José María Laso Prieto

«Justicia para Serbia»

En Utopias-Nuestra Bandera nº 170. Madrid: Partido Comunista de España, 1996, pp. 163-165

Texto preparado para su edición digital por Carlos Glz. Penalva.


        Con este mismo título de Justicia para Serbia, bia, se ha publicado un interesante y polémico libro del escritor austriaco Petar Handke. Se trata de un segundo título, ya que el inicial era Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Moravia y Drina. Aunque resulte más poético, por las imágenes fluviales que suscita, el segundo refleja mejor el contenido del libro que reseñamos. ¿A qué se debe que un escritor de un país formal-mente neutral exija justicia para Serbia? Sencillamente a la masiva manipulación que de las in-formaciones sobre los conflictos bélicos en la ex-Yugoslavia se ha realizado a escala mundial. Tal manipulación ha constituido —junto con la realizada entorno a la guerra del Golfo Pérsico— la expresión de la campaña de desinformación más amplia y eficaz realizada durante las últimas décadas. Al igual que se demonizó a Saddam Husein, se ha demonizado ahora a todo un pueblo. Concretamente a la rama serbia de los eslavos del sur. Reconocer tal realidad, no supone de ningún modo caer en una apologia simplista de la causa serbia en la que se ocultasen los excesos y atrocidades que hayan podido cometer algunos sectores de los combatientes serbios. En un amplio estudio de la problemática yugoslava —que publicamos en la revista mexicana Dialéctica y en El basilisco, revista de la Universidad de Oviedo que dirige el profesor Gustavo Bueno— ya denunciamos las atrocidades cometidas por los «chetniks» —destacamentos de nacionalistas serbios radicales— durante la II Guerra Mundial y las que, eventualmente, hayan desarrollado durante el actual conflicto bélico. No obstante debe también precisarse que tales atrocidades resultan de una entidad mucho menor que la realiza-da por los «ustachis» —nacionalistas croatas radicales— que colaboraron con los nazis, y que revistió por su magnitud —en torno al millón de víctimas— y por sus formas, un verdadero genocidio. Hasta tal punto ese genocidio traumatizó al pueblo serbio, que ha constituido un factor esencial en la rebeldía, contra la independencia de Croacia, iniciada por la importante minoría serbia que habitaba en el territorio de dicha república integrante de la Federación Yugoslava. 

        En su prólogo a la edición española de su libro, Petar Handke precisa que el texto del libro lo publicó ante en el diario Suddestche Zeitung y causó gran revuelo en la prensa europea. Se le otorgó un «dudoso gusto» y fue calificado de «terrorista» y «abogado proserbio». Por ello en el primer capítulo del libro, Handke precisa:

«Era sobre todo a causa de las guerras por lo que yo quería ir a Serbia, al país de aquellos a los que generalmente se les llama los "agresores"... La verdad era que casi todas las imágenes y reportajes de los últimos cuatro años venían de un la-do de los frentes y de las fronteras, y en ocasiones en las que, de vez en cuando, venían del otro, con el tiempo me iban pareciendo cada vez más meros espejismos de los habituales puntos de vista inculcados, como espejismos deformados de nuestras mismas células visuales, yen modo alguno resultado de testimonio presencial. Algo me impulsaba a ir detrás del espejo; algo me impulsaba a ir al país de Serbia, con cada artículo, con cada comentario, con cada análisis más desconocido, más digno de ser estudiado, o simple-mente de que alguien lo mirara. Y el que piense: "Ah, proserbio", o bien, "Ah, yugófilo" —la última, una palabra (,palabra?) del Spiegel— éste no hace falta que siga leyendo.»

