José María Laso Prieto

«El poder en el pensamiento de Gramsci[1]
(Perspectiva actual)»

Revista Argumentos nº15 (pág. 43-46), septiembre, 1978; Madrid

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


Desbordaríamos considerablemente los límites espaciales que nos han sido fijados para efectuar un extracto del desarrollo de esta ponencia si intentásemos profundizar mínimamente en los distintos aspectos del pensamiento de Gramsci en los que refleja su concepción del poder. Por ejemplo, podría ser interesante, y muy útil para evitar los riesgos de burocratización de los partidos comunistas, profundizar en su distinción entre centralismo democrático y centralismo burocrático, así como en su concepción del partido de vanguardia de la clase obrera como intelectual colectivo. Empero, para Gramsci, ese partido sólo puede ser considerado intelectual colectivo si se estima a sus militantes –en función de su condición de tales– como «intelectuales». Es decir, no como meros ejecutores de una línea política impuesta desde arriba, sino como colaboradores y aplicadores conscientes de una política a la que todos los militantes contribuyen. No menor fecundidad tiene su concepto de estatolatría como una determinada actitud que da lugar a la reducción del Estado a la sociedad política y que, paradójicamente, al favorecer una «inclinación a la vida autónoma “estatista” permite un mejor desarrollo de la sociedad civil». En esa perspectiva también resultan operativos, como expresión de otras facetas de su concepción del poder, sus conceptos de cesarismo, revolución pasiva y jacobinismo, cuyas diversas implicaciones no podemos desarrollar por razones de espacio. 

Portada del nº 15 de la Revista ArgumentosA título de síntesis, y con el consiguiente riesgo de esquematismo, podríamos elaborar algunas conclusiones acerca de la evolución de la concepción del poder en Gramsci, según tres etapas de su actividad netamente delimitadas: una primera sobre los Consejos de Fábrica de Turín; otra centrada en torno a la creación del Partido Comunista de Italia; y una tercera, basada en los «Cuadernos de la Cárcel» en la que Gramsci elabora más profundamente los conceptos de hegemonía y bloque histórico. A lo largo de esta trayectoria la concepción gramsciana de la conquista y función del poder no es homogénea, sino que va evolucionando condicionada por la necesidad de afrontar la solución de los problemas que sucesivamente plantea la lucha de clases.

Etapa consejista. 

Inspirándose en el análisis concreto de las experiencias de un movimiento surgido a consecuencia de la libre iniciativa de las masas trabajadoras, Gramsci considera que el Estado socialista existe ya potencialmente en las instituciones de la vida social características de la clase obrera explotada. En consecuencia, Gramsci estima que los Consejos y Comisiones internas de fábricas constituyen órganos de democracia obrera que podrán después constituirse en órganos de poder proletario en la línea del carácter industrial que Marx preveía para la futura sociedad obrera de productores. 

El objetivo de los Consejos de fábrica sería liquidar toda distinción entre poder político y poder económico, luchando por la emancipación de los trabajadores, considerados en su unidad, como productores, los cuales serán simultáneamente administrados y administradores. Se trataría de creaciones revolucionarias que partiendo del lugar de trabajo y hundiendo sus raíces en el momento de la producción, constituirían representaciones obreras emanadas directamente de las masas con un mandato imperativo y siempre revocable. Para Gramsci el Partido no es la clase y, precisamente por ello, la potencialidad de los Consejos de fábrica deriva de que pueden constituir el órgano unificador de la clase en el lugar de la producción, superando la escisión productor/ ciudadano sobre la que la burguesía reproduce su dominación. Sin embargo, frente a interpretaciones simplistas que han pretendido que en esta etapa Gramsci subestimaba la función de partidos y sindicatos obreros, existe una sólida fundamentación científica para considerar que Gramsci les atribuía una función de orientación política y elaboración teórica (partidos) y de educación proletaria (sindicatos) de gran relieve. Por consiguiente, no puede sorprender que Lenin mostrase su identificación con la línea política de L´Ordine Nuovo, ya que la búsqueda y profundización de instituciones propias de la clase obrera no sólo no se opone a la concepción leninista sino que constituye su práctica más concreta. 

