Los recientes sucesos en Birmania son examinados por el autor, quien señala, a partir de la situación en eses país, que la práctica histórica ha confirmado que no se puede avanzar realmente hacia el socialismo sin el respaldo activo de la gran mayoría de la población.
Las informaciones que las agencias de prensa internacionales transmiten sobre el desarrollo de los acontecimientos en Birmania, en vez de esclarecer una situación muy poco conocida en Occidente, tienden a hacerla todavía más confusa. En algunas de ellas se define al régimen político hasta ahora imperante en ese país asiático como socialista e, incluso, como comunista, nada más lejos de la verdad. Producto de un golpe de Estado realizado por el Ejército el 2 de marzo de 1962, el régimen que durante 26 años ha regido Birmania era, de hecho, una dictadura militar. Su hombre fuerte fue hasta mayo pasado el general Ne Win y militares casi todos los gobernantes. Hasta cierto punto se les podía considerar como militares progresistas, aunque más que una política de izquierdas aplicaron un apolítica de despotismo ilustrado. Imbuidos de una ideología que constituía una extraña mezcla de budismo y marxismo, en junio de 1962 los militares birmanos enunciaron un programa de «vía birmana al socialismo». Para que sirviese de guía a eses proceso de socialización, crearon el Partido del Programa Socialista de Birmania (Lanzin) que ha sido siempre una organización de élite, claramente alejada de las masas: diez años después de su creación contaba con menos de 75000 miembros, de los que más de la mitad eran militares. Al configurarse como partido único del régimen de Ne Win el Lanzin, todos los demás quedaron en la ilegalidad, incluido el Partido Comunista de Birmania. Los comunistas birmanos nunca aceptaron el régimen militar y han mantenido contra él una activa lucha de guerrillas en diversas zonas del país, y especialmente en su bastión de la comarca de Pegu, al noreste de Rangún. Aunque en Birmania existe formalmente un régimen federal, en la práctica ha regido un centralismo unitario claramente birmanófilo que ha obligado a las minorías nacionales a resistir con las armas el proceso de asimilación forzosa. De ahí la lucha guerrillera que desde hace décadas mantienen contra el gobierno birmano las minorías étnicas de los karen, los kachin, los mons y los shans.
En política exterior, el régimen de Ne Win mantuvo la línea neutralista que Birmania inició desde su independencia en 1948. Como miembro del movimiento de países no alineados, Birmania no ha formado parte de bloques socialistas o capitalistas. En aplicación de esa política neutralista, Birmania rompió en 1983 sus relaciones diplomáticas no la República Popular de Corea (Corea del Norte) por considerarla implicada en el atentado que en Rangún ocasionó la muerte de cuatro ministros surcoreanos. En realidad, durante los últimos años, Birmania se ha aislado cada vez más de la comunidad internacional.
Aunque diversos errores económicos del Gobierno crearon una situación que hizo estallar el descontento popular, no todo ha sido negativo en la actuación de los militares progresistas birmanos. Bajo su mandato se ha realizado una reforma agraria que eliminó los latifundios y permitió el acceso de los campesinos a la tierra en forma individual o cooperativa. Ello ha permitido una cierta diversificación agrícola, superando el monocultivo del arroz heredado de los británicos. Creció la producción de gas natural, estaño, cobre, zinc, plomo, fertilizantes, azúcar y productos textiles y se obtuvo un crecimiento medio de la economía de una 5,5 por ciento. Mediante la campaña de las tres aes (en birmano, las iniciales de las palabras: lectura, escritura y cuentas) se ha avanzado en la alfabetización. Actualmente, sabe leer y escribir el 81 por ciento de la población. Por los éxitos en este ampo, se adjudicó a Birmania, en 1971, un premio de la UNESCO. Sin embargo, en los propios documentos del partido Lanzin se reconocen las debilidades y deficiencias de su trabajo, debidas, ante todo «a la insuficiente participación de las masas en el proceso transformador y defectos de organización, el papeleo y la corrupción». Le lección que de la experiencia birmana se deduce es que no existe una «vía militar al socialismo». En 1974, el politólogo Maurice Duverger formuló la hipótesis basándose en la experiencia de Velasco Alvarado en Perú, los militares progresistas afganos y etíopes y el Movimiento de las Fuerzas Armadas en Portugal. Desde entonces, la práctica histórica ha confirmado que no se puede avanzar realmente hacia el socialismo sin el respaldo activo de la gran mayoría de la población.