José María Laso Prieto

«Sobre la elaboración del concepto de marxismo-leninismo»


en Papeles de la FIM, nº 2. Madrid: Fundación de Investigaciones Marxistas, diciembre de 1994, pags 91-116.

Texto preparado para su edición digital por Carlos Glez. Penalva


Aunque el concepto de «marxismo-leninismo» se viene utilizando desde la década de los veinte, generalmente es muy poco conocido el proceso de su génesis histórica. En consecuencia, antes de cualquier intento de valoración teórica del mismo, es preciso plantearse el problema de su origen histórico. De ahí que esta exposición, sobre la elaboración del concepto de marxismo-leninismo, deba comprender:

1. Su gestación histórica.
2. Su valor teórico.
3. Una valoración de las aportaciones de Lenin al desarrollo del marxismo.

 
1. La gestación histórica del concepto de Marxismo-Leninismo

Lenin nunca se planteo la existencia de un «leninismo» como una aportación al marxismo que imprimiese a la esencia de éste un nivel cualitativo superior. Sin embargo, la versión oficial soviética - por ejemplo, la del académico Rumiántsev - es la de que Lenin no sólo defendió el marxismo de los ataques de sus enemigos, sino que «generalizó los logros más recientes de la ciencia y la nueva experiencia de los combates clasistas elevando la teoría marxista a un nivel de desarrollo cualitativamente nuevo.»2

En todo caso, mucho antes de consagrarse el concepto de marxismo-leninismo, comenzó a hablarse de «leninismo» en el movimiento obrero ruso. Concretamente, el término fue adoptado por primera vez, en 1903, por los adversarios de Lenin, para utilizarlo en las polémicas entre mencheviques y bolcheviques. Es decir, en el conflicto entre los partidarios de las tesis de Lenin y los de las posición de Mártov, respecto a los requisitos necesarios para militar en el Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia. Los mencheviques utilizaron el término «leninismo» con una finalidad polémica: la de contraponer las tesis de Lenin frente a las ideas de Marx. Se trataba así de caracterizar al leninismo como un jacobinismo democrático-burgués. Empero, Lenin nunca aceptó tal caracterización. Por el contrario, se consideraba como un marxista ortodoxo que trataba de aplicar, a las condiciones concretas impuestas al movimiento obrero por la autocracia zarista, unos principios de organización eficaces. La práctica histórica confirmó después, de forma contundente, la eficacia de esos criterios organizativos. Posteriormente volvió a utilizarse el término leninismo respecto a las concepciones tácticas de Lenin, sistematizadas en su célebre obra Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática3.

Ahora bien, la utilización generalizada - por adversarios y partidarios - del término «leninismo» data del período 1924-26. Es decir, de la etapa en que tuvo lugar en la URSS el gran debate en el que se contrapuso la tesis de Trotski sobre la revolución permanente con la teoría del socialismo en un solo país, asumida por la mayoría del Comité Central del Partido Bolchevique. Con el triunfo definitivo de la posición mayoritaria y el consiguiente desplazamiento de Trotski de los órganos de dirección del partido y del Estado, se crearon las premisas necesarias para la elaboración del concepto de marxismo-leninismo. Por ello, aunque estrictamente no constituya el tema de este trabajo, es preciso detenerse brevemente en tan importante debate, ya que éste proporciona el marco en que se produjo la génesis histórica del concepto que venimos estudiando.

Tan decisivo debate se inició en una etapa caracterizada por un intento de recuperación de la actividad económica del país. Ya había finalizado la guerra civil y la intervención extranjera que siguió al proceso revolucionario de 1917. También se había puesto fin al denominado «comunismo de guerra» y mediante la Nueva Política Económica (NEP), impulsada por Lenin, se trataba de relanzar la actividad económica aun a costa de hacer concesiones a la pequeña burguesía rural y urbana. Atrás quedaban ya anteriores debates - como los relativos al tratado de paz de Brest-Litovks y a la función de los sindicatos obreros en una sociedad socialista - en los que ya se habían producido graves discrepancias entre Lenin y algunos cuadros dirigentes bolcheviques. En tales debates, generalmente, las posiciones de Trotski habían sido contrarias a las de Lenin. Ello no constituía una gran novedad, ya que la historia de las discrepancias entre Lenin y Trotski se remonta casi a los orígenes de la militancia de éste en el POSDR. Como es sabido, al surgir la escisión entre bolcheviques y mencheviques, Trotski organizó un grupo - Mesraointsy -, que pretendía la conciliación entre ambas fracciones socialdemócratas. Como consecuencia, las discrepancias entre Trotski y Lenin sobre cuestiones de organización, táctica, etc., jalonaron todo el período comprendido entre las revoluciones de 1905 y 1917. Sólo en julio de 1917 se incorporó Trotski al Partido Bolchevique. Es decir, cuando éste ya se encaminaba resueltamente hacia la Revolución de Octubre. De ahí que la «Vieja Guardia» bolchevique nunca considerase a Trotski como uno de los suyos.

Precisamente una de las viejas polémicas entre Lenin y Trotski giró en torno a la teoría de la revolución permanente. Esta teoría fue elaborada en 1905 por Trotski y Parvus. Este último, militante de la socialdemocracia alemana y acervo crítico del oportunismo de Berstein y Kautsky, acabó cayendo en el chovinismo belicista. En el prefacio de 1922 a su obra 1905, Trotski trató de sintetizar su teoría de la revolución permanente: «[...] en el intervalo entre el 9 de enero y la huelga de octubre de 1905 fue cuando llegó el autor a las concepciones acerca del desarrollo revolucionario de Rusia que han recibido el nombre de teoría de la "revolución permanente". Esta denominación abstrusa expresaba la idea de que la revolución rusa, ante la cual se alzan de manera inmediata objetivos burgueses, no podría, sin embargo, detenerse en ellos. La revolución no podrá resolver sus tareas burguesas más inmediatas, sino colocando en el poder al proletariado. Y este último, al tomar el poder en sus manos, no podrá por menos que rebasar el marco burgués de la revolución. Al contrario: precisamente para asegurar su victoria, la vanguardia proletaria tendrá que hacer, desde los primeros pasos de su dominación, las más profundas incursiones, no sólo en la propiedad feudal, sino también en la propiedad burguesa. Este modo de proceder le llevará a choques hostiles, no sólo con todos los grupos burgueses que le apoyaron en los primeros momentos de su lucha revolucionaria, sino también con las vastas masas campesinas, con ayuda de las cuales ha llegado al poder. Las contradicciones en la situación del gobierno obrero en un país atrasado, en el que la mayoría aplastante de la población está compuesta de campesinos, podrán ser solucionadas sólo en el plano internacional en la palestra de la revolución internacional del proletariado.»4

A su vez, esta tesis de Trotski se basaba en el análisis histórico que Parvus había realizado de la especificidad rusa de las clases en pugna. En él se sostenía que el radicalismo político en Europa occidental se apoyaba en la pequeña burguesía golpeada por el desarrollo de la industria y rechazada de la clase capitalista. Parvus recuerda que los artesanos crearon en Europa ciudades que se hicieron florecientes bajo su dominio político proporcionando la base para el desarrollo del tercer estado. Por el contrario, en Rusia, en el período precapitalista, las ciudades se desarrollaron más bien a la manera china que a la europea. Eran centros administrativos sin importancia política y mercados para los campesinos y los latifundistas del entorno. Su desarrollo era todavía insignificante cuando el capitalismo lo detuvo y comenzó a crear grandes ciudades. Es decir, ciudades industriales y centros del comercio mundial.

Como conclusión, Parvus precisa que «por estas causas Rusia tiene una burguesía capitalista, pero no tiene una burguesía media de la cual ha salido y sobre la cual se ha mantenido la democracia política en Europa occidental. Los estratos medios de la burguesía capitalista en Rusia, así como en el resto de Europa, comprenden las profesiones liberales (médicos, abogados, literatos, etc.), los estratos sociales ajenos al proceso productivo y el personal técnico de la industria y el comercio capitalista, como asimismo ciertas ramas de las actividades conectadas con éstos, como las sociedades de seguros, los bancos, etc. Estos elementos no pueden tener un programa propio de su clase, dado que sus simpatías y antipatías oscilan incesantemente entre el proletariado revolucionario y el conservadurismo capitalista. En Rusia hay que agregar los resabios de las clases del período anterior a la servidumbre de la gleba, resabios que el capitalismo aún no ha tenido tiempo de absorber. Es sobre tal población urbana, que no ha pasado por la escuela del medioevo europeo, sin conexiones económicas, sin tradiciones del pasado y sin ideales del futuro, que debe fundarse el radicalismo político en Rusia. No tiene nada de extraño que éste se busque también otras bases».5

Esta concepción de Parvus y Trotski, que algunos autores han racionalizado como «revolución del atraso»6 era sintetizada por Trotski al precisar que «si la opinión tradicional sostenía que el camino de la dictadura del proletariado pasaba por un prolongado período de democracia, la teoría de la revolución permanente venía a proclamar que, en los países atrasados, el camino de la democracia dejaba de ser un régimen de valor intrínseco para varias décadas y se convertía en el preludio inmediato de la revolución socialista, unidas ambas por un nexo continuo. Entre la revolución democrática y la transformación socialista de la sociedad se establecía, por lo tanto, un ritmo revolucionario permanente»7

Nos llevaría muy lejos tratar de sintetizar, en toda su riqueza, la crítica que en su día Lenin realizó de la teoría de la «revolución permanente». Esta se centro, fundamentalmente, en la subestimación que suponía de los campesinos. Caracterizándola, en 1915, Lenin escribía: «La teoría original de Trotski toma de los bolcheviques el llamamiento a la lucha resuelta, revolucionaria, del proletariado; y toma de los mencheviques "la negación" de la función de los campesinos. [...] En realidad Trotski se aproxima a los dirigentes obreros liberales de Rusia, que por "negación" de la función de los campesinos entienden la falta de voluntad de alzar a los campesinos por la revolución» - «Acerca de las dos direcciones de la revolución», en la recopilación Contra la corriente, de Lenin. Ed. alemana. pp. 296-297.

Con el ingreso de Trotski en el Partido Bolchevique y su activa participación en la Revolución de Octubre y la guerra civil, esta polémica acerca de la estrategia revolucionaria pasó a un plano meramente histórico. En él se mantuvo todavía durante la fase inicial de las discrepancias que, ya enfermo Lenin, surgieron entre Trotski y la mayoría de! Comité Central del partido. Aunque con la publicación de su libro El nuevo curso, Trotski había ya iniciado en 1923 su campaña contra lo que él denominaba «proceso de burocratización», la polémica Trotski versus Stalin no replanteo todavía el problema. La muerte de Lenin, producida inmediatamente después de la XIII Conferencia del partido, y la conmoción que ésta produjo en el núcleo dirigente del mismo aplazaron la polémica. Durante buena parte de 1924, incluyendo el XIII Congreso del partido - 21-31 mayo 1924 -, la preocupación fundamental de todos los cuadros bolcheviques fue la del mantenimiento de la cohesión y unidad de ese núcleo. Sin embargo, la tregua no duró mucho. Con la publicación de las Lecciones de octubre, de Trotski8, se reanudó violentamente la polémica.

