«Baltasar Gracián, un ejemplo del ayer para hoy»

Ovidi Cobacho Closa
(Manresa, España)


A pesar de ser uno de los escritores fundamentales del nuestro Siglo de Oro y uno de los más grandes autores de la literatura y el pensamiento español, Baltazar Gracián sigue siendo hoy, todavía,  un gran olvidado. Ignorado prácticamente durante siglos, Gracián parece ser en nuestros tiempos un perfecto desconocido por la mayor parte del mundo académico y, no digamos ya, por la población de nuestro país en general. Su nombre y sus obras rara vez aparecen citados en la prensa  o en los estudios académicos del ámbito de las ciencias humanas, quedando su figura relegada, marginalmente, al campo literario.  Pero, ¿qué importancia o cabida tendría todo esto en el marco de un congreso de filosofía y aun más en este encuentro destinado a reflexionar sobre la filosofía y el presente? Sin duda, a mi entender, un hecho fundamental: reivindicar el que sin duda es uno de los más ilustres autores del pensamiento español de todos los tiempos y  recuperar algunos de sus planteamientos, como modelo a tener en cuenta e incluso como punto de partida para analizar nuestro presente y actualidad circundante. 

El pasado año, a raíz de la celebración del cuarto centenario del nacimiento de Gracián, pude comprobar como  entre la bibliografía y los estudios sobre el autor y sus obras, fundamentalmente literarios, empezaban a aparecer algunas aportaciones muy interesantes desde el punto de vista filosófico. No debería esto de extrañarnos, antes sería lo más de esperar cuando fueron precisamente filósofos de la talla de Schopenhauer y Nietzsche los que le citaran y brindaran sus más cálidos elogios (1).  Pues, más allá de consideraciones puramente literarias, el universo que Baltazar Gracián nos muestra en sus escritos no es otro que el de una realidad viva y engañosa, compleja y contradictoria. Una realidad que tiene su razón de ser en la diversidad, en la disparidad; una realidad muy cercana a nuestro presente, donde aparece la verdad como ostentación de apariencias y juego de contrarios:

“todo este universo se compone de contrarios y se concierta de desconciertos: uno contra otro, exclamó el filósofo (Séneca, Heráclito). No hay cosa que no tenga su contrario con quien pelee, ya con victoria, ya con rendimiento; todo es hacer y padecer: si hay acción, hay repasión” (2).  

Tal y como han reconocido algunos pensadores actuales, como Antonio Marina (3), los grandes temas tratados por Gracián en sus obras están muy cercanos, en muchos aspectos, a los que  encontramos planteados en nuestra actualidad:  felicidad, trabajo, virtud, moral, apariencias, estética, ingenio, cultura, cordura; todo ello bajo una concepción crítica,  dinámica y práctica de la existencia. Su obra representaría “el raro momento de la contemplación reflexiva y atenta” (4), cuidando en mostrar, más que demostrar, el transcurrir y el devenir humano en su existencia por este mundo mediante, y cito a Azorín, un “torbellino vertiginoso, pintoresco, múltiple, de imágenes, de ideas, de sensaciones” (5), que funden lo reflexivo con lo literario.

Pero más allá de la sutileza y expresionismo en su técnica del lenguaje, lo que más sorprende al lector atento de sus obras  es la vigencia de sus planteamientos y aforismos en el día de hoy, la identificación con las situaciones y conductas humanas de sus alegorías, la intemporalidad y actualidad del universo simbólico por él acuñado. De ahí quizás se desprenda el interés que a despertado nuestro autor en el ámbito internacional a partir, sobretodo, de la segunda mitad  del pasado siglo XX (6), traduciéndose gran parte de sus obras a muchos idiomas y derivándose de él muchas interpretaciones, aunque no siempre las más correctas o deseadas, como bien demuestra el hecho de que en 1992 la traducción de su obra Oráculo manual y arte de la prudencia llegara a convertirse en un “best-seller” en los USA (7).

  En los tiempos actuales, donde el discurso del fin de la modernidad como proyecto histórico y la crisis de valores parecen relegarnos a un presente arbitrario, poblado de eslóganes sin sentido, inmersos en un hedonismo consumista a merced de las modas publicitarias y los medios de comunicación,  donde el individuo social parece estar mas lejos que nunca de cualquier compromiso, ideal o pensamiento que no sea la propia e inmediata satisfacción  personal dentro de este estado de cosas y valores neoliberales, el discurso de Gracián cobra más fuerza y sentido que nunca. Su visión del hombre, el mundo y la sociedad parecen alumbrar lo que se ha definido como la nuestra “era del vacío” (8):

     “Introduxo la sabia y próvida naturaleza el deleite para que fuesse medio de las operaciones de la vida, alivio instrumental de sus más enfadosas funciones; que fue un grande arbitrio para facilitar lo más penoso del vivir. Pero aquí es donde el hombre más se desbarata, pues, más bruto que las bestias, degenerando de sí mismo, haze fin del deleite y de la vida haze medio para el gusto (...). De suerte que no gusta de vivir, sino que vive de gustar. De aquí es que todos los vicios han hecho su caudillo al deleite: él es el muñidor de los apetitos, precursor de los antojos, adalid de las pasiones, y el que trae arrastrados los hombres, tirándole a cada uno su deleite.(9)”

