José María Laso Prieto

«El ejemplo del Conde Ciano»

En «La Nueva España», 28/8/1987. También en Homenaje a José María Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 14-17).

Texto preparado para su edición digital por Iván Martínez y Uriel Bonilla.


Para quienes, por nuestra edad y precocidad política, vivimos apasionadamente los acontecimientos de la II Guerra Mundial, la figura del conde Ciano ejerció cierta fascinación. Y no tanto por su atractivo o capacidad de engaño –contra el cual nos preservaba un antifascismo muy consistente–, sino porque constituía un buen paradigma no sólo de la capacidad de contradicción de la naturaleza humana sino también de los altibajos del destino. Quien por mucho tiempo simbolizó a los italianos atraídos por la Alemania nazi, apareció luego, en su célebre Diario, como un rotundo adversario de las ambiciones germánicas. De la cima del mundo diplomático y social descendió a las mazmorras de la fortaleza de Verona, para preceder en su trágico final a la mayoría de los jerarcas nazi-fascistas. Final que pocos preveían, cuando en su cenit aparecía constantemente fotografiado en diarios y revistas, así como en los noticiarios cinematográficos. Se presentaba siempre sonriente, apuesto y elegantemente vestido, y bien parecía un privilegiado protegido de los dioses. Incluso su peinado y las chaquetillas blancas de su uniforme se hicieron de moda en España. Los jerarcas del régimen no sólo adoptaron tal indumentaria sino que procuraron imitar su peinado, gestos y oratoria. Con escaso éxito, pues no todos podían ser yernos del Duce –o cuñados del Caudillo– ni tener la planta de Galeazzo Ciano.

Ahora Televisión Española ha emitido un serial que, no obstante titularse «Mussolini y yo» , se centra fundamentalmente en la figura del conde Ciano. Y es lógico que así haya sido, ya que su realizador –Alberto Negrín– se ha basado en la obra Galeazzo Ciano de Giordano Bruno Guerri . Sin pretender realizar su crítica, cabe considerar buena su ambientación e interpretación y poco logrado el parecido físico de los personajes. En cuanto a su contenido histórico, algunos comentaristas han captado en el serial un cierto «olor a revisionismo». No es esa nuestra impresión, ya que consideramos que en el serial aparece con claridad la corrupción generalizada que en esa época había alcanzado el régimen fascista y no son menos observables las contradicciones e incoherencias en que incurren sus dirigentes y algunos miembros de la familia de Mussolini. En este sentido, el serial respeta la fidelidad histórica sin incurrir en maniqueísmos que acabarían caricaturizándola.

Ética y política

La figura del trágico destino del conde Ciano se presta a una interpretación histórica en la que las relaciones entre ética y política resultan clarificadas. El propio Ciano intenta esa interpretación, en la introducción que para su Diario redactó en la prisión de Verona pocos días antes de su fusilamiento, el 11 de enero de 1944. Decía en ella: «Dentro de pocos días un tribunal de comparsas hará pública una sentencia que está ya decidida por Mussolini, bajo la influencia de ese círculo de prostitutas y tiralevitas que desde hace algunos años apesta la vida política italiana y que ha llevado el país al abismo. Acepto con serenidad mi inicuo destino: me consuela el hecho de que se me considerará un soldado caído en el combate por una causa en la que creía [...] Es duro pensar que, sin haber tenido culpa, no podré mirar nunca más a los ojos de mis tres hijos o estrechar contra mi pecho a mi madre y a mi esposa, que en las horas de dolor se ha revelado como una compañera incomparable, segura y fiel. Pero es necesario inclinarse ante la voluntad de Dios; y una gran calma desciende en mí y en mi alma. Me preparo para el juicio supremo. En este estado de espíritu que excluye la mentira, declaro que ni una sola palabra de lo que he escrito en mis diarios es falsa, exagerada o dictada por resentimientos partidistas. Todo aparece tal como lo vi y lo escuché. Y si mientras me preparo para el gran tránsito, pienso en dar publicidad a mis anotaciones, no es porque espero póstumos juicios favorables o adhesiones, sino porque creo que un testimonio honrado de la verdad puede, en este mundo atormentado, ser útil para alentar a los inocentes y castigar a los culpables». De este dramático testimonio se deduce que Ciano se creyó al final integrado entre los combatientes por la libertad a través de su condición de condenado a muerte y de la aportación que a la causa aliada hacía mediante el testimonio de su Diario. Empero, para juzgarlo, no basta tener en cuenta sus vivencias subjetivas. Son también necesarios otros testimonios y el análisis global de lo que, en distintas etapas, registró en su Diario. Un buen contrapunto es el que proporciona el diplomático norteamericano Summer Welles. Welles lo conoció en su misión de enviado de Roosevelt y así testimonió: «El conde Ciano no era un hombre que careciera de dignidad personal ni de valor físico. Sin embargo, en el curso de una entrevista con Mussolini, lo vi temblar ante el menor signo de irritación del dictador. La voluntad del Duce, por perversa, ignorante y ciegamente errónea que fuera, para los dirigentes fascista era ley [...]».

