Norberto Álvarez González
Síntesis escrita
de una gran obra vivida
Publicado El Catoblepas
(nº 17 - julio 2003) con motivo de la publicación de las
memorias de José María Laso. .
De las muchas recensiones que yo he hecho, muy pocas me resultaron
de tan grata redacción como la que, ahora, presento. Y ello
porque a un libro sobre Laso –sobre su vida y su obra–
se le puede elogiar, muy fácilmente, sin exagerar ni mentir.
Conozco a Laso desde 1972. Nos presentó un amigo común,
el hoy catedrático de derecho constitucional de la universidad
de León, D. Manuel Benigno García Álvarez. Trabajaba
yo, entonces, en la elaboración de mi tesis doctoral (sobre
«La Guerra Revolucionaria como Legítima Defensa»),
y eran los momentos álgidos de la guerra de Vietnam. Y fue
sobre todo, por esto, por lo que nos pusieron en contacto. Él,
en Oviedo, ya empezaba a ser figura, por sus infrecuentes conocimientos
del marxismo, y su muy sufrida trayectoria de militante comunista.
Mi amanecer al marxismo fue con la ayuda de Laso, y mi único
interrogatorio policíaco fue por comer, frecuentemente, con
él (en el modesto restaurante de la Anita, quien temblando
me preguntó después: «Oiga, ¿podrá
pasarme a mí algo por dejar, a Laso, comer aquí?»).
Pero la verdad es que «algo tiene el agua cuando la bendicen».
Y ¿qué tiene Laso para eso? Una obra escrita –y
sobre todo, humana– que muchas de nuestras, oficialmente, personas
importantes quisieran para sí. La primera muy meritoria, sobre
todo en su dimensión hablada (Laso fue un enriquecedor incansable,
en el marxismo, de generaciones y generaciones de universitarios,
«envenenados», así, para siempre, por él,
en el interés por las teoría y praxis marxistas).{1}
Pero, sin que esto suponga menospreciar su obra teórica (sobre
todo, hablada) refulge sobremanera (y hasta, a veces, acompleja, moralmente)
su estoica actitud testimonial, ante el dolor que le inflige el verdugo,
que él supo convertir, incluso, en motivo de orgullo.
Transcribo, en tal sentido, un texto de su libro, en el que narra,
estoicamente –y casi de modo antimarxista (muchos marxistas
sostuvieron, recuérdese a Guevara, que un pueblo sin odio no
puede triunfar de un brutal enemigo)– lo siguiente: «Era
un método infalible para hacerle cantar al detenido... Para
ello, me esposaron de pies y manos a una silla de madera. Morales
me explicó que tal método se lo habían aplicado
a él, mientras estuvo recluido en una 'checa' de Madrid, como
consecuencia de sus actividades en la falange clandestina. Inmediatamente
me bajó los pantalones y comenzó a golpearme en ambos
muslos de las piernas... A medida que transcurría el tiempo,
Morales se vio obligado a decirme: 'Ahora aguantas, ya que, en caliente,
no duele tanto, pero ya verás que no podrás superarlo
en frío'. Poco a poco, Morales se fue cansando de golpearme,
al observar el nulo efecto que me causaban los golpes. Entonces me
dijo: 'Ya verás que no podrás aguantar el tratamiento
que, a mí, me aplicaron en una checa de Madrid'. Ello me sugirió
la posibilidad de tenderle una trampa a Morales, preguntándole:
'¿Y usted, habló?...' A Morales no le convenía
contestar a la pregunta.»
Intuimos, ya, bien el valor testimonial de su actitud. Pero intentaré
hacer, ahora, algunas anotaciones psicológicas a la misma:
Esta actitud de complacencia, ante el dolor, que le inflige el verdugo
(no le suscita odio y hasta le recuerda, casi, con afecto) ¿denota
un carácter masoquista? No sé si un psicoanalista con
más datos, y mejor criterio, que yo, contestaría, afirmativamente.
Yo, desde luego no lo hago; pues tiene, a mi juicio, el fenómeno
otra explicación mejor: A los torturadores, debe, hoy, Laso
su imagen pública, de gran militante comunista y estoico ciudadano
(como Gustavo Bueno le calificó, con acierto). Y es, precisamente,
por esto, por lo que, ya, entonces, comprendió que sus torturas,
lejos de suponerle una derrota vital, le supondrían, más
bien, un sacrificio, sobradamente, recompensado, por el afecto que
suscitarían, hacia él, en sus compañeros y simpatizantes,
desde ya; y en las generaciones posteriores, después.
A pesar de estos elogios que, merecidamente, yo hago a Laso, pienso
que la revolución nunca se haría en clave lasiana (desde
la tortura testimonial), sino en clave guevarista (desde la lucha
social, impulsada por el odio al enemigo (reléase a Guevara:
«Un pueblo sin odio no puede triunfar de un brutal enemigo»).
Como todos hicieran lo que Laso (amar, incluso, a sus enemigos) el
estímulo revolucionario disminuiría sustancialmente.
