plantea... «el punto de partida para el estudio de la acción de los hombres en la realidad histórica concreta». Habiendo valorado, desde esta perspectiva, la importancia de la función de los intelectuales en el logro, por el bloque dominante, del consenso de las masas explotadas, Gramsci retoma su concepto de hegemonía ya esbozado en sus trabajos anteriores sobre el movimiento consejista y la cuestión meridional. Se trata de elaborar el concepto con todo rigor y así estar en condiciones de proporcionarle la operatividad necesaria para la finalidad de emancipación social perseguida.

Gramsci reconoce explícitamente que la paternidad del concepto de hegemonía debe atribuirse a Lenin ya que «constituye la más genial aportación de Ilich a la filosofía de la praxis». Podría incluso ser equivalente al concepto de «dictadura del proletariado» en el sentido de que ésta no está sólo constituida por la coerción hacia los adversarios sino también por la dirección de los aliados. En esa perspectiva la dictadura del proletariado sería la forma política y estática en que se realiza la hegemonía, mientras que la hegemonía estaría constituida por el momento en que se realizan las alianzas que constituyen la base social necesaria de la dictadura del proletariado. Sin embargo, a pesar del explícito origen leninista del concepto de hegemonía, Gramsci tuvo oportunidad de elaborarlo a niveles de mucha mayor profundidad teórica al interrelacionarlo con el de bloque histórico. Es decir, -en la concepción gramsciana- de un complejo, determinado por una situación histórica dada, constituido por la unidad orgánica de la estructura y la superestructura.

En realidad, para Gramsci, sólo existe bloque histórico cuando la hegemonía de una clase sobre el conjunto de la sociedad logra realizarse. Es la ideología de la clase dominante, «interiorizada» socialmente mediante los aparatos ideológicos constituidos por los medios de comunicación, la educación y enseñanza, la Iglesia, las Fuerzas Armadas, etc., lo que permite a la clase dominante soldar en torno a sí un bloque de fuerzas sociales diferentes. En consecuencia, no es admisible -como lo han realizado algunas interpretaciones mecanicistas- reducir el bloque histórico a una formulación científica del problema de las alianzas de clase. Por el contrario, para Gramsci, en la constitución del bloque histórico es fundamental la función de los intelectuales actuando a nivel superestructural para fraguar la unidad orgánica entre estructura y superestructura. En la constitución de esa unidad los intelectuales orgánicos de la clase dominante deben atraer a los intelectuales tradicionales hasta la formación de un bloque ideológico que, controlando la sociedad civil, obtenga el consenso de las clases subalternas. Con ello la clase dominante, que sostiene firmemente las riendas de la economía a nivel estructural, consigue, gracias al bloque ideológico, asegurar su supremacía a nivel superestructura) y, de ese modo, asentar su hegemonía sobre el conjunto del cuerpo social.

En los textos de Lenin el concepto de hegemonía aparece ante todo como hegemonía política. Gramsci concede gran valor al concepto de hegemonía política -incluso valor filosófico ya que, como se recordará, la política es un elemento esencial de la filosofía de la praxis- pero distingue también otra forma de hegemonía: la hegemonía ideológica. Así para Gramsci «La supremacía de un grupo social (clase) se manifiesta de dos maneras: como «dominación» y como «dirección intelectual y moral». Un grupo social ejerce la dominación sobre grupos adversos, a los que tiende a liquidar o someter, incluso por la fuerza de las armas, y dirige a los grupos que le son próximos o aliados. Un grupo social puede, e incluso debe, ser dirigente antes de conquistar el poder gubernamental. Y esta es una de las principales condiciones para la conquista del poder en sí mismo. Después, cuando ejerce el poder, incluso si lo detenta con firmeza, se convierte en grupo dominante, pero debe seguir siendo el grupo dirigente» [7]

En este texto hegemonía implica dirección y dominación. La crisis revolucionaria se manifiesta como crisis de hegemonía cuando dominación y dirección se encuentran disociadas. Pero la conquista del poder, por parte de las clases dominadas, exige de entrada que pongan en práctica una capacidad de dirección tanto cultural como política.