La fuerte reacción que esa publicación suscito en la mayoría del Comité Central del partido se explica por el carácter audaz del ataque de Trotski. El adversario de Lenin, durante décadas salpicadas de innumerables polémicas, se erigía en heredero ideológico y político de éste para poner de relieve la inconsecuencia bolchevique de Kámenev, Zinóviev, Stalin, etc. Es decir, de la nueva cúpula de la dirección del partido. Aunque negaba cualquier intención de utilizar su análisis de las experiencias de la Revolución de Octubre como arma contra quienes entonces se equivocaron, Trotski hacía una dura crítica a la posición de Kámenev y Zinóviev contraria a la conquista del poder por los soviets. Llegaba incluso a calificar su posición de socialdemócrata y abiertamente contrarrevolucionaria. Si bien Stalin no era citado nominalmente, también resultaba afectado por la crítica de Trotski a las posiciones que Pravda sostuvo entre febrero y abril de 1917 - es decir, durante el período en que Stalin lo dirigió -, y asimismo por la crítica, no menos mordaz, que en Lecciones de octubre se hacia de cómo en 1923 se había desaprovechado la situación revolucionaria en Alemania. Esta última crítica afectaba no sólo a Stalin, sino igualmente a Bujarin, Kámenev y Zinóviev, ya que además de dirigir el partido y el Estado soviético eran responsables de la estrategia de la Internacional Comunista.

Como era previsible, el desafío de Trotski encontró rápida y contundente respuesta. Según recoge Procacci, en su presentación al debate sobre el trotskismo, el 18-11-1924, en una reunión de funcionarios del partido, Kámenev pronunció un discurso en el que desarrollaba un ataque a fondo contra Trotski y las Lecciones de octubre. Así se inició una campaña antitrotskista, que se fue agudizando gradualmente. A la intervención de Kámenev siguió un discurso de Stalin a los sindicatos, después publicado con el título de ¿Trotskismo o leninismo? Con el mismo título, Zinoviev publicó en Pravda - 30-11-1924 - otro artículo. Finalmente, el 13 de diciembre, Bujarin pronunció, en una asamblea del partido, un largo discurso dedicado a la crítica de la teoría de la revolución permanente. Todos estos discursos tenían en común el rechazo de la pretensión de Trotski de erigirse el heredero ideológico y político de Lenin. Por el contrario, para tales dirigentes bolcheviques existía un leninismo que no sólo difería esenciales de las posiciones de Trotski, sino que se oponía frontalmente a éstas.

La réplica de Bujarin a Trotski era la imbuida de mayores pretensiones teóricas, ya que contraponía «el método dialéctico vivo, que es propio del bolchevismo, al método lógico-formal que caracteriza la actitud de Trotski durante toda nuestra revolución»9.  Empero, Bujarin no se limita a tratar de demostrar la incapacidad de Trotski para percibir las condiciones peculiares del paso de una situación política a otra, y para encontrar el eslabón de la cadena al cual asirse a fin de dominarla en su conjunto, sino que intenta una refutación plena de la teoría de la «revolución permanente» con el propósito de efectuar una valoración general de la revolución soviética. Tal refutación se hacía necesaria debido a que Trotski, contestando a las críticas acerca de su subestimación de los campesinos, había escrito en 1923: «En lo que respecta a la teoría de la revolución permanente, yo no tengo ningún motivo para retractarme de lo que he escrito al respecto, en 1904, 1905, 1906 y posteriormente. Asimismo ahora considero que lo esencial de las ideas que yo desarrollaba entonces estaba mucho más próximo de la real esencia del leninismo de aquello que fue escrito en esa época por diversos bolcheviques.»10

Bujarin intentó una refutación amplia del análisis de las fuerzas motrices de la revolución rusa en que se apoyaba la teoría de Trotski yen la que se sostenía que éste no había prestado en 1905 atención a la revolución agraria, y no capto que en la misma reside la esencia de la época. «Ello le conduce al error de estimar que - después de la revolución proletaria - es inevitable el conflicto entre el proletariado y los campesinos, cuando en realidad es solamente posible. De ahí que la construcción del socialismo en un sólo país - concretamente, en Rusia - no encuentre tan rígidamente como pretendía Trotski el límite del campesinado.» Además, el apoyo internacional a la revolución soviética no debe, forzosamente, revestir forma estatal -como sustentaba Trotski-, ya que sin previas revoluciones socialistas en Europa occidental su proletariado prestaba una solidaridad efectiva a la joven república soviética.

La obra de Zinóvjev El leninismo, publicada en 1925, tenía también la pretensión de representar una sistematización teórica de las cuestiones suscitadas en el debate contra Trotski. Para Zinóviev, igual que para Bujarin, la aportación del leninismo al marxismo, aquel elemento innovador que, en definitiva, hace de él «el marxismo en las condiciones de una nueva época», consiste básicamente en el estudio de la cuestión agraria y de la cuestión colonial. «El leninismo que se basa totalmente en el marxismo opera en una escala geográfica mayor, dado que vive y actúa en una época histórica distinta. Arrastra a su órbita a países como Rusia, América, Japón, India y China.» A partir de tal interpretación del leninismo, y del desarrollo histórico mundial, Zinóviev critica la teoría de la «revolución permanente» y define al trotskismo como un «matiz de izquierda del pseudomarxismo europeo - o sea, oportunista».11

Sin embargo, históricamente le correspondió a Stalin la función de ser el más completo sistematizador de lo que inicialmente se denominó «leninismo» y acabó oficializándose como marxismo-leninismo. A ello contribuyó, sin duda, el hecho de que Stalin acabase desplazando del núcleo dirigente a Bujarin, Kámenev y Zinóviev, y asumiendo el monopolio del poder político en la URSS. Con ello asumió también el papel de máximo definidor de la esencia del “marxismo-leninismo”. Empero, incluso antes de que Stalin lograse su hegemonía personal en el núcleo dirigente bolchevique, el sucesor de Lenin había comenzado ya a desarrollar los fundamentos de su herencia teórica. En ese sentido desempeñaron una función relevante la serie de conferencias que Stalin pronunció en la Universidad Sverdlov y que fueron publicadas en Pravda, en abril y mayo de 1924. En mayo de 1924 apareció el folleto de J. V. Stalin Acerca de Lenin y el leninismo, en el que figuraban su discurso titulado «Lenin y las conferencias "Los fundamentos del leninismo"», que fueron luego incluidos en el libro Cuestiones de leninismo.

Situando el problema en su perspectiva histórica, resulta obvio que tanto Trotski como Kámenev, Zinóviev y Stalin instrumentalizaron el concepto leninismo para sus propias finalidades polémicas. Sin embargo, tal problema no debe ser enfocado en forma maniquea. Subjetivamente todo ellos creían ser, en mayor o menor grado, los depositarios de la herencia teórica de Lenin. Por el acentuado pragmatismo de sus actuaciones políticas se ha pretendido relegar a Stalin - en el plano ideológico - al rango de un gran propagandista. No es esa la opinión de Adam Schaff, que reconoce abiertamente su nivel teórico, tanto más apreciable si se compara con el de sus sucesores. Para Schaff el problema de Stalin es otro: el de la disociación e incoherencia entre teoría y práctica. En ese sentido, por lo que tiene de intento objetivo de caracterización de Stalin en esta decisiva etapa histórica, merece la pena reproducir parte del texto de Giuliano Procacci en su presentación a El gran debate:

«También Stalin, como se dijo, participaba de las mismas incertidumbres que sirven para explicarla actitud-olas actitudes- de Zinóviev, pero su forma mentis no era la de un ecléctico, sino la de un empírico, y su regla de conducta la frialdad y no la emotividad. Sabía particularizar el sentido de la corriente, pero no se abandonaba nunca a ella. La reserva y la prudencia caracterizan su comportamiento en el período comprendido entre la publicación de las Lecciones de octubre y el XIV Congreso. Participa en la campaña contra Trotski, pero en el momento de su conclusión no se asocia a las medidas radicales propuestas por otros; [...] Cuando se subraya el empirismo de la conducta de Stalin, no se debe olvidar que él, como los demás dirigentes bolcheviques, era ante todo un hijo de la revolución y que en el fondo nutría convicciones profundas y muy radicadas, como las que habían madurado a través de un duro aprendizaje de luchas y experiencias. Raramente este aspecto de su personalidad tenía ocasión de manifestarse, pero cuando, en algunas raras y solemnes ocasiones surgía, nadie podía sustraerse a la sensación de una fuerza profunda. Pensemos en el célebre juramento sobre la tumba de Lenin. Estos dos aspectos de la personalidad de Stalin, su empirismo y su firmeza ante ciertos principios fundamentales, están sólo aparentemente en contradicción. De hecho, su confianza firmísima en ciertos principios constituía el presupuesto y la condición de su empirismo, de su falta de escrúpulos. Actuaba en él la convicción de que, necesariamente, en el curso de la batalla, se manifestaban disentimientos y oposiciones contingentes como la espuma y el encresparse de la superficie respecto a la corriente profunda de un gran río. Las polémicas del momento, las cuestiones personales, no podían debilitar los principios. Estos principios habían sido fijados por Lenin y adquiridos a través de la experiencia de la revolución. No se trataba de interpretar el leninismo, sino de aplicar las enseñanzas de Lenin y de Octubre, y de no olvidar ciertas verdades fundamentales: que la revolución soviética era una revolución de proletarios, qué tenía como finalidad la victoria del socialismo y como instrumento la dictadura del proletariado [...]. Pero también estaba la otra cara de la cuestión. Breve era el paso del empirismo a una actitud que asociaba a un rígido dogmatismo en el plano de los principios, a una concepción talmudista del marxismo y del leninismo, una ausencia total de escrúpulos y un pragmatismo integrales en el plano de la acción concreta y cotidiana. El uno y el otro, dogmatismo y pragmatismo, concluían después en una negación de la necesidad de una dialéctica y un debate, en el desprecio de las ideas y de su proceso de formación, en una concepción burocrática y administrativa de la vida interna del partido.»12

 
II. El valor teórico del concepto de marxismo-leninismo

Para estimar el valor teórico del concepto de marxismo-leninismo es conveniente partir de la elaboración que acabó consagrándose como versión oficial de tal teoría. Es decir, de los célebres Fundamentos de leninismo y Cuestiones del leninismo, de J. V. Stalin. Desde la introducción a los Fundamentos, Stalin establece claramente el objetivo que persigue: «Exponer los fundamentos del leninismo no es aún exponer los fundamentos de la concepción del mundo de Lenin. La concepción del mundo de Lenin y los fundamentos del leninismo no son, por su volumen, una y misma cosa. Lenin es marxista y la base de su concepción del mundo es, naturalmente, el marxismo. Pero de esto no se desprende, en modo alguno, que la exposición del leninismo deba comenzar por la de los fundamentos del marxismo. Exponer el leninismo es exponer lo que hay de peculiar y de nuevo en las obras de Lenin, lo aportado por Lenin al tesoro general del marxismo y lo que está asociado a su nombre de modo natural. Sólo en este sentido hablaré en mis conferencias de los fundamentos del leninismo.»13

Para el logro de su finalidad, Stalin utiliza una argumentación negativa y otra positiva:

1. El leninismo no es sólo la aplicación del marxismo a las condiciones peculiares de Rusia, sino también un fenómeno internacional.

