José María Laso Prieto

«¿Riesgo bonapartista?»

Texto preparado para su edición digital por Gretel Sánchez García.


     Al final Yeltsin ha imitado a Pinochet, atacando con cañones, tanques y helicópteros artillados, sino el Palacio de la Moneda sí la Casa Blanca. La masacre que ha originado augura un no lejano final de su carrera política. Además, al forzar al Ejército a intervenir, en contra de su voluntad inicial, ha podido hacer de aprendiz de brujo. Si, para el constitucionalista Rubio Llorente, el golpe de Yeltsin se asimila al 18 de Brumario, el cañoneo del Parlamento ruso también puede homologarse con el 13 de Vendimiario de 1795, en el que el general Bonaparte barrió con sus cañones a los rebeldes contra la Convención termidoriana. Yeltsin presenta bastantes rasgos comunes con Barras, aunque el otrora revolucionario francés fuese más inteligente y mucho menos tosco. Para Barras, recurrir a la espada de Bonaparte constituyó una solución momentánea que no mucho después le condujo a su definitiva ruina política. Aunque la historia nunca se repite exactamente, todo induce a suponer que las consecuencias pueden ser semejantes. El recurso al Ejército, y la masacre de Moscú, han sellado el destino de Yeltsin como una mera figura de transición que más pronto que tarde será desplazada de la vida política rusa. En lo inmediato, el proceso político actual puede tener todavía muchas fluctuaciones. De momento, va a depender de la homogeneidad, o no de las Fuerzas Armadas rusas y de la repercusión que los acontecimientos del 4 de Octubre vayan a tener en las demás repúblicas y territorios de la Federación Rusa. Incluso si, de momento se consolidase el golpe de Yeltsin, son previsibles nuevas convulsiones políticas y sociales mucho más graves que las actuales. Todo induce a suponer —si, como pretende el equipo económico del nuevo zar se trata de implantar a paso de carga un capitalismo salvaje sin ningún control social— que un porcentaje relevante del pueblo no va a permitir indefinidamente su gradual pauperización. Puede reaccionar como en Polonia, Lituania, etc. mediante el sufragio o en forma mucho más violenta. No menos riesgo supone para Yeltsin el apoyo de Clinton. Para los patriotas rusos, ello le convierte en el instrumento no sólo de una potencia extranjera sino de su principal rival en el campo internacional.

     La jornada electoral del 12 de Diciembre en Rusia —en que se han celebrado simultáneamente elecciones parlamentarias y el referéndum constitucional— no ha modificado apreciablemente ni el análisis que realizábamos antes de los comicios ni el riesgo de bonapartismo. Las condiciones de realización del proceso electoral, no han cumplida mínimamente con las exigencias de igualdad de oportunidades, para todas las opciones políticas, que son esenciales para que los comicios puedan ser considerados democráticos. La ilegalización de varios partidos políticos y su exclusión del proceso electoral —no por resolución judicial sino por decreto presidencial— se complementó con el cierre, igualmente por decisión ejecutiva y no mediante auto judicial, de varios diarios. Se impedía así a muchos rusos la posibilidad de tener representación parlamentaria. Aunque se permitió la utilización de espacios gratuitos en la T.V. pública para la propaganda de las distintas candidaturas, no por ello se proporcionó igualdad de oportunidades a sus integrantes ya que el resto de las emisiones fueran utilizadas unilateralmente en beneficio de las candidaturas de los partidarios de Yeltsin. Lo mismo sucedió con la radio y casi la totalidad de la prensa. Esta falta de equidad viciaba de raíz el carácter democrático del proceso electoral y todavía lo deformó más las constantes amenazas de Yeltsin, y sus colaboradores, a los candidatos que en la campaña electoral realizasen críticas al proyecto de Constitución. Quedan así debidamente situados “demócratas” como Clinton, Felipe González y Javier Solana que estaban dispuestos a perdonar todo a Yeltsin —incluida la masacre del bombardeo del Parlamento— en función de su compromiso de realizar elecciones democráticas en Diciembre. Aunque la sospechosa lentitud de la Comisión Electoral Central, en facilitar los datos oficiales del escrutinio, no nos permite disponer todavía de los resultados electorales definitivos se pueden ya adelantar algunas conclusiones del proceso electoral.

