Gustavo Bueno

José María Laso

En Homenaje a José María Laso; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 12-15).

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla


    «Este es un hombre, aquí hay un hombre», podríamos responder, señalando a Laso, a cualquier Diógenes que en el presente siga, con razón, buscando al hombre. Una persona «de una pieza», labrada por él mismo a lo largo de muchas décadas. Una vida superabundante en saberes y actividades (¿acaso no son lo mismo?) que han sido todas ellas elevadas desde la contingencia cotidiana hasta la necesidad global de una biografía, la de José María Laso, la biografía de un hombre verdadero, de un hombre libre. Pero no en virtud de una «libertad» caprichosa y sin rumbo, sino de una libertad que él mismo ha convertido en una vida necesaria.

     Estamos ante la figura de un gran hombre moldeado según el más puro y estricto canon estoico, aquél que sabe que la libertad es propiamente «la conciencia de la necesidad», del que sabe que todo lo que ha hecho era necesario, como un deber, para la edificación de su propio ser, de su propia vida con sentido: «son deberes aquéllos que el logos acoge para hacerlos necesariamente». Una vida firme, inmutable, en una incesante agitación, pero orientada por un destino proyectado como fin personal y mantenido tanto en tiempo de calma y de bonanza como en tiempo de tempestad. Algunos hombres como José María Laso debió tener ante sí Marco Aurelio, el emperador estoico, cuando esculpió como divisa ética de la conducta humana esta idea: «el universo, mudanza; la vida, firmeza».

     Una vida impulsada desde sus primeros años por un omnívoro apetito de saber acerca de la realidad efectiva. Un apetito de saber que no se confunde (como ocurre en tantos casos) con la curiosidad infantil o esnobista o simiesca –es casi lo mismo– por las novedades que aparecen en la superficie. «Los sabios no son curiosos»; pero no porque puedan mantenerse en un mundo situado más allá de esta superficie, sino porque moviéndose a través de ella, como todos los demás, son impulsados desde el principio, por un instinto certero (a los 16 años, estudiando en la Escuela de Artes y Oficios de Bilbao, edita un periódico titulado La Libertad), que les permite seleccionar los rastros que en la superficie conducen a lo más profundo, a lo esencial, que sólo se constituye organizándose en torno a las coordenadas trazadas por la necesidad de una vida libre; que, por consiguiente, sólo puede existir en una sociedad de personas libres. Una vida libre que tiene que comenzar por suponer que las personas que le rodean son también personas libres y racionales, en las antípodas de cualquier «olímpico desinterés» o desprecio por las posiciones ajenas. Lo que no significa respeto a priori a las opiniones de los demás (quizá claudicación al tener que «dejarlas como imposibles»), sino atención e interés por conocerlas, aunque sea para combatirlas, sabiendo que en ese combate se delimitan las propias fronteras. Sólo se combate propiamente, incluso en «torneos caballerescos», cuando se da beligerancia al adversario, y sólo cuando se concede al adversario esa beligerancia es cuando verdaderamente pueden alcanzar las propias ideas su figura y el respeto al otro su forma. He visto muchas veces a Laso (hace años, pero también muy recientemente) polemizar encarnizadamente, pero después de haber escuchado con la máxima atención, con profesores que defendían con «pleno conocimiento de causa» y en coherencia con sus propios principios, las posiciones de su escuela (pongo por caso, la Escuela de Chicago en una sesión de Tribuna Ciudadana dedicada a estudiar las consecuencias que la entrada de España en el euro podrían tener para las tasas de desempleo).