2. El leninismo no sólo supone el renacer de los elementos revolucionarios del marxismo - neutralizados por el revisionismo y el oportunismo -, sino un nuevo desarrollo del marxismo bajo las nuevas condiciones del capitalismo. Como argumentación positiva Stalin sostiene que Marx y Engels actuaron en el período prerrevolucionario (respecto a la revolución proletaria) cuando aún no había un imperialismo desarrollado. Empero, Lenin actúa en la fase de su desarrollo y en el período en que se despliega la revolución proletaria y ésta ha triunfado ya en algunos países. De ello deduce que el leninismo es el desarrollo del marxismo.

 
La raíces históricas del leninismo
Según Stalin son las que el imperialismo engendra al exacerbar las siguientes contradicciones:

1. La existente entre el trabajo y el capital, por la acción omnipotente de los truts y otras formas de organización del gran capital monopolista. Frente a ella, los métodos habituales de la clase obrera -los sindicatos y las cooperativas, los partidos parlamentarios, etc.- son absolutamente insuficientes. El imperialismo lleva así a la clase obrera al umbral de la revolución.

2. La existente entre los distintos grupos financieros y las distintas potencias imperialistas en su lucha por fuentes de materias primas y mercados.

3. La existente entre un puñado de naciones «civilizadas» dominantes y centenares de millones de hombres de los países colonizados o dependientes. Para obtener en ellos beneficios, el imperialismo se ve obligado a construir una infraestructura capitalista. Con ello surge una clase obrera y un movimiento de liberación nacional antiimperialista. Se minan así de raíz las posiciones capitalistas y se transforma a las colonias en reservas de la revolución proletaria, cuando antes lo eran del imperialismo. Con la exacerbación de estas contradicciones, e! imperialismo no sólo hace la revolución inevitable, sino que crea las condiciones para el asalto del capitalismo. A juicio de Stalin, «tal es la situación internacional que ha engendrado a! leninismo».

4. Subsiste, empero, e! interrogante de ¿por qué fue precisamente Rusia el hogar del leninismo, la cuna de la teoría y la práctica de la revolución proletaria? A tal pregunta, que él mismo se formula, responde Stalin precisando que porque Rusia era el punto de convergencia de todas estas contradicciones del imperialismo. De ahí la posibilidad de que el centro del movimiento revolucionario se desplazase a Rusia y de que Lenin se convirtiese en el teórico y el táctico del proletariado internacional. Sin embargo, según Stalin, no fue esta la única aportación de Lenin al desarrollo del marxismo. Frente a los métodos de trabajo de la II Internacional, que habían sumido a ésta «en el filisteísmo, la politiquería, el socialchovinismo, el socialpacifismo, etc.», se imponía la elaboración de un nuevo método que Stalin adjetiva de leninista.

Si, según esta tesis, el método del leninismo nació y se forjo en la lucha contra el oportunismo de la II Internacional, ¿cuáles son las exigencias de este método? Para Stalin son:

1. Comprobar los dogmas teóricos de la II Internacional en el fuego de la lucha revolucionaria y restablecer la unidad rota entre la teoría y la práctica.

2. Comprobarla política de los partidos de la II Internacional, no por sus consignas y resoluciones, sino por sus hechos.

3. Reorganizar toda la labor del partido, dándole una orientación que eduque a las masas para la revolución.

4. La autocrítica de los partidos revolucionarios, su instrucción y educación mediante el análisis de sus propios errores. Para Stalin, «tales son los fundamentos y la esencia del método del leninismo».

 
Con la finalidad de comprobar en la práctica la operatividad de tal método leninista, Stalin lo contrapone a lo que califica de «dogmas teóricos de la II Internacional»:

    El proletariado no puede ni debe tomare! poder si no constituye la mayoría dentro de un país.

    El proletariado no puede mantenerse en el poder si no dispone de suficientes cuadros y administradores.

    El método de la huelga general política es inaceptable para el proletariado,ya que resulta teóricamente inconsistente. De tal contraposición, en la que los principios del método leninista barren a los «dogmas», deduce Stalin que lo que aporta el método de Lenin encerrábase ya, en lo fundamental, en la doctrina de Marx, que es por su esencia crítica y revolucionaria, pero que sería un error suponer que el método de Lenin no es más que una simple restauración de lo aportado por Marx, «ya que concreta y desarrolla el método crítico y revolucionario de Marx, su dialéctica materialista».

 
El valor de la teoría en el leninismo

Contra ciertas opiniones, Stalin no admite que el leninismo suponga la primacía de la práctica sobre la teoría, «en el sentido de que lo fundamental es aplicar los principios marxistas», al tiempo que manifiesta despreocupación por la teoría. Por el contrario, como lo reflejan sus célebres frases «sin teoría revolucionaria no puede existir movimiento revolucionario» y «sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplirla misión de combatiente de vanguardia», Lenin valoraba profundamente la teoría como generalización de la experiencia del movimiento obrero, ya que «sólo la teoría puede ayudar a la práctica a comprender cómo marchan las clases ahora y en el futuro». Por ello, Lenin emprendió una tarea tan aparentemente alejada de la práctica revolucionaria como fue sintetizar -desde la perspectiva de la filosofía materialista los descubrimientos realizados por las ciencias naturales desde la desaparición de Engels.

Desde tales premisas, Stalin recoge la crítica de Lenin a la «teoría» de la espontaneidad que niega la función dirigente de la vanguardia de la clase obrera, de su partido de clase. Tal concepción se fundamenta internacionalmente en la denominada «teoría de las fuerzas productivas» vulgarizada por los líderes de la II Internacional. A juicio de Stalin, tal concepción, en contraposición a la tesis de Marx, no trata de transformar el mundo, sino que se limita a interpretarlo.
Precisado el valor de la teoría y su lugar en el leninismo, Stalin trata de sintetizar lo que a su juicio constituyen las tres tesis fundamentales de la revolución proletaria:

    La dominación del capital financiero, en su forma monopolista propia del imperialismo, «conduce a las masas a la revolución proletaria como única salvación». Con ello se desarrolla el frente proletario en las metrópolis imperialistas.

    El imperialismo ha transformado al capitalismo en un sistema mundial de esclavización financiera y opresión colonial que conduce a la crisis revolucionaria de las colonias.

    La posesión monopolista de «esferas de influencia» y de las colonias, el desarrollo desigual de los países capitalistas lleva a una lucha furiosa por un nuevo reparto del mundo entre los países que ya se han apoderado de los territorios y los que desean obtener su «parte». Las guerras imperialistas se convierten en el único medio para restablecer el equilibrio roto

Según Stalin, todo ese proceso conduce al fortalecimiento del frente anticapitalista, al facilitar la unión del frente proletario revolucionario y el frente de liberación colonial contra el imperialismo. De ello se desprende una importante conclusión: ineluctabilidad de las guerras bajo el imperialismo e inevitabilidad de la coalición de la revolución proletaria de Europa con la revolución colonial del Oriente, formando un solo frente mundial contra el imperialismo.
 
Del análisis de las condiciones de un país, al mundial

De los rasgos de tal proceso, anteriormente sintetizado, Stalin deduce que se ha producido un cambio en el esquema de la revolución en general. En consecuencia, ya no basta analizar la existencia, o ausencia, de condiciones objetivas para la revolución en un país, sino que hay que referirse a todo el sistema de la economía imperialista mundial considerado como una sola entidad. Pasando del análisis de las condiciones de un país a la perspectiva mundial, para la teoría leninista ya no es obligado que la revolución comience donde la industria está más desarrollada, sino donde la cadena del frente mundial imperialista sea más débil. Con esta base se elaboró la teoría de Lenin sobre la ruptura del eslabón más débil de la cadena imperialista. Y para reforzar su tesis, Stalin la ilustra con el ejemplo del proceso revolucionario que se dio en Rusia en 1917. ¿Por qué Rusia resultó el eslabón más débil? Para Stalin: 1. Porque en Rusia se desarrollaba una gran revolución popular, a cuya cabeza marchaba el proletariado revolucionario, que contaba como aliado con millones de campesinos oprimidos. 2. Porque frente a la revolución se alzaba un representante tan repulsivo del imperialismo como era el zarismo, ya que carecía de cualquier ascendiente moral y era odiado por todo el pueblo. 3. Porque ya en 1905, en Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, Lenin no separaba la revolución democrático-burguesa de la revolución socialista por una muralla china, sino que las consideraba como dos eslabones de la misma cadena.

Stalin dedica uno de los capítulos de sus Fundamentos del leninismo al tema de la dictadura del proletariado. Y ello no es sorprendente, ya que, polemizando con Zinóviev, en Cuestiones del leninismo, se preguntaba: «¿Es exacta la tesis de que el leninismo es la teoría y la táctica de la revolución proletaria?», y respondía: «Entiendo que es exacta. ¿Qué se deduce entonces de esto? De esto se deduce que la cuestión fundamental del leninismo, su punto de partida, su base es la cuestión de la dictadura del proletariado.» 14 Para Stalin, las tres cuestiones fundamentales de este tema son:
1. La dictadura del proletariado como instrumento de la revolución proletaria. Ahora bien, si, según Lenin, la cuestión del poder es la fundamental de toda revolución, ¿quiere esto decir que todo queda limitado a la toma del poder, a la conquista del poder? No. La toma del poder no es más que el comienzo. La burguesía derrotada en un país sigue siendo durante largo tiempo, por muchas razones, más fuerte que el proletariado que la ha derrotado. Para Stalin vencer a la burguesía y derrocar su poder es cosa que la revolución podría hacer también sin la dictadura del proletariado. Pero aplastar la resistencia de la burguesía, sostener la victoria y seguir avanzando hasta el triunfo definitivo del socialismo, la revolución ya no puede si no crea, al ligar a una determinada fase de su desarrollo, un organismo especial, la dictadura del proletariado que es su principal apoyo.
2. La dictadura del proletariado como dominación del proletariado sobre la burguesía. Según Stalin, lo que la caracteriza no es un mero cambio de gobierno, sino un Estado nuevo, con nuevos organismos del poder centrales y locales; es el Estado del proletariado, que surge sobre las ruinas del Estado antiguo, del Estado de la burguesía.

