José María Laso Prieto

«El Basilisco. Revista de filosofía, ciencias humanas, teoría de la ciencia y de la cultura.»

En Sistema,Revista de Ciencias Sociales, Nº27 (sección Crítica de Libros); noviembre de 1978, Madrid.

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


Se han publicado ya dos números de esta interesante revista, que tiene por nombre El Basilisco, símbolo de la dialéctica y cuyos promotores son algunos miembros de las Facultades de Filosofía, Psicología y Ciencias de la Educación de Oviedo y Salamanca, bajo la dirección del profesor Gustavo Bueno Martínez.

La publicación tiene una periodicidad bimestral y su primer número apareció a fines de febrero. Está concebida como órgano de expresión de filósofos, psicólogos, juristas, lingüistas, historiadores, educadores, etc., es decir, de todos aquellos que, trabajando en el campo de las llamadas «ciencias humanas», estén interesados por verter en ella sus preocupaciones teóricas. Con ese propósito, y a título de exposición de motivos, proclaman en su primer número:

«Intentamos poner en marcha un antiguo proyecto: la publicación regular de trabajos cuyo común denominador fuera el estar concebidos desde una perspectiva filosófico-crítica (materialista). Con esto decimos ya que nuestra temática no es la temática de la filosofía-filológica (si se quiere, la temática de la filosofía “histórica”), sin que por ello queramos excluirla: la incluimos, pero como un material más sobre el cual se instituye la reflexión filosófica del presente. No solamente Aristóteles, Kant o Hegel, sino también Euclides, Carnot o Lenin interesan a la filosofía materialista. No solamente la sustancia, el noumeno o el espíritu objetivo, sino también los poliedros regulares, las máquinas térmicas o la revolución son asuntos de la filosofía, tal como la entendemos. En este sentido, nuestra “temática” es virtualmente universal, y lo que confiere unidad a nuestro proyecto es el modo (filosófico) de tratarla. Nuestra temática es el conjunto de todas las categorías (políticas, económicas, jurídicas, físicas, biológicas...) y nuestro objetivo es analizar las ideas que en aquéllas se realizan, teniendo en cuenta, evidentemente, las formulaciones de estas ideas que la tradición filosófica nos ha ofrecido y en la cual estamos enmarcados».

El primer número se abre con un amplio artículo del profesor Gustavo Bueno, titulado «Reliquias y relatos: construcción del concepto de “historia fenoménica”». En él, el profesor Bueno realiza un interesante análisis del tema, no de carácter metodológico, sino gnoseológico. Desde esta perspectiva gnoseológica, para el profesor Bueno «la historia –la ciencia histórica– se construye sobre ruinas, vestigios, documentos, monumentos: llamemos reliquias a todas estas cosas (reliquus = restante, reliquere = permanecer). Pero el historiador en cuanto tal no permanece inmerso en sus ruinas, no se limita a percibirlas, a constatarlas en su corporeidad fisicalista. Las puebla de “fantasmas”. El “presente” (constituido por las reliquias) aparece así, tras el trabajo del historiador, inmerso en un “pasado” fantasmagórico, al mismo tiempo que este pasado se nos presenta como una atmósfera que se respira únicamente desde el presente. Pero este presente es precisamente el presente fisicalista constituido por las reliquias. Este es un modo “denotativo” de designar el contenido de lo que vamos a llamar “historia fenoménica”».

Empero –según Bueno–, el análisis gnoseológico de este contenido plantea cuestiones muy complejas. En primer lugar porque los fantasmas del pretérito no son gratuitamente construidos (salvo cuando la historia se convierte en novela) y no es fácil dar una razón precisa gnoseológica de los motivos por los cuales la historia debe comenzar por construir «fantasmas»; es decir, no es fácil redefinir la función de estos fantasmas  en términos gnoseológicos... En segundo lugar, porque la historia así establecida, sin perjuicio de que pueda alcanzar evidencias tan apodícticas como las matemáticas, no es sino una parte de la ciencia histórica y acaso la de rango más bajo... Seguidamente, utilizando las coordenadas dela teoría del cierre categorial, el profesor Bueno sostiene «que las reliquias no forman parte del campo recto de la ciencia histórica, sino de un campo oblicuo, fenoménico. Las reliquias serán entendidas de entada como significantes (presentes) de unos significados (pretéritos) que subsisten más allá de ellos». De ahí que lo que a Bueno le importa, desde el punto de vista gnoseológico, sean las cuestiones relacionadas con el proceso de cierre histórico, con los circuitos constituidos por los procesos de transición de las reliquias a las formas pretéritas (el «pasado»), en la medida en que éstas nos devuelven de nuevo a las reliquias en un proceso recurrente... De ese modo pretende fijar su posición con respecto a las posiciones que el neo-positivismo ha mantenido ante las ciencias históricas. Así comparte con el fisicalismo todo lo que él tiene de crítica (más bien epistemológica) a la teoría de la historia prepositivista (la historia como «ciencia del pasado», etc.), pero se separa de él en lo que tiene de reductivismo.