“Creedme que hay muchos Midas en el mundo: assí los llama él cuando más desmedidos andan, que todo se ha de entender al contrario. El interés es el rey de los vicios, a quien todos sirven y le obedecen. (10)”

A menudo nos sobresalta el realismo tremendista de sus alegorías y sentencias, que bien podrían hermanarse con creaciones como las de Goya, Valle-Inclán o los mismos existencialistas y expresionistas contemporáneos,  tratando temas como la caducidad de la vida o el desenfrenado culto a la juventud, la idolatría de los valores juveniles tan vivida en nuestros días con los lifting, liposucciones y demás operaciones y artilugios estéticos :

“començó el tal amo a despojar[s]e de vestidos y de miembros: ``Toma allá, le dixo, essa cabellera´´, y quedóse en calavera. Desató[s]e luego dos ristras de dientes, dexando un páramo la boca. Ni pararon aquí los remiendos de su talle; antes, removiendo con dos dedos uno de los ojos, se lo arrancó y entregósele para que lo pusiesse sobre la mesa, donde estaba ya la mitad del tal amo; y el criado, fuera de sí, diciendo: ``¿Eres amo o eres fantasma?, ¿qué diablo eres?´´ Sentóse en esto para que le descalçasse, y habiendo desatado unos correones: ``Estira, le dixo, de essa bota´´; y fue de modo que se salió con bota y pierna, quedando de todo punto perdido viendo su amo tan acabado. Más éste, que debía tener mejor humor que humores, viéndole assí turbado: ``De poco te espantas, le dixo. Dexa essa pierna y ase de essa cabeça´´. Y al mismo punto, como si fuera de tornillo, amagó con ambas manos a retorcer y a tirársela. El moço, no bastándole ya el ánimo, echo a huir con tal espanto, creyendo que venía rodando la cabeça de su amo tras él, que no paro en toda la casa ni en cuatro calles al rededor. Y con todo esto, se agravia de que le tengan por viejo, que todos desean llegar, y en siéndolo no lo quieren parecer: todos lo niegan y con semejantes engaños lo desmienten. (11)”           

La frivolidad, el engaño, la injusticia, la avaricia, la codicia,  las utopías sobre la felicidad, la superficialidad, el egoísmo, la apariencia, el cotilleo, el simulacro,  todos ellos son denunciados por Gracián en lo que él cifra como un “mundo inmundo, laberinto de enredos, falsedades y quimeras”(12) ,  fruto de una sociedad sin valores que solo vive de falsas expectativas, perdida en la superficialidad del poseer y el parecer. Una sociedad que parece tener su homólogo en nuestro presente, donde  el desarrollo tecnológico y los medios de comunicación, lejos de difundir nuevos valores y perspectivas culturales, parecen perpetuar e incrementar un prototipo de individualidad basada en el culto a la apariencia y la satisfacción de necesidades provocadas artificialmente. Una forma de cultura que a sido denominada por J. Baudrillard como “la sociedad de consumo”(13), donde el sujeto humano queda subordinado al ritmo de una fuga de objetos al servicio del sistema, dando lugar a una inversión de valores, ya apuntada por Gracián, en la que el objeto deviene la finalidad de una vida transcurrida como medio para conseguirlo:

“Vulgar desorden es entre los hombres hazer de los fines medios y de los medios hazer fines: lo que ha de ser de passo toman de asiento y del camino hazen descanso; comiençan por donde han de acabar y acaban por el principio”(14).  

De ahí es que, sí bien en un principio, el ser humano, gracias a su capacidad racional desarrolló una serie de instrumentos y objetos que le permitirían adaptarse y desenvolverse con mayor facilidad en su medio natural y social, ha acabado desplazando el propio desarrollo tecnológico, abalado por su consumo, como meta y sentido de la propia existencia. El objeto, creado por el hombre para satisfacer unas determinadas necesidades naturales y culturales, se ha convertido ahora en el generador de estas mismas necesidades y la vida en el espacio temporal destinado a satisfacerlas. Hemos pasado de ser los creadores de una serie de artefactos y sistema valores, a vivir esclavizados por ellos. Nada más sugerente al respecto que el mismo uso que se hace del termino “libertad” como eslogan publicitario de una compañía de telefonía móvil o de unos pantalones vaqueros. Así pues, la personalidad y la libertad, el “ser persona” en nuestra época, ya no consiste  más que en la búsqueda de un referente de identidad en este tejido diseñado por la publicidad, el marketing, la moda y los discursos neoliberales del progreso tecnológico y el bienestar individual. A lo cuál habría que  añadir el vacío reinante de principios y criterios para un juicio reflexivo, ante una clase política rendida al poder económico y subordinada a los medios de comunicación.

