
Comunismo y compromiso
intelectual: Wenceslao Roces
4. Wenceslao Roces y la Guerra
Civil
Por Benjamín Rivaya
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Publicado en Papeles de la FIM, nº 14,
2000, Madrid, Fundación de Investigaciones
Marxistas
Cedido para su edición digital por Benjamín
Rivaya.
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Sublevados los
militares, Roces participa activamente en la defensa de la República.
Su primera misión fue la de viajar a la capital francesa para
gestionar el apoyo del país vecino a la causa republicana.
Estando en París, recibe la noticia de que se le nombra Subsecretario
del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, siendo ministro
el también comunista Jesús Hernández (GDM, 10-IX-36).
Christopher H. Cobb ha descrito al Roces Subsecretario: un intelectual
preeminente de la vida cultural de aquel tiempo, enormemente preparado,
serio, eficaz, pero con imagen autoritaria e intransigente. Comunista estricto, no gustaba de mostrarse
como catedrático. “En el fondo era menos duro de lo que tenía
que aparentar”, diría quien entonces fue su secretario. Respecto al papel que le tocó jugar al
comunista asturiano no cabe duda de su protagonismo en la dirección
del nuevo Ministerio.
Tanto en Madrid como en Valencia,
la labor gubernamental en materia cultural y de educación ha sido
valorada positivamente. El mismo Roces relata la lucha que entablaron
contra el analfabetismo, la creación de Institutos para obreros
y, sobre todo, las gestiones que se llevaron a cabo para preservar
el tesoro artístico del museo del Prado.
En efecto, las más fundamentales labores que emprendió el Ministerio
de Instrucción Pública y Bellas Artes fueron las de la enseñanza
y la preservación del tesoro artístico nacional.
En cuanto a la
educación, fueron muy diversos los organismos que se crearon desde
el Ministerio para extender la cultura y luchar contra el analfabetismo:
los Institutos para Obreros, las Milicias de la Cultura,
Cultura Popular, los Clubs de Educación en el Ejército
o las Brigadas Volantes de Lucha contra el Analfabetismo.
Nada menos que José Castillejo afirmaría que un “ministro comunista
de educación” parecía “haber tenido más confianza en la iniciativa
local que los republicanos intelectuales”, al haber adoptado medidas
de descentralización administrativa”. Y refiriéndose a los logros
concretos: “A miles de niños se les ha puesto en unas condiciones
semejantes a las del hogar, han sido alimentados y educados; los
maestros han despertado a un espíritu de sacrificio que ha penetrado
tanto en las escuelas como en las familias; y se han abierto nuevas
escuelas elementales [...] La cultura popular ha sido difundida
y ansiosamente asimilada en cursos especiales o lecciones en hospitales,
cuarteles e incluso trincheras”.
“La España leal era como una inmensa escuela”, diría más tarde
Mª Teresa León. Por lo que se refiere al ámbito universitario,
se trató de renovar los planes de estudios, las categorías del
profesorado e, incluso, las denominaciones (en concreto, la Facultad
de Derecho pasó a denominarse, seguro que por influjo de Roces,
Facultad de Ciencias Jurídicas, Políticas y Económicas), amén
de comenzarse la inevitable labor de depuración ideológica.
En el mismo sentido, no es extraño que Roces aprovechara su cargo
para modificar partidas presupuestarias: suprimió la de gastos
de representación de los Rectores y dedicó el dinero a la de lucha
contra el analfabetismo. Los muchos logros alcanzados, sin embargo,
tuvieron su reverso en las críticas de sectarismo que los comunistas
recibieron por la forma de desempeñar su labor. Téngase en cuenta
que dentro del bando republicano había diversos proyectos educativos
y culturales, y que parece que el Ministerio impuso
el del PCE, sobre todo frente a los otros de tendencia troskista
y anarquista.
En cuanto el trabajo
para proteger el tesoro artístico (y bibliográfico) español, la voluntad del Ministerio también
resultó determinante. Respecto a la participación de Roces en
esta fundamental labor, como es natural casi no se han conservado
noticias fehacientes,
pero es seguro que fue uno de los impulsores. Aunque no citen
su nombre, es fácil deducirlo de los recuerdos de Mª Teresa León
y Rafael Alberti. Nada más comenzar la guerra se creó, con
el fin de velar por muy diversas realidades de valor histórico
y artístico, la Junta de Incautación del Tesoro Artístico, junta
que dirigió José Renau, compañero de Roces en el Ministerio y,
como él, miembro de la Alianza de Intelectuales Antifascistas.