     Una vida sabia, pero no unilateral, con la mera sabiduría del especialista, una vida que, a la vez que explora, selecciona sobre la marcha, en función de sus propios proyectos, los conocimientos irrelevantes de los que tienen el aspecto de indicios para nuevos hallazgos. Y ésta es también una vida prudente que logra, en la medida de lo posible, de lo compatible con su libertad, sortear las dificultades y asechanzas, sin caer en la temeridad, pero tampoco sin huir propiamente de la lucha. Las dificultades para mantener este equilibrio las conoce, mejor que nadie, José María Laso. Fue encarcelado (o «hecho prisionero») en su lucha contra sus enemigos políticos e ideológicos, entonces más poderosos; pero no consumió los largos años de su prisión en lamentos expiatorios, sino que los transformó en una empresa de acción y de conocimiento colectivo, estudiando, debatiendo, organizando una biblioteca con libros prohibidos pero activos bajo cubiertas fingidas o programando sesiones cinematográficas seguidas de análisis. Escuchando su relato «desde fuera» una entrevistadora de La Nueva España creyó poder traducir la actitud de Laso diciendo que «en las cárceles franquistas había más libertad para ver cine que en la calle»: era la propia libertad de José María Laso.

     Una existencia libre, aunque despliega sus prolepsis en el curso del tiempo y en función de las incidencias que éste le depara, es una existencia que «ha de poseerse» según los contenidos de la anámnesis, íntegra en cada momento, en cierto modo, fuera del tiempo, aproximándose, en el límite, a la idea de intemporalidad tal como la expresó Boecio (tota simul et perfecta possesio). Esta posesión perfecta y simultánea de toda la vida realmente vivida, que es la que determina sus prolepsis, es la anámnesis; pero, desde fuera y en reducción psicológica es conocida como memoria. Pero la memoria, cuando no es meramente mecánica, es sólo la manifestación externa, ante los demás, de aquella posesión interna, casi perfecta, en la que hacemos consistir a la libertad, de la misma manera a como esta libertad, que los demás ven como arbitraria (como efecto del libre arbitrio) se manifiesta a su agente bajo la forma de la necesidad. Todo el mundo atribuye a Laso una memoria prodigiosa y con razón. Pero no tiene tanta razón quien, al atribuírsela, lo hace a la manera como lo haría quien le atribuyera cualquier propiedad particular de carácter «local», como pudiera serlo el buen oído musical, o la gran resistencia a los contagios víricos (Laso nunca ha tenido una gripe) o una cabellera abundante. «La memoria prodigiosa» de Laso es sólo la manifestación, en el tiempo métrico, de la perfecta posesión que de su pasado tiene una persona libre que no se arrepiente de nada de lo que ha hecho (aunque esté dispuesta en cada momento a rectificar los rumbos). Yo me cuento entre los sorprendidos al admirar la «memoria prodigiosa» de Laso; pero advirtiendo, al mismo tiempo, que una tal memoria era mucho más que una capacidad mecánica para recordar sucesos intrascendentes o meramente episódicos, porque es la capacidad de analizar, reconstruir y hacer presentes las realidades que siguen actuando en su personalidad. Un día, yendo hacia Madrid en un ruidoso Land Rover que yo conducía por entonces, suscitó alguien el asunto de Afganistán, que a la sazón se anunciaba como un problema inminente. Laso, durante más de tres horas, nos ofreció una tan detallada como improvisada exposición del «estado de la cuestión», en donde las líneas maestras de la estructura no flotaban en el vacío de la abstracción, sino que se apoyaban en docenas de nombres propios de ciudades, ríos, dirigentes políticos o religiosos. Otro día, durante la sobremesa que mantuvimos después del almuerzo en honor de una personalidad que visitaba Oviedo, alguien mencionó incidentalmente, pero sin gran precisión, algo relacionado con una batalla de tanques de la segunda guerra mundial que había tenido lugar «cerca de Ucrania». Laso tomó la palabra: «sí fue la gran batalla que se libró en el arco (o saliente) de Kursk del 5 de julio al 23 de agosto de 1943». Nuestro invitado dijo que él había participado como soldado en aquella batalla. Laso preguntó: «¿Acaso en un T-34 del V Ejército?» «¿Militó usted acaso a las órdenes del general Rot Mistrov?». Nuestro invitado creyó que se encontraba con un compañero de armas; en realidad se encontraba con alguien que, desde miles de kilómetros, sabía más de la batalla del «Arco de fuego» que de lo que de ella sabían muchos participantes. Otro día estábamos esperando, ya instalados en el barco, a que llegase el permiso para conducirnos a un cayo del Norte cubano. La espera se alarga, yo suscito, casi al azar, el nombre de Jack London. José María improvisa una torrencial exposición sobre el célebre escritor tan precisa, abundante y estructurada, relacionando Colmillo blanco con La expedición del pirata, el Lobo de mar con El Talón de hierro que me dejó estupefacto; y sólo se me ocurrió rogarle que pusiera por escrito lo que había dicho para que quien quiera pudiera leerlo, casi como se escuchó, en aquél barco en espera, en El Basilisco.