Sin lugar a dudas, no se le escapará a una mirada mínimamente atenta el ver que las sociedades actuales del denominado primer mundo no dejan de ser un conglomerado de engaños, ilusiones y apariencias, tal y como Gracián ya supo ver y denunciar en sus tiempos. Ha cambiado la forma pero el fondo se mantiene. Cómo sino podría explicarse el interés de nuestros líderes políticos y   altos mandatarios en utilizar y apelar aún  conceptos, tan vacíos  de contenido y caducos,  como son “el progreso”, “los derechos humanos”, “el sentido de la historia”, “las libertades” o incluso “la democracia”.  Valores y conceptos que en buena parte  fueron ya cuestionados críticamente por el discurso posmoderno y sin embargo  siguen siendo hoy emulados como las garantías del devenir y la felicidad humana. Qué sentido tendría hoy seguir hablando del progreso y la historia con mayúsculas a no ser que sea como pura tapadera de otros intereses soterrados,  después de que autores como G. Vattimo, Lyotard o el mismo Nietzsche ya vaticinaran la crisis de la modernidad y, con ello, la imposibilidad de seguir concibiendo los principios y grandes relatos ( las ideas de Historia, Progreso e ideal europeo de humanidad)   que la fundamentaban.

Los tan apelados “Derechos Universales” del mundo occidental se caen por sí solos ante el más leve análisis reflexivo, erigiéndose tan solo como refugio  de  consuelo moral  para las hipócritas conciencias de los Estados capitalistas, sirviendo de tapadera y justificación para sus más despiadadas operaciones bélicas y de represión económica. Muy ilustrativas  resultan las palabras de algunos teóricos como Guy Hocquenhem y René Schérer al respecto:

“comenzamos a ver, a nuestro alrededor, cómo cierto número de mitos se derrumban. Los principios y creencias sobre los que, hasta un periodo muy reciente, las sociedades se han edificado y vivido, se revelan como no habiendo sido, quizás, más que mitos, mentiras míticas. Lo que se llama la puesta en cuestión de los valores del Progreso y de las Luces (Aufklärung) no es ya un asunto de opinión, sino que es una constatación. Es verdad que el desarrollo de las ciencias y las técnicas no puede pretender ya más hacer progresar la humanidad (...), que la barbarie no ha cedido el paso ante una civilización que parece, al contrario, segregar, a medida que avanza, formas de barbarie desconocidas y desiguales” (15).

Ni tan siquiera la tan apelada Democracia, bandera y símbolo distintivo de nuestras supuestas libertades, se libra de este juego de espejismos y mentiras ideales que reina en nuestra sociedad. Antes al contrario, ésta se convierte en un instrumento más, uno de los más eficaces, para perpetuar este estado de cosas e intereses neoliberales. La tan querida soberanía popular de los revolucionarios franceses no guarda ya hoy ninguna relación con nuestra democracia actual, habiendo sido ésta engullida totalmente por el sistema capitalista y transformada en un mecanismo electoral, basado en la alternancia entre dos grandes bloques de partidos políticos que en realidad suponen una misma continuidad del sistema. Prueba de ello lo tenemos en el hecho de la tan sonada Unión Europea, una unión diseñada desde las más altas esferas del poder, promovida por los intereses exclusivos del macropoder económico y las multinacionales, y en la que el pueblo llano jamás a llegado a tener voz ni voto alguno. Una gran operación político-económica donde, como apunta Juan Francisco Martín Seco, “las medidas más represivas se han justificado por la necesidad de converger con Europa, y se han podido aplicar sin que las formaciones políticas que las defendían tuviesen el menor desgaste electoral. No hay alternativa. Ése es siempre el secreto. Presentar las medidas como imprescindibles.” (16). Recurriendo luego, eso sí, a todo tipo de retórica embustera de facilidades y bienestar social y económico,  para convencer y confundir a una sociedad que vive como espectador sufriendo las consecuencias de las directrices marcadas por sus denominados, irónicamente, representantes. Qué sabios resultan aquí algunos  consejos de Gracián:

“No envidies –dixo Critilo- lo que no conoces, ni la llames felicidad hasta que veas en qué para. Destas cosas toparás muchas en el mundo, que no son lo que parecen, sino muy al contrario.” (17)

Pero si bien con esto, aunque  apuntado muy genérica y superficialmente,  puede hacerse uno cierta idea de la relación que podría existir entre algunos de los discursos críticos sobre nuestro presente y determinadas ideas postuladas por Gracián, quisiera ahora  desentrañar los que, a mi entender, pudieran ser los planteamientos más sugerentes de este autor para nuestro pensamiento del presente. Unas reflexiones que bien podrían servirnos de punto de partida para pensar nuestro presente y que tendrían su formulación en Gracián a partir cinco de ejes principales: la condición humana; el hombre y la realidad como entidades simbólicas; Naturaleza y Cultura;  el pesimismo como disposición teórica; el desengaño como actitud filosófica.