Summer Welles acierta, sobre todo, al precisar las causas de la inconsecuencia de un Ciano que supo ya prever desde 1939 la derrota final de la Alemania nazi, pero que no fue capaz de oponerse –más allá de las frases orales o escritas– a que Italia fuese arrastrada al mismo abismo. «El Diario nos da la prueba de que, como estadista, Ciano previó con exactitud el resultado final. No se hizo ilusiones sobre lo que una Europa dominada por Alemania significaría para Italia. Ciano estaba convencido de que únicamente gracias a la derrota de Alemania podría restaurarse un orden mundial en el que la soberanía italiana pudiera subsistir. Pero lo que se hace igualmente aparente es la incapacidad total de Ciano para torcer el camino emprendido por Mussolini [...]. Finalmente, en la histórica reunión del Gran Consejo Fascista, el 25 de julio de 1943, tomó parte activa en el golpe de Estado contra Mussolini, y el dictador fue derribado al fin. Pero era ya demasiado tarde. Se consumó el armisticio, pero el pueblo italiano ya se había postrado. Si Ciano hubiese poseído algún valor moral, el verdadero patriotismo de que alardea en su diario, o la fuerte capacidad de los caudillos del Risorgimiento, hubiera dimitido en agosto de 1939, cuando Mussolini le ordenó concertar la alianza militar del Eje, y se hubiera unido, fuera de Italia, a la lucha contra la dictadura. Pero una decisión así hubiera sido contraria a su manera de ser. Lazos familiares lo ataban. El efecto corruptor que el fascismo había llevado a cabo en su carácter, la atmósfera decadente en que vivía, todo se combinó para hacer imposible un intento de tal naturaleza [...]».