3. El poder soviético como forma estatal de la dictadura del proletariado. Después de rechazar las viejas formas de organización del proletariado, como adecuadas para las nuevas tareas propias de las dictadura del proletariado, Stalin preconiza a los soviets como nueva forma de organización del proletariado capaz de cumplir dichas tareas. Se basa, para ello, en la consideración de que los soviets son organizaciones directas de las mismas masas, que facilitan al máximo la participación de éstas en la gobernación del nuevo Estado y abren amplio campo a la energía revolucionaria, a la iniciativa y a la capacidad creadora de las masas en la lucha por la destrucción del antiguo orden de cosas yen la construcción del nuevo. Para sostener tales tesis, Stalin se basa fundamentalmente en el análisis que Lenin desarrolló en El Estado y la revolución, yen la aportación que el primer dirigente soviético hizo a la teorización de los soviets como una nueva forma de organización estatal.

 

La cuestión campesina

Aunque, en la ya citada polémica con Zinóviev, Stalin niega que el papel del campesinado sea la cuestión fundamental del leninismo, no por ello deja de prestarle amplia atención. Sólo rechaza la tesis de Zinóviev porque ello equivaldría a introducir en la definición del leninismo el atraso de Rusia, su carácter campesino. Es lo que hacía Zinóviev al afirmar que «el leninismo es el marxismo de la época de las guerras imperialistas y de la revolución mundial, revolución que se ha iniciado directamente en un país en que predomina el campesinado». A juicio de Stalin, con tal definición se convierte el leninismo, doctrina proletaria internacional, en un producto de las condiciones específicas rusas cuando, en realidad, el leninismo es la síntesis de la experiencia del movimiento revolucionario de todos los países. La síntesis que Stalin pretende realizar del pensamiento de Lenin sobre la cuestión campesina la subdivide en cuatro: 1. Planteamiento de la cuestión. 2. El campesinado durante la revolución democrático-burguesa. 3. El campesinado durante la revolución proletaria. 4. El campesinado después de la consolidación del poder soviético.

En el planteamiento de la cuestión, Stalin señala que algunos piensan que lo fundamental en el leninismo es la cuestión campesina, el problema del peso específico del campesinado en la revolución. Esto es falso. Para Stalin la cuestión fundamental del leninismo no es la cuestión campesina, sino la cuestión de la dictadura del proletariado, de las condiciones en que ésta se conquista y de las condiciones en que se consolida. La cuestión campesina, como cuestión del aliado del proletariado en su lucha por el poder, es una cuestión derivada. Empero, el que sea derivada no le resta importancia y, de hecho, constituye una de las cuestiones más importantes del leninismo. En abierto contraste, la indiferencia de los partidos de la II Internacional ante la cuestión campesina no se debe sólo a las condiciones específicas del desarrollo en Occidente, sino a su inconsecuencia revolucionaria. Quien no desea conducir a la clase obrera al poder no puede interesarse por la cuestión de los aliados del proletariado en su lucha por la revolución.

Por el contrario, el planteamiento leninista responde a la pregunta ¿están ya agotadas las posibilidades revolucionarias que como resultado de determinadas condiciones de su existencia encierran en su seno las masas campesinas? Según Stalin, el leninismo reconoce en el campesinado la existencia de una capacidad revolucionaria y la posibilidad de aprovecharla en interés de la lucha revolucionaria del proletariado.

Tiene mucha importancia la función del campesinado durante la etapa de la revolución democrático-burguesa. Este período se extiende de la primera revolución rusa (1905) a la segunda (febrero de 1917), inclusive. El rasgo característico de tal período consiste en que los campesinos se emancipan de la influencia de la burguesía liberal, en que los campesinos se apartan de los demócratas constitucionales, en que viran hacia el proletariado, hacia el Partido Bolchevique. A juicio de Stalin, la historia de este período es la historia de la lucha entre los demócratas constitucionales (burguesía liberal) y los bolcheviques (proletariado) por conquistar al campesinado. La suerte de esta lucha la decidió el período de las dumas, pues el período de las cuatro dumas fue para los campesinos una lección palmaria y esa lección les hizo ver que de mano de los demócratas constitucionalistas no recibirían ni la tierra ni la libertad, que el zar se hallaba al lado de los terratenientes y que la única ayuda con la que podían contar era la de los obreros de la ciudad. «Según Stalin así fue como se llegó a la alianza de obreros y campesinos en la revolución democrático-burguesa. La estrategia del leninismo creó las condiciones para «la hegemonía -dirección-- del proletariado en la lucha conjunta por el derrocamiento del zarismo, hegemonía que llevó a la revolución de febrero de 1917»15

Siempre con la finalidad de fundamentar su propia interpretación de los principios del leninismo, Stalin analiza la función del campesinado durante la revolución proletaria. El período se extiende desde la revolución de febrero de 1917 a la revolución de octubre. Según Stalin, el rasgo característico de este período es que los campesinos se hacen más revolucionarios, se desengañan y apartan de los socialrevolucionarios, y dan un viraje para agruparse en torno al proletariado como única fuerza revolucionaria consecuente capaz de llevar el país a la paz. Socialrevolucionarios -democracia pequeño-burguesa- y bolcheviques -democracia proletaria- lucharon por ganarse a los campesinos. Durante esa lucha, el centro de gravedad se desplazó de las cuestiones interiores a la cuestión fundamental de poner fin a la guerra. «Librarse de la guerra», tal era el clamor general del país extenuado y, sobre todo, de los campesinos. Ahora bien, para librarse de la guerra había que derrocar al Gobierno provisional. Es decir, al poder de la burguesía y de sus aliados, socialrevolucionarios y mencheviques, que pretendían prolongar la guerra hasta «la victoria final». Para los campesinos no había otra salida que apoyar una revolución proletaria cuyas consignas inmediatas eran: paz y tierra.

Finalmente, tratando de completar la posición del leninismo sobre la cuestión campesina, Stalin aborda el tema del campesinado después de la consolidación del poder soviético. Si antes del primer período de la revolución la cuestión consistía en derrocar al zarismo y, más tarde, después de la revolución de febrero, en salir de la guerra imperialista mediante el derrocamiento de la burguesía, ahora, después de terminada la guerra civil y consolidado el poder soviético, pasaron a un primer plano las cuestiones de la edificación económica. Y Stalin detalla las básicas: desarrollar la industria nacionalizada; ligar a este efecto la industria con la economía campesina a través del comercio regulado por el Estado; sustituir el sistema de contingentación por el impuesto en especie, para luego, disminuyendo gradualmente este impuesto, pasar al cambio de artículos industriales por productos de la economía campesina; reanimar el comercio y desarrollar la cooperación, atrayendo a ésta a millones de campesinos, etc.

Frente a los escépticos que afirmaban que se trataba de una tarea utópica, irrealizable, «porque los campesinos son campesinos, es decir, pequeños productores, y no pueden, por tanto, ser utilizados para organizarlos cimientos de la producción socialista», Stalin se apoya en las peculiaridades del campesinado soviético: «Un campesinado que ha pasado por la escuela de tres revoluciones, que ha luchado del brazo del proletariado y bajo su dirección contra el zar y el poder burgués, un campesinado que ha recibido de manos de la revolución proletaria la tierra y la paz, y que, por ello, se ha convertido en reserva del proletariado; este campesinado no puede por menos que diferenciarse del campesinado que en Occidente luchó en la revolución burguesa, recibió la tierra de manos de la burguesía y se convirtió por ello en reserva de la burguesía. De esta exposición deduce Stalin que el leninismo acertó al considerar que el proletariado puede y debe utilizar la reserva del campesinado para vincular la industria a la agricultura, para impulsar la construcción socialista y proporcionar a la dictadura del proletariado la base que necesita para el paso a la economía socialista.

Stalin dedica otro capítulo a la concepción leninista de la cuestión nacional. No nos detenemos en ella, pues para su adecuada comprensión requeriría más bien una exposición monográfica. En todo caso es sobradamente conocido que Lenin defendió tenazmente el derecho de las naciones ala autodeterminación frente a las concepciones opuestas de Rosa Luxemburgo. También en la práctica histórica, al resolver problemas como los de la segregación de Finlandia, Polonia, etc., la forma en que se resolvió el problema de Transcaucasia, etc. Por otra parte, el propio Stalin, basándose en la concepción de Lenin, desarrolló el tema, en forma muy pedagógica, en su obra El marxismo y la cuestión nacional16.  En ese sentido, por ser muy ilustrativo tanto del método como del peculiar estilo que utiliza Stalin en su interpretación del leninismo, conviene tener en cuenta los ejemplos que utiliza. Apoyándose en una cita de Lenin: «Las distintas reivindicaciones de la democracia, incluyendo la de la autodeterminación, no son algo absoluto, sino una partícula de todo el movimiento democrático -hoy, socialista- mundial. Puede suceder que, en un caso dado, una partícula se halle en contradicción con el todo; entonces hay que desecharla» -y. t. XIX. Ed. soviética. pp. 257/58-, precisa Stalin: «Así se plantea la cuestión de los distintos movimientos nacionales y del carácter posiblemente reaccionario de estos movimientos, siempre que no se les enfoque desde el punto de vista formal, desde el punto de vista de los derechos abstractos, sino en un plano concreto, desde el punto de vista de los intereses del movimiento revolucionario.»