El artículo del profesor Tomás R. Fernández, titulado «Culturas animales», constituye una importante aportación a un estudio crítico de la etología a partir de las tesis que el profesor Konrad Lorenz sostuvo en su célebre obra El anillo del Rey Salomón. El profesor Fernández se plantea inicialmente si Lorenz antropomorfiza a los animales que estudia o se animaliza él en la relación: «Indudablemente –responde–, los animales actúan tal como ellos son (y esta es la finalidad de la etología), pero al hacerlo así el etólogo descubre y participa de sus pasiones, sus odios, sus amores, sus conflictos y hasta de sus pensamientos». Aunque la etología ha cambiado profundamente por su rigor, su progresiva matematización y sobre todo por su profusa y creciente utilización del laboratorio, en vez del ambiente natural, para el profesor Fernández no hay contradicción entre reconocer grandes y profundos avances en la etología y seguir argumentando a favor de la existencia de los rasgos que Lorenz mostró inicialmente en El anillo del Rey Salomón, y que constituyen el entramado de la escena, una trastienda donde el animal sobrepasa, con mucho, lo que la literatura científica será capaz después de decir sobre él.

Y retomando el problema de la objetividad frente a un eventual antropomorfismo, Tomás R. Fernández llega a la conclusión de que el origen humano de los conceptos etológicos no es causa suficiente de antropomorfismo en ese sentido crítico que le opone a objetividad. Con ello se llega a un punto en el que parece exigirse la reducción de toda pauta humana a una correspondiente explicación biológica, con lo que, a juicio de muchos, la propia cultura acabaría así reintegrándose a la naturaleza después de desvelarse su carácter de mera apariencia. Nada hay, sin embargo, más lejos de la intención del profesor Fernández. Todos los indicios que ha proporcionado el nacimiento de la moderna etología tienden, por el contrario, a hacer pensar que lo difícilmente sostenible es la creencia en el privilegio humano de la cultura. La actitud de Lorenz, presentada aquí como paradigmática, apunta hacia el reconocimiento de lo familiar frente a cualquier barrera tajante. La cultura, cuya exigencia es difícil de escamotear, se manifiesta, para la especie humana, como una herencia antigua que puede y debe perseguirse más allá del pretendido abismo que nos separa de otras especies animales. La distinción naturaleza-cultura puede, en principio, seguir en pie: tan sólo es necesario retocar su forma de distribución. En este contexto, las «culturas animales», aun cuando representen de algún modo estados previos del desarrollo humano, no disuelven esta cultura en un mecanismo de orden inferior.

De no menor interés resulta el artículo titulado «Ateísmo filosófico y religión progresista», del que es autor Domingo Blanco Fernández. Comienza con una breve referencia a Hegel (o a la crítica religiosa de la religión), para llegar a la conclusión de que la crítica idealista de la religión se convierte, como decía Feuerbach antes de Marx, en un sucedáneo de la religión, en una soteriología intramundana, en la última astucia de la razón para consolar a los hombres de su condición indigente. Después se plantea situar correctamente la crítica de Marx a la religión, precisando que la crítica marxiana del idealismo no se funda en una filosofía de la historia, lo que ya era el idealismo hegeliano, sino en una filosofía de la praxis, que obliga a trascender incluso los planteamientos históricos y el concepto de historia. Empero nunca desarrolló Marx esta filosofía de la práctica que La ideología alemana y la Tesis sobre Feuerbach anuncian. Pero hasta sus escritos finales, el último fundamento de la ciencia marxista del «materialismo histórico» entero es la filosofía, que afirma la irreductible prioridad de un orden práctico cuyo núcleo de existencias es anterior a la historia, invariable y fijo. Sin embargo, reconocer la primacía de la práctica exigía una reforma tan completa y enérgica del entendimiento filosófico-histórico que ni Marx ni nadie hubiera podido rectificar de golpe toda la carga de su formación idealista: ideas, creencias, expectativas y postulados. Por ello, según Domingo Blanco, una crítica idealista de la religión se yuxtapone a la crítica materialista en los escritos de Marx, incluido El Capital. De hecho, el ateísmo de la filosofía de la praxis coexiste en Marx con una soteriología intramundana que pode toda su fe y su esperanza en una sociedad futura, en la que no sólo quedará curada la escisión entre las funciones sociales y personales, políticas y privadas, sino también entre el sujeto y el objeto histórico. Según Blanco, el que Marx no cobrase conciencia del idealismo de estos postulados resulta explicable, porque nunca desarrolló la filosofía de la práctica, cuyo embrión sí contenía una crítica consecuente de la religión.