Las contradicciones

Del análisis global de los textos contenidos dentro del Diario del conde Ciano, se deducen claramente las flagrantes contradicciones éticas y políticas que caracterizaron su actuación pública. A partir del 15-3-1939, en que los alemanes –violando el tratado de Munich y todas sus promesas– ocuparon la totalidad de Checoslovaquia, Ciano se muestra cada vez más decididamente antigermánico. Empero ¿cuál es la raíz de su actitud?¿El respeto al derecho internacional y a la soberanía de otros países? En absoluto. Es más bien la falta de credibilidad en las promesas de Hitler y el riesgo de guerra europea que la acción alemana suscita. En el mismo texto, del 15-3-1939, Ciano se indigna por la destrucción de Checoslovaquia mientras preconiza la ocupación italiana de Albania: «Durante la noche, los acontecimientos se precipitan. Después de una entrevista Hitler-Hacha, las tropas alemanas comienzan la ocupación de Bohemia. El acto alemán no destruye la Checoslovaquia de Versalles, sino la que había sido construida en Munich y Viena. ¿Qué peso se podrán dar en el futuro a las demás declaraciones y promesas que nos interesan más de cerca? Es inútil querer ocultarnos que esto preocupa y humilla al pueblo italiano. Hay que darle una compensación: Albania. Hablo de ello con el Duce y le digo también que hoy no tropezaríamos con obstáculos locales ni con serias complicaciones internacionales que dificultasen nuestra marcha». Muchas veces las anotaciones de Ciano desbordan cinismo. Así, el 2 de marzo del 39: «o la acción se efectúa con el rey Zog o en contra suya. Por muchas razones –ante todo la de no ser nosotros los primeros en disparar el cañón en Europa– preferiría la primera solución. Pero si Zog no cede, hay que recurrir a las armas y recurrir a ellas con toda decisión». O el 9 de abril del 39: «Por la tarde, redacto el documento y lo discuto con algunos juristas y otros profesionales del sofisma como Butti, Vitetti, etcétera. Todos están de acuerdo con que tal decisión nos entrega Albania y salva, aparentemente, las formas». Pero no se trataba sólo de Albania. En el Diario queda claro que Mussolini y Ciano tenían el decidido propósito de hacerse también con Grecia y parte de Yugoslavia (Croacia, Dalmacia, etcétera).

El conde Ciano y España

Son frecuentes las alusiones a España en el Diario de Ciano. Así, el 22 de febrero de 1939 dice: «Llega Gámbara. Informa de la buena situación de los asuntos de España. O Madrid cae en breve o, a últimos de marzo, cinco columnas darán el golpe final a la España roja. La situación en Cataluña es buena. Franco la mejora con una cuidada y severa limpieza. También han sido detenidos muchos italianos, anarquistas y comunistas: se lo digo al Duce, que me ordena los haga fusilar a todos», y añade: «Los muertos no cuentan la historia». El 25 de enero de 1939 escribe: «Nuestros voluntarios están superando las últimas resistencias de la división Líster. También para ellos, que han soportado la parte más dura, Barcelona se encuentra a la vista y están deseosos de alcanzarla». Empero ese mismo día deja traslucir una preocupación internacional por los excesos de la represión en España: «Informo a Mackensen del resultado del viaje a Belgrado y recibo a Lord Perth, que viene a pedir que intervengamos cerca de Franco para que no se abandone a la venganza contra todos sus enemigos después de la victoria. Le doy seguridades y le digo que hemos ejercido siempre una acción moderadora». Fue sin embargo durante el viaje que realizó por España, en julio de 1939, cuando Ciano conoció la verdadera magnitud de la represión que siguió al fin de la guerra de España. Así anota en sus Papeles diplomáticos: «Todavía hay muchas ejecuciones. Sólo en Madrid, entre 200 y 250 diarias; en Barcelona, 150; en Sevilla, una ciudad que nunca estuvo en manos de los rojos, 80... Durante mi estancia en España, habiendo en las cárceles más de 10.000 condenados a muerte a la espera del inevitable momento de la ejecución, sólo dos, repito, sólo dos peticiones de perdón me fueron hechas por las familias» (Ciano´s Diplomatic Papers, página 294). Aunque es evidente la responsabilidad de Ciano, por la intervención de Italia en la guerra civil española, parece también seguro que ejerció personalmente la función de moderador de la represión que se atribuye a su Diario. Más tarde, el conde Ciano supo morir con dignidad, fusilado por la venganza conjunta de los nazis y de los fascistas radicales. Ello no le exime del juicio de la Historia. Su ejemplo demuestra que la política tiene también su propia ética en la coherencia entre convicciones y práctica social. En su caso, pudo salvarla con una dimisión a tiempo. Como señala Fabio Congost, «cuando se ostentan cargos de tanta responsabilidad y tanto honor, hay que hacerlo afrontando todas las consecuencias. Era ministro para defender a su país de conformidad con los dictados de su conciencia. Si ésta le decía que la guerra era un error fatal, debía negarse a declararla, o, en último caso, abandonar el Ministerio».