José María Laso Prieto

«El XV Congreso de Filósofos Jóvenes»

Revista Argumentos nº14 (pág. 43-45), Julio, 1978; Madrid

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


Del 26 al 29 de marzo de 1978 se ha celebrado en Burgos el XV Congreso de Filósofos Jóvenes sobre el tema general de «Filosofía y poder». Para la inauguración estaba prevista la utilización del gran marco histórico-artístico constituido por el Antiguo Monasterio de San Juan. Sin embargo, la falta de calefacción adecuada obligó a inaugurar el Congreso en la contigua Casa de la Cultura, menos interesante estéticamente pero más confortable.

Portada de la Revista Argumentos nº 14Sin más ceremonia, durante la mañana del día 26, Eugenio Trías desarrolló su ponencia «Acción y pasión en relación con el poder». Para Trías, el amor, la muerte y el poder son los tres grandes temas de la filosofía: enigmas ante los cuales fracasa el entendimiento, pues no hay colusión racional ante estos misterios. El conocimiento y la verdad existen en función de ellos. Respecto al poder, el profesor Trías se remite al análisis realizado por Hegel de la dialéctica del amo y el esclavo. ¿Qué es lo que funda el poder para Hegel? ¿Qué es lo que determina el domino del Señor? Hegel da una respuesta: el Señor es Señor porque ha arriesgado su vida en la batalla, ha vivido el peligro, ha puesto a prueba su vida. Así se funda el dominio del amo sobre el esclavo. La muerte es lo que constituye al Señor, lo que le hace verdaderamente un amo. Sin embargo, dando un giro de noventa grados a su argumentación, para abandonar definitivamente el tema del poder, Trías sostiene que «si haber dado muerte a otros y morir uno mismo es el origen del poder, la muerte es el señor mismo que funda el señorío y la servidumbre». Ahora bien, se pregunta, ¿cuál es el sentimiento más fuerte? En un versículo de El cantar de los cantares se dice:

el amor es más fuerte que la muerte

 ¿Quién tiene razón? ¿Hegel o Salomón? ¿Cuál es el verdadero poder? Trías deja pendiente la interrogación y no da una respuesta. Por el contrario, se lanza a un amplio estudio del amor que, partiendo del Hegel juvenil y de un análisis exhaustivo de la dialéctica del amor-pasión en Tristán e Isolda, se remite sucesivamente a Sthendal, Ortega y Gasset, Proust, etc. Únicamente le faltó citar a André Maurois, para completar el ciclo convencional de los habituales tratadistas del amor. Concluye considerando que el amor-pasión está infravalorado en la literatura filosófica. ¿Qué es la pasión?, se pregunta. ¿Es una negación de la acción?, como sostenía Spinoza. Trías insiste en que hay que pensar la actividad desde el apasionamiento. La pasión no es sólo padecer, sufrir, sino que el mismo lenguaje revela que tiene un contenido positivo. Así se dice, tengo pasión por la música, el arte, la mujer, etc. Una persona apasionada ostenta un valor positivo por sí misma. La vehemencia no es pura incandescencia, sino sustantividad.

 Al finalizar su disertación, Trías señaló que tenía conciencia de que no iba a quedar redonda su reflexión. Y efectivamente, así fue. Aunque logró afortunadas metáforas literarias le faltó rigor filosófico sistemático. En el coloquio tienen lugar varias intervenciones, para plantearse los problemas de la intersubjetividad pasional y su relación con determinadas categorías estéticas muy habituales en la literatura amorosa. Se reprocha no haber tocado, sino tangencialmente, el tema del poder. Responde que para ello requeriría haber profundizado más en algunos preconceptos, como el de la pasión, y que, entre tanto, en términos de Gustavo Bueno, «sólo puede ofrecer su taller de filosofía». El autor de esta reseña expresa su sorpresa por el hecho de que al analizar con amplitud el fenómeno de la pasión no haya tratado de la pasión política, cuya importancia en la problemática humana no es inferior a la de la pasión amorosa. Para ilustrarlo se remite a los análisis de Gramsci sobre la pasión política, como «pasión organizada de modo permanente, como impulso inmediato a la acción que nace en el terreno permanente y orgánico de la vida económica, pero haciendo entrar en juego sentimientos y aspiraciones en cuya atmósfera incandescente el mismo cálculo de la vida humana personal obedece a leyes diferentes de las que rigen el interés individual». Trías admite que la omisión era importante, ya que reconoce la gran relevancia humana de la pasión política, habiéndole por ello resultado muy sugerente la cita de Gramsci.

