José María Laso Prieto

«El laberinto bosnio»

En «La Nueva España», 10/9/199. También en Homenaje a José María Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 34-36).

Texto preparado para su edición digital por Iván Martínez y Uriel Bonilla.


El estancamiento que se ha producido en las conversaciones realizadas en Ginebra para obtener la paz en Bosnia-Herzegovina, y la muy probable intensificación de las hostilidades, añaden más complejidad al ya enrevesado problema bosnio. Incluso, más de una vez, se ha hablado de «laberinto bosnio» para expresar así metafóricamente la dificultad de encontrar la dirección adecuada para salir de tan conflictiva situación. Si ya compleja era la estructura de Yugoslavia, muy bien reflejada en la conocida fórmula 1-7 (es decir, un país, dos alfabetos, tres religiones, cuatro lenguas, cinco naciones, seis repúblicas y siete Estados vecinos), en el caso de Bosnia la complejidad adquiere todavía mayor sofisticación. De ahí la necesidad de tener en cuenta sus intrincadas peculiaridades, si se quiere realmente conocer el problema bosnio. De lo contrario, como le sucede a buena parte de la opinión pública, se puede permanecer en un estado de permanente confusión fácilmente manipulable en uno u otro sentido.

Es significativo que en la fórmula 1-7 figuren 5 naciones y 6 repúblicas. La causa de esa diferencia numérica estriba en que, contrariamente a los casos de Serbia, Croacia, Eslovenia, Montenegro y Macedonia, no se consideraba a Bosnia como nación. Incluso Kissinger, ex Secretario de Estado de los EE.UU., en un artículo dedicado a evitar que EE.UU. cayese en la «trampa yugoslava», sostenía que Bosnia era un mero territorio habitado por una población totalmente heterogénea que no constituía una nación. La causa de esta discriminación radica en el hecho de que, contrariamente al caso de Serbia, Croacia, Eslovenia, etcétera, en Bosnia no existía una nacionalidad mayoritariamente dominante que le hubiese impreso un carácter nacional definido. Todo ello con independencia de que entre los años 1180 y 1463 de nuestra era existiese un reino de Bosnia, que algunos historiadores denominan «reino de los serbios de Bosnia». También en la Edad Media existieron los reinos de Serbia y Croacia, antes de su absorción por los imperios otomano y austro-húngaro. En todo caso, anteriormente, bizantinos, serbios, croatas y húngaros dominaron diversas comarcas de Bosnia en diferentes períodos. Divididos en unidades tribales autónomas o zupe; separados por un abrupto terreno y, sin fronteras naturales bien definidas, ni una fuerte zona que sirviera de núcleo aglutinante, los eslavos de Bosnia no alcanzaron suficientemente la individualidad colectiva definida, sino muy tardíamente. Por otra parte, tanto los croatas como los serbios y bosnios no constituyen una etnia diferenciada. Todos ellos forman parte de los denominados «eslavos del Sur», cuyo ideal unitario cristalizó en la formación del Estado yugoslavo. Precisamente ése es el significado del término Yugoslavia, que significa «unión de los eslavos del Sur». Los elementos diferenciadores entre ellos surgieron históricamente, en función de las sucesivas dominaciones de sus territorios por parte de los imperios otomano y austro-húngaro. De tal dominación y separación surgieron sus diferencias culturales y religiosas, que han configurado sus idiosincrasias respectivas. En la etapa contemporánea ha sido casi determinante el factor religioso. Respectivamente los croatas se decantaron por el catolicismo, los serbios por el cristianismo ortodoxo, y una parte de la población bosnia –minoritario en el conjunto de Bosnia– por la religión musulmana. En realidad, los bosnios musulmanes son eslavos islamizados durante la prolongada dominación turca. Sin embargo, muchos de los elementos de su cultura siguen siendo tan eslavos como los de los serbios y croatas.