Fue el equipo del Ministerio, por tanto, junto con los hombres
de la Alianza, quien se ocupó de todo, y Roces era una figura
clave tanto de aquél como de ésta. Sépase que había sido uno de los firmantes
del manifiesto fundacional de la Alianza, donde se levantaba la
voz contra “ese monstruoso estallido del fascismo”. Si bien allí se aglutinaban intelectuales
de diverso signo, el predominio del componente comunista era evidente.
En un documento del PCE de aquellas fechas, se apunta a Wenceslao
Roces como secretario político, mientras que Mª Teresa León y
Rafael Alberti se ocupaban con las secciones de “Agit-Prop” y
de “Literatura” respectivamente, aunque luego pasaran a ocupar otros cargos.
Fue ese núcleo comunista el que asumió el deber de defender el
patrimonio artístico español.
En conclusión,
la labor del Ministerio de Intrucción y, principalmente, la del
Subsecretario, fue altamente estimable tanto en lo educativo como
en lo artístico, si bien en este segundo aspecto resultó fundamental.
Hoy podemos afirmar que, junto al de otros, su trabajo hizo posible
que se conservaran piezas artísticas y bibliográficas de singular
valor, sobre todo del Museo del Prado y de la Biblioteca Nacional.
En este sentido, las acusaciones de sectarismo ceden ante la importancia
de los proyectos llevados a cabo y la de los logros obtenidos.
En fin, “cierta tendencia al cacicato” -en palabras de Mainer-,
pero tiempos “felices en las realizaciones concretas”.
Durante los tres
años, el profesor de Derecho Romano se dedicó, siempre en la dirección
que marcaba el Partido Comunista, a combatir en la guerra de ideas
que también fue aquélla.
Por fin, cuando las tropas nacionalistas sitiaban Barcelona, y
se dió aviso a los no combatientes para que se retiraran cerca
de la frontera con Francia, Roces se presentó en el puesto de
la zona militar donde estaba Enrique Líster y pidió que se le
admitiese para la defensa: “Vengo a ponerme a vuestras órdenes
por si me necesitais”, dijo. “Lo que menos necesitamos aquí son
profesores de Derecho Romano”, fue la respuesta de Líster. Tras
el consuelo que le ofreció Santiago Alvarez,
Roces debió de decidir retroceder cerca de Francia.
Por su parte los
sublevados, en 1.937, ya habían privado a Roces de su condición
de catedrático. Los motivos de la sanción fueron fijados en el
pliego de cargos: “Hallarse en el territorio del Gobierno de Valencia,
poniendo toda su actividad al servicio de éste en cargos públicos
como la Subsecretaría del Ministerio de Instrucción y en funciones
privadas como alocuciones radiofónicas, etc. Comunista”.
Posteriormente, en 1.946, el Tribunal Especial para la Represión
de la Masonería y el Comunismo abriría diligencias para juzgar
sus responsabilidades, decretándose su busca y captura. Por motivos
evidentes, al año siguiente se ordenará el archivo de las diligencias.
La comisión que se trasladó a Francia estuvo formada por
republicanos de diversa procedencia: Dolores Ibarruri, Marcelino
Domingo, José Salmerón, Wenceslao Roces, Antonio Lara y Luis
Recaséns: vid. Dolores Ibarruri, Memorias de Dolores Ibarruri,
Pasionaria: la lucha y la vida, Barcelona, Planeta, 1.985
(763 p.), p. 301. El último citado, Recaséns, tenía algunos
rasgos en común con Roces. Era el más importante filósofo
del Derecho español de la época y, como él, había estudiado
con Stammler. Cuando llegó la República se convirtió en seguidor
de Miguel Maura, y colaboró con diversos gobiernos. Una vez
que estalló la guerra, tras este viaje a París, se exiliaría
en México, pasando a trabajar en la UNAM. Años más tarde,
perdida la contienda, de nuevo coincidirían allí los dos intelectuales.
