Reseña con motivo de la publicación
de las memorias de José María Laso. .
Todos
hablan de la memoria, todos de rescatarla. Se constituyen asociaciones
con el propósito de encontrar los huesos de las personas asesinadas
durante la guerra o la posguerra civiles, y enterradas en cualquier
parte, muchas veces en fosas comunes; de personas de izquierdas
porque se supone que, los de derechas, ya tuvieron tiempo de encontrarlos
sus deudos en 40 años, habida cuenta, además, de que acabaron siendo
muchos menos.
Se debate acaloradamente sobre un asunto sempiterno:
¿cuántos y cómo murieron? ¿Quiénes los mataron? ¿Y por qué? Y se
debate con la misma pasión de hace diez, veinte, treinta años. Alguien
quiere buscar también los huesos de García Lorca cosa que no da
la impresión de entusiasmar a la familia. La guerra y la posguerra
siguen estando vivas y palpitantes en el presente “colectivo”. Así
que las admoniciones sobre la necesidad de reavivar la memoria parecen
estar dictadas por esa misma memoria que, lejos de diluirse en el
olvido, está presente en las calles, en las columnas urbanas y periodísticas,
en las fechas conmemorativas, los ornatos cuarteleros y el texto
de la Constitución pensada para superarla. Por no hablar de los
museos, que son casas de la memoria y de muchas iglesias y catedrales,
que son verdaderos museos
Una memoria fragmentaria, confusa, cambiante, que
no puede estar fija, como una imagen (el término inglés, still,
es muy revelador respecto a la función de la imagen de fijar una
realidad que, al segundo siguiente ya no es) porque se nutre continuamente
de información nueva de muy diversa naturaleza. La memoria es como
el cuadro que da la arqueología de una cultura muerta: un descubrimiento
nuevo puede cambiarlo, un enterramiento, un maxilar, unos abalorios
o miles de tablillas. Solo que, en la memoria, por lo general, los
descubrimientos no hay que desenterrarlos porque emergen por su
cuenta, siguiendo una ley tan obscura que más vale llamarla azar.
Esto es lo que pasa con el libro de Laso, que es un descubrimiento
que habrá de tenerse en cuenta porque matiza (como él mismo diría)
algunos aspectos de esa memoria que llamamos colectiva porque, en
verdad, no sabemos lo que decimos.
Este libro es un descubrimiento ya que el autor,
lo descubierto, ha querido revelarse; no porque un tercero haya
aplicado la antorcha a las paredes de la cripta. Es un descubrimiento,
pues, en un doble sentido, fenoménico y esencial. Cuando el asunto
es la memoria, ésta trae de inmediato las dos confesiones que constituyen
los faros de quienes se echan a la mar turbulenta de narrarse a
sí mismos/as, las de Agustín y las de Rousseau. Laso no dice que
vaya a abrir su corazón ardiente, como San Agustín; a contar la
verdad sobre sí mismo, como Rousseau; o a revelar el fondo de su
alma, como Amiel. No lo dice porque es hombre austero, con temple
antes llamado bolchevique. No lo dice, pero lo hace. A ver si puedo
explicarlo brevemente.
El título de la obra (por cierto, primorosa edición,
cuidada y con gusto, magnífico retrato en portada y, en cambio,
baja calidad de las reproducciones gráficas; sugiero papel couché
para éstas en próximas ediciones), el título de la obra, digo, son
tres nombres de ciudades que jalonan, parcelan, dan sentido a una
vida. Lo que une a las tres es esa vida que, al exponerse ahora
al público, se ve a sí misma retrospectivamente como un proyecto
de trayectoria hasta la fecha ininterrumpida y unidireccional. Laso
piensa que hay un solo Laso. Los lectores pueden encontrar más;
por ejemplo, tres: el Laso de Bilbao, el de Burgos y el de Oviedo.