Muy sugerente resulta el artículo «Freud, Hegel y Nietzsche sobre la tragedia clásica (I)», de Pilar Palop. En su parte introductoria la profesora Palop trasciende una contemplación de la teoría del Complejo de Edipo que se sitúe en una perspectiva meramente psicológica (de interés bastante limitado y de dudosa verosimilitud) para situarla a la luz del análisis filosófico en que cobra un espesor inusitado y aparece como un modelo o paradigma del que Freud se sirvió para ilustrar el nacimiento de la conciencia moral. Parece legítimo preguntarse por qué Freud había elegido, para ilustrar el mito del pecado original y el nacimiento de la conciencia ética, precisamente el argumento de una tragedia clásica, el «Edipo Rey», de Sófocles. Para P. Palop le parece indicativo, a fin de comprender el privilegio concedido por Freud a la tragedia de Edipo, recordar ciertos hitos de una tradición histórico-cultural en la que el creador del psicoanálisis vivió inserto. En efecto: antes de Freud, e incluso de su propia época, una serie de insignes filósofos tomaron la tragedia clásica como pretexto para elaborar una teoría de la ética. Indudablemente, el resucitado interés de los filósofos alemanes, sobre todo a partir de Hegel, por la tragedia clásica se explica en el contexto general de ese apasionado entusiasmo por el espíritu griego que, especialmente desde Winckelmann, impregnó la cultura alemana de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Pero no se trata sólo de esa contextualización histórico-cultural, sino que, como debidamente razona la profesora Palop, interesa perseguir el tema de la tragedia en la filosofía con una minucia algo más detenida, a fin, sobre todo, de puntualizar con mayor finura esos hilos ocultos que, en la tramoya invisible del «subconsciente objetivo» de Freud, movieron el desarrollo de la teoría del complejo de Edipo. Con ese fin se propone desarrollar una investigación sobre el papel que Hegel y Kierkegaard, Schopenhauer y Nietzsche asignaron a la tragedia clásica dentro de su filosofía y en qué términos llevaron a cabo su análisis.

Miguel A. Quintanilla, prestigioso profesor de la Universidad de Salamanca y eficaz director de la edición del Diccionario de Filosofía Contemporánea, desarrolla el tema «El mito de la neutralidad de la Ciencia. La responsabilidad del científico y el técnico». Se trata de una ponencia presentada a la I Semana de Filosofía de la Ciencia (Barcelona, diciembre de 1976). En ella, después de un profundo estudio de la pretensión de neutralidad en sentido moral –dejando de lado otras cuestiones que, sin embargo, están muy relacionadas con ésta, como son las del compromiso ontológico o axiológico en general de la ciencia– llega a la conclusión de que debemos renunciar al cómodo consuelo de que la ciencia en sí misma, tiene una autonomía y un valor garantizados pese a las malas aplicaciones que circunstancialmente se hagan de ella o pese a su inserción histórica en una sociedad injusta. Frente a esto, debemos tomar conciencia de que el desarrollo científico es un proceso imparable de compromiso con una forma determinada no sólo de ver, sino también de organizar el mundo.

Por su parte el profesor Alberto Hidalgo publica la primera parte de un artículo dedicado a «El “sistema” de la teoría general de los sistemas (reexposición crítica)». Se trata de un trabajo muy riguroso en el que el profesor Hidalgo sitúa la T. G. S. tanto desde la perspectiva histórica, de su origen en von Bertalanffy, como en el de interpretarla como una ciencia de los sistemas y como una nueva filosofía de la naturaleza. Ahora bien, desde el punto de vista de la teoría gnoseológica del cierre categorial, formulada por G. Bueno, parece sumamente discutible que una ciencia particular pueda ser al mismo tiempo una teoría sobre la ciencia, so pena de incurrir en una imperdonable confusión de planos. La gnoseología de von Bertalanffy incurre en ella, mediante la utilización de expresiones ambiguas como la de «el sistema abierto de la ciencia», consiguiendo difuminar el concepto riguroso y material de ciencia, al desligar las ciencias particulares de sus campos concretos, en los que se ejecutan sus cierres respectivos.

Gustavo Bueno (junior), director-gerente de El Basilisco publica por su parte un erudito y sugerente artículo sobre «Ontogenia y filogenia del Basilisco». En ese sentido constituye un trabajo de gran calidad en el campo de la zoología fantástica que supera por su riqueza erudita trabajos ya clásicos como los de Borges y su colaboradora. Es también sumamente interesante la amplia transcripción realizada de la controversia que sobre el origen y naturaleza del basilisco mantuvieron Feijoo y Salvador Joseph Mañer.