Hay que suponer, sin embargo, que no mantuvieron relación;
Recaséns era un radical anticomunista.
Además de por Hernández y por Roces, el equipo del Ministerio
estuvo formado por César García Lombardía, Director General
de Primera Enseñanza, y por José Renau Berenguer, Director
General de Bellas Artes.
Christopher H. COBB, Los milicianos de la cultura,
Bilbao, Universidad del País Vasco, 1.995 (214 p.), p. 34,
37, 43 y 52.
Emili Gómez Nadal, en Christopher H. COBB, "El Ministerio
de Instrucción Pública y la FETE", en VARIOS, Valencia,
capital cultural de la República (1.936-1.937). Antologia
de textos y documents, Valencia, Generalitat Valenciana,
1.986 (p. 19-42), p. 39.
Hay quien afirma el papel rector de Roces, mientras que
otros lo reparten entre el Ministro y el Subsecretario. Vid.
Mª Fernanda MANCEBO, La Universidad de Valencia en guerra.
La FUE (1.936-1.939), Valencia, Ayuntamiento y Universidad
de Valencia, 1.988 (265 p.), p. 110-111; Irene FALCON, Asalto
a los cielos, cit., p. 396.
Ante el curso de los acontecimientos, en los últimos días
de 1.936 Julián Besteiro pidió a Roces que saliera de Madrid:
Guillermo CABANELLAS, La guerra de los mil días. II. Nacimiento,
vida y muerte de la II República española, Buenos Aires,
Heliasta, 1.975 (2 vols, 1.361 p.), p. 1.061. A partir de
entonces seguiría trabajando en Valencia.
Salvo por la historiografía franquista, evidentemente.
Vid. Miguel de CASTRO MARCOS, El Ministerio de Instrucción
Pública bajo la dominación roja. Notas de un espectador imparcial,
Madrid, Librería Enrique Prieto, 1.939 (236 p.), p. 94.
Vid. Ascensión H. de LEON-PORTILLA, España desde México,
cit., p. 357-358.
Vid. Juan Manuel FERNANDEZ SORIA, "La asistencia
cultural de la República en guerra", en VARIOS, Valencia,
capital cultural de la República (1.936-1.937). Antologia
de textos i documents, Valencia, Generalitat Valenciana,
1.986 (p. 43-84); Matilde Vázquez, "La reforma educativa
en la zona republicana durante la guerra civil", RE 240,
sept.-oct. de 1.975 (p. 60-72); Juan Manuel FERNANDEZ SORIA,
"La política de creación de escuelas en la España republicana
(1.936-1.939)", en Escolarización y Sociedad en la
España contemporánea, 1.808-1.970. II Coloquio de Historia
de la Educación, Valencia, Ed. Sección Científica de Historia
de la Educación de la Sociedad española de Pedagogía y Dpto.
de Educación Comparada e Historia de la Educación de la Universidad
de Valencia, 1.983 (p. 107-122); Juan Manuel FERNANDEZ SORIA,
"Labor de alfabetización y culturización elemental en
la España republicana (1.936-1.939)" y Serge SALAÜN,
"L'Ecole primaire de la République en guerre (1.936-1.939)",
ambos en VARIOS, L'Enseignement primaire en Espagne et
en Amérique latine du XVIIIº siècle a nos jours - Politiques
éducatives et Réalités scolaires-. Actes du colloque de Tours (29-30 novembre 1.985), Tours, Université de Tours, 1.986 (p. 323-343 y
345-363 resp.).
José CASTILLEJO, Guerra de ideas en España, cit.,
p. 133. Parece que el mismo juicio era el de Angel Ossorio:
"hacemos, en suma, una valoración del pensamiento tan
grande o mayor que la de nuestra defensa armada. Y es que
sabemos muy bien que a la larga, el destino de los pueblos
no lo trazan los explosivos, sino el cerebro. Por eso se publican
en España magníficas revistas; por eso en las fábricas y en
los regimientos se editan periódicos; por eso hay bibliotecas
en las trincheras; por eso se ha dado la gloriosa paradoja
de que la guerra está sirviendo para aminorar el analfabetismo,
pues se cuentan por miles los hombres que en el campo de batalla
han aprendido a leer y a escribir"; cit. por Juan Manuel
FERNANDEZ SORIA, "Labor de alfabetización y culturización
elemental en la España republicana (1.936-1.939)", cit.,
p. 323.