El lobezno, el lobo y el lobo viejo, como en el famoso cuadro de
Tiziano sobre las tres edades del hombre. Son tres y es uno. Lo
de siempre, vaya. Esos tres Lasos o ese único Laso en sus tres parusías
habla(n) mucho de sí mismo(s). Cuenta(n) la historia de España y,
en buena medida, del mundo, en primera persona. Y esa primera persona
surge desde el comienzo como una especie de fuerza natural (incluso
preternatural, porque tiene algo de ciclópeo) que se mantiene siempre
alerta, vivaz, enhiesta, activa e intransigente en lucha constante
por dominar el inmarcesible reino del saber, poniéndolo al servicio
de un fin práctico como es la transformación de la organización
social. Esto es, un proyecto fáustico.
Tal proyecto fáustico tiene un carácter emancipador,
cuasi salvífico en pro de la especie humana. Este es, grosso
modo el ideal que Laso hace suyo cuando abraza el credo comunista
que sigue profesando impertérrito hasta la fecha, si bien tal credo
ha tenido mayor o menor impacto en su vida personal, según iba haciendo
su camino. Uno de ellos, especialmente significativo, es la del
estalinismo. Es curioso el esfuerzo y el espacio que dedica Laso
a exponer su visión actual del fenómeno (que, por lo demás, concuerda
con la que tiene del leninismo y del hundimiento de la URSS) porque
da la impresión de que sea el único momento en este denso texto
de 330 páginas a doble columna en el que el autor muestra un elemento
subjetivo, personal, íntimo: trata de explicar cómo se puede haber
sido estalinista sin ser un canalla. Eso en su caso estaba fuera
de duda y el reconcome que muestra aun lo honra más. Pero es, en
efecto, un punto débil en un texto que no tiene ningún otro. Parte
del ideal del que se hablaba antes consiste en sostener que la vida
del militante se escinde en dos esferas independientes, la pública
y la privada y la segunda está claramente subordinada a la primera.
Las memorias de Laso lo son de su vida pública y no contienen ni
una sola mención a la privada, que parece no existir. No hay relaciones
al margen del proyecto, ninguna flaqueza o confidencia sotto
voce, si acaso, algunas peculiaridades, que contribuyen a humanizar
al personaje, como su carácter distraído, pero que se derivan necesariamente
de la primacía de la faceta pública sobre la privada. No se habla
de sentimientos, no hay afectos. La única mujer que tiene una mínima
consistencia en estas memorias es la madre y ello, en buena medida,
cuando actúa también en pro de la causa y el proyecto.
En conclusión y sin ánimo de simplificar, la interioridad
de Laso es su exterioridad, no como una máscara, sino como lo que
podría llamarse una interioridad volcada al exterior. Ello en función
de la doctrina, filosofía o sistema que ha orientado siempre su
quehacer, el marxismo, el cual postula una relación dialéctica entre
la teoría y la práctica a tenor de la undécima tesis sobre Feuerbach.
Pero lo sensato es vencer la humana resistencia
a interesarse por lo no que no se cuenta, por lo que se sobreentiende
o subentiende, y aplicarse a lo que es explícito. Es la parte fenoménica
del descubrimiento de Laso que resulta más cómodo recorrer en el
orden en que él ha querido narrarlo, con una reiterada preocupación
por no “adelantar acontecimientos”. Y las etapas, los momentos de
la realidad nacional e internacional son, ya se sabe, tres: Bilbao,
Burgos, Oviedo.
Bilbao natal. En un alarde de memoria, Laso
relata sus primeros años en la ciudad vasca en lo que viene a ser
un estudio sociológico sobre las condiciones de las clases modestas
en el primer tercio del siglo XX. Ya desde niño manifestaba la cualidad
que lo distinguirá en la vida: el afán de saber. Pero, con todo
y ser interesantes estos aspectos, por así decirlo, civiles de aquella
época, lo que verdaderamente llama la atención porque es lo más
innovador de esta parte, es la narración de la experiencia de la
guerra civil a través de los ojos de un niño y la posguerra de los
de un adolescente. Los niños están muy presentes en la guerra civil.