Y, pasando a la fase de concreción, Stalin agrega: «Otro tanto hay que decir del carácter revolucionario de los movimientos nacionales en general. El carácter revolucionario de la mayoría de los movimientos nacionales es algo tan relativo y peculiar como lo es el carácter posiblemente reaccionario de algunos movimientos nacionales concretos. El carácter revolucionario del movimiento nacional, en las condiciones de la opresión imperialista, no presupone forzosamente, ni mucho menos, la existencia de elementos proletarios en el movimiento, la existencia de un programa revolucionario o republicano, la existencia en éste de una base democrática. La lucha del emir de Afganistán por la independencia de su país es una lucha objetivamente revolucionaria, a pesar de las ideas monárquicas del emir y sus partidarios, porque esa lucha debilita al imperialismo, lo socava. En cambio, la lucha de demócratas y "socialistas", de "revolucionarios" y republicanos tan "radicales" como Kerenski y Tsereteli, Renaudel y Scheidemann, Henderson y Clynes durante la guerra imperialista era una lucha reaccionaria, porque el resultado de ella fue fortalecer al imperialismo. La lucha de los comerciantes y los intelectuales burgueses egipcios por la independencia de Egipto es, por las mismas causas, una lucha objetivamente revolucionaria, a pesar de la condición burguesa de los líderes del movimiento nacional egipcio, a pesar de que estén contra el socialismo. En cambio, la lucha del gobierno "obrero" inglés por mantener a Egipto en una situación de dependencia es, por las mismas causas, una lucha reaccionaria, a pesar del origen proletario y del título proletario de los miembros de ese gobierno, a pesar de que son "partidarios" del socialismo.»17
 
Stalin dedica los tres últimos capítulos, de sus Fundamentos del leninismo, a desarrollar los temas de «Estrategia y táctica», «El partido» y «El estilo en el trabajo». La concepción que Lenin tenía de la estrategia y la táctica revolucionaria es una de las facetas de su pensamiento más popularizada. Por ello, en aras de la brevedad, renunciamos a sintetizar cómo Stalin la expuso. Respecto al partido, la concepción de Lenin es también muy conocida y, generalmente, se ha expresado con la fórmula «partido de nuevo tipo». Stalin la desarrolla tras los epígrafes: 1. El partido como destacamento de vanguardia de la clase obrera. 2. El partido como destacamento organizado de la clase obrera. 3. El partido como forma superior de organización de clase del proletariado. 4. El partido como instrumento de la dictadura del proletariado. 5. El partido como unidad de voluntad incompatible con la existencia de fracciones. 6. El partido se fortalece depurándose de los elementos oportunistas. En la parte dedicada al estilo en el trabajo, Stalin aclara que no se refiere al estilo literario, sino «a lo específico y peculiar que hay en la labor práctica del leninismo». Según él, «el leninismo es una escuela teórica y práctica que crea un tipo especial de dirigente del partido y del Estado, que crea un estilo especial de trabajo, el estilo leninista». Resulta curioso, y significativo, que para Stalin las particularidades de ese estilo sean: a) el ímpetu revolucionario ruso; b) el sentido práctico norteamericano. Y este último es definido como «un antídoto contra el manilovismo "revolucionario» y contra las fantasías del arbitrismo». Manilovismo se deriva de Manílov, personaje de la novela de Ilya Ehremburg El homcomper - el hombre comunista perfeccionado -, que padece de la enfermedad del arbitrismo «revolucionario» y de la planomanía «revolucionaria».
 
 
La elaboración estalinista del marxismo-leninismo

Por muy dispares opiniones que se mantengan acerca de la interpretación que Stalin realizó de la aportación de Lenin al desarrollo del marxismo, no se puede dejar de coincidir en que Stalin no se limitó a transcribir el corpus teórico de Lenin, sino que contribuyó también a la elaboración de la doctrina que se institucionalizó oficialmente cómo marxismo-leninismo. Aunque tal elaboración duró varias décadas, tuvo ya antecedentes en las posiciones que Stalin mantuvo en algunos de sus escritos juveniles. No podemos detenernos en el análisis de su biografía política. La compleja personalidad de este dirigente soviético constituye amplia fuente para una inagotable polémica en cuanto a las aportaciones positivas y negativas que su acción ha supuesto para la historia mundial contemporánea. En la esfera filosófica, la actividad de Stalin revistió el mismo carácter contradictorio. No obstante su formación autodidacta, Stalin adquirió una apreciable preparación filosófica y así pudo abordar con rigor algunos de los problemas de la filosofía marxista. En su obra juvenil ¿Anarquismo o socialismo? expuso inicialmente -en un contexto político- temas filosóficos. Al analizar las afinidades y contrastes entre evolución y revolución, Stalin incurrió en la simplificación de equiparar todo cambio cualitativo a la revolución, mientras que reducía la evolución a cambios paulatinos, meramente cuantitativos y sin poner de relieve que ambas son partes del desarrollo indisolublemente concatenadas entre sí. Stalin sostenía también que «el aspecto ideal y el aspecto material son dos formas distintas de una y la misma naturaleza o sociedad; no se les puede imaginar el uno sin el otro, existen juntos, se desarrollan juntos y, por lo tanto, no tenemos ningún fundamento para creer que se niegan mutuamente»18. Quedaba así corroborado, para Stalin, el monismo propio del materialismo filosófico.

A partir de 1930 Stalin intervino constantemente en los debates filosóficos. Apoyó la lucha contra el mecanicismo cientificista y criticó, simultáneamente, las posiciones de A. M. Deborin sustituyendo el concepto de «desviación formalista», que se le atribuía por el de «idealismo menchevizante». Según tal crítica, ese idealismo se reflejaba en la incomprensión del espíritu de partido en filosofía, en el divorcio entre la teoría y la práctica de la edificación socialista y en la conciliación de la dialéctica materialista de Marx y el idealismo de Hegel. Con ello se pasó al período dogmático caracterizado por el «culto a la personalidad» de Stalin. Sus raíces sociales se hunden en las duras condiciones impuestas a la URSS por el cerco capitalista y en el intento soviético de «construcción del socialismo en un sólo país». Como expresión de ese proceso histórico, Stalin formuló en 1937 la tesis -combatida en el XX Congreso del PCUS- de que la lucha de clases se iría agudizando a medida que el país avanzara hacia el socialismo.

En 1938 Stalin publicó su trabajo Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico19, como parte del Compendio de la historia del PC(b) de la URSS. Se trataba de un resumen muy didáctico, por su claridad expositiva, de las bases filosóficas del marxismo. A pesar de su fuerte esquematismo -lindante con el reduccionismo - resultó útil desde el punto de vista divulgador. Empero, en las condiciones, ya por entonces muy, agudas, del denominado «culto a la personalidad», fue glorificado como «una obra maestra» y constituyó el arranque de todo un período de dogmatismo. Stalin reaccionó también contra un presunto riesgo de «escolasticismo hegeliano», eliminando de su exposición la ley dialéctica de la negación de la negación, a la que generalmente se ha considerado como la esencia de la dialéctica, pues es la ley por la cual el concepto dialéctico de desarrollo difiere más decisivamente de una concepción mecanicista. Además, subrayando la función de la lucha de los contrarios, Stalin descuidó la de su unidad, así como la de algunas categorías de la dialéctica como «esencia y fenómeno», «singular y universal», «azar y necesidad», etc. Contrariamente a Stalin, Lenin no reducía la dialéctica a cuatro rasgos. Así, en un apartado de sus Cuadernos filosóficos, Lenin enumeró dieciséis rasgos de la dialéctica. Por ello no puede sorprender que en 1964 -en unos Ensayos filosóficos, publicados por la Academia de Ciencias de la URSS- se criticase a Stalin por «haber reducido la dialéctica a algunos elementos: nexo general de los fenómenos de la naturaleza, su desarrollo, su carácter discontinuo y contradictorio... En una atmósfera de autoridad y subjetivismo en que producía la ruptura de la teoría y de la práctica».20

Ahora bien, el reduccionismo de Stalin no se limitó al campo de la dialéctica. Se manifestó también en la forma de enjuiciar el desarrollo histórico de la filosofía. En contraposición a Marx y Engels, que sin menoscabo de su perspectiva crítica valoraron debidamente las aportaciones positivas de los filósofos que les precedieron, Stalin impuso la subestimación de toda la filosofía premarxista. Según su concepción del desarrollo filosófico, las filosofías anteriores al marxismo eran mera prehistoria separada por un abismo de la filosofía científica marxista. Así, mientras Marx y Engels valoraron a Aristóteles como el más grande filósofo de la antigüedad, Stalin no veía en él sino al ideólogo del esclavismo; en contraste con la defensa que Marx hizo de Hegel, frente a quienes lo trataban como «perro muerto», para Stalin la filosofía de Hegel constituía meramente una reacción aristocrática contra la Revolución francesa. El propio Marx no se libró de tales simplificaciones de Stalin: su obra juvenil fue relegada, por considerarla todavía hegeliana y aún no marxista. Incluso Lenin sufrió las consecuencias de tal esquematismo. Se valoró desmesuradamente su polémica obra Materialismo y empiriocriticismo, mientras se relegaban al carácter de «apuntes para el uso personal y privado» sus interesantes Cuadernos filosóficos.

Esta posición filosófica de Stalin, que caracteriza todo el desarrollo del marxismo-leninismo durante la etapa en que dirigió el Estado soviético, ha sido caracterizada por Gajo Petrovic como «una extraña síntesis entre un extremado dogmatismo y una exagerada actitud nihilista respecto ala herencia filosófica de Marx». Y este filósofo yugoeslavo precisa todavía más su caracterización: «No creo que Stalin ni el estalinismo sean fenómenos históricos exclusivamente negativos. Sin embargo, cualquiera que sea el juicio final de la historia acerca de los méritos y errores de la política de Stalin, una cosa sí podemos dar por cierta: la concepción estalinista de la filosofía marxista difiere esencialmente de la concepción de Marx, Engels y Lenin. Stalin simplificó, tergiverso y esclerotizó las concepciones filosóficas contenidas en las obras de Engels y Lenin, y omitió casi por completo la herencia filosófica de Marx. El retorno al pensamiento de Marx, Engels y Lenin, a partir de Stalin, no fue el retorno de un sistema completo de dogmas filosóficos a otro, sino un redescubrimiento de muchas concepciones importantes que fueron falseadas, tergiversadas u omitidas por Stalin, y a su vez un replanteamiento de multitud de problemas sofocados por el estalinismo.»21

Empero, las simplificaciones y reduccionismos de Stalin no se dieron sólo en el campo de la filosofía, sino también en el de las ciencias sociales y naturales. Por razones de espacio, no nos es ahora posible desarrollarlas y nos limitamos a enenciarlas:
    - En el campo del materialismo histórico se suprimió el concepto de modo de producción asiático no obstante su explícita utilización por Marx en su trabajo sobre las formaciones sociales precapitalistas;

    - En el de la teoría militar, eliminación de la valoración positiva de Clausewitz, que en su día realizaron Marx, Engels y Lenin;

    - En el de la genética, eliminación de las aportaciones realizadas por los científicos soviéticos que no admitieron las directrices ideológicas de Lysenko y fueron condenados como adeptos al «morganismo-mendelismo»;

    - En el de la mecánica cuántica, eliminación del principio de complementariedad, por considerarlo producto de la escuela idealista de Copenhague. Stalin no intervino personalmente en la polémica

    - - - En el de la física general, se puso en entredicho la teoría de la relatividad de Einstein. Concretamente el ideólogo de Stalin, A. A. Zdhanov, llegaba a afirmar el 24-6-1947: «Al no entender la trayectoria dialéctica del conocimiento, la relación mutua entre la verdad absoluta y la relativa gran número de seguidores de Einstein, que transfieren los resultados de la investigación de las leyes del movimiento de una porción finita, limitada, del universo a la realidad del universo infinito, han comenzado a hablar de un mundo finito, de sus confines temporales y espaciales; el astrónomo Milne llegó incluso a "calcular" que el mundo fue creado hace dos mil millones de años». No obstante, como precisa Graham, «[...] los comentarios de Zdhanov iban dirigidos más contra las interpretaciones cosmológicas de la relatividad general que contra las posiciones básicas de la teoría especial o general de la relatividad»22;

    - En el de la lingüística, eliminación de la escuela de N. Y. Marr;

    - En el de la economía política, la discutible tesis sobre la ruptura del mercado mundial y otras posiciones subjetivistas.