Una nación difícilmente viable

En el momento de producirse la fragmentación de Yugoslavia, el territorio de Bosnia-Herzegovina alcanzaba los 51.121 Km. y su población, de 4.760.000 habitantes, estaba constituida por un 43,7 por ciento de musulmanes, un 31,4 por ciento de serbios bosnios, un 17,3 por ciento de croatas bosnios, un 5,5 por ciento de yugoslavos (es decir, los ciudadanos que no se adscribían a ninguna nacionalidad diferenciada) y un 2,1 por ciento de otras etnias. No obstante la inexistencia en su seno de una etnia o nacionalidad mayoritaria, Bosnia-Herzegovina constituía una de las repúblicas integrantes de la Federación yugoslava y, como tal –a partir de la reforma constitucional de 1974–, formaba parte de la Presidencia colegiada de la Federación y disponía del derecho de veto contra la legislación o decretos ejecutivos contrarios a sus intereses. Además, a todos los efectos, los bosnios musulmanes fueron equiparados en derechos a los de cualquier etnia o nacionalidad yugoslava. Esta decisión fue producto de la preocupación de Tito por proteger adecuadamente los derechos de todas las minorías yugoslavas. Así se logró que la República yugoslava de Bosnia-Herzegovina constituyese un modelo casi perfecto de sociedad multiétnica y multicultural, con una armoniosa convivencia entre su población tal y como queda reflejado en el Diario de Yugoslavia de la profesora española Luisa Fernanda Garrido, que fue lectora de español en universidades yugoslavas.

Esa República Bosnia, multicultural y multiétnica, es añorada ahora no sólo por todos los bosnios, sino también por muchos comentaristas extranjeros sobre el tema. Sin embargo, tal modelo ideal sólo fue posible mientras se mantuvo la unidad de la Federación yugoslava. En el territorio de Bosnia-Herzegovina se reproduce, a microescala, toda la complejidad étnica, lingüística, cultural y religiosa del conjunto de Yugoslavia y todavía más enrevesadamente distribuida. Empero también en buena parte concentrada en fuertes minorías croatas y serbias, próximas a los territorios de sus respectivas repúblicas, aunque a su vez con minorías étnicas y religiosas en su seno. Así, según ha declarado, el 1 de septiembre, el prestigioso autor y dirigente de la oposición contra la política de Milosevic, Vuk Draskovic, «Las zonas croatas de Bosnia podrían haberse separado incruentamente, pero los musulmanes bosnios y los serbios bosnios están tan mezclados territorial y culturalmente que es imposible hacerlo sin campañas de limpieza étnica». Desde esta perspectiva, aparece cada vez más clara la responsabilidad de Alemania y de la Comunidad Europea (CE) en el desencadenamiento de la guerra en Bosnia. Si ya fue un tremendo error el reconocimiento por la CE de la independencia unilateral de Eslovenia y Croacia –impidiendo la función de mediadores que debían haber desempeñado– con el reconocimiento de la independencia unilateral de Bosnia-Herzegovina incurrieron en la máxima irresponsabilidad. Una republica independiente Bosnia no era viable pacíficamente sin el previo consenso de las tres partes en confrontación. Tampoco ese consenso era fácil, consideradas las fuerzas centrífugas desencadenadas por la desintegración del Estado federal, pero en todo caso era previo a cualquier solución independentista. De lo contrario, ni siquiera servía remitirse al principio del derecho de las naciones a la autodeterminación. Con el mismo derecho a autodeterminarse se estimaban dotados los serbios bosnios y los croatas bosnios que los musulmanes bosnios, ya que eran ampliamente mayoritarios en diversas comarcas bosnias. Y ese derecho era tan válido para constituirse en repúblicas menores independientes como para unirse respectivamente a los territorios contiguos de Serbia y Croacia. Declarada irresponsablemente la independencia de Bosnia, todas las partes tendieron, por supuestas razones de seguridad, a la denominada «limpieza étnica». Por ello también las tres partes deben ser presionadas para poner fin a las hostilidades.