Pero vienen siendo objetos de descripciones que suelen suscitar
amargura e indignación: los niños de Gernika, los “niños rusos”
(algunos de los cuales reaparecerán en los años 60 en este libro),
los niños de los refugios y los bombardeos. No es frecuente que
sean los sujetos de la historia, los que la narren. Y que lo hagan
más de 60 años después. Laso pudo ser uno de aquellos “niños rusos”;
de hecho, sus padres debatieron la cuestión de en qué país buscar
asilo. Es interesante elucubrar sobre cómo hubiera sido Laso de
haber integrado una de aquellas expediciones de “niños rusos”.
La guerra vista por un niño que, como dice el poeta,
es el padre del hombre, dejó una huella indeleble en éste que se
manifiesta aún hoy día en su especial afición a los asuntos militares
y al estudio de la estrategia a través del análisis de las más grandes
batallas. A Laso le agrada la idea de que comparte este gusto –excéntrico
para los usos de la gente civil del siglo XX, aunque participe en
conflictos políticos- con Friedrich Engels, pero está claro que
nació en el niño que procuraba enterarse de cómo iba la guerra en
su país y en el adolescente que siguió con detenimiento el curso
de la II Guerra Mundial a través de sus grandes batallas. Basta
con leer sus consideraciones sobre la de Kursk. Y eso en condiciones
laborales, sociales y familiares verdaderamente difíciles.
Porque el hecho es que la posguerra en España no
fue fácil para casi nadie y especialmente dura para la familia de
uno del bando perdedor. En España por entonces se pasaba hambre
y a Laso le tocó su ración. La cosa se ponía dramática si el del
bando perdedor había tenido responsabilidades políticas y circulado
por las cárceles del régimen. Desde ese momento, la cárcel es un
elemento esencial en la vida de Laso y, andando el tiempo, será
su vida misma cuando pase doce años de ella en el penal de Burgos.
Los de la posguerra de Bilbao, los años 40, son de aprendizaje y
militancia. Y, para no reiterar lo ya dicho en otros términos más
arriba, de aprendizaje en la militancia y de militancia en el aprendizaje.
La formación teórica de Laso, sustentada en un
bagaje cultural ya apreciable, producto de su insaciable afán de
saber, se orientó después según un programa deliberado de aprendizaje
del marxismo. El tesón con que persiguió una edición castellana
de El Capital, poco menos que imposible de encontrar en la
España de entonces, explica bastante bien hasta dónde puede llegar
la determinación de las metas unida a la fuerza de voluntad. Cualidades
que también se aplicaban a la otra forma de aprendizaje o preparación
no teóricas, las de las consecuencias de la vida en la clandestinidad,
esto es, realizando actividades perseguidas por una ley inícua e
injusta, en función de la cual actuaba una policía, la Brigada Político
Social, todopoderosa, no sometida a control judicial alguno, que
empleaba la tortura en su actividad al servicio de unos tribunales
excepcionales, ante los cuales los acusados carecían de toda garantía
procesal y que no administraban justicia sino venganza. Dicho en
román paladino, en las condiciones de una dictadura fascista.
Ahí, en ese período bilbaino está la primera fase
de esa formación en el espíritu bolchevique que se completará luego
en el penal. Los años 30 habían sido los de la “bolchevización”
de los partidos comunistas del mundo entero. Aunque el término desapareció
en los años 40 y primeros 50, el espíritu se mantuvo incólume. Así
se templó el acero. La formación teórica de Laso durante el
estalinismo, que era una versión bizantina del leninismo, se hizo
en ese espíritu bolchevique, casi místico, del hombre de partido
en el sentido brechtiano, y no diré de revolucionario profesional
porque Laso siempre se ganó la vida con el producto de su trabajo.
Burgos. “La universidad de Burgos”. Laso
señala que el penal de políticos por antonomasia poseía la mejor
biblioteca de temas marxistas de la España del momento y que era
un verdadero centro de información y formación o adoctrinamiento.