     En la figura de José María Laso creo poder evocar con fundamento, la manera como algunos periegetas sobresalientes, Posidonio de Apamea, pongo por caso, han vivido la libertad en el ámbito de la disciplina estoica, actuando reflexivamente, debatiendo sin perder las riendas, viajando sin derramarse en minucias turísticas intrascendentes. El mismo José María Laso ha confesado públicamente en algún artículo que en la adolescencia viajó con la imaginación siguiendo las campañas militares de Jenofonte y de Alejandro Magno, también las de Julio César y de Napoleón; como también viajó con Rosny en La conquista del fuego cuya a memoria tiene a los setenta años tan presente como pudo tenerla a los quince. Los relatos de los viajes que anualmente suele hacer José María Laso a los países más diversos tienen la misma precisión, abundancia e interés que los análisis de situación que publica, de vez en cuando, en la prensa diaria sobre problemas económicos o políticos; o los de los varios informes que redactó sobre los ya históricos Congresos de Filósofos Jóvenes de los años 70 y 80: «Impresiones de un viaje a Turín», «La ruta de la seda», «Viaje a Sri Lanka»... El género literario «Relatos de viaje», se verá enriquecido y modulado según un estilo muy propio y personal cuando se publiquen en forma de libro los artículos que han ido apareciendo en la prensa diaria o en revistas de modo disperso. Cuando la unidad del libro, recogiendo lo que desde fuera aparece como disperso –y sólo de este modo se publica–, pueda remedar lo que los viajes y sus relatos reciben de la vida en libertad unitaria de su autor.

     No tienen, me parece, un signo distinto «las excursiones» al interior de las ciencias biológicas, las ciencias físicas o de las ciencias históricas que constantemente lleva a cabo José María Laso. Su enciclopedismo sólido, organizado y preciso me ha hecho una vez más reflexionar sobre la incoherencia, o inconmensurabilidad, es decir, la falta de armonía entre las cosas que actúan en el mundo. ¿No es, en efecto, una incoherencia, por no decir otra cosa, que esa sorprendente unidad enciclopédica conseguida tras una larga vida por un hombre como Laso y aumentada y madurada en sus últimos años se desintegre forzosamente un día (que esperamos muy lejano) cuando precisamente está más granada?

     ¿Y cómo podría mantenerse en un orden flexible una vida semejante al margen de una concepción filosófica profunda capaz de imprimir unidad a unos conocimientos tan vastos, a una experiencia tan variada, a unos compromisos políticos tan acuciantes, a unas relaciones amistosas tan firmes? Sólo gracias a una profunda concepción de conjunto, es decir, a una filosofía viviente. Verdaderamente, José María Laso es un filósofo; y no sólo porque ha analizado sutilmente los pensamientos de filósofos clásicos ya consagrados como puedan serlo Kant o Gramsci, sino, sobre todo, porque toda su vida es, en realidad, así la percibo, una vida filosófica que no ha querido perder nunca «la fidelidad a la tierra».