Prólogo

«El Partido y la Revolución
[Respuesta a un Camarada]. Wenceslao Roces»

por Diego P. Bacigalupe


Cuadernos Edición Popular. nº 5
Asociación Cultural Wenceslao Roces. Gijón, 2004


    

Portada del cuaderno nº 5 al cual corresponde este prólogoCuando Wenceslao Roces[1] (Soto de Sobrescobio 1897 - México 1992) publicó este texto[2], en el año 1973, acababa de celebrarse el VIII Congreso del PCE. Por entonces, la vida política española estaba atravesando una etapa crucial de su historia, circunstancia que puede ser percibida en diversos pasajes del texto de Roces. España presencia, por aquellos años, los últimos coletazos de la dictadura franquista. El propio Roces señala que, «aunque el aparato represivo todavía funcione bestialmente, el franquismo puede calificarse, sin caer en lo ilusorio, como una dictadura fascista en descomposición».

    Franco morirá tan sólo dos años más tarde, el 20 de Noviembre de 1975, y el Partido Comunista de España será finalmente legalizado el 9 de Abril de 1977, el mismo año en el que Wenceslao Roces regresa temporalmente a España, para vivir en primera persona lo que se ha dado en llamar en nuestro país la transición democrática[3]. Este es, grosso modo, el contexto histórico en el que debemos enmarcar la redacción del texto que tenemos entre manos, para una adecuada comprensión del mismo.

    En este artículo —tal y como se indica en el propio título—, Roces se propone responder a un camarada participante en el VIII Congreso del PCE. Este (cuyas opiniones sólo conocemos indirectamente, por boca de Roces) había anunciado allí su decisión de abandonar el Partido, así como el motivo que le había llevado a ello. Este motivo no es otro que el cuestionamiento de «la razón misma de ser del Partido como vanguardia, como guía y cabeza de la revolución». De este modo, según Roces, se está negando «uno de los fundamentos inconmovibles de la teoría marxista-leninista de la revolución», al sostener «que la existencia del Partido es estéril, y hasta perniciosa; que no debiera existir o que, por lo menos, no debiera ostentarse como vanguardia pues no lo es».

    Roces, por el contrario, se muestra consciente de la necesidad de la existencia del Partido Comunista, como partido revolucionario, como estructura objetiva que sustente los métodos y procedimientos adecuados para alcanzar las metas políticas del comunismo. Negar esto, rechazarlo, supone necesariamente transitar otras vías distintas de la comunista, bien sea adoptando posturas ultraizquierdistas (irresponsables y desconectadas de la realidad), como el anarquismo, «el cáncer del movimiento obrero español», o bien acercándose a posturas socialdemócratas, liberales, etc.

    Roces intenta fundamentar su tesis de una manera sólida, y para ello recurre a la historia. Así, a lo largo de su exposición, cita varios episodios históricos, desde la Comuna de París, hasta la Revolución cubana, pasando por la Revolución de 1934 en Asturias. El análisis de casos históricos como estos, demostraría  —según expone Roces— que «las revoluciones fracasan muchas veces, por la falta de un auténtico Partido revolucionario, porque este no se halle a la altura de su misión o no tenga una línea justa, porque no sepa unir en torno suyo a las masas o (...) porque el Partido no sea lo suficientemente fuerte y poderoso». De este modo, la participación del Partido en la revolución se presenta como una necesidad histórica irrefutable. Así, Roces critica la teoría o la monserga de la revolución sin Partido, estableciendo entre ambos una conexión esencial. Sin Partido no hay revolución, y sin esta, no hay comunismo.

    A esto únicamente debemos añadir dos pequeñas precisiones, pero no por ello de escasa importancia. En primer lugar, Roces señala que el marxismo-leninismo no sostiene que las revoluciones las haga el Partido. El Partido debe encabezarlas y dirigirlas, pero las revoluciones las hace la clase obrera, las masas, que son las protagonistas del drama histórico. Y, en segundo lugar, el Partido no encabeza la revolución por los méritos de su preciosísima sangre, sino que el Partido Comunista «es el Partido dirigente cuando merece serlo, cuando su política es la que corresponde a la situación y cuando, en la acción, sabe ganar para ella la adhesión de las masas, cuando demuestra con los hechos que es realmente el depositario y el vigía de su conciencia revolucionaria».

    Pero, a nuestro juicio, quizás lo más interesante de este texto sea la actitud que Roces demuestra y promueve en él. Una actitud, un comportamiento en definitiva, que resulta muy difícil de encontrar en la política actual, aunque solo hayan pasado unos treinta años. En primer término, esta actitud es, sin lugar a dudas, dialéctica. La dialéctica es un concepto filosófico clásico, que en su propio desarrollo ha ido adoptando acepciones muy diversas[4]. Roces se presenta como un claro exponente y defensor de una dialéctica en sentido fuerte, de raíz hegeliano-marxista, en tanto que proceso que asume, de algún modo, la contradicción. Así, dice Roces: 

    «Hay que decir que la intervención del camarada a quien me propongo contestar ha tenido, por lo menos, debemos reconocerlo, la virtud de que da pie para plantear y esclarecer algunos problemas de interés primordial (…) Creo que nuestro camarada hace bien en exponer abiertamente sus ideas. Lo mismo que nosotros debemos analizarlas y rebatirlas razonadamente en lo que las consideremos nocivas para nosotros y para él. No hay ni puede haber, en nuestro Partido, otro modo de proceder. Ni en la vida social ni en nuestro trato podemos paliar o endulzar las contradicciones, con zalemas, como en los salones. Somos dialécticos, porque sabemos que el único camino para superar las contradicciones, en el razonamiento como en la lucha, es ahondar en ellas, ponerlas de manifiesto sin disimulo».