Tratando de precisar las diferentes articulaciones del concepto de hegemonía, Gramsci repetía a menudo esta definición a Lenin: «Los partidos son la nomenclatura de las clases sociales». «Pero, para Gramsci -según acertadamente señala Umberto Cerroni- las relaciones entre partidos y clases sociales no tienen nada de automáticas. Por ejemplo, no es suficiente ser obrero para ser comunista... La complejidad de una tal relación remite precisamente al concepto de hegemonía. La clase (o las clases) en el poder dirige al mismo tiempo que domina, gana para las soluciones que propone masas suficientes para constituir la base del propio poder, aunque los intereses reales de estas masas están en oposición con sus soluciones. Todo ello se realiza mediante la política, el savoir faire político de la clase dirigente. Pero la política no basta, tiene que intervenir la ideología. Esta ideología que la clase dominante (capitalista, por ejemplo) hace penetrar en las masas populares mediante los diversos aparatos ideológicos públicos o privados. Pues es precisamente la ideología la que permite a la clase dominante soldar a su alrededor un bloque de fuerzas sociales diferentes. El «bloque histórico» es un conjunto de fuerzas contradictorias cuyos antagonismos, que de otro modo estallarían, son mantenidos juntos, tanto por la ideología (dirección) como por la dominación y por la política (dirección + dominación) [8] .

En este contexto Gramsci utiliza el término hegemonía política para reflejar la impronta de la sociedad civil sobre la sociedad política en tales situaciones. Se hace preciso distinguir entonces la hegemonía que expresa la primacía ideológica de una clase y se prolonga normalmente por la hegemonía exclusivamente política de la dictadura. Por el contrario, Gramsci utiliza los términos dictadura o dominación para definir la situación de un grupo social (o clase) no hegemónico que domina la sociedad exclusivamente por medio de la coerción, debido a que detenta el aparato del Estado. Este grupo no tiene -o ha dejado de tener si ya la tuvo- la dirección ideológica.

Según Hugues Portelli, estas situaciones de crisis del bloque histórico son, para Gramsci, situaciones intermedias en espera de la construcción (o reconstrucción) de un sistema hegemónico:.. «el periodo de la primacía de la sociedad política, o dictadura, es un período de transición entre dos períodos hegemónicos, aunque no por eso debe ser subestimado, ya que la clase que lo detenta puede aprovechar la ocasión para diezmar la sociedad civil de sus adversarios. Es lo que hizo la burguesía durante el período fascista decapitando los cuadros liberales y revolucionarios. Así aunque la hegemonía y la dictadura pueden estar combinadas, su carácter aparece sin embargo bien delimitado: frente a la hegemonía, donde domina la sociedad civil, la dictadura representa la utilización de la sociedad política» [9] .

Desde la perspectiva que proporciona su profundización en la problemática de la hegemonía ideológica, Gramsci profundiza más que Lenin en valorar la importancia del consenso de las masas explotadas y, en consecuencia, matiza más que Lenin la función social del Estado sin limitarla a constituir un mero instrumento represivo y «Consejo de Administración» de la clase dominante. De ahí también que Gramsci comprenda mejor que Lenin -aunque en este se dio una interesante autocrítica por la impronta «excesivamente rusa» de que se había impregnado la Internacional Comunista- la necesidad de una estrategia revolucionaria específica para las sociedades desarrolladas de Occidente que permita romper mejor el amplísimo consenso que en la sociedad civil ha obtenido la burguesía.

Después de haber reflexionado profundamente acerca del fracaso de los movimientos revolucionarios en Occidente, durante la década del veinte, Gramsci se planteó, ante todo, la tarea de contribuir a resolver el problema suscitado por la necesidad de que el proletariado italiano afrontase seriamente la conquista del poder.

