José María Laso Prieto
Hay
personas que de tanto comprometerse con los hombres y las cosas de
la tierra acaban siendo celestiales. Viven a nuestro lado, para recordarnos
la inalienable necesidad del pan y la palabra, para denunciar las
opresiones, y que clamando por la dignidad y el respeto de los hombres,
se mantienen firmes como contrafuertes de los inefables edificios
de la cultura en su sentido más amplio.
Desde que le escuché hablar por primera vez, supe que José Mari sabía
de lo que hablaba. Jamás expresó algo vacuo o sin sentido, y eso que
es una ametralladora hablante.
Hijo adoptivo de Oviedo, Bilbao fue el turbio regazo de su niñez
(como ya dijera José Carlos Fernández Rojas). Un Bilbao republicano
en el que un niño comenzó a modelar una fuerte personalidad. Si la
rotunda división de clases y las marcadas diferencias sociales de
la época conducían inexorablemente a tomar una posición, el entorno
infantil del niño Laso le situó en una zona intermedia que más tarde
le obligaría a tomar partido y a colocarse en la única perspectiva
adecuada: la perspectiva de una conciencia filosófica políticamente
implantada
Sus compañeros de colegio lo recuerdan como un niño retraído y más
amigo de la lectura en los recreos que del frontón en la pared del
destartalado edificio donde comenzó una tarea de formación intelectual
que no abandonaría nunca al hilo de la máxima «nada humano me es ajeno».
Un dato curioso en este sentido es que aprendió a leer y a efectuar
las operaciones geométricas más elementales a la edad de cinco años.
Ya en esos el pequeño José María anunciaba el carácter de la personalidad
que le caracterizaría durante toda su vida: ante un castigo ejemplar
que quiso imponer el maestro a la totalidad de la clase por la ruptura
de un tintero con pluma de ave que tenía en su mesa, Laso, sabedor
del culpable, se colocó al lado de sus compañeros y no sólo sufrió
estoicamente el castigo, sino que lideró un movimiento opositor, lo
que constituyó su primer acto de resistencia.
Rodeado Bilbao por las tropas franquistas, la defección de los gudaris
y la más voluntarista que eficaz colaboración bélica de los mineros
asturianos, que acudieron con generosa solidaridad a reforzar aquel
denominado «cinturón de hierro», Laso fue exiliado con muchos niños
vascos a la vecina Francia. Una muy usada maleta de cartón contenía
la ropa que primorosamente le había colocado su madre. Y una vez allí,
destacó de nuevo en la escuela auspiciada por el Frente Popular galo.
El ansia de noticias que se apoderó de él en aquel precoz exilio le
seguiría durante toda su vida. Posteriormente regresó a Bilbao, un
Bilbao muy distinto al que él había dejado, un Bilbao húmedo de llanto
y ahumado de curas. En aquel Bilbao franquista hubo Laso de abandonar
la escuela y comenzar a trabajar, pues el peculio familiar tras la
guerra había mermado y era necesario alimentar a cinco hijos.
Una formación republicana, una conciencia social y una guerra contra
el fascismo no podían conducir a otra opción ideológica. La mayoría
de edad encontró a un Laso involucrado en la primera manifestación
antifranquista que se registró en la España Nacional: la huelga de
la Naval.
Ingresó en la Universidad entre los mayores de 25 años y sale flamante
licenciado en Derecho a principios de los 70. Instituyó entonces las
llamadas «Cenas del Fontán». Al final de la cena uno de los comensales
leía una ponencia que luego se debatía hasta altas horas de la noche.
Esas cenas resultaron un campo de reclutamiento de donde luego surgirían
varios de los componentes de la denominada «Junta Democrática» que
se constituiría con la llegada de la transición.
Es
uno de los fundadores de Tribuna Ciudadana, a principios de
los 80. Con un entusiasmo que no ha desfallecido desde el momento
de su fundación, Laso ha velado por la esencia de esta sociedad: «Difusión
de la cultura en todas sus manifestaciones», y lo ha hecho de manera
ejemplar. Con la entrega y dedicación que pone en todo cuanto inicia,
ha sido un puntal imprescindible para el desarrollo y la implantación
de Tribuna Ciudadana en la ciudad. A Laso se debe la noche
más luminosa de Tribuna Ciudadana, aquélla que muchos recuerdan con
nostalgia, en que todos en pie recibieron a Rafael Alberti, en una
Casa Parroquial de San Juan completamente atiborrada de gente. Tuvieron
que cruzar Oviedo a modo de manifestación ante la imposibilidad de
albergar a tan numeroso público en la sala de la Caja de Ahorros contratada
inicialmente.
