Juan Benito Argüelles

José María Laso, humanista de la acción

En Homenaje a José María Laso; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 10-11).

Texto preparado para su edición digital por Carlos Glz. Penalva.


En agosto del año 1969 llegó a Oviedo, por motivo de su trabajo y proveniente de Bilbao, su ciudad natal, José María Laso. Muy poco después iniciamos nuestra amistad, cosa que a nadie sorprenderá, si tenemos en cuenta la época, el tamaño de la ciudad y nues­tras inquietudes sociales, culturales y políticas, tan afines. Dado los tiempos que corrían era fácil reconocerse, incluso por la calle, antes de haber entablado una conversación: indumentaria, talante y aficiones separaban, más ostensiblemente que ahora, las dos Españas. No en balde sus hijos habíamos bebido en distintas fuentes intelectuales. Los que «cojeábamos del ala izquierda», como diría mi querido y recientemente desaparecido amigo Emilio Alarcos, andábamos a la caza de «afinidades electivas» que nos permitiesen sobrevivir en aquel páramo social. Por eso no es extraño que pronto coincidiéramos los dos en el «Club Cultural», aquel refugio de navegantes hacia la democracia de la calle Palacio Valdés, precursor de otros que vendrían después a agitar intelectual y política­mente la ciudad. El día que conocí a Laso, presentaba allí el profesor Gustavo Bueno su libro El papel de la filosofía en el conjunto del saber, en el cual rebatía la tesis sos­tenida por Manuel Sacristán en el suyo, presentado dos años antes en Barcelona y titu­lado La función de la Filosofía en los Estudios Superiores. Había entre el público una gran expectación. El fondo del debate entre ambos filósofos no era sólo la relación filosofía-enseñanza, sino sobre todo la relación entre filosofía y ciencia. En su inter­vención en el coloquio Laso trató de equilibrar las posiciones de ambos profesores. La brillantez de su exposición sorprendió a Bueno que expresó su deseo de conocerle al final del acto. Al dirigirse a él como «colega» Laso hubo de aclararle que no ejercía la docencia en aquella época, sino que se ganaba la vida como representante de chocolates «Zahor», aunque sí había sido docente en el penal de Burgos, durante los ocho años que había estado en la cárcel por motivos políticos. Ese fue el comienzo de la amistad entre Bueno y Laso que ha permanecido inalterable hasta la actualidad y que se apoya en la admiración y el respeto mutuos.

 

En cuanto a mí, me sorprendió en Laso no sólo su inteligencia y evidente bonhomía sino un hecho, al parecer trivial, pero que tocaba fibras muy esenciales de mi sensibili­dad. Laso tenía entonces, cuando yo le conocí, la misma profesión que mi padre, antes de perderlo, siendo yo un niño en los eventos de la guerra civil. Cuando rememoro mi universo infantil, siempre están presentes los juguetes y los cromos que la firma de cho­colates «Primitiva Indiana» rifaba entre sus clientes y que mi padre guardaba en un baúl que se encontraba en el sótano de mi casa. Los cromos, muy hermosos, de historia natu­ral con árboles, peces, pájaros y animales salvajes aparecen todavía de vez en cuando en mi mundo adulto, portándome, en el aroma de su papel, la sombra de mi padre.

 

Quiero hacer referencia aquí a un capítulo no muy conocido de la vida de Laso. Por aquel entonces la dedicación clandestina a la política del dirigente comunista Gerardo Iglesias estuvo a punto de costarle la aplicación de la ley de peligrosidad social de la cual le salvó Laso consiguiendo que entrase en la plantilla de Zahor, donde figuró como agente 2011.

 

Quizá sorprenda saber que, cuando yo le conocí, Laso era diestro conductor de un coche azul «dos caballos», que estacionaba siempre delante de su casa y que por causas relacionadas con la economía vendería más tarde a un amigo «por el módico precio» de 5.000 pesetas. Abandonó desde entonces el volante descubriendo las ventajas de reco­rrer a pie las calles que pasaron a ser utilizadas por él, como una prolongación de su despacho, para leer la prensa diaria.

 

Ingresa Laso en la Universidad entre los mayores de veinticinco años y sale flamante licenciado en Derecho a principios de los años setenta. Instituimos entonces juntos las llamadas «Cenas del Fontán», que se celebraban en el «Bar Aller», con entrada por la calle Magdalena pero con ventanas que se abrían hacia el Fontán. Muy concurridas, al final de la cena uno de los comensales leía una ponencia de carácter político que luego se deba­tía entre todos los asistentes, prolongándose, a veces, las reuniones hasta altas horas de la noche. Sabiéndonos observados por las fuerzas del orden, con ocasión de la ejecución de Carrero Blanco por E.T.A. consideramos prudente suspender la cena programada, por haberse desplegado aquel día una mayor vigilancia policial. Esas cenas resultaron un campo de reclutamiento de donde habrían de salir varios de los componentes de la futura «Junta Democrática» que se constituiría con la llegada de la transición.

 

A comienzos de los ochenta otro empeño cultural, «Tribuna Ciudadana», volvería a hacernos coincidir. Con un entusiasmo que no ha desfallecido desde el momento de su fundación, Laso ha velado por las esencias de esta sociedad («difusión de la cultura en todas sus manifestaciones») de forma ejemplar. Con la entrega y dedicación que pone en todo cuanto inicia ha sido un puntal imprescindible para el desarrollo y la implantación de «Tribuna Ciudadana» en la ciudad. Durante el tiempo en que fui res­ponsable de esa empresa cultural su solidez intelectual supuso un gran apoyo para mí. A Laso se debe la noche más luminosa de Tribuna, aquélla que todos recordaríamos si nos viésemos en la necesidad de elegir entre las otras muchas, aquélla en que todos en pie recibimos a Rafael Alberti, último poeta de la Generación 27, en una Casa Parroquial de San Juan completamente atiborrada de gente. Habíamos tenido que cru­zar Oviedo en una a modo de manifestación, ante la imposibilidad de alojar a tan enfervorizado y numeroso público en la sala de la Caja de Ahorros, contratada ini­cialmente. Tal fue el éxito obtenido por el poeta en aquella ocasión que decidió vol­ver al mes siguiente acompañado de Nuria Espert con la que llenó el Campoamor en una noche inolvidable...

 

Gracias Laso por aquella oportunidad y por tantas otras, por tus enseñanzas en conversaciones inolvidables, por tu generosidad vital compartiendo lo que tienes y luchando por un mundo más justo. Hasta siempre compañero y amigo, un abrazo emocionado en este homenaje tan merecido.

Oviedo, 19 de marzo de 1998