 Para el congresista Paret, la intervención de Trías le ha resultado más sugestiva que coherente. Considera muy sugerente el planteamiento de Laso sobre la pasión política. Cree que en los autores marxistas, con excepción de Gramsci, no se estudia la pasión política y, sin embargo, en dirigentes como Stalin o Fidel Castro la ambición política constituye auténtica pasión.

 A la hora lorquiana de las cinco de la tarde, el profesor Castoriadis desarrolla su ponencia «Nuevas ideas acerca del poder». Resultó una violenta requisitoria contra el marxismo, tanto en el plano de su explicación de los orígenes de la explotación humana como en el de su supuesta inoperancia para dar una adecuada explicación teórica de los procesos de burocratización desarrollados en los países socialistas. Castoriadis, apoyándose en las tesis del profesor Marvin Harris acerca del origen de los Estados prístinos, sostuvo que, contrariamente a una conocida tesis marxista, la explotación humana no surge con el desarrollo de la productividad, y la consiguiente posibilidad de apropiarse del plusproducto, sino de la institucionalización del dominio de un grupo sobre otro. Según este griego francófono, «el origen del poder se halla en un proceso de socialización del núcleo psíquico del individuo. Es una violencia ejercida sobre este núcleo, condición de la apertura del individuo al mundo». Afirma también, que la teoría del plusproducto queda refutada por el hecho de que en todo tipo de sociedad humana se ha dado una superabundancia alimenticia relativa que en las sociedades arcaicas permitía vivir trabajando un promedio de tres horas diarias.

 En el coloquio se producen varias intervenciones en que se critica a Castoriadis por haber proporcionado una visión dogmática del marxismo, para mejor refutarlo, y en ello coincide con los nuevos filósofos. Castoriadis rechaza esa coincidencia ya que, a su juicio, los «nuevos filósofos» no son nuevos ni filósofos. Finalmente interviene Laso haciéndole la crítica por utilizar conceptos o categorías «blancos» que, por su generalización excesiva, no determinan con precisión el campo temático.

 Después se desarrolló un seminario sobre «Espacios de poder» a cargo de Fernando Álvarez Uría y García Santesmases. Desde posiciones comunes foucaultinas, aunque con diferencias apreciables de enfoque personal, trataron de algunos de los espacios concretos en que el poder se ejerce: escuela, cárcel, asistencia social, Ejército, etc. Según ellos, estamos asistiendo a una especie de psiquiatrización general represiva. Esta psiquiatrización masiva no responde a una enfermedad generalizada sino a una imposición social: el Estado está interesado en que exista una proliferación de poderes que refuercen el carácter coercitivo de la sociedad. Por otra parte, la Escuela es un elemento básico para obtener, ya desde la infancia, la futura disciplina de la mano de obra necesaria para el desarrollo del capitalismo. Los orígenes de esta utilización disciplinaria de la Escuela se remontan ya al trienio liberal con las experiencias de la Escuela Mutua –inspirada en los precedentes de Francia e Inglaterra– que basándose en monitores lograba resultados muy útiles en el cuartel y en la cárcel.

 En el coloquio subsiguiente tiene lugar un animado debate en el que intervienen varios congresistas señalando que los análisis sectoriales del poder, realizados desde una perspectiva foucaultiana, no tienen por qué contraponerse a los de Marx, Gramsci, etc., sino que, en todo caso los complementan. Sin embargo, el análisis foucaultiano, al efectuar una serie de planteamientos dispersos, implica el riesgo de perder la globalidad de un examen conjunto de la sociedad.