Ahora bien, aunque Gramsci, durante su etapa consejista, halla su inspiración en las enseñanzas de Marx y Lenin no se limita a aplicarlas mecánicamente. Por el contrario, sobre la base de generalizar científicamente las nuevas experiencias sociales originadas por el movimiento de los Consejos de fábrica, Gramsci enriquece paulatinamente, el nivel de teorización que el pensamiento marxista había alcanzado en ese campo. Así, pronto, rebasa algunas de las intuiciones geniales que Lenin apuntó en El Estado y la Revolución –pero no pudo desarrollar precisamente a causa de la carga que para él supuso la dirección práctica de las tareas revolucionarias– realizando, en consecuencia, un tratamiento más riguroso y sistemático de las posibilidades de desarrollo de una democracia obrera directa de base consejista. En ese sentido los textos «consejistas» de Gramsci constituyen un rico acervo teórico para su eventual reactualización si un determinado desarrollo del movimiento obrero lo hiciese necesario.

Etapa de la construcción del partido comunista y de la cuestión meridional.

Superada por el desarrollo histórico la interesante experiencia del movimiento consejista, apenas se detiene Gramsci el tiempo, estrictamente, necesario para efectuar su balance. Se trata, ante todo, de dar prioridad a la tarea de constituir en la realidad ese partido comunista que se daba potencialmente en el Partido Socialista de la época. Con ello se abre una etapa de la vida de Gramsci que comprende el período 1920-1926. En esta última fecha se inicia, con su detención, la fase de los Cuadernos de la Cárcel que prácticamente llega hasta su fallecimiento en 1937. En ambas etapas continúa Gramsci elaborando su pensamiento en estrecha concatenación con los problemas que la lucha de clases va planteando, sucesivamente, al obrero. De tal forma, el concepto central de hegemonía –que ya de daba en germen en algunos de sus escritos «consejistas»– va pasando gradualmente a un primer plano y ello le permite profundizar una vez más en su concepción del poder.

La mayoría de los autores que han estudiado el pensamiento de Gramsci consideran que, en esta etapa, las tesis centrales de Gramsci sobre los Consejos se mantienen, pero enriqueciéndose al integrarse en una síntesis más amplia, en una estrategia política global. Gradualmente, iría Gramsci evolucionando desde la concepción de la «vanguardia obrera» de los Consejos a la de «partido de vanguardia». Inicialmente, Gramsci seguía considerando a los Consejos de fábrica como el instrumento más idóneo par la movilización básica de las grandes masas y para su formación antiburocrática, pero, casi sin transición, va reforzando la función del partido, aunque éste herede ciertos rasgos característicos de los Consejos y, especialmente, los que hacen de él el instrumento y el vehículo histórico del «proceso de liberación interior por el cual se transforma de ejecutante en dirigente y guía de la revolución proletaria».

Poco después se produce el salto cualitativo: a partir de ese momento la fuerza propulsora de la revolución ya no es canalizada por los Consejos de Fábrica sino por el partido de vanguardia, al que pasará a denominar «El Príncipe Moderno» a partir de la lectura en la cárcel de la obra de Maquiavelo. De ahí que en esta fase de la evolución del pensamiento de Gramsci el partido pase a ser la forma superior de organización de la clase obrera, en tanto que, sindicatos y consejos constituyen formas subordinadas de organización en las que se agrupan los trabajadores para la lucha cotidiana contra el capital. Sin embargo, aún estableciendo esta jerarquización orgánica –para Gramsci–, por principio, los Consejos de fábrica continúan siendo sinónimos del consenso de los trabajadores en la búsqueda de un tipo de democracia revolucionaria auténtica.

Como culminación de este proceso ideológico el grupo de L´Ordine Nuovo, que dirige Gramsci, se adhirió rápidamente a los promotores de una tendencia comunista dentro del Partido Socialista, tendencia que no tardó en afirmar abiertamente la necesidad de fundar un nuevo partido más próximo a las masas trabajadoras y capaz de traducir políticamente, sobre la base nacional entera, un movimiento revolucionario definido y organizado. Esta voluntad de crear un partido como organizador y guía de las nuevas fuerzas sociales, que él veía en estado de espontaneísmo anárquico en las masas populares, es lo que va a aportar un cambio a la acción política de Gramsci. La justificación ideológica es posterior al empleo que él hace del mismo. Esta justificación aparecerá, claramente, sólo en los Cuadernos de la Cárcel. Y, efectivamente, el 21 de enero de 1921, en el Congreso de Livorno, queda constituido el Partido Comunista de Italia. Su núcleo fundamental radica en la tendencia comunista que dirige Bordiga y a la cual se suma el sector ordinovista con todo el peso de su prestigio intelectual.

