José María Laso Prieto

«Perspectiva actual de Lenin»

Revista Argumentos nº62 (pág. 40-41), sección Pensamiento,año VIII, 1978; Madrid

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


Portada del nª 62 de la Revista ArgumentosEl pasado 21 de enero se ha cumplido el LX aniversario de la muerte de Vladímir Ilich Uliánov, conocido mundialmente como Lenin. En abril de 1970, al cumplirse el centenario del nacimiento de Lenin, tuvieron lugar innumerables actos en homenaje a tan gran revolucionario. Fueron no menos numerosas las revistas que dedicaron a la efemérides ediciones especiales. Incluido el número monográfico que «El Correo» de la UNESCO le dedicó y en el que se profundizaba en la aportación de Lenin al desarrollo del derecho de las naciones a la autodeterminación. Probablemente, este LX aniversario de su muerte no tenga tan amplia resonancia internacional. Y no porque la aportación de Lenin al progreso social haya perdido trascendencia, sino por la tendencia humana a conmemorar figuras y acontecimientos en función de convenciones como los centenarios. Sin embargo, un LX aniversario de la muerte, en una personalidad que sólo vivió cincuenta y cuatro años, es suficiente para intentar situarla en su perspectiva histórica. 

La obra polifacética de Lenin, como pensador, revolucionario, economista, sociólogo, estadista, organizador, tratadista de temas militares, etc., requeriría, para ser valorada en toda su trascendencia, un espacio del que no disponemos. Empero la excepcionalidad de su figura fue reconocida incluso por personajes muy alejados de su ideología. Así, el coronel Lawrence de Arabia, célebre agente del Intelligence Service británico, «hizo observar que Lenin era el único hombre que había ideado una revolución, la había llevado a cabo y la había consolidado». (Sir Basil Liddel Hart. «La estrategia de la aproximación indirecta»). Aunque admiradores y enemigos, desde posiciones contrapuestas, hayan coincidido en la valoración de la excepcionalidad de la dimensión histórica de Lenin, ello no siempre ha supuesto la comprensión auténtica de su pensamiento. Como todo auténtico revolucionario, Lenin tenía numerosos enemigos que se esforzaron siempre en tergiversar su pensamiento y actuación. Más sorprendente es la incomprensión de quienes no se hallaban tan alejados de él ideológicamente. Prototipo típico de tal incomprensión, fue la que el dirigente socialista español Fernando de los Ríos reflejó en su libro sobre la URSS. Tanto en tal obra, como en las numerosas citas que de ella se han hecho, se interpreta la frase de Lenin «¿Libertad? ¿para qué?» –que Lenin utilizó en su conversación con Fernando de los Ríos– como un desprecio de la libertad, producto de un talante autoritario y unas convicciones despóticas. Empero, quien conozca debidamente el pensamiento de Lenin, no puede aceptar tal interpretación. Para Lenin, la esencia del marxismo estribaba «en el análisis concreto de las situaciones concretas». Por ello, rehusaba hablar de libertad con mayúscula y en abstracto. Lenin trataba siempre de concretar: libertad, ¿para quién? (para qué clase o grupo social) y libertad, ¿para qué? (¿para qué finalidad?: para explotar a los semejantes o para emanciparlos). No debe olvidarse que Lenin rechaza la concepción escolástica de libertad, basada en el libre albedrío, para situarse en la concepción hegeliano-marxista de la libertad como conciencia de la necesidad. Es decir, de una libertad basada en el dominio consciente por el hombre de la naturaleza, de la sociedad y de sí mismo. 

Una obra ingente

No obstante su corta vida, la obra de Lenin puede ser calificada de ingente. A los veintidós años, recién obtenida su licenciatura en Derecho, Lenin inicia, con su obra «A propósito del llamado problema de los mercados», una labor de infatigable polemista que no se extinguiría sino con su muerte. Sus primeros adversarios polémicos son los populistas. Los populistas sostenían las tesis de que Rusia podría llegar al socialismo sin pasar por el capitalismo. La base para tal salto sería la «obschina». Es decir, las formas colectivas de propiedad agraria que todavía subsistían. Después de una dura polémica –«Quiénes son los amigos del pueblo», «¿A qué herencia renunciamos?»– Lenin aplasta a los populistas con su monumental obra «El desarrollo del capitalismo en Rusia». Asombra todavía recordar como un joven de poco más de veinte años pudo elaborar un libro de más de 600 páginas que con irrefutables datos estadísticos demostraba que el capitalismo ya se estaba desarrollando en Rusia. No menos sorprendente es el profundo conocimiento de las ciencias naturales que demuestra en su obra «Materialismo y empiriocriticismo» cuando, en defensa del materialismo filosófico, rechaza contundentemente la interpretación idealista y mística que los partidarios de Mach y Avenarius hacían de la denominada «crisis de la física» a comienzos del siglo. 

