José María Laso Prieto

«Franco contra Batet: crónica de una venganza»

En «La Nueva España»,  12/12/1996. También en Homenaje a José María Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (pp. 70-72).

Texto preparado para su edición electrónica por Uriel Bonilla.


De entre casi una veintena de generales republicanos asesinados al comienzo de la guerra civil por los sublevados –Romerales, Núñez de Prado, Salcedo, Caridad Pita, Campins, el almirante Azarola, etcétera–, el caso del general Batet fue singular. La mayor parte de sus compañeros fueron fusilados en los días iniciales de la rebelión contra la República, por haber tratado de defender la legalidad constitucional. El general Batet, por el contrario, no fue ejecutado hasta el 18 de febrero de 1937. ¿A qué se debió tan considerable retraso en el asesinato de uno de los jefes militares a los que los sublevados calificaban de «malos compañeros»? A una meditada, fría y refinada venganza del general Franco. El prestigioso historiador Gabriel Jackson, en su lúcida obra La República española y la guerra civil, describe así la peripecia de Batet: «El comandante general de la región militar de Burgos era Batet, leal al régimen republicano. El 16 de julio, y por propia iniciativa, Batet se entrevistó con Mola y le preguntó bruscamente si estaba complicado en los planes para un pronunciamiento. La entrevista fue muy desagradable y no produjo resultados tangibles. El general Batet hizo detener al general González de Lara y lo envió a Madrid para una acción disciplinaria. Sin embargo, la mayoría de los altos oficiales de Burgos formaban parte de la conspiración. A las dos de la madrugada del 19 de julio, el general Dávila declaró el estado de guerra, manifestando que el Ejército se sublevaba para salvar a la República. El general Batet ya estaba detenido y más tarde sería ejecutado». A su vez, en la película Dragón Rapide está muy bien reflejado el choque entre los generales Mola y Batet, así como el pretexto utilizado por el primero para eludir la violación de su promesa de no sublevarse. Al haber calificado Batet de «aventura» cualquier rebelión contra el Gobierno legal, alegó luego que «el Alzamiento Nacional no constituía ninguna aventura» (sic).

¿A qué se debió el singular odio de Franco contra este general católico, y más bien conservador, que había incluso abortado la sublevación catalana de octubre de 1934? A esclarecerlo se dedica el libro El general Batet. Franco contra Batet: crónica de una venganza, de Hilari Raguer (Ediciones Península, Barcelona, 1996). Raguer es monje de la abadía benedictina de Montserrat y, una vez licenciado en Derecho y diplomado en Ciencias Políticas, ha publicado diversas obras sobre la historia contemporánea catalana. El libro que comentamos resulta muy útil para la reconstrucción de la necesaria memoria histórica colectiva, tanto de la patológica psicología de Franco como de la personalidad de algunos de los generales republicanos víctimas de los militares «africanistas». Con una abundante base documental, que incluye desde informes de Batet contra la corrupción e ineficacia profesional de los «africanistas» –Franco y sus compañeros facciosos cuando iniciaban su carrera militar– hasta la sentencia que condenó a muerte a Batet, Hilari Raguer va desvelando tanto la excelente profesionalidad militar de Batet como su rectitud, hombría de bien, firmeza de convicciones y entereza final ante la muerte. Es también significativo que algunos de los primeros textos de Batet fuesen dedicados –contra lo que era casi una tradición en muchos jefes y oficiales españoles– a que se tratase a los soldados no sólo con respeto, sino con una especial consideración a su condición humana. Todo ello hace especialmente atractiva la figura del general Batet –como lo fue siempre, para los comunistas, la personalidad del general Vicente Rojo, también católico y conservador pero excelente profesional y leal a su juramento a la República– hasta el punto de emoción que expresa el historiador Paul Preston al decir, en su prólogo al libro de Raguer: «La tragedia de estas muertes (se refiere a la de Batet y a la del diputado catalán Carrasco y Formiguera, también fusilado por los franquistas), y su tremenda injusticia, hace que resulte extremadamente difícil leer la obra de Raguer sin experimentar un sentimiento de dolor y de rabia. El padre Raguer escribe sin embargo, de forma objetiva y ecuánime, sin pretensión de manipular al lector con otra cosa que no sea la exposición clara, impregnada de empatía, de la historia de sus protagonistas».