Mª Teresa LEON, La historia tiene la palabra (Noticia
sobre el salvamento del tesoro artístico) (Prólogo, selección
de apéndice y notas de Gonzalo Santonja), Madrid, Hispamerca,
1.977 (122 p.), p. 30.
Vid. Juan Manuel FERNANDEZ SORIA, Educación y cultura
en la guerra civil (España, 1.936-39), Valencia, NAU llibres,
1.984 (311 p.), p. 39; Mª Fernanda MANCEBO, La Universidad
de Valencia en guerra..., cit., p. 79.
Christopher H. COBB, Los milicianos de la cultura,
Bilbao, Universidad de País Vasco, 1.995 (214 p.), p. 41.
Manuel TUÑON DE LARA, "El proyecto cultural de la
II República", en C. GARITAONANDIA, J.L. DE LA GRANDA
y S. DE PABLO (eds.), Comunicación, cultura y política
durante la República y la guerra civil. Tomo II. España (1.931-1.939),
Bilbao, Universidad del País Vasco, 1.990 (p. 331-336), p.
335.
Vid. Alejandro TIANA FERRER, Educación libertaria y
revolución social (España, 1.936-1.939), Madrid, UNED,
1.987 (312 p.), p. 47-48 y 169; Christopher H. COBB, Los
milicianos de la cultura, cit., p. 39, 44-45, 83 y 122;
Juan Manuel FERNANDEZ SORIA, "La asistencia cultural
de la República en guerra", cit., p. 50. Debido a ese
partidismo, a veces las críticas a WR suben de tono: José
ALVAREZ LOPERA, La política de bienes culturales del gobierno
republicano durante la guerra civil española. Vol. I,
Madrid, Ministerio de Cultura, 1.982 (2 vols.), p. 36. Las
diversas opciones políticas también propiciaron enfrentamientos
personales, por ejemplo entre Roces y León Felipe, según la
información que proporciona la primera mujer de Octavio Paz
: vid. Elena GARRO, Memorias de España. 1.937, México,
siglo veintiuno, 1.992 (159 p.), p. 119.
Vid. Juan María FERNANDEZ SORIA, "Política de bibliotecas
en la República durante la guerra civil", PC 1, octubre
de 1.988 (p. 101-116).
Desde luego, no ha quedado constancia en el Archivo del
Museo del Prado, conforme a la información que amablemente
me ha proporcionado doña Rocío Arnáez, conservadora del Museo.
Así se desprende de las memorias de Alberti, en las que
si bien no se cita a Wenceslao Roces, se consigna el trabajo
que llevaron a cabo tanto el mismo Rafael Alberti como Mª
Teresa León: "[...] el Museo del Prado cerró sus puertas
al público a partir de los primeros bombardeos de Madrid por
la aviación franquista, cuyas bombas lo habían alcanzado,
cayendo precisamente algunas en la sala Velázquez, aunque
la gran mayoría de las obras ya habían sido evacuadas a los
sótanos, no muy profundos, del museo, que comenzó a ser la
gran preocupación del Gobierno, de todo el Madrid intelectual
y artístico que amaba y se enorgullecía de poseer una de las
pinacotecas más ricas y asombrosas del mundo. También para
la Alianza de Intelectuales Antifascistas, de la que yo era
secretario con José Bergamín, el inmenso peligro que corría
el museo era su mayor, su más permanente desvelo"; en
Rafael ALBERTI, La arboleda perdida. Libros III y IV de
memorias, Barcelona, Seix Barral, 1.987 (379 p.), p. 77-78.
También Mª Teresa LEON, La historia tiene la palabra,
cit., y Memorias de la melancolía, Barcelona, Laía,
1.977 (356 p.).
En relación con la conservación del patrimonio, véase
cómo había un trabajo conjunto entre la Alianza y el Ministerio
o, por citar nombres propios, entre Mª Teresa León y Rafael
Alberti y Renau y Roces: José ALVAREZ LOPERA, La política
de bienes culturales del gobierno republicano durante
la guerra civil española. Vol. I, cit., p. 26-47; y Vol.