     En cuanto al referéndum, que debía ratificar popularmente la Constitución autoritaria otorgada por Yeltsin, existen dudas razonables sobre si efectivamente se alcanzaron los porcentajes que se habían establecido para considerarla válida. El alto porcentaje de abstención, comprobado en diversos territorios de la República Federal Rusa, unido a la escasa superioridad de los votos afirmativos sobre los negativas, permiten abrigar serias dudas sobre el apoyo popular a la nueva Constitución. Carta Magna que además —en contraste con la Constitución Española de 1978— no ha sido producto del consenso entre las diversas fuerzas políticas sino un texto constitucional impuesto por el equipo de Yeltsin contra un importante sector del pueblo ruso. Como toda Constitución impuesta contra amplios sectores populares es previsible que sea meramente transitoria. De hecho, si se suma una amplísima abstención al alto porcentaje de votos negativos, se puede asegurar que la Constitución yeltseniana no cuenta más que con el apoyo de un 25 a un 30% de la totalidad del electorado.

     Desconociendo aún, en el momento de efectuar este análisis, la distribución de escaños en la futura Duma, a juzgar por los porcentajes de votación facilitados sobre los resultados obtenidos por cada candidatura, se pueden también adelantar algunas conclusiones sobre las elecciones parlamentarias. La primera, sería comprobar que el pueblo ruso ha rechazado con sus votos el bombardeo y asalto al Parlamento. Las fuerzas que defendieron la Casa Blanca moscovita han salido del proceso electoral reforzadas. La correlación de fuerzas parlamentarias en la futura Duma les va a resultar más favorable que la que disfrutaban en el Parlamento anterior. En ello ha pesado, sin duda, el horror general por la matanza realizada en esa Casa Blanca, el 4 de Octubre, y el hecho de que frente a las cifras oficiales cada vez se impone más la de que la cifra de muertos producidos en el ataque al Parlamento asciende como mínimo a la de 1.500. En ese sentido, es significativo que durante la campaña electoral casi todas las candidaturas criticasen duramente tal ataque, incluidas a algunas de las próximas a las posiciones de Yeltsin. Indudablemente, en los resultados electorales no sólo ha pesado ese dramático factor, sino también el muy amplio rechazo popular a la terapia de choque económica, aplicada por el equipo económico neoliberal de Gaidar, apoyado por Yeltsin. Tal terapia, había situada debajo del estimado nivel de pobreza a una gran mayoría del pueblo ruso mientras que una exigua minoría se enriquecía escandalosamente. Ello explica que la candidatura “Opción de Rusia”, encabezada por Gaidar, no obstante la posición privilegiada de que disfrutó en la campaña electoral, no haya logrado superar apreciablemente el 14% de los sufragios. Incluso cabe la posibilidad de que al final del escrutinio quede relegada a un tercer lugar por los resultados obtenidos por el Partido Comunista de la Federación Rusa que lidera Gennadi Ziuganov. Sin embargo, quizás el resultado más espectacular de los comicios rusos —y en el que más han centrado su atención los medios de comunicación— ha sido el 24% de votos conseguidos por el denominado Partido Liberal Democrático que encabeza Vladimir Yirinovskiy. A muchos comentaristas ha asombrado que una candidatura nacionalista radical haya podido resultar la minoría más votada por el pueblo ruso. No obstante, hasta cierto punto, era previsible ese resultado. Para importantes sectores del pueblo ruso constituye un verdadero trauma el hecho de que su patria que —bajo la forma estatal soviética— constituía una superpotencia mundial, con importantes realizaciones en los campos económico, social, cultural, científico, deportivo, etc., haya pasado en poco más de un lustro a una situación tercermundista. Y ello sin que tal resultado sea producto de una derrota militar, ya que el Ejército Soviético nunca fue derrotado definitivamente por un enemigo exterior. Quizás de forma simplificada, son millones los rusos que atribuyen tal desastre no sólo a las deformaciones anteriores del Estado soviético sino también a una reforma, como la “perestroika”, inicialmente necesaria y atractiva pero después pésimamente culminada. Para esos millones de rusos, tanto Gorbachov como Yeltsin son igualmente responsables de tan catastrófico resultado con independencia de sus intenciones subjetivas.