De las obras de Gracián, sin lugar a dudas, El Criticón constituye su máxima creación. Así como en El Héroe, El Político, El Discreto o El Oráculo manual y arte de la prudencia, ya vemos reflejada su inquietud analítica sobre la existencia humana y sus aspectos morales, en El Criticón va más allá de todo esto y se lanza de pleno a la aventura alegórica de desentrañar y reflejar todas las vicisitudes de la condición humana en el transcurrir de este mundo. Para Gracián el  fin más elevado de la filosofía no puede ser otro que la investigación de la condición humana. Con ello se anticipa a pensadores como Voltaire y Schopenhauer, en una tendencia que en cierta medida también compartirían autores de su época como Quevedo o Shakespeare (18). Su obra hace hincapié en los más profundos resortes del psiquismo humano,  las acciones y la conducta del  ser humano ante un mundo hostil. Gracián ve el hombre como un híbrido de pasiones e ideas; Andrenio y Critilo, los protagonistas de la peregrinación de la vida de El Criticón,  son la alegoría de un mismo hombre y el transcurso de éste por el mundo en busca de la felicidad. Esta visión dualista del hombre y del mundo como juego de contrastes y contrarios, y su aceptación por parte de Gracián, se desmarca de los postulados modernos y  la primacía otorgada a la razón como fuente de la verdad, adoptando una postura dualista sobre la condición humana que más tarde veremos reformulada en lo apolíneo y dionisíaco nietzscheano y en el Yo y el Ello de Freud:

“por lo que tiene de mundo (el hombre), aunque pequeño , todo él se compone de contrarios. La parte inferior está siempre de ceño con la superior y a la razón se le atreve el apetito, y tal vez la atropella. El mismo inmortal espíritu no está essento desta tan general discordia, pues combaten entre sí, y en él, muy vivas las passiones: el temor las ha contra el valor, la tristeza contra la alegría; ya apetece, ya aborrece; la irascible se baraxa con la concupiscible; ya vencen los vicios, ya triunfan las virtudes, todo es arma y todo guerra.” (19)

En Gracián, la indagación acerca de la bidimensionalidad humana es una tarea fundamental para esclarecer la verdad que encierra el ser humano y el requisito indispensable para su reformación. Escudriñando los pliegues más profundos del psiquismo y la moralidad, esgrimiendo las condiciones afectivas y racionales del individuo, aspira a desentrañar una trama alegórica que permita clarificar la misma condición de sujeto humano; clarificar el sujeto para hacerse dueño de uno mismo, para llegar a “ser persona”, dueño y señor de su propia voluntad. De ahí que, tal y como muy bien ha sabido ver Ignacio Gómez de Liaño (20), en contra de otras muchas superficiales interpretaciones, la pretensión última de la “filosofía cortesana” de Gracián (21) no fuera condicionar el psiquismo humano sino, más bien al contrario, enseñar como descondicionarlo. 

Una tarea muy útil para la filosofía de nuestro presente, muy a menudo demasiado empeñada en abarcar planteamientos acerca de grandes sistemas y principios abstractos,  olvidando la verdadera esencia de las relaciones culturales, que no sería otra que la proyección exterior de nuestra  condición humana. Pues en realidad, muchos de  los fracasos de los grandes ideales y sistemas teóricos  de occidente se deben, precisamente, al descuido en considerar plenamente la propia condición del hombre y su esencia bidimensional; su ser, natural y racional, individual y social. Véase sino la crisis del proyecto de la modernidad aferrado  al exclusivo uso de la razón como arbitro de las relaciones y principios humanos, o el fracaso, de  sistemas comunistas dispuestos a potenciar unas igualdades sociales anulan prácticamente la dimensión individual del sujeto. Al caso, quizá debiéramos empezar por considerar  nuestro presente hedonista e individualista, repleto de apelativos como “competitividad”, “individualidad”, “personalidad”, y los conflictos inmediatos que de él se derivan, a partir de nuestra condición de sujeto bidimensional, fruto de pasiones e ideaciones, donde puede que surjan más respuestas de las que se buscan propiamente en el ámbito de los hechos aislados y los datos puntuales.          

Pero más allá del afán de nuestro autor por explorar los laberintos de la psique humana, que le ha valido el ser considerado como precursor de Freud por algunos estudiosos (22), uno de los aspectos más cercanos a nuestro pensamiento actual es su consideración acerca de los símbolos y el lenguaje, erigiéndose como uno de los primeros exponentes de una filosofía existencial y simbólica. Su técnica literaria es el reflejo de su concepción de la vida humana. Para Gracián el hombre es un animal simbólico y su acción en el mundo un entramado de símbolos que hay que saber interpretar. La plasmación de sus representaciones simbólicas y personificaciones alegóricas obedecen a esa misma voluntad de captar los sentidos más ocultos de nuestra existencia.  En su obra Agudeza y arte de ingenio, Gracián dice acerca del concepto que “es un acto del entendimiento que exprime la correspondencia que se halla entre los objetos” (23). De ahí se desprende una consideración muy significativa, pues el referente del concepto para Gracián no es el objeto, sino el peculiar entramado de sentido y significaciones que estos encierran. El conocimiento humano se enfrenta, pues, no a las cosas en sí mismas sino a las significaciones con que éstas se nos aparecen.