En la sección dedicada a la historia del pensamiento aparece un clarificador artículo de Javier Peña titulado «Espinosa: proyecto filosófico y mediación política». En ese sentido constituye una relevante aportación a la mejor comprensión de la dimensión política del pensamiento de Espinosa ya que logra probar rigurosamente su hipótesis inicial: la reflexión política de Espinosa está justificada por la necesidad de la «mediación política» que su proyecto filosófico exige. Y esta reflexión podría entenderse, a fin de cuentas –y sin perjuicio de su carácter no normativo– como determinación teórica de las condiciones políticas de su realización.

Hay que valorar por su originalidad y utilidad el hecho de que El Basilisco haya destinado una sección permanente –bajo el epígrafe de Léxico– a la adecuada exposición de conceptos y materias filosóficas que todavía o han sido desarrollados debidamente en los diccionarios filosóficos tradicionales. En el primer número, Gustavo Bueno desarrolla el de Conceptos conjugados y el profesor Julián Velarde Lógica polivalente. Ambos trabajos combinan adecuadamente la rigurosidad con la claridad expositiva.

El autor de esta reseña publica unas «Notas inéditas sobre el Congreso de Barcelona» que constituyen una amplio complemento a las que publicó en el número 20 de Sistema con el título de «El XIV Congreso de Filósofos Jóvenes». En ellas se proporciona precisa referencia del seminario conjunto de Fernando Savater y Jacobo Muñoz, del de Juan Aranzadi, del de Pilar Palop, de la sesión de clausura y de la declaración final del Congreso. Con el título de «Acerca de la unilateralidad de algunas reseñas» se efectúa una crítica de las críticas del Congreso, puntualizando debidamente a las que fueron tendenciosas.

La sección de crítica de libros finaliza el número. Comprende: «Disciplinariedad versus sistematismo en Toulmin», de Alberto Hidalgo; «Un Freud sin controversia», de Pilar Palop (en que se reseña Freud y su obra de Francesc Goma); «Ser “marxista-leninista” hoy», de J. M. Cepedal (en que se reseña Conocer a Lenin y su obra de F. Fernández Buey); «Sobre el poder (en torno a un libro de Eugenio Trías)», de Gustavo Bueno Martínez, y «Algunas precisiones sobre un libro piadoso», de Pilar Palop (reseña de La piedad apasionada de Fernando Savater). Todas ellas constituyen interesantes trabajos que rebasan la simple noticia de una obra para proporcionar perspectivas de enfoque original, o polémico, con virtualidad propia.

La excelente calidad de este primer número de El Basilisco, tanto por su contenido como por su muy lograda presentación, le han permitido tener una gran acogida no sólo en el gremio filosófico sino también en los más amplios medios culturales. En ese sentido es de destacar el extraordinario impacto que su presentación tuvo en el XV Congreso de Filósofos Jóvenes celebrado en Burgos a finales de marzo.

Esperamos poder ofrecer próximamente una reseña del número 2 de El Basilisco. Entre tanto adelantamos su temario:

Artículos: «Dimensiones de la célula primitiva», de León Garzón; «En torno al concepto de “ciencias humanas”. La distinción entre metodologías α-operatorias y β-operatorias», de Gustavo Bueno, y «Nietzsche y la tragedia», Pilar Palop.

Colaboraciones: «Aportaciones de la lingüística generativa de la Psicología general», de Juan Delval y Violeta Demonte.

Teatro crítico: «Animales virtuosos y animales científicos», de Gustavo Bueno (junior).

Historia del pensamiento: «Piaget y la metafísica», de Pilar Palop.

Documento: «Última acta del Consejo de Asturias y León», por Antonio Masip.

Léxico: «Discurso», de Gustavo Bueno.

Entrevista: «Etología y aprendizaje». Entrevista con Mc Farland, de Tomás R. Fernández y A. Kacelnik.

Notas: «Notas sobre la mecanización de las deducciones lógicas», de José Antonio López Brugos, y «La filosofía española, a debate», de Nicolás Martín Sosa.

Crítica de libros: «Esperanzas y convencimientos», de Vidal Peña; «Miguel Ángel Quintanilla o los peligros del sociologismo materialista», de Alberto Hidalgo; «Gramsci hoy», de José María Laso; «A vueltas con Wittgenstein, lógica, Viena y Gay power», de Javier Sádaba, y «Sobre uso alternativo del Derecho», de José María Laso.

Polémica: «Puntualizaciones a una crítica de Gustavo Bueno», de Eugenio Trías.