Y no solo del poder político, entendido como expresión directa de la sociedad política, sino también la captación del consenso popular preciso para hacerse con la hegemonía de la sociedad civil. Así trataba Gramsci de eludir los graves errores tácticos y estratégicos cometidos en Alemania, Hungría, etc. mediante la aplicación mecánica de la experiencia de la Revolución de Octubre a países donde se daban condiciones muy distintas a las que se dieron en los territorios sometidos a la autocracia zarista. Sin embargo, el análisis realizado en su extraordinariamente lúcido trabajo Guerra de movimiento y guerra de posición transcendía el marco concreto italiano y pasaba a ser paradigmático de todas las sociedades industrializadas. Para Gramsci ya no se trataba sólo de que en Octubre se hubiese producido -según la acertada formulación de Lenin- la ruptura del eslabón más débil de la cadena imperialista a consecuencia de las contradicciones engendradas por la Primera Guerra Mundial. Ese fue un factor coadyuvante, como detonador, de un proceso explosivo propiciado, porque en la vieja Rusia «el Estado lo era todo y la sociedad civil resultaba primitiva y gelatinosa». Pero en las condiciones de las sociedades industrializadas de Occidente, la situación es muy distinta. En ellas la burguesía realizo en su momento la revolución u obtuvo por uno u otro medio el dominio del aparato estatal. Después -antes, o simultáneamente, según los casos- tuvo lugar un amplio proceso de sedimentación histórica en que ese dominio coercitivo se complementó con la dirección moral e intelectual de las masas subordinadas. Es decir, con la imposición de la hegemonía ideológica, que aseguró el consenso popular en una medida jamás obtenida en etapas anteriores de la historia de la explotación del hombre por el hombre.

Con ello el elemento represivo, propio de la sociedad política, se mantiene generalmente en estado potencial y sólo en forma excepcional, en los momentos de ruptura en que se producen las «crisis orgánicas», requiere ser utilizado por la clase dominante o hegemónica. De ahí la potencia inusitada que adquieren las superestructuras propias de este tipo de sociedades y que les permiten sortear crisis tan espectaculares como el Mayo francés. En tales condiciones no cabe plantearse únicamente, como en el Octubre soviético, el ataque frontal a la trinchera estatal. Gramsci considera que en Occidente esa trinchera posee también una serie de fortines y búnkers, escalonados a diversas profundidades, que constituyen los puntos neurálgicos de una sociedad civil sumamente desarrollada. Manteniendo la expresiva metáfora bélica gramsciana, cabe considerar a los intelectuales orgánicos, del bloque dominante, como los ingenieros que han construido esas líneas complementarias de defensa y, asimismo, como los oficiales militares que las mantienen. Pero no se trata de francotiradores aislados, como sería propio del concepto tradicional de intelectual, sino de cuadros militares organizados como fuerza coherente. Y cada clase social hegemónica, o que aspira a serlo, debe crearse sus propios cuadros intelectuales. Tales cuadros se vinculan, orgánicamente, a su clase de origen, o de adopción, y la homogeneizan ideológicamente.

En consecuencia la clase obrera de cada país, si aspira seriamente asumir la función hegemónica que le corresponde en el desarrollo social, debe afrontar con decisión la creación de sus propios intelectuales orgánicos y la captación de los tradicionales que han quedado desvinculados de su clase originaria. Estos «funcionarios de la superestructura» como les calificaba Gramsci, asumen la función de promotores del ejercicio de la hegemonía. Si se trata de los intelectuales orgánicos de la nueva clase ascendente, abordan la elaboración de su ideología, le proporcionan conciencia de su papel y acaban transformándola en concepción del mundo que se irá difundiendo por todo el cuerpo social. Para la mayor eficiencia de su labor, deben asumir con rigor la función de críticos de la cultura imperante. Ello ofrece grandes posibilidades en cuanto a proporcionar la contribución precisa para producir el debilitamiento del consenso anterior y simultánea concienciación de la clase emergente. Con el desempeño de estas funciones, los intelectuales abordan la tarea de establecer los necesarios nexos orgánicos entre estructura y superestructura, que dan lugar al fenómeno del bloque histórico concebido no mecánicamente, sólo como alianza de clases, sino también como unidad orgánica de esa estructura y superestructura.