Esto se revela en la misma técnica literaria utilizada por Gracián. Su discurso tiende a condensar en la mínima estructura superficial el máximo de estructura profunda, intentado reflejar mediante la polisemia de sus frases y conceptos el complicado mundo de significaciones que es la realidad. Un procedimiento  literario entendido como comunicación y expresión al servicio del conocimiento. Gracián apela nuestra función imaginaria para desentrañar ese entramado de significaciones que es la vida humana; da a entender la importancia que adquiere el sujeto como co-creador de símbolos significantes, a esto se refiere al decir que el concepto no apunta a cosas sino a significaciones, no a realidades sino a sentidos en que la realidad se nos presenta. De hecho, la historia del hombre bien puede entenderse como la historia de un proceso en que la realidad se ha ido poblando de diversos  sentidos, formando un cúmulo de significaciones dentro de las cuales nos movemos, nuestro universo simbólico.

Aquí es donde se nos aparece un Gracián actualísimo, arrojando ráfagas de luz sobre la confusión y oscurantismo de nuestro presente. Nuestra cultura del simulacro, como ha apuntado Baudrillard (24), nos asienta en un mundo en el que se confunden las relaciones entre significantes y significados, fines y medios, sujetos y objetos. Un ejemplo claro de esto lo tenemos en el mundo de la comunicación, donde la información, en lugar de formar, se convierte en pura mercancía, en exaltación del contenido en tanto que signo. Buena prueba de  ello  son hechos como el acaecido durante la guerra del Golfo, donde los medios de comunicación intentaron conmovernos con la imagen de un cuervo marino cubierto de petróleo que después se descubrió  era de otro país. O, sin ir tan lejos, en el mismo atentado de Nueva York sobre las Torres Gemelas, todos nos hartamos de ver las imágenes del impacto de los aviones, la que los terroristas querían  mostrar al mundo occidental, pero sin embargo no hemos visto ningún muerto; solo nos han mostrado una parte de la historia, el signo, la señal que los terroristas quisieron mandarnos derribando ese emblema simbólico del poder capitalista que eran las Torres Gemelas, pero se nos ha ocultado el otro aspecto de la historia, los muertos y las victimas de esta campaña simbólica. En este sentido pueden entenderse algunas de las reflexiones apuntadas sobre este aspecto, como es el caso de Umberto Eco:

“Bin Laden destruyó las Torres Gemelas para lanzar una señal, a él no le importaban los muertos, sino advertir sobre la fragilidad de Occidente. Y parece mentira, pero esto le ha regalado millones de publicidad a Bin Laden. Es una extraña contradicción semiótica, esta hermandad entre el terrorismo y los medios de comunicación, (...) a pesar de la comunicación instantánea no sabemos nada, todo se convierte en un show, en un espectáculo.” (25).

  Esta forma de terrorismo islámico podría entenderse como la lucha por preservar su universo simbólico, su estado de valores y significaciones  que ven amenazado por el imperialismo capitalista y norteamericano; más que choque de civilizaciones, cabría denominarlo choque de significaciones. Bien podría ayudarnos, sobre todo esto, el replantearnos algunas de las reflexiones  ya apuntadas por Gracián y no caer en el engaño de confundir nuestro sistema de valores con lo que se quiere la auténtica verdad y única realidad posible, ahorrándonos categorizaciones tan cínicas e imprudentes como lo que se ha denominado“el eje del mal” o la operación “libertad duradera”.

Pero Gracián, parece guiarnos más allá de todo esto al considerar el mismo concepto de Cultura, “artificio”  lo llama él, en relación con aquello  natural:

“Es el arte complemento de la naturaleza y otro segundo ser que por estremo la hermosea y aun pretende excederla en sus obras. Preciase de haber añadido otro mundo artificial al primero; suple de ordinario los descuidos de la naturaleza, perfeccionándola en todo: que sin este socorro del artificio, quedara inculta y grosera. (...) De esta suerte que es el artificio gala de lo natural, realçe de su llaneza; obra siempre milagros” (26).
En otro momento, pero, parece adoptar una postura contraria al respecto de lo dicho:
“Visto has hasta ahora las  obras de la naturaleza y admirádolas con razón; verás de hoy en adelante las del artificio, que te han de espantar. (...) Ve prevenido en este punto, para que ni te admires de cuanto vieres ni te desconsueles de cuanto experimentares” (27).  

Esta doble consideración paradójica no es gratuita, sino que se enmarca perfectamente dentro de este universo poblado de contrarios y contrastes cifrado por Gracián. De entrada al considerar lo que solemos aludir como Naturaleza ya nos avanza dos maneras distintas de entender dicho concepto, por un lado tendríamos una visión de la Naturaleza como algo complementario de la acción humana, de la cual partiría la esfera cultural como una proyección de la misma, interactuando y perfeccionándose; por otra parte tendríamos una visión de lo natural contrapuesto a lo cultural, opuesto por definición, considerando aquello artificial como un sujeto fuera/aparte de lo natural. Esta segunda consideración sería la que alumbraría algunas de las concepciones del ecologismo actual, preocupadas en defender una especie de noción paradisíaca de lo natural en contra de cualquier acción humana considerada artificiosa y contraproducente, sin llegar a plantearse la posibilidad de que la misma cultura, dada la bidimensionalidad humana antes apuntada,  no pueda llegar a ser otra forma de naturaleza complementaria.

