Roberto Sánchez Ramos

José María Laso, camello de libertad

En Homenaje a José María Laso; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 59-60).

Texto preparado para su edición digital por Carlos Glz. Penalva.


El socarrón de J.B. bisbisea en los oídos de la ciudad que el vicepresidente de Tribuna Ciudadana nació a la edad de ochenta años, como Lao-Tsé, y que su discurso bautismal, Delenda est dictadura, hizo contraer al fantasma de Anacarsis Escita la enfermedad mortal del quilonismo. Sin embargo, la verdadera historia, al igual que todas las historias verdaderas, comienza donde acaba la hablilla. José María Laso Prieto, con el único fin de contrariar al tremendo fabulador que es J.B., nació a una edad muy temprana, como todos los bebés de Bilbao. Eso sí, en un arranque de originalidad, que lo marcaría para el resto de sus años, rehusó de los servicios de la cigüeña, por considerar este medio de transporte poco verosímil y excesivamente aristocrático; se subió a un tranvía, abarrotado de obreros ajenos al fenómeno que les había caído encima, y fue al encuentro de su madre vasca soberanamente elegida. Era el 8 de diciembre de 1926. Sólo muchos años después, asumiendo la forma de un vendedor de chocolates, José María Laso adquiría la nacionalidad ovetense. Contrabandista de Marx. Camello de Libertad. De su Bilbao natal recuerda nítidamente escenas de guerra: la euforia popular, los desfiles de las columnas socialistas, comunistas, anarquistas, el hambre, los ametrallamientos, la derrota. Sucesivamente fue evacuado a Santander, Francia, la zona republicana de Cataluña, otra vez Francia. Regresó a España en noviembre de 1939.  El gran topoCorría el V año de la victoria marcando el paso de la oca, estamos en pleno siglo XVII, cuando Laso, sin encomendarse ni a Dios ni a Franco, lo que en aquella época venía a ser lo mismo, inició por su cuenta y riesgo la publicación de un periódico clandestino, utilizando para ello la multicopista de una empresa de seguros. La Libertad era la cabecera. Sagazmente subtitulada, para no dar pistas a la Policía, «En un lugar bajo la tiranía de Franco». Su lema era «Ni Franco ni Rey, República, libertad de Euzkadi y emancipación de la clase trabajadora». Y entonces José María ve que me sonrío y se sonríe. Retrospectivamente, piensa que entonces no sabían mucho de periodismo. Lo que también puede ser formulado, con más exactitud, de otra manera: el único periodismo decente del siglo XVII era obligatoriamente cervantino y utilizaba consignas imperiosas, si bien desaforadamente extensas. Sus secretas actividades de editor ilegal le llevaron hacia el Gran Topo antifranquista. A la edad de veinte años, José María Laso ingresa en el Partido Comunista. Un partido que espantaba a los cogotes de platea, a los que creen que nada es de verdad si no hay folletos bien impresos y secretarias serviciales. En estos tiempos, en los que el olvido es la reivindicación política de los instalados, de los que por estar satisfechos ven en cualquier proceso el presente, sobre todo una crítica a su presente, es necesario reescribir lo que se intenta porfiadamente borrar: el Partido Comunista era el partido de la democracia.

José María Laso fue detenido y procesado tres veces en los años cincuenta. La última de ellas fue sentenciado a doce años de cárcel. En 1958 trabajaba como viajante de comercio. Las profesiones de sus compañeros de sumario eran tipógrafo, jornalero, peón especialista, marino, pintor, carpintero, tornero, relojero. El Partido Comunista era «il popolo minuto». Los acusados de rebelión militar se convirtieron en fiscales y acusaron a los militares de rebelión. En el turno de alegaciones, Laso expuso los objetivos de la política de reconciliación nacional: lucha contra la carestía, amnistía general y restablecimiento de las libertades democráticas. Anteriormente, respondiendo a una pregunta de la defensa, dejó bien claro qué razones le habían llevado al comunismo: Su sensibilidad social y sus aficiones artísticas y literarias. «Precisamente, dichas aficiones me impulsaron a ello, ya que considero la solución democrática y pacífica del problema español, que implica la reconciliación nacional, como la condición indispensable para lograr un florecimiento cultural».

En el libro de los Seres imaginarios, el animal que analógicamente más se aproxima a Laso es el dragón chino. Su carácter es benéfico, símbolo del Yang, encarnación del sabio. Pese a su vastedad, falta en el libro de Borges la figura del bibliófago, ente de razón pura que habita una estrella roja en la Plaza de América, usa lentes a lo Yakovlev y lucha eternamente contra los excesos del detective gallego Pepe Carvallo, que arroja continuamente libros a las llamas con lo rico que es comérselos.

Quince mil libros son muchos libros. Cuando un hombre reúne tantos textos, puede decirse que ese hombre ya no lee libros, los habita. Se instala entre sus páginas. Sueña en blanco y negro, como en los buenos viejos cines de barrio, que se ha tragado el tiempo. Y es así como Laso regresa al penal de Turi di Bar¡ para discutir con Antonio Gramsci algunos problemas teóricos y preguntarle por los niños y por Tania y por cómo va esa salud, y de paso le lleva jabón, cuchillas de afeitar, unas conservas. Otras noches saca billete para el Londres de 1902, alquila un coche de caballos y conduce al joven recién llegado de Siberia hasta el cuarto de Lenin. Durante el trayecto, Trotsky disfruta de la conversación de este caballero español que habla ruso con acento del Volga y que le previene, insistentemente, contra Mártov. En ocasiones, pasea por el Espolón de la Vetusta de Clarín. En la realidad del texto, mientras la heroica ciudad duerme la siesta, Laso abronca a Álvaro Mesía por su comportamiento de rufián, un leve cosquilleo le recorre las puntas de los dedos pensando en Ana Ozores.

 Na Sdrovia, Starik

Bueno, Laso. Te digo hasta la vista con palabras de oro, las que fueron inventadas, sólo para ti, por tus compañeros del penal de Burgos en tu treinta y tres aniversario: «Hasta luego, Laso, inmaculado, despistado, acaparador de sabiduría, gran ensimismado, exce­lente muchacho, polemista infatigable, no me interrumpas, Laso, no te metas conmigo, Laso»; y la más hermosa de todas las dedicatorias porque jamás una letra tan torpe vol­verá a dar cabida a tanto amor: «Esto se lo dedico a mi camarada Laso, por su abne­gación y cariño al estudio. ¡Sigue adelante y no bebas como yo tanto vino!».

Salud, camarada. Na Sdrovia, Starik.