¿Para qué matar (de lo que, hablando de todo un poco,
nuestro recensionado no sería capaz) si con llevar gratas palizas
en las comisarías, ya, nos basta? Pero una revolución
nunca se entiende en clave personal, sino en clave colectiva: Nunca
la hace uno, o varios, individuos, sino toda una clase social, cuya
estrategia la ejercen sus distintas categorías sociales (cada
uno, según su papel): los intelectuales, los dirigentes, los
soldados, y también, estos hombres testimonio, entre los que
contamos a los torturados por un ideal, verdadero estímulo,
con frecuencia, del papel de los demás.
Respecto a su obra intelectual (también, más práctica
que teórica, por su forma de ejercerla, enseñando en
cualquier parte, donde hubiera gente capaz de escucharle: desde la
calle más recóndita a la universidad de San Francisco
en Oviedo; pasando por el Club Cultural y muchas cafeterías
y coloquios de conferencias, en los que todos los asistentes asumían,
y esperaban, la intervención del Laso enriquecedor del coloquio)
es, también, muy conocida y respetada.
A todos nos enseñó Laso lo que otros intentaron hacernos
olvidar: A valorar en su justa medida, el interés teórico,
y práctico, del marxismo. Un saber, autodidácticamente,
aprendido, en su caso, en las cárceles franquistas. Lo que
le llevó a sentir, como maestro, a otro gran marxólogo
y marxista, que fue Gramsci, no tanto por sus excepcionales conocimientos
filosóficos, como por la relación de identidad intelectual
que hubo entre ellos (ambos estudiaron el marxismo en las cárceles
de dos dictaduras fascistas, las de Franco y Mussolini).
Esta sublevación intelectual de nuevos hombres del saber (los
marxistas), la contraatacan los aparatos ideológicos del franquismo,
tolerando que nuevos docentes inquietos de entonces (con un barniz
intelectual marxistoide, y no forjados en las cárceles, ni
en la clandestinidad, sino en la universidad elitista de entonces;
ni venidos de la clase obrera, sino extraídos, con frecuencia,
de las élites económicas) expliquen un marxismo –para
mí espúrio– de contenido socialdemócrata;
que contribuyó a apartar, a gran parte de aquella juventud
inquieta, del marxismo, pasándola a profesar otras doctrinas
–y a militar en otros partidos– de centro izquierda, con
más posibilidades de éxito y de promoción personal{2}.
Para mí –ya lo he escrito otras veces– la aparición
de ciertas instituciones culturales –editoriales, revistas y
periódicos, progresistas– de entonces, tuvieron, también,
esta función: frenar el avance, teórico y práctico,
del marxismo (tal como lo entendían y practicaban los comunistas,
dándoles, a los jóvenes, otras posibilidades de presentarse
a la sociedad como progres sin necesidad de ser comunistas).
Quiero señalar también aquí, para acabar, el
que, a mi juicio, es el verdadero descubridor de Laso: Gustavo Bueno.
Entre otras razones, por el desprejuiciamiento que supone que un catedrático,
temperamentalmente distante, de la «flor y nata» académica,
reparara, deferentemente, en él (entonces obrero del chocolate),
despertándole el aprecio, hasta el punto de invitarle, desde
aquel momento, a tratarle de tú.
Con satisfacción y esperanza, lo digo: La Historia acaba haciendo
justicia, y situando en su lugar, a cada uno: A bajar al alto, a lo
trepa; y a subir al, injustamente, postergado. Y es, precisamente,
en el momento de bajar los primeros –momento que, por lo general,
coincide con la jubilación, la vejez y la muerte– cuando
otros, cuyo valor no nos fue dado a conocer, a su debido tiempo, empiezan
a ser admirados como, desde hacía ya mucho, merecían.
Y es por lo que, para, mí, el caso de Laso, además de
verlo justo, me resulta estimulante, y premonitorio de lo que pasará
también, con quienes, hoy, no debiendo ser, son; y, debiendo
ser, no son. Por lo que, cuando me enteré (por los medios)
de los reconocimientos sociales a la figura, y la obra, de Laso, le
llamé, le di mi felicitación; y me ofrecí, gustoso,
a escribir estas modestas y sinceras páginas.
Madrid, 6 de julio 2003
Notas
{1} Decía de él Valentín Fernández Monte,
a propósito de su verbo enriquecedor, y habitual en cualquier
parte, en que se encontrara: «El día que lo entierren,
después de hablar el cura, seguro que hablará él
también, corrigiéndole algo.»
{2} Siempre tuve la sospecha de que aquellos jóvenes progres
–con frecuencia hasta «marxistas»– venidos
de familias muy bien situadas del antiguo régimen, habían
llegado, hasta aquí, por dos motivos, principalmente: Descafeinar
el movimiento social de las izquierdas, entonces liderado por el partido
comunista; y la prudente medida, de seguridad política familiar,
consistente en tener un familiar, o/y amigo, en cada frente ideológico
y político. Así se explica, también, la presencia
–y alto influjo– de intelectuales y políticos,
de algunas familias fascistas de notoriedad, en las filas de ciertos
grupos de izquierda (de intelectuales del PSOE, por ejemplo), en las
que eran además (por explicables motivos de índole económica)
muy respetados. (Para una mejor comprensión de todo esto, vid.
mis dos libros El Intelectual y la Política, editado por el
Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá 1999;
y Cuatro Estudios sobre Libertad, del mismo año y en la misma
editorial.)