 El día 27 se abrió la sesión con un seminario dedicado al tema «Discurso ético y antropológico sobre el poder», a cargo de Fernando Savater, Javier Sádaba, Tomás Pollán y J. A. Ugalde. Aclararon, de entrada, que no se trataba de un seminario, en el sentido tradicional, ya que ni habían realizado una investigación en común ni se daba entre ellos homogeneidad ideológica. Simplemente se trataba de un grupo de amigos con algunos puntos de coincidencia. Comenzó la exposición Fernando Savater, realizando un avance de su trabajo «Panfleto contra el Todo» que acaba de obtener el premio MUNDO. Realizó una brillante disertación contra la idea de totalidad. Es decir, contra la coerción del poder. Según él, en las sociedades primitivas el Todo del poder se identifica con el todo social. Y esa totalidad era legitimada por un pasado mítico. Más tarde, en las sociedades cristalinas modernas, la conciencia individual se integra como parte del todo. Vemos, por ejemplo, en Rousseau, cómo el individuo, un todo en sí mismo, pasa a un todo mayor: la sociedad. La Revolución Francesa, preparada por esta ideología totalitaria, subrayó aún más la idea de totalidad que las monarquías tradicionales. La Historia permite, pues, verificar un avance progresivo de esa imagen del poder. Cada nueva revolución organiza totalidades más totales y absolutas. Las revoluciones consagran, pues, el imperio de la sociedad política sobre la realidad social, descubrimiento que ya nos hizo Marx… Savater establece después una distinción entre poder y dominio. El poder no es malo en sí por instaurar la autoridad y la jerarquía. El mal procede de que el individuo cede su propio dominio al poder… Es necesaria, pues, una revolución contra el Todo, para potenciar los grupos, las personas y las peculiaridades. Hay que quitarse de la cabeza la idea de las revoluciones sociales, concepción de origen astronómico que ha dado por resultado la realidad agobiante y gregaria de la totalidad… Con distintas variantes –Sádaba apoyándose en la función del leguaje, Pollán en el origen del Estado en las sociedades prístinas, Ugalde en el papel de mediación de los chamanes y jefes rituales– los demás miembros del Seminario coincidieron con Savater en la distinción entre «dominio» y «poder» y en las soluciones propugnadas.

 En el coloquio se produce un vivo debate. Un congresista critica el método del Seminario ya que, a su juicio, los ponentes no coincidían en su concepción del poder. Pide también un mayor rigor epistemológico en la utilización de conceptos como el de clase dominante. El autor de este trabajo plantea a Savater si, para evitar ser defraudados por revoluciones sociales que no superan el mero giro astronómico de retorno al mismo punto con una posición invertida, puede ofrecer una alternativa estratégica de lucha contra el Todo que no sea meramente defensiva. Contesta Savater que siente defraudarle, pero que su estrategia es meramente defensiva.

 La ponencia de Claude Lefort, «La filosofía política en Francia», se mantuvo en la línea más clásica de los actuales politólogos franceses. Se centró en un análisis pormenorizado de las ventajas e insuficiencias de la democracia contemporánea para llegar, finalmente, a la conclusión de que no existe una alternativa superior de organización política. Por último citó a su amigo Castoriadis, propugnando un tipo de sociedad que sea capaz de replantearse permanentemente el problema de la justicia. En general esta conferencia, pronunciada con el énfasis y pedantería de que hacen gala algunos autores franceses, decepcionó a los congresistas.

 La última ponencia, del día 27, fue la del profesor Xavier Rubert de Ventós, titulada «Meditación sobre el poder». Se extendió particularmente en el estudio de dos tipos psicológicos: el reaccionario y el enamorado como dos seres opuestos al deseante y al revolucionario. Según él, «tanto el reaccionario que mira al pasado como el enamorado que disuelve el mundo, ayudan al desarrollo y a la elaboración de la filosofía crítica». Esta conferencia tuvo sobre todo un carácter literario, de evidente calidad, logrando brillantes metáforas artísticas y un refinado tono irónico que agradó mucho a los congresistas, por contraste con la plúmbea y monocorde exposición del francés Lefort [1] .