En definitiva que, paradójicamente, era un oasis de reflexión intelectual,
formación filosófica, crítica política, documentación económica
y entretenimiento de alta calidad. Y, en efecto, era todo eso. Pero,
por encima de todo, Burgos era un penal en el que cumplían condenas
desmesuradas por injustas los presos políticos en abrumadora mayoría,
comunistas.
A
Laso le irrita la acusación que solía oírse por entonces de que
el Partido Comunista procuraba cebar los penales franquistas para
tener así un palmarés de martirologio con el que contrarrestar su
aislamiento frente a las demás fuerzas políticas de la oposición
a Franco que estaban muy unidas entre sí, desde luego, pero no aportaban
cantidad apreciable al contingente de presos políticos. Le irrita
tanto que lo considera una calumnia. Sin embargo, acompaña el texto
con extractos literales de las declaraciones de los acusados en
su mismo proceso por lo militar, incluidas las suyas, de las que
se sigue que todos proclamaban con orgullo su pertenencia al PCE
y aprovechaban la vista oral para denunciar a la dictadura. Ello
habla muy alto del valor de estos hombres. Un valor que no sufre
merma por la consideración de que, siendo los juicios farsas, nada
de lo que hicieran los reos iba a alterar unos fallos que estaban
decididos de antemano, puesto que, aun así, el cálculo egoísta impone
otro tipo de actitud. Pero, al mismo tiempo, suena también a consigna
del partido. De hecho, el mismo Laso reconoce haber utilizado el
símil de los mártires con los servidores de la dictadura.
Así pues, la abundancia de presos políticos comunistas
no se debe, obviamente, a una política deliberada del PCE, que tendría
muy difícil justificación moral ante los ojos hasta de los militantes
más fanáticos. Era al revés: la política del partido implicaba un
comportamiento en los militantes que tarde o temprano había de llevarlos
a la cárcel. Resulta reiterativo señalar que, para estos hombres,
la cárcel era lo que se conoce en lenguaje bursátil como un efecto
“descontado”. Sabían que acabarían en ella y la cuestión consistía
en prepararse para tal eventualidad, para la realización de la selffulfilling
prophecy.
Desde que empiezan las detenciones, con los consabidos
malos tratos, hasta que Laso sale en libertad, este período aparece
bajo la misma luz: la hora del temple bolchevique frente a las provocaciones,
las torturas, los daños por las debilidades ajenas, las delaciones,
los juicios injustos, las vejaciones y la represión carcelarias.
En todo ello hay un hilo conductor: salvaguardar al partido. Los
comunistas dan ejemplo actuando entre el pueblo, resistiendo a las
torturas y reorganizando el partido en las cárceles para que la
moral no decaiga.
Doy fe de la veracidad del detallado y minucioso
informe que Laso presenta sobre las condiciones de los presos políticos
en las cárceles de Franco. Y lo hago porque fui uno de ellos. Durante
dos años. Que no son doce, pero tampoco dos meses. Y doy fe de que
los de mi generación nos beneficiamos de unas condiciones penales
relativamente livianas para los presos políticos (cuya existencia
se reconocía de hecho, aunque no de derecho) gracias a las luchas
que llevaron a cabo gentes como Laso o como Marcos Ana, ese hombre
que estuvo 23 años ininterrumpidos en las cárceles de la dictadura
y del que Laso habla con tanto cariño como admiración.
Incidentalmente hay que señalar que, aunque Laso
haya vivido una vida tan difícil, haya sido tan perseguido, reprimido
violenta e injustamente, y torturado, no parece guardar rencor a
nadie. Seguramente hay ahí un elemento de la educación del revolucionario,
que cree en las leyes objetivas de la historia de forma que, quienes
ejercen la función de verdugos, no son personalmente responsables
por ello. Pero él va más allá y habla bien de los amigos, los camaradas
y hasta de algunos adversarios; y no habla mal de los enemigos sino
siempre con el distanciamiento de un juicio que quiere ser objetivo
y comedido Aparte de las condiciones personales del autor, se vislumbra
asimismo un reflejo de la militancia en el partido que empezó enseguida
a hablar de reconciliación nacional.
