José María Laso Prieto

«Múgica y Semprún»

en La Voz de Asturias, 25 de julio de 1988, p. 6 (Sección Opinión).

Texto preparado para su edición digital por Carlos Glz. Penalva.


Una de las ventajas de la democracia —para quienes participamos en la lucha por su restauración— es que nos permite un conocimiento previo de algunos de los ministros que se van designando. Ese ha sido mi caso al ser nombrados ministros Enrique Múgica y Jorge Semprún. Al igual que la célebre Magdalena de Proust, tal nombramiento me ha rememorado la clandestinidad y la cárcel. Empero no se trata sólo de recuerdos, sino de un conocimiento directo de ambos, del que se pueden deducir algunas hipótesis sobre su futura actuación ministerial.

Había seguido con interés la actuación de Múgica en la génesis del movimiento democrático universitario. En 1956, sus iniciativas —preparación de sendos congresos nacionales de escritores y estudiantes contribuyeron al desarrollo de ese movimiento. Por ello, mucho me satisfizo que para mediados de 1958 estuviese prevista una dirección política conjunta del PCE para Vizcaya y Guipúzcoa en la que participaríamos Múgica y yo. Hasta entonces, ambos formábamos parte de las respectivas direcciones provinciales. Mi tercera detención, en marzo de 1958, frustró el proyecto y tuvo que ser en el penal de Burgos donde nos conociésemos. Múgica fue detenido en 1962, junto a Ramón Ornazábal, Agustín Ibarrola, Antonio G. Pericás, etcétera, con motivo de las grandes huelgas de la primavera. Me sorprendió que no fuese nada popular entre sus compañeros de proceso y que se mostrase remiso a analizar las causas de la caída de la organización comunista vasca. Sin embargo, en el plano personal, Múgica y yo nos hicimos muy amigos. En ello influyo que ambos éramos grandes devoradares de libros y mi trabajo como bibliotecario del penal. Recuerdo que él me obsequiaba con tabaco de pipa anglosajón y que yo le invitaba al té cotidiano que preparaba en la biblioteca. Luego me enteré de su baja en el PCE y de su propósito de organizar en el penal una agrupación del PSOE. Apoyándose en el veterano Carabaño —ex libertario y ex comunista— logró reclutar algunos jóvenes de un proceso de las Juventudes Libertarias. Otros, como el periodista Eliseo Bayo y el famoso Jordi Cunill, se afiliaron al PCE. Poco después nos enteramos de que a Múgica se le habían rebelado los jóvenes y que su actividad se proyectaba hacia el exterior. En contraste con las explicaciones que. Múgica ha dado de su abandono del PCE, nos expuso a varios compañeros que sus razones eran básicamente dos: 1) que no tenía el espíritu de sacrifico que a nosotros (los comunistas) nos caracterizaba y por el que nos admiraba; 2) que pretendía llegar a ministro —ambición, a su juicio, perfectamente legítima— y que creía que le sería más fácil lograrlo por medio del PSOE que militando en el PCE. Hay que reconocerle sus dotes proféticas. Es de esperar que, con tan fuerte vocación ministerial, pondrá el mayor interés en el desempeño de su cargo. Me agradaría que lo hiciese con un espíritu socialdemócrata, sin caer en la sima liberal-conservadora en la que se han hundido muchos de sus compañeros.

Jorge Semprún será siempre para mí el mítico Federico Sánchez que organizó el PCE en la Universidad y en los medios culturales a partir de 1954. También el dirigente comunista que lo mismo cursaba. orientaciones al movimiento universitario —bajo el significativo título de Sin dogmatismos preconcebidos –, que el teórico que en las revistas Nuestras ideas y Realidad hacía la crítica de la teoría de las generaciones de Ortega y Gasset, de los jesuitas Cálvez y Welter, por sus trabajos acerca de la filosofía marxista, o defendía las tesis del PCUS frente a las de Mao en la controversia chino-soviética. Luego conviví con él a diario –durante diciembre de 1957 y enero de 1958— en las reuniones del buró político del PCE a las que fui invitado y que se celebraron en diversos puntos del cinturón rojo de París. Entonces era Semprún un joven elegante, con un jersey de cuello de cisne al que Santiago Carrillo –que presidía—trataba con un mimo especial, que justificaba calificándole de sabio. Empero, para ser considerado como tal, le faltaba la modestia, pues era muy petulante. Sin embargo, era un defecto que se podía perdonar en un personaje aristocrático —emparentado, con los Maura, los Romanones, etcétera— que como comunista había luchado a los 18 años arma en mano en la Resistencia francesa y sufrido el infierno concentracionario de Buchenwald. Después he leído toda su obra literaria —El largo viaje, Aquel domingo, La doble muerte de Ramón Mercader, La algarabía, etcétera– y he gozado con la visión de las películas basadas en sus guiones. Se le ha comprado con André Malraux, pero como hombre de acción le supera. A pesar de su discutible Autobiografía de Federico Sánchez, confío en que como ministro de Cultura dará la talla en un Gobierno donde abundan los parvenus de la democracia. Ya es buen indicio que haya anunciado su intención de no subvencionar intelectuales serviles.