 La ponencia de Gabriel Albiac fue la última que se desarrolló en el Congreso. Su título inicial, «Posiciones españolas ante los nuevos filósofos franceses», adquirió posteriormente el de «¿Nuevos filósofos o nuevos inquisidores?». Después de unas citas literarias: Pascal, Borges, etc., Albiac entró de lleno en el tema señalando que, sólo el estúpido o el ignorante pueden cometer ese acto de ridícula pretenciosidad que es, en filosofía, la voluntad de originalidad, el descubrimiento de «lo nuevo». Y, después de criticar la utilización por los «nuevos filósofos» de las técnicas del marketing, se pregunta: ¿Cómo no sentir vergüenza ante estos «nuevos filósofos», ante esta prole de lamentables epígonos que entonan machaconamente sus injurias, bárbara e indiscriminadamente, contra todos los grandes nombres, viejos y menos viejos, de la historia de la filosofía?

 Marx no será así, sino un viejo y malévolo pequeño-burgués resentido que, demasiado cobarde para participar en los levantamientos insurreccionales de la segunda mitad del siglo XIX, se habría dedicado a vivir desvergonzadamente a costa de sus amigos y a redactar una obra (El Capital, en particular) cuya tesis central –la concepción de la lucha de clases como motor de la historia– no sería más que la materialización sublimizada de su rencor de hombre fracasado. Hegel y Fichte no son otra cosa que la expresión del universal odio que anida en sus mentes, nos dirá, sin asomo de sonrojo, André Glucksmann. Y así continúan con Nietzsche, la Ilustración, etc., hasta el punto final de la suprema consecuencia con que Maurice Clavel afirma impávido que Platón es el creador del Gulag…

 Ante tan grotescas acusaciones, Albiac señala que, «cómo la desvergüenza, cómo la frivolidad hayan podido alcanzar tales cotas no es algo nuevo. O, al menos no lo es para nosotros que hubimos de sufrir la infancia de colegio religioso y hoja parroquial que el fascismo nos había reservado; para nosotros que supimos en nuestros sórdidos bachilleratos de sotana, merced a los insignes textos de “Edelvives”, del “desmesurado orgullo contra Dios” que explicaba el pensamiento de tal o cual autor considerado heterodoxo…». En consecuencia, para Albiac, «porque ha sido mucho y muy doloroso el esfuerzo para salir de los tiempos oscuros, y porque aún no acabamos de salir de ellos, juzgo hoy intolerable guardar silencio ante la burla macabra de la que los alevines neofascistas de la Editorial Grasset se creen autorizados a hacernos objeto».

 E ironizando se define, «y como quiera que, a pesar de todos los pesares, sigo considerando, como el viejo esteta, que “lo nuevo apesta”, pondré mis cartas, pues, sobre la mesa desde el primer momento, para decir, sencillamente, que si hoy hablo aquí contra estos nuevos inquisidores, lo hago explícitamente desde dos presupuestos: en tanto que filósofo y en tanto que marxista-leninista» Y, culminando la ironía en sarcasmo, agrega, contemplándolos: «he ahí la nueva derecha. Hace diez años eran los hijos de Marx y Coca-Cola. Hoy ya no queda más que Coca-Cola. Han venido a susurrarnos la nueva melodía de la decepción, del desengaño. Viejos héroes cinematográficamente cansados por la larga batalla militante (!!!), nos dicen haber sido los autores del cataclismo cósmico de Mayo… ¡Hicieron Mayo! ¿Quiénes? ¿Tal vez Bernard-Henri Lévy, que escribe hoy indolentemente su apacible cantinela para ovejas descarriadas, fue el engañado coloso que “hizo” esta tremenda travesura roja?». Albiac no se deja impresionar por el supuesto pasado protagonismo revolucionario de los nuevos ideólogos de la derecha francesa: «Tal vez porque pensamos entonces algo que, aparentemente, no parece haber pasado por las cabezas de Lévy, Lardeau, Jambet, Clavel, etc.: que Mayo de 1968 lo hicieron (en el sentido más fuerte que puede darse a la palabra) las masas populares, y, ante todo, la clase obrera francesa, que, a través de sus propias formas de lucha y organización, supo hacer la más grande huelga de toda la historia del movimiento obrero».