        En la parte inicial de su libro, Handke se dedica a desenmascarar algunas de las que considera como más grotescas manipulaciones antiserbias de los denominados «nuevos filósofos» franceses, como André Glucksman y Alain Finkielkraut. Después pasa a plantearse el tema del origen de los conflictos bélicos en la ex Yugoslavia. Como es sabido estos comenzaron en Eslovenia, para correrse después a Croacia, Bosnia-Herzegovina, y territorios de mayoría serbia enclavados en tales repúblicas separatistas, que exigían para sí el ejercicio del derecho de autodeterminación pero se lo negaban a su vez a tales mayorías serbias. Sobre todo ello, Handke puntualiza: «Hay dos cosas de las que yo, mucho menos aún que de los juegos de confusión, no logro deshacerme, y esto desde hace ya cuatro años y medio, desde junio de 1991, desde el comienzo de la llamada guerra de los diez días en Eslovenia, el pistoletazo de salida del desmoronamiento de Yugoslavia; dos cosas: un número y una imagen, una fotografía. El número: unas 70 personas perdieron la vida en aquella guerra inicial, pocos, digamos, en comparación con las muchas decenas de miles de las guerras que siguieron. Sin embargo, ¿cómo fue que la casi totalidad de estas 70 víctimas pertenecían al ejército popular yugoslavo, que por entonces pasaba por ser el gran agresor y que, superior con mucho en todos los sentidos, habría tenido un juego (¿juego?) incluso fácil con los pocos eslovenos que luchaban por la independencia? La relación numérica es conocida, sin que, curiosamente, haya penetrado nunca en la conciencia mundial. ¿Quién se lió a tiros con quién? ¿Y no hubo, quizás, una orden expresa del ejército de no contraatacar, dado que, a pesar de todo, se tenía la ilusión de estar entre hermanos eslavos del sur? Y la foto la vi en la revista Time: un grupo de eslovenos con una indumentaria de guerra casi fantástica, presentando con pancarta y estandarte la recién creada república. Y aquella tropa no tenía nada de juvenil; de aquellos luchadores por la libertad, tengo en la mente, sobre todo, los que mediaban la treintena; más bien barrigudos, plantados allí más bien como al término de una excursión; y hasta hoy no me he podido quitar de la cabeza que aquellos individuos ociosos, divertidos a medias, no podían ser luchadores por la libertad que, como si nada, hubieran matado a tiros a unos jóvenes soldados que no sabían lo que hacían y que además llevaban un armamento superior. Naturalmente, puede que esto sea una estupidez, pero muestra has-ta qué punto reportajes e imágenes como éstas, emitidas por TV, se trasforman o deforman en quien las recibe». Handke se plantea la cuestión también de la relevancia que ha tenido la intervención extranjera en la desintegración de Yugoslavia y en la génesis de sus conflictos bélicos sucesivos. Sin excluir a su propia patria —Austria— Handke responsabiliza sobre todo a Alemania. En ello coincide con la tesis del prestigio-so internacionalista español Antonio Remiro, y con la que he venido sosteniendo en diversos trabajos sobre la responsabilidades en el comienzo de estos atroces conflictos bélicos. Alemania frustró en 1991 la posibilidad de que la crisis yugos-lava se hubiese resuelto políticamente, a través de formas más flexibles de federación o confederación. Su unilateral y prematuro reconocimiento de la independénia de Croacia y Eslovenia fue la chispa que inició la guerra en territorio yugoslavo e impidió que la Unión Europea pu-diese desempeñar el papel de intermediario neutral. Todo ello en beneficio de las nuevas formas de expansionismo germánico. Del grado de germanización que ha sufrido Eslovenia —y de fascistización Croacia— da también cuenta Peter Handke: «Y en la televisión estatal eslovena —por lo demás casi sólo se veían canales ale-manes y austriacos— se anuncia una y otra vez la visita de una delegación económica extranjera, y al final aparece el presidente del Estado esloveno, ¿en su momento un funcionario competente y orgulloso?, pero que ahora, con la actitud de un camarero, casi de un lacayo, ofrece su país a los extranjeros como si, punto por punto, quisiera corresponder a las afirmaciones de un mandamás alemán, diciendo que los eslovenos no son ni esto ni lo otro, sino más bien "un pueblo alpino aplicado y laborioso"». Puede, a veces, Handke pecar de subjetivismo pe-ro la lectura de su libro es indispensable para equilibrar tanta manipulación y desinformación antiserbia.