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José María Laso Prieto

«¿El fin de la modernidad?»

en La Voz de Asturias, 19 de abril de 1986, p. 3 (Sección Opinión).

Texto preparado para su edición digital por Carlos Glz. Penalva.


En el foro ovetense de Tribuna Ciudadana, han desarrollado recientemente sendas conferencias los profesores José Francisco Yvars —de la Universidad Central de Barcelona — y Guillermo Menéndez de Llano, de la Universidad Complutense de Madrid. Sus respectivos títulos tenían cierta afinidad: «Metáforas de fin de siglo: el arte en la década de los 80», el del profesor Ivars, y «La creatividad, introducción al fin del siglo XX» el del profesor Menéndez de Llano.

También había afinidad temática —la de la crisis de la modernidad— aunque uno la abordase desde una consideración global del desarrollo de las corrientes estéticas y el otro lo hiciese desde la perspectiva concreta de la creatividad. Ambas conferencias fueron muy ricas de contenido, y tan didácticas que resultaron asequibles a un público culto medio. En los coloquios respectivos, quedó patente que el tema de la crisis de la modernidad interesa a sectores crecientemente amplios de la opinión pública asturiana. De tal interés, es también indicio significativo el hecho de que en los escaparates de nuestras librerías ocupen lugar destacado cuatro libros dedicados a esa problemática: 1) «La condición postmoderna», de Jean-Francois Lyotard. 2) «El fin de la modernidad» (nihilismo y hermenéutica en la cultura postmoderna), de Gianni Vattimo. 3). «El suicidio de la modernidad» (una revisión crítica de la cultura contemporánea), de Aquilino Duque. 4) «La crisis de las vanguardias y la cultura moderna», de Eduardo Subirats.

El núcleo esencial de la disertación del profesor Ivars, se centró en la creciente conciencia de que vivimos un mundo en liquidación. 0, dicho en otras palabras, existe una conciencia absoluta de apocalipsis que lleva a muchos a la convicción de que, cualesquiera que sean las formas en que se configure el siglo XXI, no va a tener demasiado que ver con el actual. De este proceso, se deriva el fenómeno de la postmodernidad. Hay una especie de voluntad de redundancia, de aprovecha-miento de lo que hay, no en función del progreso, sino en función de lo que sea, de lo que sacia la carencia del momento y eso es la postmodemidad, para el profesor Ivars. Por su parte, el profesor Menéndez de Llano re-saltó la utilidad de la periodización cultural: «Un período sirve para comprender el sentido del espacio cultural que estamos viviendo. 'No son calles que ya están hechas, sino lecturas realizadas por nosotros mismos del propio tiempo». Según este profesor, la postmodernidad es la actual etiqueta, la más reciente vivencia del tiempo en que nos encontramos. Es la conciencia, por parte de la modernidad, de su propio fin.

Se da el caso de que, los que ocupan un determinado tiempo histórico, tienen con-ciencia de que ese tiempo se está terminando. Y hay que tener en cuenta que esa es una definición negativa, de un no ser, algo de lo que no se conoce nada, en realidad. Por ejemplo, se parece al ser de la muerte, que es desconocido, para usar un lenguaje metafísico». Por nuestra parte, consideramos que esa conciencia de fin de época —o de apocalipsis— es propia de los períodos históricos de transición, tanto social como cultural. Ya se dio en el Renacimiento, cuando en el seno de la sociedad feudal imperante se estaba gestan-do la futura sociedad capita-lista. Otra cuestión es la de si el término postmodernidad es el más adecuado para describir el actual proceso de transición hacia nuevas formas, y nuevos contenidos, de sociedad. Salvo que se trate de instrumentalizarlo ideológicamente —en el sentido en que lo hacen Lyotard y Baudrillard— son pertinentes las objeciones de Alfonso Sastre, Susan Sontag, Castilla del Pino, etc. a dicho término. Ninguno de ellos, percibe una distinción cualitativa real entre modernidad y postmodernidad. Nuestra perspectiva, coincide en ese sentido con la de Engels. Es decir, la de considerar que el gran discurso de la razón histórica contemporánea define el concepto de modernidad. Y esa razón histórica mantiene su vigencia, para describir el lento y doloroso proceso de gestación de una nueva sociedad al que asistimos.

Otro problema es el de la crisis de las vanguardias artísticas, que merece una consideración específica. A ella dedicaremos próxima-mente otro artículo. Mientras tanto, suscribimos la posición de Subirats. Para él, llamar estilo a las creaciones artísticas y arquitectónicas que la crítica más reciente ha agrupado bajo el aleatorio concepto de postmodernismo sería muy poco preciso, a menos que a esta palabra se le diera el significado más banal de un código lingüístico sistematizado o de una jerga gramaticalmente consistente. Por otra parte, las nuevas concepciones estéticas, las valoraciones éticas, los signos y los gestos del postmodernismo ponen de manifiesto, aunque no por ello en cuestión, aquellos efectos empobrecedores de la vida y su experiencia subjetiva que resultan de su racionalización tecnológica en los países industrializados.

 

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