Pablo Huerga Melcón

«Comunismo y Globalización»

La Nueva España, 24 de marzo de 2007


El comunismo es un movimiento político nacido en el contexto de la lucha de clases generada por el desarrollo de la Revolución Industrial. Esa lucha de clases fue examinada con agudeza inconmensurable por Carlos Marx, que no solamente formuló el diagnóstico preciso, sino que sobre él construyó el monumento filosófico más importante de finales del XIX, y de todo el siglo XX, el materialismo histórico, de hondas raíces en la historia de la filosofía. Aquella filosofía nació de la necesidad de realizar ese diagnóstico, de dar una respuesta que se sobrepusiera a la incesante legitimación ideológica del poder establecido, de esa situación histórica del trabajo. La transformación social que siguió a lo largo del siglo XX en todos los países no hizo más que ampliar los conflictos y confirmar el diagnóstico, por eso el marxismo fue el arma ideológica de las masas revolucionarias, y el azote del capitalismo. Fruto de ello, fue la realidad histórica de la Unión Soviética, verdadera plataforma sobre la que esa arma mantuvo su carga siempre activada. Gracias a su presencia, los países capitalistas moderaron sus políticas y procuraron orientarse hacia modelos como el de las sociedades del bienestar. Sin embargo, tres problemas cuya solución quedó relegada al futuro mantuvieron la duda de aquel modelo y facilitaron su crítica: la situación de las masas obreras, el ejercicio indiscriminado del poder y el modelo económico. Finalmente, la URSS fue derrotada, o simplemente se desmoronó en 1991, a pesar de que muchos analistas consideran que el momento económico no hacía prever nada parecido. La lucha de clases, núcleo del diagnóstico marxista, y fuente de la estrategia política de transformación social, no ha permitido alcanzar los objetivos establecidos. El llamamiento a los proletarios del mundo fracasó una y otra vez, como lo demuestran las incesantes guerras del siglo XX, en las que los proletarios de unos y otros países luchaban entre sí. La dialéctica de clases no es suficiente, y para un verdadero diagnóstico de nuestro presente se hace necesario considerar en primer término la dialéctica de los estados, que alimenta las guerras y los conflictos, y que determina nuestra existencia política. Consideramos que el presente histórico del siglo XXI no sólo da cabida al comunismo, sino que lo necesita, pero en la medida en que el comunismo sepa situarse históricamente en el momento en el que está, después de haber asumido y superado las contradicciones del pasado y los errores históricos manifiestos.

El comunismo que asuma la dialéctica de estados es el único horizonte de racionalidad y socialismo frente al empuje de la globalización capitalista internacional. Los nacionalismos fraccionarios forman parte de la estrategia comercial internacional que busca en el debilitamiento de los estados aumentar su poder sobre las poblaciones para imponer sus estrategias comerciales. Qué podrá hacer un Estado pequeño y débil aunque bien dotado de infraestructuras públicas de todo tipo, fruto del empeño del trabajo de miles de trabajadores en el contexto de anteriores estados fuertes, cuando esas multinacionales presionen a la privatización de la enseñanza, de la sanidad, de las infraestructuras públicas, de los fundamentos estratégicos que dan la libertad a los pueblos. Nada. Se sentirán muy bien identificados unos con otros en su identidad cultural ganada con sudor, dentro de un bombardeo incesante de multinacionales que hoy por hoy tienen en muchos casos más poder económico, político y mediático que estados incluso ampliamente desarrollados. Los estados nación, a lo largo del siglo XX, se dotaron de infraestructuras y servicios públicos que garantizaron el desarrollo de sociedades industriales avanzadas sobre el esfuerzo y el trabajo de millones de trabajadores. Ahora que esas impresionantes estructuras públicas están saneadas y demuestran gran capacidad, las multinacionales, los partidos irresponsables, políticos y generadores de opinión, medios de comunicación de masas, nos convencen de que los servicios públicos son una carga absurda, no son eficaces, y se nos hace creer que van a funcionar mejor en manos de empresas privadas. Esas multinacionales saben que las estrategias de acoso al Estado son más eficaces cuando se cruzan en ellas los relatos de idílicas arcadias sacadas del fondo de la imaginación. La lógica de la privatización, reducción de impuestos, moderación de salarios, apertura a los flujos de capitales, promovida por el Banco Mundial, el FMI, la OCDE, la OMC, necesita la ayuda inestimable de ideólogos irresponsables, que, además de legitimar las privatizaciones de los servicios públicos que garantizan la igualdad y la justicia social, favorezcan y aplaudan las tendencias disipatorias de los estados nación, porque de su debilidad depende también, en buena medida, la potencia de las multinacionales que están promoviendo aquellos principios. (Hasta el Movimiento del Foro Social renuncia por principio a implicarse en política.) Los partidos que se someten a esos dictados están allanando el terreno del asalto final de las grandes corporaciones a los estados y, por tanto, a la libertad de los ciudadanos. Por eso, veo muy positivo que el Partido Comunista de España abandone por responsabilidad las aventuras identitarias y asuma la lucha por la justicia social, la igualdad y el socialismo, el control democrático del Estado sobre principios cívicos inalienables, contra la proliferación de injusticias entre regiones, de privilegios y restricciones ideológicas a los trabajadores. Sólo desde este tipo de política, exportada hacia Europa y América, es posible abrir un horizonte socialista, el único posible para albergar a la humanidad del futuro.