El dogmatismo de esta etapa se sustentaba también en la no menos discutible tesis de Stalin sobre la agudización de la lucha de clases a medida que se edificase el socialismo. Este subjetivismo de clase condujo a la tesis barroca de la existencia de «dos ciencias»: la «ciencia burguesa» y la «ciencia proletaria». Ante los perjuicios que ello ocasionó para la ciencia y la cultura soviética, le correspondió sin embargo a Stalin -al menos parcialmente- el mérito de haber sido quien originase el viraje corrector. En 1950 interviene en un debate sobre la lingüística y sienta el principio de que «sin el enfrentamiento de opiniones y la libertad de crítica, la ciencia y la filosofía no pueden desarrollarse». Stalin consideraba errónea la interpretación del filólogo N. Y. Marr y de sus discípulos, que establecían una determinación clasista del lenguaje y lo integraban así como un elemento de la superestructura. Su crítica se extendió también a otros formalistas y «proletcultistas» que pretendían que las leyes y formas del pensamiento estudiadas en la lógica formal tenían igualmente un contenido clasista, al constituir un elemento de la superestructura. A juicio de Stalin, se incurría así en una interpretación vulgar de la posición «partidista» (partijnost) en la ciencia, que trataba con el mismo patrón a las ciencias teóricas de la sociedad -ciencias sociales como la economía política, la sociología, etc.-, que por su naturaleza están ligadas a una clase social, y las ciencias que no están conectadas a una clase determinada: la lingüística, la lógica formal, etc. Para Stalin estas últimas, al igual que las ciencias naturales, son utilizadas por diferentes clases sociales, pues no pertenecen a la superestructura, sino que representan fenómenos sociales ligados directamente -sin mediación de la base- con la producción.

La apreciable transformación que el leninismo sufrió, como consecuencia de la interpretación que del mismo realizó Stalin, condujo a que durante una cierta etapa se utilizase el concepto de marxismo-leninismo-estalinismo o de «teoría marxista-leninista-estalinista». Tras el XX Congreso del PCUS y la crítica al «culto a la personalidad» desapareció tal denominación y fueron revisadas y rectificadas en la URSS muchas de las tesis que Stalin incorporó o sustrajo al «marxismo-leninismo». Sin embargo, para pronunciarse con rigor sobre el valor teórico del marxismo-leninismo habría que confrontar la posición de Stalin sobre la singularidad del leninismo, como desarrollo del marxismo, con la concepción que Lenin tenía de la teoría elaborada por los fundadores del socialismo científico.

En su breve bosquejo biográfico de Marx -publicado en 1913 por el Diccionario Granat- Lenin sostiene que «El marxismo es el sistema de las concepciones y la doctrina de Marx. Este continúa y corona genialmente las tres principales corrientes ideológicas del siglo XIX, que pertenecen a los tres países más avanzados de la humanidad: la filosofía clásica alemana, la economía política clásica inglesa y el socialismo francés vinculado a las doctrinas revolucionarias francesas en general»23. Con ello se conjugaban en la teoría marxista:
  1. El más alto nivel de desarrollo del materialismo filosófico.
  2. El revolucionario método de la dialéctica materialista.
  3. La concepción materialista de la historia o materialismo histórico.

A su vez, el materialismo histórico proporciona el método adecuado para el conocimiento de las leyes generales del desarrollo social y, en particular, de las leyes del desarrollo del capitalismo. Del mismo fundamento se deduce también la función de la lucha de clases como motor de la historia. De todas estas aportaciones de Marx a la teoría del socialismo científico, la decisiva fue la concepción materialista de la historia.

Esta es la tesis de Engels, en el prefacio a la edición alemana de 1883 al Manifiesto comunista, al precisar que «la idea fundamental de que está penetrado todo el Manifiesto -a saber: que la producción económica y la estructura social que de ella se deriva necesariamente en cada época histórica constituyen la base sobre la cual descansa la historia política e intelectual de esa época; que, por tanto, toda la historia (desde la disolución del régimen primitivo de propiedad común de la tierra) ha sido una historia de lucha de clases, de lucha entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, en las diferentes fases del desarrollo social; y que ahora esta lucha ha llegado a una fase en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime (la burguesía), sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre, a la sociedad entera de la explotación, la opresión y la lucha de clases-, esta idea fundamental pertenece única y exclusivamente a Marx». Y, en una nota a ese mismo prefacio agregada a la edición de 1890, Engels agrega: «A esta idea, llamada, según creo, a ser para la historia lo que la teoría de Darwin ha sido para la biología, ya ambos nos habíamos ido acercando, poco a poco, varios años antes de 1845. Hasta qué punto yo avancé en esta dirección puede verse mejor en mi Situación de la clase obrera en Inglaterra. Pero cuando me volví a encontrar con Marx en Bruselas, en la primavera de 1845, él ya había elaborado esta tesis y me la expuso en términos casi tan claros como los que he expresado aquí.»24

Y si Engels valoraba así en el Manifiesto, tanto el carácter fundamental del materialismo histórico como la aportación decisiva que a su elaboración hizo Marx, por su parte Lenin valoraba a dicho Manifiesto con no menor entusiasmo: «En esta obra está trazada, con claridad y brillantez geniales, la nueva concepción del mundo: el materialismo consecuente, aplicado también al campo de la vida social; la dialéctica como la doctrina más completa y profunda del desarrollo; la teoría de la lucha de clases y del papel revolucionario histórico-universal del proletariado, creador de la sociedad nueva, de la sociedad comunista.»

Es difícil sintetizar, en el espacio disponible, la ingente aportación de Lenin al desarrollo del marxismo. Muy esquemáticamente podría resumirse en:

- Su polémica con los populistas sobre el desarrollo del capitalismo en Rusia. Su contribución fue decisiva para la formulación de una estrategia revolucionaria específicamente adaptada a las condiciones imperantes bajo el zarismo.

- Polémica con los idealistas científicos y filosóficos en defensa de materialismo. Su contribución -matizada en sus Cuadernos filosóficos- logró mantener la hegemonía de la filosofía marxista.

- Polémica con mencheviques, socialrevolucionarios, «permanentistas», bolcheviques de «izquierda» y de «derechas», etc., sobre la estrategia y la táctica de la revolución rusa. Con sus Tesis de abril se impuso definitivamente hasta culminar en la Revolución de Octubre.

- Polémica con mencheviques, «conciliadores», etc., sobre las formas de organización y de trabajo en el partido. Con ella impuso su concepción de «partido de nuevo tipo» -partido de vanguardia-que se demostró particularmente eficaz para la lucha en la clandestinidad.

- Teoría del imperialismo, como última fase del capitalismo, y sobre las posibilidades de ruptura del eslabón más débil de la cadena imperialista.

- Teoría sobre las condiciones de la revolución en Europa, en Oriente, etc., y sobre los requisitos para la edificación del socialismo en la URSS. Sobre este último aspecto son particularmente relevantes sus últimos trabajos: Discurso ante el IV Congreso de la Internacional Comunista -5-12-1922--, Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial, Discurso pronunciado en el pleno del sóviet de Moscú -20-11-1922-, Páginas del diario, Sobre la cooperación, Nuestra revolución -a propósito de las notas de N. Sujánov-, Cómo tenemos que reorganizar la inspección obrera y campesina -proposición al XII Congreso del Partido-, Más vale poco y bueno, Carta al Congreso, Sobre la concesión defunciones legislativas al Gosplan -para el apartado relativo al aumento del número de miembros del CC-.25 Es útil contrastar estos textos finales de Lenin, muy expresivos de su preocupación por los procesos de burocratización en curso y su repercusión en el futuro del Estado soviético, con la posición lúcida, pero optimista, que Lenin sostenía en su trabajo ¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?26, escrito en las vísperas mismas de la Revolución de Octubre.

- Crítica sistemática del revisionismo de los líderes socialdemócratas de la II Internacional y elaboración de los principios comunistas en que debía basarse la III Internacional. Incluye también la crítica al socialpatriotismo y socialchovinismo que en tales partidos se manifestó al desencadenarse la Primera Guerra Mundial.

- Desarrollo de la teoría marxista de las nacionalidades y su fundamentación en la principio del derecho de las naciones a la autodeterminación. Incluye la crítica a las posiciones propias del chovinismo de las grandes naciones, bien sea en el plano teórico -frente a Rosa Luxemburgo- o en su aplicación concreta, contra Stalin, etc.

- Crítica sistemática del «izquierdismo» -como enfermedad infantil del comunismo-, el economismo, el tradeunionismo, etc.

Aun valorando plenamente la transcendencia, tanto en el plano teórico como en el político, de estas aportaciones de Lenin a la defensa y desarrollo del marxismo, desde una perspectiva axiológica, no guardan proporción con la aportación decisiva inicial de Marx. Marx elaboró la cosmovisión del marxismo -materialismo filosófico no mecanicista-, su método -dialéctica materialista-, la teoría del desarrollo social que lo distingue de todas las demás doctrinas socialistas -materialismo histórico-, la especificidad de la función del proletariado, en la lucha de clases -teoría de la clase-universal y de la dictadura del proletariado-, fundamentó los principios del internacionalismo proletario -Manifiesto Comunista-, descubrió el fundamento económico de la explotación de la clase obrera -teoría del valor-trabajo y teoría de la plusvalía-, descubrió las leyes del desarrollo del capitalismo -acumulación, concentración y centralización del capital-, descubrió las causas económicas del colonialismo y la opresión nacional -trabajos sobre la India, Irlanda, etc.-, formuló la estrategia y la táctica inicial del movimiento obrero, etc. En cambio, Lenin defendió consecuentemente el marxismo frente a toda clase de adversarios teóricos, ideológicos y políticos. Tarea muy necesaria, pero subalterna en relación a la realizada por Marx. Otra relevante aportación de Lenin fue la adaptación que realizó a las condiciones específicas del Imperio zarista de la estrategia y la táctica revolucionaria marxista. Tarea indispensable, pero no parangonable a la formulación global de la teoría marxista. De esta estrategia y tácticas se deducen experiencias que se pueden generalizar más allá del ámbito territorial de tal Imperio. Empero, ello no iguala el nivel axiológico de las tareas de Marx y Lenin.