Entre tanto, al finalizar 1920, L´Ordine Nuovo había dejado de aparecer semanalmente y desde el 1 de enero de 1921 se convierte en diario, con un lema en la portada que pronto adquirió gran popularidad: decir la verdad es revolucionario. A partir de ese momento, tanto en sus páginas como en una correspondencia creciente, Gramsci se esfuerza por contribuir a resolver los problemas que va suscitando el desarrollo del partido. El momento es difícil, pues se trata de una etapa de reflujo de la ola revolucionaria, después de la derrota del movimiento consejista, y del auge del fascismo que ya preludia su conquista del poder a través de la marcha sobre Roma. 

En esta etapa de su actuación, que se recoge en sus escritos sobre la formación del Partido Comunista, Gramsci libra simultáneamente la lucha en tres frentes: en una polémica interna contra el sectarismo de Bordiga, en un esfuerzo por dirigir el partido según las orientaciones de la Internacional Comunista y, finalmente, en un prolongado combate con el Partido Socialista para hacerse con la dirección política y cultural de las masas. Y todo ello con una clara orientación leninista, ya que, para Gramsci, la lección del leninismo radicaba en una concepción de la revolución por abajo del proceso de formación molecular del Estado obrero, concepción que Gramsci plantea como fundamento de su teoría del poder y que inspirará su propia estrategia política de dirigente del partido: «Deberíamos tratar de recrear entre nosotros –escribía Gramsci a Togliatti el 27 de marzo de 1924– el clima que reinaba en 1919-1920, con los medios con que contamos: en esa época no tomábamos ninguna iniciativa si no había sido sometida, primero, a la prueba de los hechos, y si por diversos procedimientos, los trabajadores no habían sido consultados al respecto. Por esa razón nuestra iniciativas obtenían casi siempre un éxito amplio e inmediato y eran vistas como la expresión de una necesidad real y difusa, nunca como la fría aplicación de un esquema intelectual». 

En 1926, último año de su período de libertad, Gramsci elaboró uno de los trabajos teóricos en que mejor se refleja su concepción del poder. Se trata del ensayo titulado Algunos temas de la cuestión meridional, publicado posteriormente en el exilio, por la revista Lo Stato Operario, con la siguiente nota de su redacción: «El escrito no está completo y verosímilmente el autor lo ha retocado aquí o allá. Nosotros lo transcribimos sin ninguna corrección, como el mejor documento de un pensamiento comunista incomparablemente profundo, fuerte, original, rico en los mejores análisis». 

Al abordar, por primera vez en forma sistemática, los problemas de la Italia rural –en este célebre trabajo sobre la cuestión meridional– Gramsci se plantea concretamente el tema de la «hegemonía del proletariado». Es decir, el de la premisa ideológica necesaria para la creación de la base social del Estado obrero. Según Gramsci, para lograrla el proletariado debe despojarse de todo residuo de corporativismo, y así estar en condiciones de crear un sistema de alianzas de clase que le permitan erigirse en clase dominante y dirigente. De este modo el proletariado urbano, como protagonista moderno de la historia de Italia, destruirá el bloque histórico constituido por los terratenientes del sur y los industriales del norte, creando con ello las condiciones para una sólida alianza con las masas campesinas. Para ello es prerrequisito que los intelectuales orgánicos de la clase obrera atraigan a los intelectuales ligados al bloque agrario que, en forma de bloque intelectual e ideológico, constituyen el hormigón que aglutina a éste. Denunciado en sus propias palabras, «El proletariado destruirá el bloque agrario meridional en la medida que logre, a través de su partido, organizar en estructuras autónomas e independientes la mayor cantidad de masas campesinas pobres. Logrará esto más o menos lentamente, cumpliendo con su deber obligatorio, pero este logro está subordinado a su capacidad de disgregar el bloque intelectual que es la armadura flexible pero muy resistente del bloque agrario».

