José María Laso
Prieto
«1898»
En «La Nueva España»,
4/1/1998. También en Homenaje a José María
Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana,
Oviedo; 1998 (págs. 82-84).
Texto preparado para su edición digital por
Iván Martínez y Uriel Bonilla.
Con
la perspectiva histórica que ofrece el centenario, aparece
todo el significado del célebre año 1898. Significado
que incluso puede tener gran actualidad en la medida que sirva de
acicate para que el pueblo español reflexione sobre la encrucijada
que le presenta este final de siglo y de milenio. En 1898 el pueblo
español fue sujeto pasivo de los acontecimientos, ya que éstos
se decidieron por la conjunción de la lucha de un pueblo hermano
por su independencia, por la expansión de un Estado extranjero
que iniciaba su etapa imperialista, y por la incapacidad torpe de
la oligarquía que le desgobernaba. Actualmente, aunque los
condicionamientos internacionales siguen siendo muy fuertes, el pueblo
español está en condiciones de decidir mejor su futuro,
si no aisladamente, sí en conjunción con otros pueblos
de nuestra área geográfico-cultural. Sobre todo ello
habrá que volver, monográfica o globalmente, a lo largo
de 1998, en los innumerables debates que el tema va a suscitar. Entre
tanto, para que se perciba mejor la multidimensionalidad del significado
de la efeméride, convendrá señalar al menos las
principales vertientes que presenta.
Una primera es la constituida por la lucha del pueblo cubano por
su independencia. De todos los pueblos hispánicos es el cubano
el que mayor afecto mantiene hacia España, a la que sigue considerando
como madre-patria. Su lucha no fue dirigida contra el pueblo español,
sino contra la clase gobernante que defendía en Cuba sus intereses
oligárquicos. Esta distinción la precisó bien
el héroe nacional cubano José Martí, al señalar
que el verdadero enemigo de Cuba era el monstruo en cuyas entrañas
había vivido. Es decir, el imperialismo norteamericano.
Así lo demostró después la práctica histórica,
tanto con la humillante enmienda Platt, que permitió a EE.UU.
controlar directamente a Cuba, como con los métodos indirectos
posteriores. De hecho, el pueblo cubano no gozó plenamente
de su soberanía hasta 1959. ¿Pudo España haber
conservado Cuba utilizando la forma de dominio que Gran Bretaña
utilizó en los casos de Canadá, Australia, Nueva Zelanda,
etcétera? Al menos durante algunas décadas, habría
sido posible si se hubiese apoyado al fuerte partido autonomista que
existía en la isla. A la larga se habría llegado a la
independencia –como sucedió con tales dominios británicos–
pero la separación habría sido menos traumática.
Fue, sobre todo, la inaudita torpeza de la oligarquía española
la que produjo el trauma. Ese trauma se ha superado con el tiempo
en las relaciones hispano-cubanas y, actualmente, los lazos afectivos
entre los pueblos español y cubano no son menos efectivos que
los que unen a los británicos con los australianos, canadienses,
etcétera. Lástima que el actual Gobierno español
siga la línea de torpeza hacia Cuba que inició la oligarquía
decimonónica y que ni siquiera Franco quiso mantener.
La segunda vertiente histórica del noventa y ocho ha alcanzado
ahora su culminación. En su primera fase, el expansionismo
territorial norteamericano se extendió como mancha de aceite
por el continente americano adquiriendo territorios próximo,
bien sea mediante compra –Louisiana y Florida– o por fuerza militar,
al arrebatar a México los feraces Estados que constituyen Texas,
California y Nuevo México. Es en 1898 cuando los EE.UU. saltan
hacia las islas del caribe y a otras todavía más lejanas:
las islas Filipinas. Es la salida hacia el exterior de un imperialismo
que enarbolando la doctrina del «Destino manifiesto» domina ahora
el mundo como única superpotencia vigente. Ello supone costes
exorbitantes para el pueblo norteamericano y para muchos países,
tanto de los Estados capitalistas avanzados como del Tercer Mundo.
En consecuencia, se impone una democratización de las relaciones
internacionales que permita pasar de un mundo unipolar a otro multipolar.
Sin conseguir tal requisito no puede existir verdadero equilibrio
internacional ni paz mundial.
La tercera vertiente histórica del 98 es la que afecta de
lleno al pueblo español y en todos los campos: político,
económico, social, cultural, etcétera. Dejamos para
otro trabajo el eterno tema de si existió o no una generación
literaria del noventa y ocho, en función de las tesis contrapuestas
de Azorín y Baroja, así como el de la necesaria crítica
materialista a la «Teoría de las generaciones», de Ortega y
Gasset. Preferimos centrarnos en el contraste político entre
1898 y 1998. Es evidente que, a pesar del trauma de la guerra civil,
1936-39, y de las cuatro décadas de dictadura, la España
actual no es ya la del régimen político de la Restauración,
con sus «burgos podridos», su caciquismo y el dominio omnímodo
de la oligarquía terrateniente. Tampoco la Constitución
de 1978 es la de 1876. La Constitución vigente es mucho más
avanzada y su desarrollo permitiría avanzar considerablemente
en la senda de la democratización del Estado. Sin embargo,
los gobiernos de Felipe González y Aznar no se han interesado
por tal desarrollo. Todo su interés se centra en integrar a
España en alianzas militares superfluas y costosas, así
como en edificar una Europa monetarista e insolidaria, en detrimento
de una federación política de pueblos europeos que,
sin menoscabo de la necesaria unidad económica, avance en el
progreso social y hacia la meta del pleno empleo. Tal avance requeriría
también una democratización en profundidad de las instituciones
europeas y plantearse con seriedad el logro de la semana de 35 horas
laborables semanales, al igual que lo han hecho los gobiernos francés
e italiano. Ninguna ocasión mejor que la que suscita la conmemoración
del desastre del noventa y ocho, para que el pueblo español
medite acerca de la actitud a adoptar sobre tales cuestiones que,
en definitiva, proporcionan las claves de su futuro.
