Diego P. Bacigalupe

«Medicina y compromiso.
Entre la experimentación y la política.
Achúcarro, Marañon y Negrín»

Josep Lluís Barona, Editorial Nivola, Col. Novatores 6, Madrid, 2001, 121 pág.


  
       
Josep Lluís Barona toma como eje conductor de su exposición, de gran interés a pesar de su escaso volumen (supera a duras penas las cien páginas), la figura de tres médicos españoles: el neurohistólogo, alumno de Ramón y Cajal, Nicolás Achúcarro (1880-1918); Gregorio Marañón (1887-1960), cuya producción científica se centró fundamentalmente en el campo de la endocrinología; y el fisiólogo Juan Negrín (1892-1956). Así, partiendo de una serie de rasgos comunes a todos ellos, entre los que destaca «una clara vocación hacia el trabajo experimental en el laboratorio, su vinculación a la práctica asistencial en la clínica, y el compromiso intelectual y político con la sociedad que les tocó vivir en un periodo de profunda crisis internacional» (p.11), Barona los presenta como paradigmas de toda una generación de jóvenes científicos españoles, que emergió con fuerza a lo largo del periodo que va desde la derrota de 1898 y la pérdida definitiva de las últimas colonias de ultramar, al inicio de la dictadura de Primo de Rivera en 1923.

Estos científicos, entre los que se encontraban Achúcarro, Marañón y Negrín, desarrollaron ciertamente una brillante carrera médica, aunque sin duda su figura, al mismo tiempo, representó en España mucho más que eso. Y es que esta generación desarrolló su carrera entre la medicina y el compromiso político y social, especialmente con las necesidades de los más desfavorecidos. Estos jóvenes personalizaron el ideal de progreso y modernidad a través de los adelantos de la medicina y de la ciencia y, beneficiándose del programa regeneracionista, y de la labor de instituciones como la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas o la Fundación Rockefeller, intentaron situar a España al mismo nivel de desarrollo que otros países de nuestro entorno estaban alcanzando, o ya lo habían hecho.

Así, por ejemplo, la fundación Rockefeller colaboró a lo largo de los años veinte con varios países europeos, entre ellos España, en el desarrollo de políticas de salud pública. La vida de la mayor parte de la población española en aquellos años se encontraba aún muy lejos del estado de bienestar, sobre todo en zonas como la de la comarca extremeña de Las Hurdes, posiblemente la más pobre del país, donde el hambre, la miseria y el paludismo se encontraban por doquier. Antes de que se iniciara ninguna colaboración, Marañón viajó con el rey Alfonso XIII para comprobar las condiciones de vida en Las Hurdes, con la intención de implicar a las autoridades en la necesidad de atajar los males derivados del subdesarrollo. Marañón fracasó en el intento, y sus ideas, que generalmente habían sido respetuosas con la monarquía, a partir de entonces se acercaron mucho más a los ideales republicanos, que eran compartidos por la mayoría de integrantes de esta generación. La personalidad de Negrín, por ejemplo, integraba a la perfección estos ideales (que en la España del momento se asociaron con el republicanismo y el ideario socialista), en los que la investigación científica, la exaltación del conocimiento positivo y la ciencia experimental ocupaban un lugar central, estrechamente ligado al ideal de progreso. De este modo, la labor de estos jóvenes médicos, pronto excedió los estrechos límites de la pura investigación científica, para internarse, con más amplias miras, en el terreno del periodismo, la literatura, la política, la filosofía, etc.

        Sin embargo, tanto la labor científica e investigadora, como la actividad política y social de los miembros de esta generación, quedaron truncadas por el desencadenamiento de la Guerra Civil y su posterior exilio tras la derrota del bando republicano. Y es que como señala Barona en un epílogo en el que condensa sus conclusiones fundamentales: «la generación de Achúcarro, Negrín y Marañón es la generación de la ciencia española en el exilio», una generación que «sufrió un doble castigo: se diluyó después de 1940 en la diáspora del exilio y fue victima del silencio de los vencedores, cuando no la persecución y la pena de muerte, como fue el caso del médico valenciano Juan Peset Aleixandre» (p. 111).

Desde esta perspectiva, la Guerra Civil española se presenta una vez más como uno de los sucesos más importantes de la historia de España en el siglo XX. En primer lugar porque, según Barona, la Guerra Civil inicia un proceso, que culmina en el contexto internacional con la II Guerra Mundial, y la constitución de dos bloques ideológicos antagónicos, irreconciliables y excluyentes, enfrentados en la guerra fría; y, en el contexto nacional, con la derrota del bando republicano, el establecimiento de la dictadura franquista, y el exilio de los sectores intelectuales y progresistas que habían estado vinculados a la II República. Por ello, la Guerra Civil no provocó únicamente un desastre demográfico (a causa del gran número de muertos, encarcelados y exiliados), sino un desastre de una «incalculable dimensión intelectual, que afectó a los sectores profesionales más cualificados» (p. 110). La Guerra Civil desencadenó toda una fuga de cerebros, bajo la forma de un exilio masivo (dirigido fundamentalmente a Francia, México, Venezuela, EE.UU., Argentina, Cuba, y la U.R.S.S.) que afectó no solo a científicos (Marañón, Negrín, Severo Ochoa, o Francisco Grande Covián), sino también a grandes figuras de las letras, las artes y las humanidades (como Rafael Alberti, León Felipe, Nicolás Sánchez Albornoz, Luis Buñuel, José Gaos, José Ortega y Gasset, Wenceslao Roces, etc.). La importancia de estos exiliados, no radica tanto en su número como en su extraordinaria cualificación intelectual. Por ejemplo, de los miles de exiliados que se trasladaron a México, más de trescientos eran catedráticos de universidad, quinientos eran médicos, y alrededor de un centenar eran científicos de otros campos.

        Santiago Grisolía, en su breve prólogo, discute alguna de las conclusiones de Barona, como la de considerar a «Francisco Grande Covián entre los exiliados de la Guerra Civil, porque, si bien es cierto que Paco Grande era liberal, y por ello poco estimado por el gobierno franquista, vino a Estados Unidos, más concretamente a Minnessota, años después de finalizar la guerra» (p. 9). Sin duda, el libro contiene datos que resultan discutibles, como la elección de Achúcarro y Marañón como dos de las figuras representativas de esa generación de la ciencia española en el exilio. El primero de ellos murió en el año 1918, apenas cumplidos los 38 años, posiblemente a causa de la enfermedad de Hodgkin (un proceso tumoral que afecta a los ganglios linfáticos), cuando aún estaba lejos el comienzo de la Guerra. Por su parte, Marañón, a pesar de haberse trasladado a París en 1937, en septiembre de 1943 decidió regresar a Madrid, donde pudo continuar su labor científica a cambio de respetar un pacto de silencio. 

En cualquier caso, estas críticas puntuales no son suficientes, a nuestro juicio, para echar abajo todas las conclusiones que Barona va presentando a lo largo de su exposición, y que nosotros hemos intentado resumir aquí. Resulta prácticamente imposible cuestionar los terribles efectos provocados por la Guerra Civil y el consiguiente exilio de innumerables científicos, técnicos, literatos, artistas y humanistas, que España sufrió durante los años de la dictadura franquista. Todos esos exiliados, esos transterrados (como diría José Gaos), que intentaron seguir desarrollando sus brillantes carreras profesionales en otros países al mismo tiempo que mantenían su compromiso intelectual y político, bien merecen ahora nuestro recuerdo y reconocimiento, y el deseo de que una situación similar no vuelva a repetirse.