Pero volviendo al concepto de Cultura, esa paradoja inicial que parece albergar la doble consideración graciana apuntaría a la imposibilidad de referirse a un único concepto de Cultura. Pues, de acuerdo con lo expuesto más arriba, el concepto de Cultura sería el mismo actuar humano, diverso, múltiple, contrario, ambivalente. Un artificio que puede mejorar la convivencia entre las personas y el mundo o, a la par, perjudicarlas y malversarlas; instaurar una convivencia más apacible y enriquecedora o la más cruel de las pesadillas insufribles. En otras palabras, esto nos llevaría a lo apuntado por pensadores actuales como Gustavo Bueno en su brillante ensayo El mito de la cultura (28) o a lo referido, recientemente, por Gabriel Albiac desde su columna en El Mundo:

“ Cultura es, por supuesto, el islam. Y el canibalismo. Y la tortura. Y la fabricación de castrati para usos musicales. Y la esclavitud. Y el nazismo. Y las fotonovelas. Y el Gulag. Y Auschwitz... Como lo es Bach. Y Duchamp. Y Einstein. Y Aristóteles. Y Mondrian. Y Bernini... Cultura es todo cuanto toca a los humanos.” (29)

Ante este entramado de sentidos y significaciones, Gracián opta por el pesimismo. Un pesimismo que le ha valido, por parte de algunos autores, más de una descalificación y el apelativo de aburrido, pero que, sin lugar a dudas, ha mantenido vigente su pensamiento  cuatro siglos después y lo ha puesto a salvo de la fiebre optimista del movimiento ilustrado. El pesimismo graciano constituiría, antes de que éste cobrara propiamente cuerpo,  lo que Fernando Savater ha venido a definir como “el pesimismo ilustrado”:

     "Una disposición teórica fundamentalmente referida a los propósitos y resultados de la acción humana: no es tanto una concepción del mundo como una perspectiva práctica. Considera que los más altos ideales humanos (felicidad, justicia, solidaridad, etc) nunca pueden ser conseguidos ni individual ni colectivamente de modo plenamente satisfactorio; que ni siquiera son del todo compatibles entre sí; que los hombres no ocupan ni remotamente el centro del cosmos, que no ha sido instituido ni organizado con el fin de satisfacerles; que el dolor y la contrariedad tienen una presencia abrumadora y determinante en la existencia humana; que en cada caso dado, ceteris paribus, es más probable que la situación se incline hacia lo insatisfactorio para el hombre en lugar de colmar sus esperanzas; que esto se debe tanto a la estructura de la realidad –opaca y poco permeable a nuestros deseos- como a la índole de nuestros deseos mismos, racionalmente incontrolables, mucho más volcados hacia la desmesura que hacia la conformidad; que la muerte es la única liberación definitiva, aunque temida y no deseada, de tantas dificultades.” (29).    

Gracián se cubre de esta tendencia pesimista ya antes de que la Ilustración alzara el triunfalismo optimista que iba ser emblema de la denominada Modernidad. Pero lejos de lo que muchos han querido ver en él, esta actitud tan calumniada por muchos ilustrados encierra cierta verdad que parece eterna. Gracián, desengañado ante el devenir humano, opta por la salvación individual del sujeto. Acercándose a ciertas posturas de la tradición estoica, nos propone superar el nihilismo existencial humano afrontando precisamente este hecho, sin caer en ilusionismos engañosos, haciendo del saber y la voluntad las armas del vivir. Este punto de vista tendría su referente contemporáneo en el mismo Nietzsche, no en vano señalado como el primer pensador contemporáneo, quien asumiría, tal y como a apuntado Savater (31), una actitud trágica, razonablemente optimista ante el pesimismo y razonablemente pesimista ante el optimismo. Pues ante la denuncia y la critica de este “mundo inmundo” , Gracián no deja de proponernos  una salida posible para aquel que sea capaz de abrir bien los ojos a las vicisitudes de esta vida y se arme del valor y el saber necesarios para una  fructífera y digna existencia. La reforma de la persona, ahí van dirigidos los esfuerzos de Gracián, al saber utilizar y valerse de las facultades y los recursos que la naturaleza nos ha brindado. Pues en realidad  el pesimismo graciano no cae en el vacío nihilista, sino que su visión del tiempo y el devenir del mundo ya alumbran en sí mismos la idea del eterno retorno y de la renovación constante de la vida: 

“ Con esto verás que el mismo fin es principio, la destrucción de una criatura es generación de la otra. Cuando parece que se acaba todo, entonces comiença de nuevo: la naturaleza se renueva, el mundo se remoça, la tierra se establece y el divino gobierno es admirado y adorado.” (32)

Pero detengámonos un momento, ya para finalizar, en lo que para Gracián constituye el auténtico filosofar, nada más cerca de lo que él entiende el camino para llegar a “ser persona”.  El desengaño, más que un tema tratado dentro de la obra, va a ser el propio sentido filosófico del pensamiento de Gracián, una filosofía atenta a la peripecia del hombre en el vivir humano  que, lejos de querer constituir un gran sistema teórico, está orientada a la práctica del vivir:

“Varias y grandes son las monstruosidades que se van descubriendo de nuevo cada día en la arriesgada peregrinación de la vida humana. Entre todas, la más portentosa es el estar el Engaño en la entrada del mundo y el Desengaño a la salida: inconveniente tan perjudicial que basta a echar a perder todo el vivir, (...) Ahora me confirmo en que todo el mundo anda al revés y todo cuanto hay en él es a la trocada. El Desengaño, para bien ir, había de estar en la misma entrada del mundo, en el umbral de la vida, para que al mismo punto que el hombre metiera pie en ella se le pusiera al lado y le guiara, librándole de tanto lazo y peligro como le está armado; fuera un ayo puntual que siempre le assistiera , sin perderle ni un solo instante de vista; fuera el numen vial que le encaminara por las sendas de la virtud al centro de su felicidad destinada. "(33).

Para Gracián el camino del saber y el conocimiento pasa por el desengaño, la vida del hombre es comprendida como un continuo vencerse a sí mismo, una contradicción permanente entre su verdad (humana) y la verdad (mundana), ese continuo engañarse y desengañarse que se da a lo largo de nuestra existencia. De ahí que su propuesta filosófica adquiera el atributo del desengaño, entendido como un arte de descifrar e interpretar las múltiples apariencias y sentidos en que las cosas de este mundo se nos aparecen, acompañado de un arte de la prudencia en el ámbito de la praxis:

El hombre desengañado, que conoce los errores y los engaños de la vida: es sabio virtuoso y filósofo del mundo. Serlo, pero no parecerlo y mucho menos hacer ostentación. La filosofía moral está desacreditada, aunque es la mayor ocupación de los sabios. La ciencia de los prudentes vive desautorizada. Séneca la introdujo en Roma y luego se conservo en los palacios. Hoy se considera impertinente, pero siempre el desengaño fue pasto de la prudencia y delicia de la entereza.” (34)

No habría pues, para Gracián, saber ni saber mirar que no sea el del desengaño. El filósofo, atento a la realidad y a los sentidos y contrasentidos con que esta se nos revela, debe hacer uso del desengaño como arma  no sólo para desenmascarar los engaños y apariencias, sino también como vínculo propio para el vivir. Qué otro fin pudiera tener sino el término deconstrucción, tan aludido en nuestros días, que el del mismo desengaño graciano. Autores como Hal Foster, Graig Owens, Josep Picó, Simón Marchán- Fiz, Georges Balandier y, como no, Jacques Derrida, han circunscrito dicho término dentro de la corriente posmoderna, tal y como apunta Iñaki Urdanibia, como “una empresa desmitificadora, desconstructora, desenmascaradora,(...) con un fin desmitologizador de los momentos fundantes” (35). Las astucias, estratagemas, doble juegos presentes en la obra de Gracián no obedecerían más que a esta voluntad de reinvertir los conceptos para exprimir de ellos sus más profundas significaciones, en un procedimiento que bien podría recordarnos la “anamnesis” lyotardiana,  obrando de tal manera que se haga posible la única verdad capaz de alcanzar el hombre: la del saber y vivir desengañado.

Éste es el legado que nos brinda Baltazar Gracián y que, a mi entender, lo convierte en uno de los grandes pensadores contemporáneos desplazado por el tiempo. Un ejemplo de actitud ante la vida y el saber; un pensamiento crítico y práctico a la vez, que invierte para aderezar, asocia para distinguir, que deconstruye para construir. La filosofía entendida no como una disciplina sino como un requisito indispensable para el vivir. Un pensamiento atento a la vida, a la inmediatez de las cosas, “no basta la substancia, requiérese también la circumstancia”(36) nos dirá; un filosofar que integraría el recorrido del pensar al actuar y del actuar al pensar.

Quede, pues, juntamente con ello, la voluntad de reivindicar una recuperación de nuestros clásicos, algunos demasiado olvidados, como ejemplos donde aprender, buscar, e incluso comprender, nuevas perspectivas  para interpretar la realidad de nuestros tiempos, siguiendo la recomendación, cómo no, de nuestro compadre  Gracián, distribuyendo nuestra vida entre el “hablar con los muertos”, “con los vivos: ver y registrar” y “sea toda para sí: última felicidad, el filosofar”(37).     