Según demuestra documentalmente Raguer, las causas del odio visceral que Franco alimentó contra Batet tienen un doble origen: primero, el informe que en 23 folios Batet redactó como juez instructor –relacionado con el «Expediente Picasso»– sobre los desastres españoles en Marruecos a comienzos del siglo. En tal informe, Batet se muestra escandalizado e indignado por el grado de corrupción económica y moral que habían alcanzado los oficiales y jefes destinados en Marruecos y que ya constituían la casta «africanista» que después se alzaría contra la República. En el análisis personal es todavía más duro. Así dice, en su informe, de Franco: «El comandante Franco del Tercio, tan traído y llevado por su valor, no siente satisfacción de estar con sus soldados, pues se pasó cuatro meses en la plaza para curarse de una enfermedad voluntaria, que muy bien pudiera haberlo hecho en el campo, explotando vergonzosa y descaradamente una enfermedad que no le impedía estar todo el día en bares y círculos. Oficial como éste, que pide la laureada y no se le concede, donde con tanta facilidad se ha dado, porque sólo se realizó en cumplimiento de su deber, ya está militarmente calificado». Asimismo, Batet desmitifica a otros supuestos héroes: «Algunos oficiales Regulares y del Tercio se sienten valientes a fuerza de morfina, cocaína o alcohol; se baten, sobre todo los primeros, en camelo: mucha teatralidad, mucho ponderar los hechos y mucho echarse para atrás y a la desbandada cuando encuentran verdadera resistencia».

Y, estableciendo un contraste con los oficiales no «africanistas», prosigue Batet: «Compárense estas conductas con las del teatral y payaso Millán Astray, que tiembla cuando oye el silbido de las balas y rehuye su puesto (el coronel Serrano Oribe del 60 y el general Berenguer, don Federico, pueden dar fe de ello si quieren estar bien con su honor y su conciencia) y explota de la manera más inicua una herida que en cualquier otro hubiera sido leve y por condescendencia del médico llega a ser grave y le cuesta al Estado 9, 135 pesetas. El comandante Sánchez Recio puede hablar dé esto, pues fue testigo presencial de escenas verdaderamente cómicas». Acerca del segundo motivo del odio de Franco a Batet, Raguer y Preston lo centran en la rabia de Franco, debida a qué Batet no realizó una escabechina en Barcelona, en 1934, a pesar dé sus instrucciones. Así, Preston precisa: «Nos muestra a Franco, cerebro de la represión de las rebeliones de Asturias y Cataluña de Octubre de 1934, enfurecido por lo que consideraba simpatías de carácter masónico de Batet para quienes, a su juicio, debía de haber castigado con la misma dureza que aplicó el teniente coronel Yagüe a los mineros de Asturias. Y, lo más significativo de todo, nos muestra a Franco interviniendo de forma deliberada y maliciosa en un proceso judicial supuestamente independiente con el fin de asegurarse de que Batet fuese ejecutado». Con él último párrafo, Preston alude al papel especial que Franco desempeñó; en él asesinato de Batet una vez que los protectores de éste –Cabanellas, Mola, etcétera, que le admiraban y respetaban– quedaron sin poder para defenderle. También al hecho de que Franco se cuidó de vejar a Batet con un refinamiento que incluyó su expulsión del Ejército –decretada por el Consejo Supremo de la institución militar– en base «a su probado desamor a España». Franco se cuidó también de que tal resolución se le comunicase solemnemente a Batet.