Amante del debate, siempre brillante en la polémica, comprometido
con su tiempo, su filosofía es la de las ideas puestas al servicio
de la acción social. Conversador, afable, laborioso, conciliador,
bibliófilo, erudito, entrañable, bueno e imprescindible; a su lado
(y lo digo por experiencia) uno recibe de seguido clases magistrales.
Cuando él se arroja al ruedo de la disputa dialéctica, el público
asiste a uno de los espectáculos más nobles de entre todos. Cuando
acude a una conferencia, Laso es capaz de polemizar con el propio
conferenciante y rebatirle en su propio terreno.
Hay muchos Lasos: el lector de Gramsci, forjado como él en la cárcel,
el teórico, el viajante, el escritor de artículos, el polemista en
enfrentamientos dialécticos en Bilbao, el preso, el contertulio sabio
e inagotable, el fundador de Tribuna Ciudadana, uno de los
mayores eruditos a nivel nacional, el personaje imprescindible del
Oviedo cultural, el portador de la cartera sin fondo en la que guarda
obras de Gramsci y otros libros y papeles, el ironista, el sabio con
aspecto distraído pero que después está en todo, el hombre del traje
gris y, sobre todo, el marxista.
Gustavo Bueno le conoció en la presentación de su libro El papel
de la filosofía en el conjunto del saber (1970), donde rebatía
las tesis de Manuel Sacristán. En su intervención, Laso trató de equilibrar
las posiciones de ambos filósofos. La brillantez de su exposición
sorprendió a Bueno, que expresó su deseo de conocerle después del
acto. Creyó que era un catedrático de filosofía de instituto, cuando
en realidad iniciaba sus estudios en la Facultad de Derecho, y Laso
tuvo que aclararle que era un representante de Chocolates Zahor.
Lector infatigable de todo cuanto merece ser leído, ha donado su exhaustiva
biblioteca (en la que tengo la suerte de colaborar personalmente con
él y pasar horas entre sus libros, anécdotas y lecciones magistrales)
a la Fundación Isidoro Acevedo, que él mismo preside. 15.000 libros
son muchos libros, se dice que cuando un hombre reúne tantos libros
no los lee, los habita. Si de lo que siente el corazón habla la boca,
sus amigos y conocidos podemos deducir por sus palabras que, aparte
de los grandes filósofos del marxismo y demás sistemas fundamentales,
incluido Gustavo Bueno, por quien siente total admiración, sus escritores
favoritos son Gramsci y Jack London.
Si disfruta como pocos del placer de la lectura, su afán pedagógico
hace que la conversación sea otra de sus grandes pasiones. Siempre
destacan en él su ejemplar compañerismo y su gran oficio de viajero,
no en vano, deben de quedarle muy pocos sitios de la Tierra por explorar,
basta comprobar la distancia que existe entre La Habana y Vladivostok,
pasando por Oviedo: Extremo Oriente, la Rusia soviética y, por supuesto,
Cuba. Es un hombre que viaja para ver, todo lo contrario que el turista,
que (según Nietzsche) viaja para que lo vean. Viajero más que turista,
no me le imagino armado de una cámara en sus viajes; pero tampoco
sin su cartera. En La Habana o en Vladivostok, Laso es tan Laso como
cuando está en Oviedo. Sin corbata en La Habana, con gorro de pieles
en Vladivostok, pero con cartera, y en la cartera libros. Una cartera
que abraza contra su pecho como si fuera un hijo al que advirtiera
de los peligros del mundo. De esos peligros que él conoció en carne
propia, hace ya muchos años, cuando queriendo decir al pan pan y al
vino vino (como dice el refrán), se vio obligado a vivir con la palabra
amordazada. Incapaz de concebir la vida sin libros y periódicos, los
traslada a donde quiera que vaya y los usa donde quiera que esté.
