José María Laso Prieto

«¿Hacia una nueva guerra mundial?»

En «La Nueva España», 23/03/2003.

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


Por fin, tras un enmascaramiento propagandístico que la Administración Bush ha realizado para tratar de justificar su agresión contra el pueblo iraquí, se ha desenmascarado iniciando una guerra que no sólo constituye una violación flagrante del derecho internacional, sino que puede también generar consecuencias bélicas imprevisibles que acabarán afectando al conjunto de la Humanidad. Surge asimismo la posibilidad de que se inicie así un proceso de conflictos bélicos que podrían culminar en una eventual III Guerra Mundial, aunque esta última revestiría formas diferentes a las de las dos anteriores.

Las dos guerras mundiales anteriores tuvieron por justificación inicial dos pretextos menores, el atentado de Sarajevo y el dominio de la ciudad de Danzig. Se pretende que con el ataque terrorista contra las Torres Gemelas neoyorquinas y el Pentágono se ha iniciado la III Guerra Mundial, que revestiría la forma de una guerra contra el terrorismo internacional, que el presidente Bush denomina Eje del mal.

En la realidad histórica, detrás de los pretextos de Sarajevo y Danzig se ocultaban intentos de conseguir el dominio de Europa e, incluso, a escala mundial. A juzgar por lo que sabemos, tras el pretexto que le proporcionó la barbarie del 11 de septiembre se trata de ampliar y consolidar la hegemonía mundial de EE.UU. Con esta finalidad han atacado a Afganistán e Irak, a los que seguirán agresiones contra Irán, Líbano, Corea del Norte, Libia y, eventualmente, Cuba. Todos esos países han sido incluidos en tal Eje del mal por la Administración Bush. De realizarse tan amplio plan bélico, estaríamos de hecho en esa III Guerra Mundial, aunque realizada en nuevas formas. ¿Existen razones para suponer la realidad de tal proyecto? Por una parte, tenemos numerosas informaciones periodísticas norteamericanas que así lo apuntan. Por otra parte, ha desaparecido el escudo nuclear soviético que podía haber frenado ese ambicioso programa estratégico. Además existen investigaciones en curso que parecen corroborarlo. Una de ellas es la que realiza el politólogo francés Meyssan. Este último, en su interesante libro La gran impostura, sostiene: «El debate que alborota a Washington no es nuevo. Las dos opciones de ataques puntuales contra Afganistán o [Irak] (guerra mundial contra el terrorismo) habían sido estudiadas y preparadas antes del 11 de septiembre. Su razón de ser no tiene ningún vínculo con los atentados de dicho 11 de septiembre, aunque estos últimos constituyen la coartada necesaria para justificar la acción bélica. Desde este momento, la lucha se centra en saber si la opinión pública puede admitir únicamente ataques a blancos concretos o está lo bastante conmovida para aceptar una guerra a largo plazo. En definitiva, el choque psicológico resultará tan importante que los estrategas de Washington no tendrán que escoger bajo la protección de sus maniobras anuales en el mar de Omán y podrán activar ambas opciones. A mediados de 2001, tras comprobar el fracaso de las negociaciones de Berlín sobre el futuro de Afganistán, la Administración norteamericana, presidida por Tom Simmons, antiguo embajador en Pakistán; Kart Inderefurt (antiguo asistente del Secretario de Estado), y Lee Coldren (antiguo experto del Departamento de Estado), se vuelve amenazadora. Según el antiguo embajador de Pakistán en París, Niak Naiz, que participaba en las negociaciones, los norteamericanos declararon que invadirían Afganistán a mediados de octubre y que derrocarían al régimen talibán (Fuentes: «US Planned Atack on Taleban» en BBC, 18 de septiembre de 2001, y «Secret Reveals US Plan to Overthrow Taleban Regime», en The Guardian de 21 de septiembre de 2001). A principios de septiembre, bajo la protección de sus maniobras anuales en el mar de Omán, «Essential Havest», el Reino Unido procedió al mayor despliegue de su flota desde la guerra de las Malvinas y a la concentración de fuerzas a lo largo de la frontera de Pakistán. Mientras tanto, la OTAN, con motivo de las maniobras «Bright Star» en Egipto, trasladó 40.000 soldados a la zona. Así, las fuerzas angloamericanas se posicionaron en la zona antes de los atentados».

En cuanto a la «guerra contra el terrorismo», el Estado Mayor Conjunto estadounidense la había preparado extensamente con la ayuda de los wargames (juegos o simulaciones de guerra) The Global Engagement IV y JPx 99 (fuente: «A New Mindset for Warfare», por William M. Arkin, en el Washington Post del 22 de septiembre de 2001). Se pusieron a punto los procedimientos tácticos, durante una última simulación en junio de 2000. Sin embargo, el wargame programado inicialmente para junio de 2001 fue anulado, lo que hizo que los oficiales implicados lo interpretaran como un paso a la acción inminente. A los estadounidenses siempre les ha repugnado tomar la iniciativa de la guerra, salvo en el caso de la que ahora está en curso. Con los atentados del 11 de septiembre encontraron la oportunidad soñada. Se volvía a repetir el pretexto de la voladura del crucero «Maine», del ataque nipón a Pearl Harbour, y del incidente del golfo de Tonkin. Así, EE.UU. no sería el agresor, sino el agredido que tiene toda la razón para aplastar a sus atacantes.

A pesar de la tradición descrita, de repugnancia de EE.UU. a tomar la iniciativa en una guerra, salvo que se les facilitase externamente un pretexto plausible para justificar su reacción, ahora la Administración Bush ha afrontado el riesgo de figurar abiertamente como un violador del derecho internacional al agredir a un Estado soberano miembro de la ONU. Con ello crea un grave precedente que puede ser utilizado en sucesivas guerras, contra Corea del Norte, Irán, Siria, Libia, etcétera. De esta forma nos encontraríamos sumidos en una guerra mundial escalonada que supondría aplicar a las relaciones internacionales la ley de la selva.