No menos trascendente fue la polémica que Lenin sostuvo con los mencheviques (socialdemócratas) sobre las formas de organización política. De ella surge la concepción leninista del «partido de nuevo tipo». Así, ya en 1902, en su célebre trabajo «¿Qué hacer?», Lenin desarrolla las premisas organizativas para un partido de la clase obrera en las condiciones de la Rusia zarista. En la tarea que asume, para proporcionarle cohesión ideológica y orgánica, Lenin parte de: 1) La inoperatividad revolucionaria de los partidos socialdemócratas, atribuible no sólo a sus formas amorfas de organización sino también a que, al limitarse a la actividad parlamentaria, no dirigían todas las manifestaciones de la lucha de clases del proletariado. Era este tipo tradicional del partido el que había que superar. 2) Las duras condiciones de clandestinidad que a las organizaciones obreras impone en Rusia la autocracia zarista. De ahí la necesidad de constituir un nuevo tipo de partido que «dirigido por una teoría de vanguardia pueda cumplir la misión de combatiente de vanguardia». Se trataría de un partido combativo y centralizado que en su estructura y composición constase de: a) Un círculo reducido de militantes que formasen cuadros de dirección estables, fundamentalmente de revolucionarios profesionales. b) Una extensa red de organizaciones periféricas que asegurasen los contactos con las masas. 

Lenin consideraba también que, para asegurar la eficacia de tal partido, debía estructurarse sobre la base del centralismo, con una disciplina igual para todos y un órgano único de dirección. En condiciones de ilegalidad, las organizaciones del Partido no podrían estructurarse sobre el principio de eligibilidad y deberían tener un carácter conspirativo. Empero, Lenin estimaba también que, cuando el Partido fuese legal, sus organizaciones se estructurarían sobre la base del centralismo democrático.

Este tipo de partido demostró su operatividad en el proceso histórico que culminó en la Revolución de Octubre, confirmando la previsión de Lenin: «Dadnos una organización de revolucionarios y removeremos a Rusia en sus cimientos». Sin embargo, el problema surge cuando se trata de exportarlo a condiciones diferentes de las del zarismo. Así, en las 21 condiciones de ingreso a la Internacional Comunista, se exigía... «En la época actual, de una aguda guerra civil, el Partido Comunista sólo podrá cumplir con su deber si se halla organizado del modo más centralizado, si reina en él una disciplina férrea, rayana en la disciplina militar, y si el centro del Partido es un órgano de autoridad dotado de plenos poderes que goce de la confianza general de los militantes.» Es obvio que a este texto le es aplicable la autocrítica de Lenin, cuando se lamentaba de «la impronta excesivamente rusa» que se había dado a la Internacional Comunista. El viraje corrector lo dio Togliatti, en 1944, con su concepción de «Partido Nuevo».

Con su formulación del imperialismo, como fase superior del capitalismo, Lenin creó las premisas teóricas para la elaboración de la tesis de Rusia como eslabón más débil de la cadena imperialista. Sobre tal base adecuó su estrategia para la toma del poder en 1917. Sin embargo, al no triunfar también la revolución en Alemania, la república soviética quedó aislada y tuvo que afrontar la construcción del socialismo en condiciones muy desfavorables. Ello creó las premisas objetivas para el desarrollo del stalinismo. Lenin fue consciente de tal riesgo y, en sus últimos trabajos -ya postrado por una fatal enfermedad- advirtió contra el peligro de burocratización que suponían las condiciones objetivas del atraso semiasiático de Rusia y los omnímodos poderes concedidos a Stalin. El XX Congreso del PCUS (1956) constituyó un intento de corrección de tal trayectoria, todavía sin culminar plenamente. Sólo con una profundización en la democracia socialista, antes de culminar en el comunismo, se realizará plenamente el ideal de Lenin.