Escribir es otra de sus grandes dedicaciones. Sus obras completas
(esperemos) serán algún día editadas y en ellas aparecerán recogidas
sus ideas y creencias a través de ensayos filosóficos, políticos,
literarios y de actualidad, sin olvidar su libro de viajes que esperamos
poder poner pronto en la calle. Nada de lo convencional le desvía.
Sincero, sin dobleces, seguro de sí mismo, su educación es la de los
bien nacidos y forjados en la lucha diaria y no la que se aprende
en los manuales de la cortesía establecida.
Es una persona labrada por él mismo a lo largo de muchas décadas.
Una vida abundante en saberes y actividades que han sido todas ellas
elevadas desde la contingencia cotidiana hasta la necesidad global
de una biografía, la de José María Laso, la biografía de un hombre
verdadero, de un hombre libre. Pero no en virtud de una libertad caprichosa
y sin rumbo, sino de una libertad que él mismo ha convertido en una
vida necesaria
Estamos ante la figura de un gran hombre moldeado según el más puro
y estricto canon estoico, aquél que sabe que la libertad es propiamente
la conciencia de la necesidad, aquel que sabe que todo lo que ha hecho
era necesario, como un deber, para la edificación de su propio ser,
de su propia vida con sentido. Una vida firme, inmutable, en una incesante
agitación, pero orientada por un destino proyectado como fin personal
y mantenido tanto en tiempo de calma como en tiempo de tempestad.
Una vida impulsada desde sus primeros años por un omnívoro apetito
de saber. Una vida sabia, pero no unilateral, con la mera sabiduría
del especialista, una vida que, a la vez que explora, selecciona sobre
la marcha, en función de sus propios proyectos, los conocimientos
irrelevantes de los que tienen el aspecto de indicios para nuevos
hallazgos. Y ésta es también una vida prudente que logra, en la medida
de lo posible, de lo compatible con su libertad, sortear las dificultades
y acechanzas, sin caer en la temeridad, pero tampoco sin huir de la
lucha.
Las
dificultades para mantener este equilibrio las conoce, mejor que nadie,
José María Laso: llegó la tortura, la cárcel y (sarcasmos de la vida)
la fase de su formación integral. Burgos fue el destino último de
un largo y dramático camino. La angustia de la familia, las estancias
en siniestras comisarías, las torturas morales y físicas, la obsesión
por no delatar a los compañeros y comportarse dignamente, fueron sentimientos
que obsesionaron muchos meses a José María Laso. Y una tortura mucho
mayor: la de observar en sus traslados de la cárcel a la Comisaría
o a los Juzgados a la gente paseando en plena primavera ajena absolutamente
a su causa y a su lucha. Fue encarcelado en su lucha contra sus enemigos
políticos e ideológicos, entonces más poderosos; pero no consumió
los largos años de su prisión, ocho en total, en lamentos, sino que
los transformó en una empresa de acción y de conocimiento colectivo,
estudiando, debatiendo, organizando una biblioteca con libros prohibidos
pero activos bajo cubiertas fingidas o programando sesiones cinematográficas
seguidas de análisis. Es muy extensa la lista de compañeros que adquirieron
bajo la autoridad moral de Laso una formación filosófica políticamente
implantada a lo largo de estos años. Escuchando su relato desde fuera,
una entrevistadora de La Nueva España creyó poder traducir
la actitud de Laso diciendo que en las cárceles franquistas había
más libertad para ver cine que en la calle: era la propia libertad
de José María Laso. Todo esto contribuyó a que el penal de Burgos,
donde fue encarcelado, fuera llamado por muchos la Universidad de
Burgos, gracias al inestimable esfuerzo de nuestro homenajeado. Dicen
que el hombre que ha estado en la cárcel sale de la cárcel cada vez
que proclama en voz alta lo que siente, lo que piensa. Y cuando le
oigo hablar tengo la impresión de que se siente como recién salido
de la cárcel ese momento en el que estás a solas con tu propia libertad.
Todo el mundo le atribuye una memoria prodigiosa y con razón. Pero
no como una propiedad particular, como pueda serlo el buen oído musical;
la memoria prodigiosa de Laso es sólo la manifestación de la perfecta
posesión que de su persona tiene una persona libre que no se arrepiente
de nada de lo que ha hecho. Su memoria es mucho más que una capacidad
mecánica para recordar sucesos, porque es la capacidad de analizar,
reconstruir y hacer presentes las realidades que siguen actuando en
su personalidad.