Si, según la célebre definición de Stalin, «el leninismo es el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria»27, habría que plantearse la transcendencia cualitativa que para el marxismo puede suponer el tránsito hacia la citada época. En ese sentido es obvia la relevancia de los trabajos de Lenin acerca del imperialismo. Tanto en su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo28, como en los exhaustivos apuntes, notas, observaciones y tablas estadísticas que para su redacción elaboró Lenin, se abordan con rigor los fenómenos económicos generados por la concentración de la producción y el surgimiento de los monopolios. Asimismo se analizan las nuevas funciones de los bancos, el capital financiero y la oligarquía financiera, las exportaciones de capital y el reparto del mundo entre las asociaciones de capitalistas. Igualmente, y como una consecuencia necesaria de tales fenómenos económicos, el reparto del mundo entre las grandes potencias; el imperialismo, como fase peculiar del capitalismo, incluyendo su parasitismo y descomposición. Todo ello para situar definitivamente el lugar histórico del imperialismo. De estos trabajos de Lenin que complementan y rectifican los conocidos El imperialismo, de J. A. Hobson, y El capital financiero, de R. Hilferding, se deduce que es operativa la distinción entre capitalismo premonopolista y capitalismo monopolista. Sin embargo, el capitalismo monopoista -aunque se desarrolle según leyes específicas propias- sigue siendo capitalismo y le son aplicables las leyes generales del desarrollo capitalista que en su día descubrió Marx.

En consecuencia, si esa permanencia, del carácter esencial del capitalismo, se da en la base del sistema, también debe darse en su superestructura. Los principios y postulados generales del marxismo, que Marx y Engels elaboraron, siguen vigentes no obstante el desarrollo complementario quede los mismos elaboró Lenin. Por consiguiente, sería admisible una utilización rigurosa del concepto de marxismo-leninismo si, mediante tal par de términos, se expresase una subordinación del segundo al primero. Por el contrario, no lo sería si mediante tal formulación se pretendiese expresar una relación de igualdad entre ambos términos. En todo caso, parafraseando una célebre fórmula de Engels, concluiríamos expresando nuestra convicción de que, al igual que el mundo, el marxismo no necesita de ningún aditamento o adjetivación.

III. Valoración de las aportaciones del Lenin al marxismo

El que no consideremos que los conceptos de marxismo y leninismo se hallan al mismo nivel cualitativo no supone la menor subestimación de la ingente aportación que Lenin realizó al desarrollo del marxismo. Por el contrario, suscribimos plenamente la apreciación de Monty Johnstone de que «como estratega y jefe de la primera y mayor revolución socialista del mundo, del partido bolchevique y del movimiento comunista internacional, Lenin ocupa en la historia del marxismo el segundo puesto, solamente superado por Marx. Se le ha definido como quizá el mayor revolucionario de todas las épocas»29. Sin embargo, no es nuestro propósito realizar, en esta parte final de nuestro trabajo, una valoración total de sus aportaciones al desarrollo del marxismo. En el transcurso de este trabajo ya hemos hecho referencia directa a dichas aportaciones o indirecta a través de su interpretación por Stalin. Por ello vamos a limitarnos a concluir con una mención de algunos de los aspectos del pensamiento de Lenin que continúan plenamente vigentes.

Uno de esos aspectos es el concepto de hegemonía, en el sentido específico con que se utiliza en el campo político. Es un concepto muy difundido en las últimas décadas y que puede tener gran operatividad para las estrategias revolucionarias que en Occidente pretenden una transformación en profundidad de la sociedad. En ese sentido, la referencia obligada se remite al pensamiento de Gramsci. Sin embargo, no es suficientemente conocido que, como señalabamos en nuestro trabajo Vigencia del pensamiento de Gramsci30, «Gramsci reconoce explícitamente que la paternidad del concepto de hegemonía debe atribuirse a Lenin, ya que -según sus palabras- constituye la más genial aportación de Ilich (Lenin) a la filosofía de la praxis». Podría incluso ser equivalente al concepto de «dictadura del proletariado» en el sentido de que ésta no está sólo constituida por la coerción hacia los adversarios, sino también por la dirección de los aliados. En esta perspectiva, la dictadura del proletariado seria la forma política y estática en que se realiza la hegemonía, mientras que la hegemonía estaría constituida por el momento en que se realizan las alianzas que constituyen la base social necesaria a la dictadura del proletariado. Sin embargo, a pesar del explícito origen leninista del concepto de hegemonía, Gramsci tuvo oportunidad de desarrollarlo a niveles de mucha mayor profundidad teórica al interrelacionarlo con el de bloque histórico. Es decir -en la concepción gramsciana-, de un complejo, determinado por una situación histórica dada, constituido por la unidad orgánica de la estructura y la superestructura.

En los textos de Lenin, el concepto de hegemonía aparece ante todo como hegemonía política. Gramsci concede gran valor al concepto de hegemonía política -incluso valor filosófico, ya que, como se recordará, la política es un elemento esencial de la filosofía de la praxis-, pero distingue también otra forma de hegemonía: la hegemonía ideológica. Así para Gramsci «la supremacía de un grupo social -clase- se manifiesta de dos maneras: como "dominación” y como "dirección intelectual y moral". Un grupo social ejerce la dominación sobre grupos adversos, a los que tiende a liquidar o someter, incluso por la fuerza de las armas, y dirige a los grupos que le son próximos o aliados. Un grupo social puede, e incluso debe, ser dirigente antes de conquistar el poder gubernamental. Y ésta es una de las principales condiciones para la conquista del poder en sí mismo. Después, cuando ejerce el poder, incluso si lo detenta con firmeza, se convierte en grupo dominante, pero debe seguir siendo el grupo dirigente»31.

Tratando de precisar las diferentes articulaciones del concepto de hegemonía, Gramsci repetía a menudo esta formulación de Lenin: «Los partidos son la nomenclatura de las clases sociales.» Pero para Gramsci -según acertadamente señala Umberto Cerroni-, las relaciones entre partidos y clases sociales no tienen nada de automáticas. Por ejemplo, no es suficiente ser obrero para ser comunista... La complejidad de tal relación remite precisamente al concepto de hegemonía. Desde al perspectiva que proporciona su profundización en la problemática de la hegemonía ideológica, Gramsci profundiza más que Lenin en valorar la importancia del consenso de las masas explotadas y, en consecuencia, matiza más que Lenin la función social del Estado sin limitarla a constituir un mero instrumento represivo y «Consejo de Administración» de la clase dominante. De ahí también que Gramsci comprenda mejor que Lenin -aunque en éste se dio una interesante autocrítica sobre la impronta «excesivamente rusa» de que se había impregnado la Internacional Comunista- la necesidad de una estrategia revolucionaria específica para las sociedades desarrolladas de Occidente que permita romper mejor el amplísimo consenso que en la sociedad civil ha obtenido la burguesía. No obstante esta mayor profundización de Gramsci en el desarrollo del concepto de hegemonía-posibilitada por el período de reflexión que para él supuso su reclusión en las cárceles fascistas- es evidente que sin la aportación de Lenin es inconcebible la existencia de Gramsci como pensador marxista. En contraposición a muchas simplificaciones dogmáticas del pensamiento de Lenin, se puede comprobar, mediante los correspondientes textos de ambos, que la estrategia revolucionaria de Gramsci para Occidente -basada en una «guerra de posiciones» que conquiste paulatinamente las instituciones de la sociedad civil- se fundamenta en el concepto de hegemonía formulado inicialmente por Lenin.

Además, Lenin era consciente de la necesidad de utilizar estrategias revolucionarias diferenciadas en Rusia y en los países avanzados de Occidente. Así lo expresó, explícitamente, en su informe al VII Congreso del PC(b), el 7-3-1918: «[...] Sólo gracias al hecho de que nuestra revolución ha coincidido con este feliz momento en que ninguno de los dos gigantescos grupos de bandidos se hallaban en estado de lanzarse inmediatamente el uno sobre el otro ni podían agruparse contra nosotros, sólo aprovechando, como efectivamente aprovechó nuestra revolución, este momento en las relaciones políticas y económicas internacionales pudo recorrer su brillante camino triunfal en la Rusia europea, pasar a Finlandia y comenzar a conquistar el Cáucaso y Rumania. Sólo así puede explicarse el que entre nosotros, en los círculos avanzados de nuestro partido, aparecieran militantes, intelectuales-superhombres, a quienes estas marcha triunfal se subió a la cabeza y que decían: nosotros venceremos al imperialismo internacional; también allí el camino a recorrer será un camino triunfal; allí no existen verdaderas dificultades. Esto diverge de la situación objetiva de la revolución rusa, que ha aprovechado sólo las dificultades temporales del imperialismo internacional [...]. Tanto allí como aquí el movimiento revolucionario iba creciendo, pero en los países imperialistas este movimiento revolucionario se hallaba todavía en un estado inicial. El ritmo de su desarrollo era distinto del que tenía en Rusia. Para todo el que meditase sobre las premisas económicas de la revolución socialista en Europa era evidente que en Europa era mucho más difícil comenzar la revolución, mientras que en Rusia era mucho más fácil comenzarla, pero será más difícil continuarla. Esta situación objetiva ha sido la causa de que tuviéramos que experimentar un viaje histórico extraordinariamente difícil y brusco. [...] La revolución no llegará tan pronto como esperábamos. La historia lo ha demostrado y hay que saber aceptarlo como un hecho, hay que aprender a tener en cuenta que la revolución socialista mundial en los países avanzados no puede comenzar tan fácilmente como en Rusia, país de Nicolás y de Rasputín, y en donde gran parte de la población era completamente indiferente a conocer qué pueblos viven en la periferia y qué es lo que allí ocurre. En un país de esta naturaleza comenzar la revolución era tan fácil como levantar una pluma. Pero en un país donde el capitalismo se ha desarrollado y ha dado una cultura democrática y una organización que alcanzan hasta el último hombre, comenzar la revolución sin la debida preparación es un desacierto, es un absurdo. En este caso no hacemos más que abordar el penoso período de las revoluciones socialistas. Y esto es un hecho.»32

La faceta del pensamiento de Lenin que mantiene mayor vigencia es, sin duda, su concepción del imperialismo. Es decir, su juicio global sobre el capitalismo de la época y sobre sus leyes de desarrollo, que enmarcan los cambios acontecidos en su origen y en sus conexiones recíprocas. Aunque su trabajo de síntesis sobre el tema -El imperialismo, fase superior del capitalismo- fue elaborado, como todos los demás textos teóricos de Lenin, para servir a las necesidades polémicas inmediatas de la lucha ideológica, no por ello se resiente de insuficiencia de documentación o ligereza en el juicio. Más bien se caracteriza por todo lo contrario. Para elaborarlo realizó anotaciones precisas de por lo menos 148 libros y 232 artículos. De hecho utilizó críticamente toda la investigación existente sobre el tema y la enmarcó en el seno de una rigurosa visión marxista del desarrollo económico y de sus leyes.