De la síntesis, forzosamente esquemática, que hemos realizado de algunas de las aportaciones conceptuales gramscianas, a un análisis sistemático de las tareas con que se enfrentan los trabajadores occidentales, se deduce claramente la gran fuerza y lucidez de su pensamiento. De ahí su vigencia. O, más precisamente, su creciente actualidad, a medida que la problemática contemporánea se centra cada vez más en el tema que constituyó su contribución fundamental. Se produce asimismo una valoración de otros análisis gramscianos, que también desempeñan un importante papel dentro de su muy diversificada temática. Así, por ejemplo, su juicio, plenamente justificado por el desarrollo histórico posterior, del fascismo. No menos lúcida resulto su formulación de la política de alianzas de clase en la que hallaron expresión operativa, en los planos estratégico y táctico, algunas de las categorías que Gramsci aportó a la ciencia política: bloque histórico, hegemonía, estatolatría, jacobinismo, cesarismo,revolución pasiva, crisis orgánica, transformismo, etc. O, dicho de otro modo, la creación de los instrumentos conceptuales mediante los que aborda finalmente la problemática de la ruptura del bloque dominante y de la creación revolucionaria de un nuevo bloque.

No obstante los años transcurridos desde su formulación, continúan vigentes los principios básicos de la proyección estratégica gramsciana. En Italia constituye el fundamento teórico de la línea del Partido Comunista y de otras organizaciones marxistas. Diversos trabajos teóricos de Togliatti, Napolitano Berlinguer, Améndola. Ingrao y otros líderes marxistas italianos se remiten a esos fundamentos como la base científica ineludible que, incorporando las modificaciones surgidas en el desarrollo experimentado por el país, permite trazar las perspectivas para los avances ulteriores del movimiento de emancipación de los trabajadores. Este rico acervo teórico gramsciano, debidamente actualizado, es precisamente el que ha permitido al movimiento obrero italiano liberarse, antes y con mayor amplitud, de los corsés dogmáticos que durante mucho tiempo han dominado a sus compañeros de diversos países. En este sentido, aunque con importantes aportaciones ulteriores de Togliatti, las concepciones de Gramsci constituyen el antecedente teórico ineludible del fenómeno que actualmente se conoce bajo la poco rigurosa denominación de eurocomunismo. Dada la relevancia que el factor consenso popular desempeña en la estrategia política gramsciana se produce una mas íntima conexión entre democracia y socialismo. Si, como propugna Gramsci, el bloque histórico emergente, hegemonizado por la clase obrera, logra extender su hegemonía sobre el conjunto de la sociedad, con ello se produciría coherentemente el debilitamiento de la sociedad política y, por lo tanto, de la coerción. Es en esa medida que Gramsci califica de «democrática» a la hegemonía. La sociedad política se ve así reducida a una función de apoyo y tiende incluso a integrarse en la sociedad civil. En una perspectiva mas lejana, se abren posibilidades más racionales de realización de la aspiración marxista de una extinción final del Derecho y el Estado -en la época culminante del desarrollo humano constituida por la, sociedad comunista- ya que la estrategia gramsciana implica que el nuevo bloque emergente del proletariado lograra un consenso todavía mas amplio, que el de las anteriores clases dominantes, en el que la hegemonía de la clase obrera prepare las condiciones precisas para el nacimiento de una sociedad regulada en la que desaparezca la función represiva del Estado.

Gramsci también se preocupó de que en lo que -utilizando la terminología actual- podría calificarse como la estrategia de un socialismo en libertad, no hubiese incoherencias orgánicas. Es decir, que hubiese plena adecuación entre los principios de organización del partido de la clase obrera y su estrategia política. Con ese propósito Gramsci elaboró una serie de textos teóricos sobre la función dirigente de dicho partido en el sentido que, en su época, Maquiavelo atribuía al Príncipe. No obstante, Gramsci considera que actualmente el «Príncipe Moderno» ya no puede ser una figura individual, sino un ente colectivo que agrupe a los sectores más conscientes de la clase ascendente. Al igual que Lukacs, Gramsci concibe al Partido de la clase obrera como un «intelectual colectivo», ya que figuras geniales como las de Marx, Engels y Lenin sólo se dan excepcionalmente, debiendo ser sustituidas, como elaboradores teóricos, por ese «intelectual colectivo» que es el Partido. Para conseguirlo preciso estar en alerta permanente a fin de evitar que centralismo democrático pueda degenerar en centralismo burocrático. Según Gramsci, «la burocracia es la fuerza rutinaria y conservadora mas peligrosa: si acaba por constituir un cuerpo solidario que exista en sí y que se siente independiente de la masa, el Partido acaba por haces anacrónico y, en los momentos de crisis, se encuentra vaciado de su contenido social y como suspendido en aire [10] . De ahí que el Partido sólo pueda devenir intelectual cual colectivo si sus militantes no se limitan a ser meros ejecutores mecánicos de una línea política elaborada por la dirección, para constituirse en elaboradores y aplicadores creativos de una estrategia y táctica política que producto del esfuerzo colectivo.


