José María Laso Prieto

«El enigma birmano»

en La Voz de Asturias, jueves, 13-10-1988, p. 4 (Sección Tribuna).

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


«El autor profundiza en el problema birmano, reflejado ya en anteriores artículos, señalando que el proceso de democratización de ese país es realmente imparable.»

De todos los problemas internacionales planteados, sigue siendo el de Birmania uno de los menos conocidos. Las informaciones son muy escasas y casi nulos los análisis sobre las causas que han engendrado el problema. En ese sentido, cabe referirse a un enigma birmano. Por nuestra parte, en el artículo La lección de Birmania –publicado en LA VOZ DE ASTURIAS el 3-9-88– tratamos de definir el carácter del régimen política que ha regido el país desde 1962 y de deducir, como lección necesaria, que no existe una vía militar al socialismo. El reciente autogolpe militar del general Saw Maung confirma nuestras tesis. El tránsito de un régimen político basado en el Ejército de una dictadura militar directa, tolo lo más que va a lograr es aplazar la solución del problema. Solución que únicamente podrá obtenerse mediante una democratización en profundidad de las instituciones birmanas. Mientras se alcanza ese objetivo, cabe plantearse cuál es el origen de la crisis actual. 

En La lección de Birmania, ya planteábamos que la supuesta vía birmana al socialismo había quedado viciada por su forma militar, el carácter elitista del grupo gobernante y su creciente aislamiento internacional. Aislamiento voluntario ya que, por su libre decisión, Birmania se separó del Movimiento de Países No Alineados y adoptó la supernoalienación, que no le impidió seguir recibiendo alguna ayuda financiera de EEUU y la URSS. 

Partiendo del hecho evidente de que el régimen militar birmano había introducido reformas sociales progresistas, con notables mejoras en la calidad de los servicios educativo y sanitario, la incógnita radica en explicar las razones inmediatas de la crisis. Sin destacar la incidencia de factores internacionales –que condicionan negativamente el desarrollo de la economía de los países del Tercer Mundo– las causas fundamentales de la crisis son internas: los métodos militares y burocráticos de dirección de una élite ilustrada pero despótica, la excesiva estatalización de una economía atrasada, la eliminación radical e inmediatista de la empresa privada en el sector productivo y la renuncia las inversiones extranjeras directas, o en forma d compañías mixtas, etcétera, ejercieron de freno al incipiente desarrollo. Como consecuencia, a mediados de esta década amplios sectores de la economía birmana se habrían estancado.

La extracción de petróleo dejó de satisfacer las necesidades interiores y hubo que importarlo. Empero aún se produjo un efecto más negativo. Numerosos empresas industriales y mineras permanecen inactivas por falta de combustible, materias primas o repuestos. El sector agrario resultó también afectado y las cosechas de arroz dejaron de crecer y de despreciaron por al caída mundial del precio de este cereal. Disminuyeron así mucho los ingresos por las exportaciones y ello obligó a disminuir la importación de materias primas, medicamentos, etcétera. Como resultado, la deuda externa birmana se disparó hasta alcanzar los 4000 millones de dólares. En la actualidad, su amortización e intereses absorben más de la mitad de los ingresos anuales de las exportaciones y también se ha disparado la inflación. Todo ello ha incidido gravemente sobre el ya bajo nivel de vida del pueblo, cuya renta per cápita no superaba los 200 dólares anuales.

Las medidas correctoras del Gobierno proporcionaron el detonante para la explosión popular. Entre otras, se practicó la desmonetización. Es decir, se anularon, sin compensación, los grandes billetes de banco. El propósito era golpear el desmesurado mercado negro, pero resultaron también afectados los industriales y comerciantes legales y mucha gente sencilla. Comenzaron las manifestaciones. La dura represión militar acabó con la resignación propia de la ética budista y de la cultura tradicional birmana. El partido único gubernamental no pudo organizar manifestaciones populares en apoyo del supuesto régimen socialista. EL proceso de democratización de Birmania es ya imparable y el nuevo golpe milita sólo puede demorarlo. Esa democratización deberá ser obra de los propios birmanos, que son también los fundamentales responsables de al situación. Como dice el birmanista británico Robert Taylor –y con él coincide el soviético Vladimir Vasiliev (el autor de Ensayos sobre la historia de Birmania)–: «No pueden echar la culpa ni a la CIA, ni a las multinacionales, ni a la KGB. Lo hicieron los birmanos mismos y ellos deben dar con la salida».