 Después, insistiendo en la falta de rigor y el marcado oportunismo que caracteriza la producción de algunos de los «nuevos filósofos», prosigue Albiac: «a lo largo de las inacabables páginas de este bodrio inmenso, recargado de pretenciosidad literaria, que es el libro de Lévy, no hemos podido rastrear más que tres citas textuales de Marx, por lo demás correspondientes a otros tantos escritos de juventud… Ni una sola referencia a El Capital, en todo un texto que tiene como único punto de mira la liquidación teórica de los análisis de El Capital. Es, desde luego, éste un modo de proceder suficiente no ya para descalificar intelectualmente una obra, sino pura y simplemente para hacer morir de sonrojo a su autor, si es que aún le queda capacidad para tal cosa».

 Seguidamente, después de una refutación exhaustiva de la acusación que Lévy hace a Marx de naturalismo evolucionista, finaliza con una mordaz distinción entre amos y servidores: «Miradlos envejecer. Ellos que pensaron poder firmar el acta de defunción del socialismo, apenas son ya más que el recuerdo de su oropel retórico. El viento de la historia barre con nuestros Ángeles, como si se tratara de una vulgar bandada de langostas. Es un espectáculo triste, pero no sufráis: ellos, cierto, no son Aves Fénix, pero si lo son sus Amos. Aún no se habrán reducido a polvo y crujir de dientes, cuando ya los sempiternos, los Dorian Gray que preservan su juventud a través del escalofriante alejamiento prematuro de sus humildes servidores literarios habrán encontrado la carne de cañón con que cubrir la brecha; y el vacío no durará jamás más allá del destello de una fracción de segundo. Los intelectuales burgueses podrán ser cretinos, es su derecho. La burguesía no. Por eso no cantaremos victoria sobre sus tumbas literarias…».

 La ponencia de Albiac tuvo una buena acogida entre los congresistas, tanto por su contenido como por la fina ironía –o el sarcasmo, según los casos– que caracterizó su exposición. No obstante, en el coloquio, interviene Ugalde señalando que Albiac ha elegido al adversario más débil: B. H. Lévy. Le parece que hubiese sido más interesante centrarse en Glucksmann o en la crítica anarquista del marxismo. Le responde Albiac precisando que Glucksmann requeriría, por su mayor rigor, una crítica especial. Tampoco ha querido amalgamar los «nuevos filósofos» con los anarquistas, pues estos últimos constituyen un movimiento serio que merece todos sus respetos. Por su parte Paret, aún elogiando la calidad de la ponencia, considera inadmisible que en ella se haga la apología de la dictadura del proletariado, después de las tristes experiencias de los países que la han aplicado. Albiac, en su contestación, advierte que no se puede identificar el concepto de dictadura del proletariado con algunas malogradas experiencias históricas concretas. A su juicio, se trata de un concepto que sólo tiene sentido frente al concepto opuesto de dictadura de la burguesía. Finalmente G. Santesmases, elogia la ponencia por haber roto con las grandes generalizaciones universales. Sin embargo, si el estalinismo y el evolucionismo economicista han predominado históricamente en el movimiento obrero no basta con una crítica, sino que es preciso plantear estrategias revolucionarias alternativas.

 En la sesión de clausura tuvo lugar un vivo debate derivado de que un sector de los congresistas, en posiciones organizativas más o menos nihilistas, pretendía que no se eligiese tema ni vicepresidente para el próximo Congreso. En sentido contrario a esa actitud, intervinieron Savater, Sádaba y el autor de esta reseña. Finalmente fue elegida Sevilla como sede del próximo Congreso. Como tema obtuvo una gran mayoría el de IMAGEN, SÍMBOLO Y REALIDAD.



[1] Por razones de espacio no nos es posible detenernos en las ponencias de Ruiz Portella, Georges Labiez, Román Reyes, Isidoro Reguera, Félix Duque, Ana Lucas y Francisco José Martínez. En cuanto a la de nuestro redactor y autor de esta reseña, José María Laso, titulada «Perspectiva actual de la concepción del poder en el pensamiento de Gramsci», esperamos poder ofrecer un amplio ex tiseto de la misma en el próximo número de ARGUMENTOS.