 


Notas 

1)      Schopenhauer tradujo el Oráculo manual y arte de la prudencia al alemán, y llegó a afirmar sobre Gracián: El Criticón es la más grande y la más bella alegoría que habrá sido escrita jamás. Conozco tres obras alegóricas de largo aliento: la primera declara y expone sus intenciones; es el incomparable Criticón de Baltazar Gracián; compónese de un amplio y rico tejido de alegorías entrelazadas entre sí, plenas de sentido; es como un ropaje transparente que encubre verdades morales y que les comunica la más sorprendente evidencia intuitiva, al mismo tiempo que el autor nos sorprende por su fecundidad de invención. Las otras dos obras están más embozadas: son Don Quijote y Gulliver en Liliput( El mundo como voluntad y como representación, II, cap. 50). A su vez, F. Nietzsche también dejó constancia de su admiración hacia la obra de Gracián: “Gracián demuestra en experiencia de la vida una sabiduría y una perspicacia con las cuales no hay nada comparable hoy. ( Escritos póstumos, Otoño- Inv. 1873-74, Helf 30, 34, edic. Colli-Montinari, Band 7, p.744.) “Sobre Gracián tengo el mismo sentimiento que usted : Europa no ha producido nada más fino ni más complicado en materia de sutileza moral. Sin embargo después de mi Zarathustra da una impresión de rococó y de sublime filigrana” (Carta a H. Köselitz in Annaberg, Sils –Maria, 20 sept. 1884. Briefe, Studienansgabe, 6 vols., Berlín, Walter de Gruyter, 19; v. 6, p.535).

2)      B. Gracián: El Criticón ( I - 3), edit. Santos Alonso, Madrid, Cátedra, 1996. p.91

3)      José Antonio Marina: Mi ajuste de cuentas con Gracián, en Turia nº 54, Zaragoza, 2000. p. 136

4)      Ignacio Gómez de Liaño: Gracián o la crítica de la razón simbólica, en Gracián Hoy, Madrid, UAM, 1995. p. 116

5)      Azorín: Los clásicos redivivos, Madrid, Espasa-Calpe, 1973. p.75.

6)      Baltazar Gracián cuenta hoy con un buen número de traducciones en países como Alemania, Francia, Inglaterra e Italia.

7)      Juan Domínguez Lasierra: El año en que Gracián fue “best-seller” en los USA, en Turia, op. cit., p.149

8)      Gilles Lipovetsky: La era del vacío, Barcelona, Anagrama, 1987

9)      B. Gracián: El Criticón ( I –10), op. cit., p.205

10)   B. Gracián: Ibíd., ( II – 3), p.345

11)   B. Gracián: Ibíd., ( III –1), p.549-550

12)   B. Gracián: Ibíd.., ( III –3), p.588

13)   J. Baudrillard: La sociedad de consumo, Barcelona, Plaza Janés, 1970.

14)   B. Gracián: El Criticón ( I –10) op. cit., p. 205

15)   Guy Hocquenhem y René Schérer: L’âme atomique , París, Albin Michael, 1986. p. 24.

16)   Juan Francisco Martín Seco : Réquiem por la soberanía popular. Diálogos de Maquiavelo y Rousseau sobre la sociedad actual. Madrid, Temas de Hoy, 1998.

17)   B. Gracián: El Criticón ( I –5), op. cit., p.116

18)   Sobre éste último véase el magistral  estudio de Harold Bloom, aparecido recientemente: Shakespeare. La invención de lo humano, Barcelona, Anagrama, 2002.

19)   B. Gracián: El Criticón, ( I -3), op. cit., p. 92

20) Ignacio Gómez de Liaño: op. cit., p.124

21) B. Gracián: El Criticón ( I – prólogo), op. cit., p.62

22) Josep Mª Andreu Celma: Gracián, precursor de Freud, en Trébede. Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura. Zaragoza, Cremallo de Ediciones, 2001.

23) B. Gracián: Agudeza y arte de ingenio, Madrid, Espasa- Calpe, 1974. II, p.14

24) J. Baudrillard: Cultura y simulacro, Barcelona, Kairós, 1978

25) Umberto Eco: La prensa ante el terrorismo en el periódico El Mundo  (Cultura), Viernes, 23 de Noviembre de 2001

26) B. Gracián: El Criticón ( I –8), op. cit., p.171

27) B. Gracián: Ibíd., ( I –5), p.114

28) Gustavo Bueno: El mito de la Cultura, Barcelona, Prensa Ibérica, 1996

29) Gabriel Albiac: Objeción fiscal en El Mundo (Opinión), Jueves, 7 de Marzo de 2002

30) Fernando Savater: El pesimismo ilustrado en En torno a la posmodernidad, Barcelona, Anthropos, 1994

31) Fernando Savater: Ibíd.., p. 124

32) B. Gracián: El Criticón ( I –3), op. cit., p.92

33) B. Gracián: Ibíd., ( III –5), p.634

34) B. Gracián: Oráculo manual y arte de la prudencia, Barcelona, Círculo de Lectores, 1998 (af. 100)

35) Respectivamente: Hal Foster Introducción al posmodernismo en La Posmodernidad ; Graig Owens El discurso de los otros: las feministas y el posmodernismo, en Ibíd.; Josep Picó Proceso a la Razón en Debats; Simón Marchán- Fiz Del arte objetual al arte del concepto; Georges Balandier  Le détour. Pouvoir et modernité; Jacques Derrida L’éscriture et la différence ; Iñaki Urdanibia  Lo narrativo en la posmodernidad en En torno a la posmodernidad op. cit., p. 66

36) B. Gracián: Oráculo manual y arte  de la prudencia, Madrid,  Cátedra, 1997 (af. 14)

37) B.Gracián: Ibíd., (af. 229)     

 

 

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