La transcendencia política del trabajo de Lenin sobre el imperialismo, de la que se deriva su vigencia, estriba en que en él se plantea, ante todo, el problema de la esencia económica del fenómeno imperialista. Para Antonio Pesenti, catedrático de economía de la Universidad de Parma, del propio título se impone un postulado del que se pueden deducir importantes consecuencias políticas: el imperialismo no es una «política» del capitalismo, sino una de sus fases o estadios. Y no es una fase o estadio ocasional, sino que nace y se desarrolla según las leyes propias del capitalismo. Esta tesis era opuesta a la de Kautsky, que se negaba a ver en el imperialismo una fase del capitalismo y definía el «imperialismo» como la política «preferida» del capital financiero y como la tendencia de los países industriales a anexarse los países agrícolas. Desde una perspectiva actual, Pesenti considera que frente a las concepciones apologéticas del capitalismo -que, paradójicamente, pretenden haberse logrado su superación- «resulta todavía necesario afirmar la tesis de Lenin de que el imperialismo es una fase o estadio del capitalismo, así como remarcar que vivimos en una sociedad capitalista, aunque en uno de sus estadios. Es decir, que todavía es importante la batalla que debe librarse según el método leninista y teniendo en cuenta todos los nuevos fenómenos aparecidos durante los últimos cincuenta años, y contra las interpretaciones reformistas y su influencia aún sobre el pensamiento de quienes se declaran "más a la izquierda" que los comunistas»33. Tales interpretaciones, que mantienen vigentes los planteamientos metodológicos de Lenin, siguiendo a Pesenti podrían así sintetizarse:

    1. La tendencia a sobrevalorar el aspecto político, o sea, superestructural y sociológico del imperialismo. Conduce a considerar la posibilidad de superar las contradicciones del imperialismo con una «política» democrática en el campo interno y en el campo internacional: confianza excesiva en las organizaciones internacionales de «colaboración» y «ayuda».

    2. La tendencia a sobrevalorar el aspecto financiero del capital en el imperialismo; el peso sin duda creciente del capital financiero, según la posición sostenida ya por Hilferding; y de allí, el creer en la posibilidad de dirigir la economía nacional y mundial sin realizar profundas reformas estructurales, limitándose a dominar las fuentes de financiación.


    3. La tendencia, propia de la «nueva izquierda» y de muchos economistas radicales del Tercer Mundo, a conceder un peso predominante, en la esencia del fenómeno imperialista, a la relación entre país imperialista y «colonia», o lo que actualmente se denominan «países subdesarrollados», entre «metrópolis» y «países dependientes». Es ta tendencia se caracteriza por la sobrevaloración de un hecho externo a la relación directa -en las metrópolis- entre clase obrera y clase capitalista, del cual surge, en el proceso productivo, la apropiación de la plusvalía. Con esta tendencia se reactualiza la tesis de Rosa Luxemburgo, que pretendía refutar los esquemas sobre la reproducción ampliada del capital elaborados por Marx, al sustentar que el proceso de acumulación y reproducción no puede darse en una sociedad capitalista pura desconectada del mercado exterior. Con ello se tendría la base teórica para afirmar que la lucha de liberación nacional de los países subdesarrollados contra la explotación imperialista es el componente principal de la lucha contra el capitalismo; representa la «contradicción fundamental» del capitalismo actual. De ello se deriva la tesis de que la iniciativa revolucionaria ha pasado a manos de las masas oprimidas de los países subdesarrollados: ésta sería hoy la fuerza motriz revolucionaria fundamental y no ya la clase obrera de los países capitalistas desarrollados.

Estas interpretaciones -que tienen importantes consecuencias negativas para la lucha emancipadora de los trabajadores y de los pueblos- se apartan significativamente de la metodología y la lógica económica marxista que Lenin siguió y desarrollo. Aunque Lenin subrayó la importancia creciente del desplazamiento de los factores productivos -emigración de trabajadores, exportación de capitales, etc.- y la explotación de las colonias para extraer materias primas -capital constante- y «reservar» mercados para la vida del imperialismo, no veía en estos fenómenos la esencia del imperialismo, así como Marx no veía en el comercio exterior o en la existencia de formas precapitalistas, la condición necesaria para la vida misma del sistema capitalista. Como subraya Pesenti, para el marxismo, el origen de todas las contradicciones capitalistas radica siempre en el proceso de producción capitalista, donde se forma la plusvalía que representa el fin de la producción, donde se contrapone el capitalista que posee los medios de producción y el trabajador obligado a vender, como mercancía, su fuerza de trabajo. Aunque, en el largo medio siglo transcurrido desde la publicación de El imperialismo fase superior del capitalismo, se ha acentuado la importancia económica y política de la explotación de las formas precapitalistas y de los países subdesarrollados, ello no debe conducir a desnaturalizar el carácter fundamental de la teoría marxista de la explotación y del desarrollo económico. En consecuencia, no cabe -si se pretende mantenerse en una perspectiva marxista- subestimar la lucha de la clase obrera en los países desarrollados, para sustituirla por un nuevo sujeto revolucionario constituido exclusivamente por la lucha antiimperialista que libran los pueblos del Tercer Mundo. Frente a tales interpretaciones se mantienen plenamente vigentes los planteamientos metodológicos y muchos de los análisis de Lenin. En ese sentido, coincidimos con el profesor Pesenti cuando afirma: «Pienso que las modificaciones que tuvieron lugar desde que Lenin escribiera su ensayo sobre el imperialismo constituyen el lógico desarrollo de las ya analizadas por él; es decir, que no ha habido una transformación radical delcapitalismo y del imperialismo. Finalmente, me parece que el método seguido por Lenin en el análisis de los fenómenos y en su lucha contra las desviaciones de derecha y de izquierda del marxismo es todavía válido, así como son todavía válidas sus conclusiones esenciales sobre la naturaleza, las características y el desarrollo del imperialismo.»34

 

NOTAS


1 Director de la Asociación Cultural Isidoro Acevedo (Oviedo)
2 «Comunismo científico., en Diccionario. Bajo la dirección del académico A. Rumiántsev. Moscú, 1981. Editorial Progreso. p. 255.
3 Lenin, V.I. Dos tácticas de la socialdemocrácia en la revolución democrática, Madrid, Akal Editor.
4  Trotski, L. 1905. Milán, 1948. Instituto editoriale italiano. pp. 10-11.
5  Trotski, L.; Bujarin, N.; ZinÓviev, G., y Stalin, J. El Grau Debate (1924-1926. I. La revolución permanente. II. El socialismo en un sólo país. Madrid, 1976. Siglo XXI editores. pp. 160-161 del segundo volumen.
6 Knei-Paz, B. Trotskj: revolución permanente y revolución del atraso', en La época de la III Internacional (I). Volumen 7 de la «Historia del marxismo», dirigida por Eric J. Hobsbawn. Barcelona, 1983. Editorial Bruguera. pp. 195 y ss.
7  Trostki, L Obras escogidas. Tomo!. Madrid, 1976. Editorial Fundamentos. p. 116.
8 Op. cit. pp. 15 y ss. Este Tomo I de las Obras escogidas de Trotskl comprende «Las lecciones de octubre, y 'La revolución permanente.
9 Op. Cit. El Gran Debate (1924-1926). 1. La revolución permanente. p. 99.
10 Cita que Bujarin hace de una de las últimas o penúltimas obras de Trotski, en La teoría de la revolución permanente de Trostki, por Nicolás Bujarin. México, 1975. Ediciones Roca. p. 21.
11 Zinóviev, G. El Ieninismo, en la Op. cit. El Gran Debate (1924-1926). L La revolución permanente. p. 176.
12 Procacci, G. La discusión sobre la revolución permanente. Op. Cit. pp. 16.18.
13 Stalin, J. V. Obras. Tomo 6. 1924. Moscú, 1953. Ediciones en Lenguas Extranjeras. p.71.
14 Stalin, J. Cuestiones del leninismo, en la Op. cit. El Gran Debate (1924-1926). II. El socialismo en un sólo país.
15  Stalin, J. V. Obras. Tomo 6.1924. Buenos Aires, 1973. Ediciones en Lenguas Extranjeras.
16 Stalin, J. V. Obras. Tomo 6.1924. Moscú, 1953.
17 Stalin, J. V. Obras. Tomo 6.1924. Moscú, 1953. Ediciones en Lenguas Extranjeras. pp. 148-149.
18 Stalin, j. V. Obras. Tomo I. 1901-1907. Madrid, 1984. Ediciones Vanguardia Obrera. p. 320
19 Historia del Partido Comunista Bolchevique de la URSS. Madrid, 1976. Emiliano Escolar editor. Dos tomos. El trabajo de Stalin figura en el capítulo IV. Existe también una edición por separado, en lengua española, con el título de Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico. Tirana, 1979. Casa Editora 8 Nëntori
20 Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS. Ensayos histórico-filosóficos. Moscú, 1964. Editorial Progreso. p. 14.
21 Petrovic, G. Marxismo contra estalinismo. Barcelona, 1970. Editorial Seix Barral. P. 12
22 Graham, L. R. Ciencia y filosofía en la Unión Soviética. Madrid, 1976. Siglo XXI editores. p. 145.
23 Lenin, V.I. Marx, Engels, marxismo. Moscú, 1977. Editorial Progreso. p.9.
24 Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista. Moscú, 1978. Editorial Progreso. p.9.
25 Lenin, V.I. Problemas de la edificación del socialismo en la URSS. Moscú, 1977. Editorial Progreso
26 Lenin, V.I. Acerca del aparato estatal soviético... en Artículos y discursos. Moscú, 1980. Editorial Progreso. p.42.
27 Stalin, J.V. Obras. Tomo 6. 1924. Moscú, 1953. Ediciones en Lenguas Extranjeras. p.73.
28 Lenin, V. I. El imperialismo, fase superior del capitalismo. Moscú, 1977. Editorial Progreso.
29 Johnstone, M. Lenin y la revolución., en La época de la Ill Internacional (I), de la Historia del marxismo, dirigida por Eric J.Hobsbawn. Barcelona, 1983. Editorial Bruguera. p. 137.
30 Laso Prieto, J. M. ..Vigencia del pensamiento de Gramsci.., en revista El Basilisco, n. 6. Enero-abril, 1979. pp. 73 y ss
31Gramsci, A. Il Risorgimento. Roma, 1949. Editore Einaudi (11. edic. en 1974). p.70.
32 Lenin, V. I. Discursos pronunciados en los congresos del partido (1918-1922). Moscú, 1971. Editorial Progreso. pp. 9-10 y 16
33 Pesenti, A. ,,Validez actual de "El imperialismo"., en el volumen Lenin, ciencia y política, de Nicola Badaloni, Emilio Sereni y Antonio Pesenti. Buenos Aires, 1973. Editorial Tiempo Contemporáneo. p.97.
34 Op. cit. PP. 108-109.