SELECCIÓN BIBLIOGRÁFICA DE ANTONIO GRAMSCI

Una bibliografía completa de Gramsci y de los trabajos elabora sobre su pensamiento, o en aplicación de éste, desbordaría los límites espaciales disponibles. Por ello nos limitamos a una selección amplia pero no exhaustiva.

A) Obras publicadas por Einaudi, de Turín:

Scritti giovenili (1914-1918) 1958. (4a Edición en 1975).
L'Ordine Nuovo (1919-1920) 1954. (3a Edición en 1)70).
Sotto la Mole (1916-1920) 1958. (21 Edición en 1971).
Socialismo e fascismo (1921-1922) 1966. (4a Edición en 1971).
La construzione del Partito Comunista (1923-1926) (41 Edición en 1974).
Quaderni del Careen: Los Cuadernos de la Cárcel han sido publicados en seis volúmenes:
Il materialismo storico e la filosofía di Benedetto Croce 1948. (10a Edición en 1974).
Gli intelletuali e l'organizzazione della cultura 1949 (10a Edición en 1974).
I1 Risorgimento. 1949 (111 Edición en 1974).
Note sul Machiaveli, tulla politica e tullo stato moderno. 1949. (8' Edición en 1974).
Letteratura e vira nazionale. 1950 (8a Edición en 1974). Passato e presente. 1951 (7a Edición en 1974).
Lettere del careen. 1947 (110 Edición en 197 i).
Otras publicaciones de Gramsci en italiano.
2000 pagine di Gramsci. Milán. II Saggiatore. 1964. Selección de textos por Giansino Ferrata y Nicollo Gallo, precedida de una introducción del primero.
Inediti da¡ Quaderni del Carcere. Rinascitá. anno 24 15. (14 Abril 1967).
La formazione del gruppo dirigente del partito comunista italiano, publicado bajo la dirección de PalmiroTogliatti. Editori Riuniti. Roma, 1902.
La Question meridionale. Roma, Riuniti, 1966. Granco de Felice y Valentino Parlato presentan una colección de textos de Gramsci sobre el problema del sur de Italia.
Scriti 1915-1921: Milano, 1 Quaderni de II Corpo, 1968. Sergio Caprioglio presenta 120 artículos no publicados por Ediciones Einaudi sobre el período 1915-1921.
Scritti politici, Roma, Riuniti, 1967. Antología de textos políticos de Gramsci anteriores a su detención. Selección, introducción y notas de Paolo Spriano.
Americanismo e jordismo. Universale económica. Milano, 1950.
Trenta anni di vira e lona del PCI, .Quaderni di Rinascita, núm. 2. Incluye las Tesis de Lyon, 1951.
Antología popolare degli scritti e delle lcttere. Recogida y presentada por C. Salinari y
M. Spinella. Editori Riuniti, Roma, 1966. Scritti (1915-192 1) Quaderni de «II Corpo», 1968.
Antonio Gramsci parla del partito. Scritti e Citazioni. Ed. B. Verona, 1971.
L'Alternativa Pedagogiga, Antologia. La nuova Italia, Firenze, 1972.
Il Consigli e la critica operaia alla produzione. Servire il popolo. Milano, 1972.
La Lota per edificazione del Partito Comunista. Servire il popolo. Milano, 1972.
Il Vaticano e L'Italia. Editori Riuniti, Roma. Prefacio de A. Cecchi, 1967.
Sul Risogimento. Editori Riuniti, Roma. Prefacio de G. Candeloro, 1967.
I1 Vaticano e L'Italia. Editori-Riuniti, Roma. Prefacio de A. Cecchi, 1967.
Su¡ Risorgimento. Editor¡ Riuniti, Roma. Prefacio de G. Candeloro, 1967.
La formazione dell'oumo. Escritos pedagógicos presentados por G. Urbani. Editori Riuniti, Roma, 1967.
Gramsci e L'Ordine Nuovo. Editori Riuniti, Roma, 1965.
Elementi di politica. Selección a cargo de Mario Spinella. Editori Riunitti, Roma, 1972.
Per la veritá. Edición a cargo de R. Martinelli. Roma, Riunitti, 1976.