   Esta actitud dialéctica, no obstante, tiene un límite, de naturaleza práctica, política. La dialéctica, la crítica y la discusión en el seno del Partido, ha de tener siempre una única meta, la revolución. La única crítica que Roces admite es «la crítica para vigorizar y engrandecer al Partido y su obra revolucionaria; no la crítica disolvente, corrosiva, para matarlo o maniatarlo». Esta obra revolucionaria consistiría en «acabar con la sociedad del capitalismo agonizante, del imperialismo, y marchar hacia el socialismo, o realizarlo, donde está ya implantado»; y más concretamente, en el caso de nuestro país, en «el aplastamiento del franquismo y la liberación de España».

    De este modo, nos encontramos ya con la segunda característica fundamental de la actitud de Roces, que no es otra que el compromiso político. Este, además de encauzar y limitar el desarrollo de la discusión dialéctica al enfocarla hacia determinadas metas, intenta servir de base o fundamento a la acción política que, como toda acción, resulta difícilmente justificable de manera positiva. El compromiso con el comunismo que su camarada había ya abandonado con toda seguridad, en el caso de Roces se mantenía inequívocamente intacto, tal y como él mismo expresa:

    «Nadie, en nuestro Partido, puede levantar o levanta un valladar a la crítica, a la diferencia de opiniones, a las divergencias y discrepancias, cuando éstas no muerden, dolorosamente, en la medula misma, en la esencia misma de lo que da sentido y razón de ser a nuestra conciencia de comunistas. Si creyéramos que en el Partido todo es perfecto, que no hay en él nada que corregir o mejorar, seríamos unos imbéciles y, además, estaríamos perdidos. Siempre hay algo, y a veces mucho, que corregir (...) Pero (...) las decisiones, una vez discutidas y debidamente adoptadas por los órganos representativos, son obligatorias para todos y todos deben cooperar, de un modo coherente, a su aplicación. La línea política del Partido, que responde a los intereses más altos de la revolución, no es, una vez trazada, para zarandearla, sino para aplicarla. Para hacerla triunfar».

   Estos dos elementos, la actitud dialéctica y el compromiso son las directrices generales que Roces propugna, y a las que él mismo se atuvo en su dilatada vida política. Sin embargo, actualmente la dialéctica ha desaparecido de la dinámica interna de la mayoría de partidos, siendo sustituida por un férreo dogmatismo en el que la línea política de los partidos viene marcada a priori, y generalmente por motivos muy diversos (ideológicos, intereses particulares, imposición de los líderes, etc.), que poco tienen que ver con la seria discusión teórica de los problemas en el seno del partido. La actitud dialéctica es vista hoy en día, generalmente, como un signo de debilidad en la dirección de los partidos políticos. Por otro lado, el compromiso político que antaño se podía observar en nuestro país y en muchos otros, ha dado paso al desencanto, a la abstención, y al auge de formaciones propiamente no políticas (anarquistas, pseudoreligiosas, místicas, ecologistas o feministas radicales, etc.).

    El diagnóstico de esta situación como un error a corregir es la principal enseñanza que un comunista dialéctico y comprometido como Wenceslao Roces nos brinda en este artículo, escrito con brillantez, sinceridad, y con la sabiduría de quien conoce de primera mano aquello de lo que habla.

Diego Pérez Bacigalupe
Agosto 2004



[1] Para mayor información sobre la vida y obra de Wenceslao Roces, vid. Benjamín Rivaya, «Comunismo y compromiso intelectual: Wenceslao Roces», en Papeles de la FIM, nº 14, pp. 149-187, 2000. Este texto, y mucha más información al respecto se encuentra disponible en la página web www.wenceslaoroces.org

[2] «El Partido y la Revolución (respuesta a un camarada). A la luz del VIII Congreso del P.C. de España», fue originalmente publicado en la revista Nuestra Bandera, nº 72, pp. 71-81, cuarto trimestre de 1973.

[3] Confert  Benjamín Rivaya, De la Extensión Universitaria a la revolución proletaria: el caso de Wenceslao Roces, Separata del Boletín del RIDEA, nº 153, Oviedo, 1999, pp. 208-209: «Ya mayor, pero con gran vitalidad, sigue siendo un militante comunista combativo y, con el apoyo de Rafael Fernández, el PCE lo propone como candidato por Asturias al Senado, integrándose en la Candidatura para un Senado Democrático, junto con socialistas y democristianos».

[4] Vid. Julián Velarde Lombraña, «Dialéctica», en Miguel A. Quintanilla (dir.), Diccionario de Filosofía Contemporánea, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1976, pp. 106-107; Gustavo Bueno, «Sobre la Idea de Dialéctica y sus figuras», en El Basilisco (2ª época), nº 19, 1995, pp. 41-50.