Esto conduce a hacer un último apunte sobre las
cuestiones tácticas y estratégicas del PCE. Hay muy escaso análisis
sobre la línea política del PCE en estos años, de forma que Burgos
puede ser la “universidad de Burgos” pero en ella se sigue prácticamente
al pie de la letra los criterios y consignas de los estamentos directivos
del partido. En terminología militar, válida desde Julio César,
es como si los comunistas encarcelados estuvieran retirados en sus
“cuarteles de invierno”
Oviedo. Estirando algo más la metáfora del
espíritu bolchevique y sus rasgos de entrega, sacrificio y lucha,
cabría decir que las tres etapas que ahora culminan reproducen el
íter de la Iglesia, que es militante, purgante y triunfante. A la
salida del penal, Laso reconstruye su vida civil sin abandonar sus
actividades formativas que ya por entonces le han granjeado merecida
fama de sabio, ni su actividad clandestina, si bien ahora reconducida,
dada su condición de expreso, presumiblemente muy vigilado por la
policía. En un primer momento se instala en su Bilbao natal pero
después, aprovechando un destino en Oviedo en su trabajo como representante
de chocolates “Zahor”, se afinca en la capital del Principado, se
licencia en derecho, traba una intensa amistad con Gustavo Bueno
que dura hasta la fecha y concentra sus actividades de militante
en el ámbito ideológico. Y aquí aparece Gramsci, que es el comunista
que expande las concepciones marxistas sobre el trabajo de los intelectuales
y entre los intelectuales.
Pero Laso es ya un hombre conocido y respetado,
polemista, publicista, ensayista, filósofo, espíritu organizador
de las más diversas empresas culturales y políticas asturianas.
Realiza una actividad tan extensa y diversificada que no es posible
sintetizarla en escuálidas líneas. Es, lo dicho más arriba, ciclópeo.
Tampoco se presta en esta parte especial atención a los aspectos
programáticos del Partido Comunista. El eurocomunismo pasa por las
páginas de esta memoria con poca pena y menos gloria y la integración
del PCE en IU y asuntos concomitantes no le ofrecen al autor mayor
interés. Lo dicho: es ya una institución dentro y fuera del partido
y dedica los últimos años a una especie de grandioso programa viajero
que lo lleva a los más exóticos y apartados lugares del planeta
sobre los cuales se ha documentado previamente. Tras los años de
aprendizaje vienen los años de andanzas que han dejado un poso de
informaciones y reflexiones, actualmente en estado de elaboración
y que tomarán la forma de un libro de viajes. Un libro de viajes
escrito por un viajero especial. Uno que ha viajado por la vida
con un mérito y una dignidad nada comunes.
Por último, una palabra sobre el prólogo de Gustavo
Bueno. Reconoce en él el filósofo el derecho de quienes quieran
soslayar, por enfadosa, cualquier introducción a fin de sumergirse
de inmediato en la lectura del texto. ¡Pues no ha de entenderlos
si, según advierte, eso es lo que ha tenido que hacer él para escribir
el prólogo, si bien, obvio es, él no hubo de toparse con el dilema!
Siguiendo esta implícita sugerencia interrumpí al punto la lectura
prologal y fuíme directo al texto. Terminada la de éste, retorné
a aquella y me felicito de haberlo hecho así porque si el texto
es bueno, el prólogo no le queda atrás y los dos se conciertan admirablemente,
ya que cada uno ayuda a entender mejor al otro. Si el texto es relato,
el prólogo es una reflexión sobre el relato que, al interpretarlo,
sólo puede interpretarse habiendo leído el texto. En breve, el prólogo
es tan bueno que debiera figurar como epílogo. Lo que por otra parte
es.