José María Laso es un ejemplo entre todos aquellos que han vivido
la libertad en el ámbito de la disciplina estoica, actuando reflexivamente,
debatiendo sin perder las riendas, viajando por todo el mundo sin
derramarse en minucias turísticas intrascendentes. Cuando la memoria
recupera con cierta melancolía aquellos años de la posguerra, advierte
que los actos más sencillos podían convertirse, aún sin pretenderlo,
en heroicos ejercicios de resistencia contra la dictadura. Creo no
exagerar cuando afirmo que pertenece al grupo de hombres y mujeres
a quienes la sociedad debe el haber progresado y que, por ello, Oviedo
es una ciudad afortunada por haber sido la elegida por este bilbaíno
de nacimiento para quedarse y echar raíces en ella. Y digo esto desde
la convicción de que las libertades de las que hoy nosotros disfrutamos
no vinieron llovidas del cielo, sino que fueron conquistadas día a
día, palmo a palmo, a lo largo de casi cuarenta años, por gentes como
José María. Gentes que, en vez de lamentarse en la oscuridad de la
noche franquista se plantearon mantener encendida la llama de la esperanza,
reconstruyendo la razón popular, y empeñando en ello la propia vida.
Sí, hubo un tiempo no muy lejano en que la democracia era algo a conquistar
y por la que bastantes españoles se jugaron la vida y siempre la libertad,
una libertad que habitaba, valga la paradoja, varias veces entre rejas.
Y hoy, a sus 78 años y esta biografía a sus espaldas, nunca cansado,
está siempre dispuesto a seguir haciendo girar las ruedas de la historia.
Verdaderamente, José María Laso es un filósofo; y no sólo porque
ha analizado sutilmente los pensamientos de filósofos clásicos ya
consagrados como puedan serlo Kant, Marx o Gramsci, sino, sobre todo,
porque toda su vida es, en realidad, una vida filosófica que no ha
querido nunca perder la fidelidad a la tierra. Y fue en el Congreso
de Filósofos Jóvenes en 1975, del que fue presidente, cuando tuvo
lugar su consagración como filósofo.
Filósofo, escritor, abogado, promotor de asociaciones culturales,
viajero incombustible, cronista de viajes, presidente de Congresos
de Filósofos, intelectual orgánico, martillo de conferenciantes y
conferenciante él mismo, polemista en la prensa regional, animador
de actividades culturales, fundador y Vicepresidente de Tribuna
Ciudadana, presidente de la Fundación Isidoro Acevedo, vocal permanente
de la Sociedad Asturiana de Filosofía, archivo viviente de datos y
contactos, Profesor Visitante en la cubana Universidad de las Villas,
en Santa Clara, amigo de sus amigos, autor de libros, miembro del
consejo de redacción de varias revistas, disciplinado oyente de discursos
ajenos... éste es José María Laso. Muchos han intentado definirle:
Gabino de Lorenzo, alcalde de Oviedo, dijo que Laso es un hombre
bueno que desde su impresionante cultura enciclopédica resulta, sobre
todo, entrañable; Juan Benito Argüelles le llamó «humanista de la
acción»; Lola Fernández Lucio habló de José María Laso, «el hombre
bueno de la vida laica» y afirmó que haberle conocido fue para ella
un lance trascendental de esos que en la vida de una persona marcan
un antes y un después; José Galán Arias le nombró «un hombre justo»;
José Ignacio Gracia Noriega «el viajero»; Manuel Herrero Montoto «un
hombre conciliador»; Armando López Salinas le definió como «un tribuno
de la plebe»; Antonio Masip, le denominó «comunista y bueno»; José
Luis Merino «un hombre puro»; Vidal de Nicolás «el amigo»; Carlos
París habló de su ejemplaridad; David Ruiz de un intelectual vizcaíno
en Oviedo; Roberto Sánchez Ramos, le llamó «camello de libertad»,
y Manuel Vázquez Montalbán intentó, de forma simpática, explicar por
qué habla tan alto en los lugares públicos
Pero quien mejor le definió, y sin pretenderlo, fue sin duda Bertolt
Brecht cuando dijo que