B) Nuevas Ediciones de Los Cuadernos de Cárcel.

Además de la edición temática publicada por Einaudi en las Opere hay otras dos ediciones en italiano:
  • Una edición crítica con ordenación cronológica de los Quaderni: Quaderni del carcere(edición crítica del Instituto Gramsci preparada por Valentino Gerratana), 4 volúmenes. Torino, Einaudi, 1975.
  • Una edición intermedia que sigue la ordenación temática de la edición original de Elinaudi y aprovecha el aparato crítico de la edición preparada por Gerratana.
  • Quaderni del carcere (con una introducción de L Gruppi. Roma, Reuniti, 19771. Se la considera la más asequible para un lector no especializado

OBRAS DE GRAMSCI EN ESPAÑOL

No existe todavía ninguna edición castellana completa de las obras de Gramsci. La selección más amplia de escritos anteriores y posteriores a 1926 publicada hasta ahora es:

  • A.G. Antología (selección, traducción ynotas de Manuel Sacristán) Madrid, Siglos XXI de Ediciones, 1974 (2a Edición). la primera edición es de México, 1970.
  • Una selección de artículos políticos de Gramsci mucho más reducida en: A.G. Pequeña Antología política (traducción de Juan Ramón Capella) Barcelona, Fontanella, 1974.
  • Cartas de la Cárcel: Lautaro, Buenos Aires. Traducción de G. Moner y prólogo de G. Bermann. 1950 y 1958. Otra edición en Madrid, por Edicusa, data de 1975.
  • El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce. Editorial Lautaro, Buenos Aires. Traducción de 1. Flambaun y prólogo de Héctor P. Agosti, 1961 (reeditado por Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1971). También hay una edición de Ediciones Revolucionarias, La Habana, 1966.
  • Los intelectuales y la organización de la cultura. Lautaro, Buenos Aires, 1960 (reeditado por ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1972).
  • Literatura y vida nacional. Lautaro, Buenos Aires. Traducción de José Aricó y prólogo de Héctor P. Agosti, 1961.
  • Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno. Lautaro, Buenos Aires. Traducción y prólogo de José M. Aricó, 1962 (reeditado por Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1972).
  • Cultura y literatura. Ediciones Península, Barcelona. Traducción y selección de J. Solé Tura, 1967.
  • Pasado y Presente, Gránica Editor, Buenos Aires, 1974.
  • La alternativa pedagógica, selección de textos a cargo de A. Manacorda. Nova Terra, Barcelona, 1976.
  • La construcción del Partido Comunista. Con prólogo de Juan Calatrava. Madrid, Dédalo Ediciones, 1978.
  • Introducción a la Filosofía de la praxis. Selección y traducción de J. Solé Tura, 1970. Hay una segunda edición de 1972. Ediciones Península. Barcelona.
  • La política y el Estado Moderno. Península, Barcelona Traducción de J. Solé Tura, 1971.
  • Maquiavelo y Lenin. Notas para una teoría marxista. Editorial Nacimiento, Santiago de Chile. Selección y prólogo de Osvaldo Fernández, 1971.
  • Contra el pesimismo, previsión y perspectiva. Ediciones Roca, S.A. México, 1973.
  • Consejos de fábrica y estado de la clase obrera. Ediciones Roca, S.A. México, 1973.
  • Notas críticas sobre una tentativa de «Ensayo popular de sociología» publicado en
  • Cuadernos de Pasado y Presente. Córdoba, 1974.
  • La constitución del partido proletario. Latina, Buenos Aires, 1976.
  • El Caporetto del frente interior. Texto publicado en Revolución y democracia en Gramsci. Editorial Fontamara, Barcelona, 1976.
  • La formación de los intelectuales. Publicado en La función social y política de los intelectuales. Taller de Sociología, Madrid, 1977.
  • Revolución Rusa y Unión Soviética. Editorial Torres. Barcelona, 1976.
  •  Debate sobre los Consejos de fábrica. Anagrama. Prólogo de F. Fernández Buey. Barcelona, 1977.
  • Los usos de Gramsci, comprende sus «Escritos Políticos» (1917-1933) con una amplia introducción de Juan Carlos Portantiero. Cuadernos de Pasado y Presente. Distribuído por Siglo XXI, México, 1977.
  • El «Risorgimento., con una amplia introducción de Manlio Macri, Gránica Editor, Buenos Aires, 1974.
  • Gramsci y otros Consejos Obreros y Democracia Socialista. Cuadernos de Pasado y Presente. Córdoba, 1972.
  • La formación de los intelectuales. Colección 70. Editorial Grijalbo. México,1970.