Etapa de los cuadernos de la cárcel.

En noviembre de 1926 Gramsci es detenido, a pesar de la inmunidad parlamentaria que gozaba como diputado. Por parte del régimen fascista se trataba, ante todo, de descabezar al movimiento obrero privándole de sus más relevantes teóricos y hombres de acción. Al darse en Gramsci tan plenamente ambas facetas de todo dirigente marxista auténtico la represión se ceba especialmente en él. En 1928 es condenado a veinte años de prisión, tras una violenta requisitoria del fiscal que, refiriéndose a Gramsci, afirma: «Hemos de impedir durante veinte años que este cerebro funcione». No se cumplió empero este designio fascista ya que, a pesar de las duras condiciones de prisión, y de padecer diversas enfermedades, Gramsci mantuvo durante su permanencia en la cárcel una intensa actividad intelectual. Tan abnegado esfuerzo no fue por ello baldío en su doble faceta cuantitativa y cualitativa. Las tres mil páginas de los 32 cuadernos que Gramsci cubrió en once años de prisión con notas y apuntes constituyen una de las aportaciones más importantes realizadas por un solo pensador a la problemática de nuestra época. La elevada calidad de la aportación teórica que Gramsci realiza, en sus Cuadernos de la Cárcel, al acervo común del pensamiento marxista, halla su fundamento epistemológico en el rigor científico con el que se plantea sus investigaciones.

Gramsci comienza su investigación estudiando la función que los intelectuales desempeñan en las sociedades divididas en clases antagónicas y, con esa finalidad, formula su ya clásica definición de los intelectuales orgánicos: «Cada grupo social, naciendo en el terreno propio de una función esencial en el mundo de la producción económica, crea con él orgánicamente, una o varias capas de intelectuales que le dan su homogeneidad y la conciencia de su propia función no solamente en el terreno económico, sino igualmente en el terreno social y político».

Coherentemente, si son los intelectuales los que homogeneizan la conciencia política de una clase social, en nuestra etapa histórica, serán los intelectuales orgánicos del bloque dominante los responsables de la difusión de la ideología burguesa y de la aceptación generalizada de ésta, bajo la forma de sentido común popular, por las masas explotadas. Ahora bien, Gramsci no realiza esta constatación con la fría y distante asepsia de algunos sociólogos contemporáneos. En él, pensador y hombre de acción constituyen un todo orgánico. Por ello no puede limitarse a la mera descripción generalizada propia de la sociología empírica. Como combatiente, Gramsci es consciente de que…, «para que un grupo subalterno llegue a ser completamente autónomo y hegemónico, suscitando un nuevo tipo de Estado, es preciso elaborar los conceptos más universales, las armas ideológicas más refinadas y decisivas». Y a esta importante tarea se entrega con su rigurosidad habitual.

La evolución que la concepción del poder va experimentando en el pensamiento de Gramsci, durante la etapa de los «Quaderni», se va a manifestar implícitamente –no utiliza con frecuencia la forma explícita del término– a través de la elaboración de múltiples conceptos que constituyen el núcleo fundamental de la elaboración gramsciana: intelectual orgánico-intelectual tradicional, hegemonía, bloque histórico, cesarismo, revolución pasiva, crisis orgánica, estatolatría, centralismo, jacobinismo, Príncipe Moderno, burocracia, etc. Empero, como indica Luciano Gruppi, «la noción de hegemonía constituye una especie de hilo conductor que orienta toda la investigación de Gramsci en su madurez: la que va desde La cuestión meridional (1926) a las notas de los Cuadernos de la cárcel». 

Frente a las simplificaciones mecanicistas, tan frecuentes por entonces, en el marxismo italiano, Gramsci se plantea «el punto de partida para el estudio de la acción de los hombres en la realidad histórica concreta». Habiendo valorado en esa perspectiva la importancia de la función de los intelectuales en el logro, por el bloque dominante, del consenso de las masas explotadas, Gramsci retoma su concepto de hegemonía ya enunciado en sus trabajos anteriores sobre el movimiento consejista y la cuestión meridional. Se trata de elaborar el concepto con todo rigor y así estar en condiciones de proporcionarle la operatividad necesaria para la finalidad de emancipación social perseguida. 