     Es evidente que programa electoral de Yirisnovski —y las formas que ha utilizado en su campaña electoral— presentan mucho rasgos comunes con el fascismo y el nazismo. También algunos de los personajes extranjeros a los que se remite como referencia o apoya en sus posiciones actuales. No es menos cierto que del ultranacionalismo al fascismo sólo hay un paso. Sin embargo, calificarlo, sin más matizaciones, de fascista quizás sea simplificar demasiado. Al menos eso opinan personajes tan diversos como Enrique Curiel y K.S. Karol. En ese sentido es significativo que Yirinovski contrariamente a fascistas y nazis, que desde los comienzos de sus respectivos movimientos hicieron la apología teórica y práctica de la violencia, rechace la violencia como arma política. También que rechace las reformas económicas ultraliberales. la privatización de la tierra y la desregulación laboral y social, independientemente de su demagogia social, los movimientos nazi-fascistas siempre apoyaron la propiedad privada y al gran capital. Su política exterior puede presentar un doble filo. Ser totalmente negativa si tratase de retornar por la fuerza a las anteriores fronteras de la URSS, pero tener también una vertiente positiva si la República Rusa vuelve a desempeñar la función de contrapoder para equilibrar la prepotencia imperial de los EE.UU. Por otra parte, el apoyo electoral que Yirinovski ha obtenido en las Fuerzas Armadas, incluyendo cuerpos de élite como la Divión Tamanskaya y la flota del Mar Negro es significativo. En una conjunción entre la fuerza política de Yirinovsky y las Fuerzas Armadas rusas podría una eventual opción bonapartista encontrar su base social de apoyo. En todo caso, es prematuro predecir hasta ese punto el desarrollo de los acontecimientos. Un 24% de apoyo electoral, con una abstención que casi alcanzó el 50% del censo no constitúyele momento, un apoyo popular suficiente para una operación política de tal envergadura. Tampoco asegura a Yirinovski apoyo suficiente en el Parlamento. Sólo mediante la negociación y el consenso, con otras fuerzas políticas, podria llegar a gobernar. Otra cuestión sería si llegase a ganar en 1996 las elecciones presidenciales, eventualidad que no se puede descartar si Yeltsin y Gaidar se obstinan en reanudar su terapia de choque: para la instauración de un capitalismo salvaje.

     Los resultados electorales obtenidos por el Partido Comunista de la Federación Rusa, se pueden considerar como muy satisfactorios si no se olvidan los obstáculos que ha tenido que vencer. Desde los repetidos intentos de prohibirlo, y excluirlo de los comicios, hasta el hecho obvio de que ha sido el principal blanco de los ataques de los yeltsinistas. Con más de un 11% de los sufragios escrutados, y sin descartar incluso que en el escrutinio final pueda quedar como la segunda candidatura más votada, va a tener un peso importante en la Duma. Es fácil que pueda formar grupo parlamentario con el Partido Agrario (con el 9,59% de los sufragios escrutados) e, incluso, con la candidatura “Mujeres de Rusia”, muchas de cuyas dirigentes —y su base electoral— proceden de las organizaciones femeninas del PCUS. Tal grupo parlamentario, que podría comprender casi un tercio de los escaños de la Duma, podría tener un peso considerable para impedir que continúe la terapia de choque reformista. Pero no la continuidad de las reformas económicas. Tanto el Partido Comunista, como sus naturales aliados son partidarios de la instauración de una economía mixta —pública y privada— que aplicando una planificación democrática logre relanzar el desarrollo económico y social en interés de los trabajadores rusos. Con tal correlación parlamentaria de fuerzas, ya que Yirinovski es también contrario a la terapia de choque, difilmente se podrán llevar a cano los planes de Yeltsin y Gaidar, a menos que opten por marginar al Parlamento y gobernar sólo mediante “usases” (decretos).Operación sumamente peligrosa que acabaría desestabilizando al Estado.