II, p. 11. (Se trata de la obra donde más extensamente se
investiga la actuación del gobierno republicano en orden a
conservar el patrimonio artístico).
Téngase en cuenta que por aquel entonces Roces presidía
las reuniones de la Alianza: vid. Javier FIGUERO, Memoria
de una locura, Barcelona, Planeta, 1.986, p. 109.
Vid. el documento fundacional con la relación de firmantes
en Manuel AZNAR SOLER, Pensamiento literario y compromiso
antifascista de la inteligencia española republicana. II,
cit., p. 357-358. En el apéndice donde se encuentra ese documento
se transcriben otros muchos entre cuyos firmantes está WR.
La presidencia la ocupó primero Ricardo Baeza, un periodista
azañista, y luego el peculiar Bergamín, quienes trabajaron
para que el Segundo Congreso Internacional de Escritores
Antifascistas se celebrara en España. Por fin sería en
Valencia, y Wenceslao Roces estaría allí representando a España,
junto con Machado, Bergamín, Imaz, Altolaguirre y otros: vid.
Rafael ABELLA, La vida cotidiana durante la guerra civil.
La España republicana, Barcelona, Planeta, 1.975 (478
p.), p. 316. En relación con la Alianza y el Congreso, vid.
Manuel AZNAR SOLER, Pensamiento literario y compromiso
antifascista..., cit., p. 108-158.
José Carlos MAINER, La Edad de Plata (1.902-1.939),
Madrid, Cátedra, 1.983 (466 p.), p. 336. Vid. también Miguel
Angel GAMONAL TORRES, Arte y política en la guerra civil
española. El caso republicano, Granada, Diputación Provincial
de Granada, 1.987 (406 p.), p. 23; Christopher H. COBB, Los
milicianos de la cultura, cit., p. 44.
Durante todo el tiempo que duró, WR se desplazaría de
un lugar a otro pronunciando charlas. Vid. AHN, SGC, Bal.
110. Por otra parte, a Roces se le acusó de participar en
la disolución del POUM y en la justificación de la muerte
de Nin. Tras el asesinato de éste, apareció un libro firmado
por un tal Max Rieger, titulado Espionaje en España,
y prologado por José Bergamín, libro en el que se decía demostrar
que Nin era un agente al servicio de Franco. Pudiera ser que
Roces ayudara a prepararlo. Desde luego no está demostrado,
si bien es cierto que WR nunca se defendió contra la acusación.
En cualquier caso sí es cierto que la imputación proviene
de un libro de Jesús Hernández y, por lo que sé, de ahí la
han tomado los demás. A este respecto, téngase en cuenta que
Jesús Hernández, ministro de Educación con el que colaboró
Roces como subsecretario, abandonó el comunismo y pasó a enfrentarse
abiertamente con él, lo que hace que sus acusaciones no sean
del todo fiables: Jesús HERNANDEZ, Yo fuí un ministro de
Stalin, Madrid, G. Del Toro Editor, 1.974 (339 p.), p.
183; Eduardo COMIN COLOMER, Historia secreta de la Segunda
República, cit., p. 589; Víctor ALBA, El Partido Comunista
en España, cit., p. 224; Burnett BOLLOTEN, La guerra
civil española. Revolución y contrarrevolución (trad.
por Belén Urrutia), Madrid, Alianza, 1.989 (1.243 p.), p.
792-793; Andrés TRAPIELLO, Las armas y las letras. Literatura
y guerra civil (1.936-1.939), Barcelona, Planeta, 1.994,
p. 264-265 (sin citar la fuente de la información).
Santiago Alvarez, Memorias II. La guerra civil 1.936/1.939.
Yo fuí comisario político del Ejército Popular, La Coruña,
Ediciós do Castro, 1.993 (507 p.), p. 470.
Vid. AGA, EyC, Caja 31.025, y AUS, Caja 1.340/24.
Vid. AHN, SGC,
Exp. 17.155. Lo único que se deducía de aquellas diligencias
era que WR no había pertenecido a la masonería. Es curioso
que Comín Colomer, en cambio, afirme que era masón: vid. Eduardo
COMIN COLOMER, La República en el exilio, cit., p.
446.
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