José Galan Arias

A José María Laso, un hombre justo

En Homenaje a José María Laso; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 30).

Texto preparado para su edición digital por Carlos Glz. Penalva.


Con cierta periodicidad sabemos de homenajes a esta o aquella persona en los que, partiendo de una trayectoria vital encomiable del protagonista, en ocasiones se alcan­zan territorios fronterizos con la desmesura. Suelen ser homenajes promovidos por los más allegados, quienes, a base de entusiasmo, agrupan en torno al elegido un buen puñado de amigos al que brindan su afecto y respeto en un día inolvidable para él.

Siendo todos, por supuesto, respetables, el que rendimos a José María Laso por diversas razones difiere un tanto, en mi opinión, de los homenajes al uso. La primera es que, si bien es un grupo de compañeros y amigos -Tribuna Ciudadana- quien lo encabeza, éstos no hacen otra cosa que canalizar las aguas de cariño que hacia José María Laso corren por las laderas abajo de multitud de sectores de la vida pública ovetense y asturiana. La segunda es que este Homenaje se produce como consecuencia de una especie de Ley de la Gravitación Universal de los bien nacidos; es decir, es algo que se veía venir, que tenía que suceder, que simplemente era cuestión de tiempo.

Pocas, muy pocas veces, una persona y su talante vital, concitan la unanimidad de criterio que sobre nuestro querido amigo Laso tienen cuantos lo tratan. Conociendo a José María Laso es muy fácil definirlo: conversador, afable, laborioso, conciliador, bibliófilo, erudito, entrañable, tierno, bueno e imprescindible. Pero, si me forzasen a uti­lizar un solo calificativo, no lo dudaría: para mí Laso es un hombre justo en el más estricto sentido bíblico de la palabra. A su lado uno recibe de seguido clases magistrales de ecuanimidad, tesón, lealtad y concordia. Cuando él se arroja al ruedo de la disputa dialéctica, el público asiste a uno de los espectáculos más nobles y hermosos de los posi­bles entre los humanos: razonar, argumentar, citar autores; en su conjunto, muchas veces desde la vehemencia pero nunca jamás desde terrenos que puedan no ya herir, sino siquiera molestar al contrincante.

Cuando uno quiere a alguien, siempre tiene para sí la necesidad de decírselo con todas las palabras y todos los sentidos, antes que quedarse varado en las orillas de la indefinición. Por eso, José María, porque, insisto, eres hombre justo, escribo estas líneas con destino a tu regazo emocional como testimonio vivo de mi amor y respeto hacia ti.