En un plano meramente filológico, el concepto de hegemonía deriva del término griego eohestai, que significa conducir, ser guía, ser jefe. Tiene, también, el significado de dirección y en ese sentido se habla de ciudad eghemon para referirse a la ciudad que dirigía la alianza de una de las coaliciones de ciudades durante la guerra del Peloponeso. Partiendo de esta base filológica inicial, Gramsci desarrolla su concepto en estrecha relación con los problemas que a lo largo de su vida política le ha ido suscitando la práctica social y la práctica científica. Sin embargo, en el plano estrictamente político, Gramsci reconoce explícitamente que la paternidad del concepto de hegemonía debe atribuirse a Lenin, ya que «constituye la más genial aportación de Ilich a la filosofía de la praxis». Podría ser incluso equivalente al concepto de dictadura del proletariado en el sentido de que ésta no está sólo constituida por la coerción hacia los adversarios sino también por la dirección de los aliados. En esa perspectiva la dictadura del proletariado sería la forma política y estática en que se realiza la hegemonía, mientras que la hegemonía estaría constituida por el momento en que se realizan las alianzas que constituyen la base necesaria de la dictadura del proletariado. Sin embargo, a pesar del explícito origen leninista del concepto de hegemonía, Gramsci tuvo oportunidad de elaborarlo a niveles de mucha mayor profundización teórica al interrelacionarlo con el de bloque histórico. Es decir –en  la concepción gramsciana–, de un complejo, determinado por una situación histórica, constituido por la unidad orgánica de la estructura y la superestructura.

En realidad, para Gramsci, sólo existe bloque histórico cuando la hegemonía de una clase sobre el conjunto de la sociedad logra realizarse. Es la ideología de la clase dominante, «interiorizada» socialmente mediante los aparatos ideológicos constituidos por los medios de comunicación, la enseñanza, la Iglesia, la instrucción militar, etc., la que permite a esa clase dominante soldar en torno a sí un bloque de fuerzas sociales diferentes. En consecuencia, no es admisible –como lo han realizado algunas interpretaciones mecanicistas– reducir el concepto de bloque histórico a una formulación científica del problema de las alianzas de clase. Por el contrario, para Gramsci, en la constitución del bloque histórico, es fundamental la función de los intelectuales actuando a nivel superestructural para fraguar la unidad orgánica entre la estructura y la superestructura. En la constitución de esa unidad los intelectuales orgánicos de la clase dominante deben atraer a los intelectuales tradicionales hasta la formación de un bloque ideológico que, controlando la sociedad civil, obtenga el consenso de las clases subalternas. Con ello la clase dominante, que sostiene firmemente las riendas a nivel estructural, consigue, pues, gracias al bloque ideológico, asegurar su supremacía a nivel superestructural y, de ese modo, asentar su hegemonía sobre el conjunto del cuerpo social.

En los textos de Lenin el concepto de hegemonía aparece ante todo como hegemonía política. Gramsci concede gran valor al concepto de hegemonía política –incluso valor filosófico ya que, como se recordará, para Gramsci la política es un ingrediente esencial de la filosofía de la praxis–, pero distingue también otra forma de hegemonía: la hegemonía ideológica. Desde esa perspectiva Gramsci profundiza más que Lenin en valorar la importancia del consenso de las clases explotadas y, en consecuencia, matiza más que Lenin la función social del Estado sin limitarla tanto a la de un mero instrumento represivo y «Consejo de Administración» de la clase dominante. De ahí, también, que Gramsci comprenda mejor que Lenin –aunque en éste se dio una interesante autocrítica por la impronta «excesivamente rusa» de que se había impregnado la política de la Internacional Comunista– la necesidad de una estrategia revolucionaria específica para las sociedades desarrolladas de Occidente que permita romper mejor el amplísimo consenso que en la sociedad civil ha obtenido la burguesía. Por lógica inversión, ello implica que con el nuevo bloque histórico emergente el proletariado logrará un consenso todavía más amplio en el que la hegemonía de la clase obrera prepare las condiciones precisas para el nacimiento de una «sociedad regulada» en la que desaparezca la función represiva del Estado.



[1] Extracto de una ponencia presentada en el XV Congreso de Filósofos Jóvenes, Burgos, marzo 1978.