OBRAS DE GRAMSCI EN FRANCES:

  • Lettres de prisión. Editions Sociales. Traducción de J. Noaro y prólogo de Togliatti, 1958.
  • L'organisation de l'eco/e et de la cultura. Europe, núm. 3. Traducción de M. Soriano, 1955. 
  • A. Gramsci, textes de 1919-1020. Caiers internationaux núm. 76. Mayo, 1956. 
  • Americanisme et fordisme, Cahiers internationaux núm. 89. Septiembre, 1957.
  • Oeuvres Choisies. Editions Sociales. Prólogo de G. Gogniot, 1959.
  • Gramsci. Estudio de Jacques Texier, que incluye fragmentos de los Quaderni. Seghers, 1966.
  • La science et les ideologies scientifiques. En .L'Homme et la societé. no 13. Julio, 1969. 
  • Lettres de prisión. NRF, 1971. 
  • OBRAS DE GRAMSCI EN ALEMAN:

  • Die Süditalienische Frage, Beitrdge zur Geschichte der Einingung Italiens. Dietz Verlag Berlín, 1956.
  • Briefe aus dem Kerker. Diera Verlag. Berlín, 1956.
  • Kunst und Kultur. Almanach. Frankfurt-am-Main. Fischer Verlag. 1965. Cesarismus, ibid, 1966. 
  • Philosophie der Praxis. Fischer Verlag. Frankfutt-am-Main. 1967.


[1] Versión extractada de una conferencia que, con el título de «El pensamiento de Gramsci: bloque histórico y hegemonía», fue pronunciada el 27 de Marzo de 1979 en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de Oviedo durante la semana dedicada a Italia por su Departamento de Filología

[2] Antonio Gramsci, Antología. Editorial Siglo XXI. México, 1970. Pág. 192 y sig. En 1978 se ha editado en España este trabajo de Gramsci, bajo el título de la cuestión Meridional, con prólogo de Lorenzo Díaz Sánchez. Dédalo Ediciones. Madrid.

[3] Antonio Gramsci, La Cuestión Meridional. Dédalo Ediciones. Madrid, 1978. Pág. 97 y sigs.

[4] Op. cit. Págs. 130 y 131.

[5] Antonio Gramsci, Antología. Siglo XXI, Editor. México, 1970. Pág. 338

[6] Giuseppe Fiori, Vida de Antonio Gramsci. Editorial Península. Barcelona

[7]  Antonio Gramsci, 11 Risorgimento. Editore Einaudi. Roma, 1949 (1 la Edición en 1974), pág. 70.

[8] Umberto Cerroni, Revolución y democracia en Gramsci. Editorial Fontamara. Barcelora, 1976. Págs. 44 y 45.

[9] Huges Portelli, Gramsci y el bloque histórico. Buenos Aires, 1973. Siglo XXI, Ediciones. Págs. 74 y sigs.

[10] Antonio Gramsci, La Política y el Estado Moderno. Editorial Península. Barcelona, 1971. Pags. 93 y sig.